Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía.
PARTE TERCERA: LOS MARCOS CONCEPTUALES DE LA ECONOMÍA.
CAPÍTULO 11.- MONEDA, EXPECTATIVAS Y NO-MERCADO
La “gestalt” subyacente a los modelos
Para Sheffrin, lo que está en juego entre keynesianos y la nueva macroeconomía
clásica son dos visiones o descripciones radicalmente distintas de los precios y
de los mercados y de su funcionamiento en la economía. Para un keynesiano, en
las modernas economías capitalistas, los mercados responden lentamente al exceso
de demanda y oferta, particularmente, al exceso de oferta. Esto hace a la
economía susceptible de sufrir prolongados períodos de desempleo y de exceso de
capacidad. Las decisiones de inversión están frecuentemente gobernadas por
factores intangibles, tales como el estado de las expectativas a largo plazo
sobre la salud y el clima de los negocios. Incluso si los mercados fueran
flexibles, los ajustes de los precios pueden de hecho ser desestabilizadores.
Los ajustes de los precios demasiado rápidos pueden crear incertidumbre y
condiciones poco adecuadas para los negocios.
En cambio, en el caso de la hipótesis de las expectativas racionales, los
mercados se consideran como sensibles barómetros e indicadores de la situación
corriente y futura y como procesadores eficientes de la información económica.
Está en juego demasiado para que las expectativas de los acontecimientos futuros
sean irracionales: el motivo del beneficio funciona aquí como lo hace en otras
áreas de la economía. La economía dedica sustanciales recursos a la obtención de
información en torno a los fenómenos futuros y paga las buenas predicciones.
Cada una de estas dos visiones del mundo se sustentan en conceptos distintos. La
primera, keynesiana, lo hace con el concepto de incertidumbre, mientras que la
segunda lo hace en aquel, bien distinto, de riesgo. Los partidarios de las
expectativas racionales tratan de expresar el futuro por entero dentro de un
marco de probabilidad esperada donde hay riesgo pero no-incertidumbre. Un mundo
incierto es fundamentalmente diferente de un mundo riesgoso. Pero los
partidarios de las expectativas racionales, y gran parte del resto de los
economistas, actúan como si el mundo fuese siempre riesgoso pero jamás incierto.
(Thurow, 1983).