David Barkin
E. UNA ESTRATEGIA DE PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA PARA LA DIVERSIFICACIÓN RURAL Y EL MEJORAMIENTO PRODUCTIVO
El desarrollo sostenible es un enfoque de reorganización productiva que
aprovecha las experiencias combinadas de los grupos locales de todo el mundo.
Las técnicas de instrumentación varían enormemente entre regiones y ecosistemas.
Un denominador común permea este trabajo: la necesidad de participación
democrática efectiva en el diseño e instrumentación de los proyectos; su
importancia es evidente en los títulos de algunos de los excelentes escritos
sobre el tema: Ben Abdallah y Engelhard, 1993; Calderón et. al., 1992; Machado,
et. al., 1993; Nuñez, 1993. Otra lección proveniente de la experiencia reciente
es la importancia de crear redes que mantengan y defiendan este trabajo; sin el
mutuo reforzamiento que la agrupación internacional de ONGs proporciona, las
unidades individuales no serían tan efectivas en la obtención de fondos para sus
proyectos, en lograr asistencia técnica para su instrumentación y en el soporte
político contra los políticos e instituciones intransigentes o incrédulos, tanto
locales como nacionales. (Arruda, 1993; Friedmann y Rangan, 1993) Los éxitos se
deben, sin embargo, no sólo a la tenacidad y sacrificio de los trabajadores
comprometidos y a los participantes locales, sino también al surgimiento de una
estructura de soporte, nacional e internacional, de trabajadores, campesinos,
eruditos y activistas, que están deseando movilizarse para mantener los
esfuerzos espontáneos o bien organizados de los grupos individuales de todo el
mundo, quienes están promoviendo proyectos de participación democrática para el
desarrollo sostenible. Las organizaciones están formándose, las alianzas
rehaciéndose, las experiencias revaluándose; en Latinoamérica, una de las más
promisorias es la RIAD (Red Interamericana de Agriculturas y Democracia, 1993),
con su sede en Chile.
Sin embargo, el desarrollo sostenible, no es un enfoque que será aceptado
simplemente porque "su tiempo ha llegado". La apertura de la comunidad
multilateral de desarrollo a las ONGs y a otros grupos de base (incluyendo el
compromiso de las organizaciones como la Fundación Interamericana en EEUU, el
IICA en Costa Rica y numerosas fundaciones de Europa Occidental que mantienen
esos esfuerzos), no es justamente un gesto hecho por las agencias poderosas a
las más pobres; más bien, refleja el reconocimiento de que estos grupos de base
han sido efectivamente movilizadores de gente y recursos para lograr mejoras
palpables en los niveles de vida mientras contribuyen notablemente a proteger el
ambiente. Tales victorias señalan el principio, no el fin del proceso.
Además, el reconocimiento no significa la aceptación de las metas o los
principios de los grupos que conforman la comunidad del desarrollo sostenible.
Como hemos acentuado repetidamente en las páginas precedentes, el modelo
prevaleciente de desarrollo industrial ha creado estructuras de riqueza y poder
concentrados que sistemáticamente generan problemas sociales y ambientales a
escala global. En el proceso, las élites pequeñas pero poderosas han consolidado
su control en muchas sociedades y otras innumerables se benefician de los frutos
del modelo de consumo que el sistema ha engendrado; este es un patrón
insostenible de producción y consumo, un modelo que puede hacerse más eficiente,
menos contaminante, pero que al final continuará siendo inviable. Los intereses
creados niegan activamente el acceso a los recursos, a las oportunidades de
empleo, a los más mínimos niveles de servicios sociales para segmentos enormes
de la humanidad, mientras que se desperdician cantidades exorbitantes en
expresiones ostentosas de consumo para los pocos privilegiados.
Entonces, el desarrollo sostenible implica una lucha política por el control
sobre el aparato productivo. Requiere de una redefinición no sólo de qué y cómo
producimos, sino también de a quién le será permitido producir y para qué fines.
Para las organizaciones implicadas en proyectos de desarrollo sostenible en
áreas rurales, el conflicto se centrará alrededor del control de mecanismos de
poder político y económico, para los campesinos, las poblaciones indígenas, las
mujeres y otras minorías menos privilegiadas, y sobre el uso de los recursos. La
lucha por asegurar una voz mayor en el proceso no asegurará que sus decisiones
conducirán al desarrollo sostenible. Pero esa participación democrática de base
creará los cimientos para la distribución más equitativa de la riqueza, uno de
los principales prerrequisitos para el surgimiento de una estrategia de
desarrollo sostenible.