David Barkin
B. POLÍTICAS QUE PROMUEVEN LA DESTRUCCIÓN AMBIENTAL Y LA POBREZA RURAL
Como respuesta a la devastación, gran parte del sector empresarial está ahora
obligado a "racionalizar" el uso de los recursos naturales. Después de haber
transformado la naturaleza, ahora ellos deben reconsiderar como proteger su
inversión. Frente a los controles impuestos sobre los productos importados por
las naciones ricas, algunos utilizan químicos de manera más moderada o cambian a
fórmulas menos dañinas. Los esfuerzos en los países latinoamericanos por
promulgar un conjunto adecuado de regulaciones protectoras también han obligado
a algunos productores a modificar sus prácticas, pero en muchos lugares las
distorsiones burocráticas dificultan hacerlas valer efectivamente. Otros
responden a las nuevas políticas que eliminan los subsidios de todos los
productos de este tipo, utilizando recursos con mayor cuidado o cambiando las
técnicas para reducir los costos o incrementar la productividad. Para este
sector, una combinación de sus propios intereses, junto a las respuestas a las
señales administrativas y del mercado, reforzada por una vigilancia social
apropiada, puede conducir a una reducción progresiva del daño ambiental, en
regiones ya ocupadas con anterioridad por el sector comercial.
Sin embargo, aunque las estrategias políticas para fomentar a la protección
ambiental son un avance deseable, pocos pasos se han tomado para proteger a las
poblaciones en riesgo. Mientras tanto, el eslabón político crucial que determina
la correlación entre las expropiaciones de los recursos naturales y ambientales
y la explotación de la gente, se mantiene en el dominio de las organizaciones de
base: los organismos no-gubernamentales (ONGs), los grupos de mujeres, algunos
grupos ambientalistas, organizaciones sindicales y los mismos productores
directos. La experiencia reciente demuestra cómo el desarrollo sostenible
complementa las luchas para la justicia social, derechos humanos y diversidad
cultural (tal como el movimiento que confronta el "racismo ambiental"), la
política rural continúa reforzando procesos sociales que penalizan a los pobres.
El análisis oficial "culpa a las víctimas" por los dilemas que enfrentan, y les
suma las críticas devastadoras de las instituciones gubernamentales creadas para
sostener entre las clases inferiores la visión de que el mercado "libre" produce
un uso mucho más eficiente de los recursos y una tasa mayor de crecimiento
económico.
Los sistemas modernos de producción continúan su expansión, disputando los
derechos de los campesinos e indígenas sobre sus tierras más productivas y sus
recursos más valiosos. Las instituciones oficiales, nacionales e
internacionales, impulsaron nuevas estrategias para premiar a los agricultores
comerciales por sus aportaciones al desarrollo nacional, asegurándoles
continuamente el acceso privilegiado a los recursos más valiosos de la sociedad
en proceso de modernización: la tierra y los recursos naturales, la tecnología,
el crédito y los canales del mercado. La pobreza es acentuada por esta
expansión, la cual frecuentemente condena a la devastación a las regiones y a la
gente que ahí vive. En la nueva arena política, la lucha de los pobres es cada
vez más difícil. En el mejor de los casos, los grupos marginados pueden intentar
reclamar una pequeña proporción de los presupuestos oficiales para sus
esfuerzos; ahora reclaman a la comunidad mundial para que les entienda y apoye o
recurren a nuevas formas de resistencia para insistir en sus demandas. Aun
cuando las reformas agrarias forzaron una redistribución de la tierra entre los
grupos campesinos e indígenas, como en México, Bolivia y Nicaragua, los recursos
financieros y técnicos complementarios requeridos para aprovechar las nuevas
oportunidades fueron invariablemente colocados al servicio de otros.