AMERICA LATINA ENTRE SOMBRAS Y LUCES

 

 

Transitando al Siglo XXI

Hasta la segunda guerra mundial, la economía latinoamericana se había basado en la producción agrícola y en la explotación de materias primas y minerales del subsuelo. Sin embargo, esa rudimentaria actividad le había permitido alcanzar un nivel de bienestar económico similar al de los países que actualmente conforman el industrializado primer mundo.

Pero con el fin de la segunda guerra mundial empezó el fin de la era colonial. En el transcurso de apenas cinco años, casi todas las colonias lograron liberarse del control político de sus imperios: India de Inglaterra; Filipinas de los Estados Unidos; Indonesia de Holanda; Corea del Japón; Vietnam de Francia; el norte de África de Italia y Francia; otras partes de África de España y Bélgica; y el Oriente Medio de Inglaterra y Francia.

Esas antiguas colonias, una vez liberadas, reorientaron su actividad económica en función de su posición geográfica y geológica que las capacitaba para cultivar y explotar de manera espontánea la mayoría de los productos, materias primas y minerales que también se originaban en suelo latinoamericano. Esa incipiente globalización de la oferta colocó a las ex-colonias y a Latinoamérica, frente a frente en la competencia de post guerra por captar y conservar los mercados de consumo de los países industrializados.

Un conocido axioma económico expresa que, en la guerra por capturar mercados, solo existen dos armas de combate: calidad y precios. Pero tratándose de la oferta de productos agrícolas, materias primas y de minerales subyacentes en el suelo y el subsuelo -cuya calidad por definición no puede por ser diversificada- la única arma disponible para ganar las batallas por capturar mercados, es la manipulación de precios.

Sin embargo, para poder participar en una guerra de precios, el país que vende tendrá que aceptar menos dólares aunque entregue una mayor cantidad de productos. En consecuencia, para que el país pueda exportar el gobierno debe devaluar. Así, el productor local obtendrá una cantidad igual o mayor de moneda nacional aunque al país ingresen menos dólares. Bajo esa modalidad, la devaluación ha sido el mecanismo más profusamente utilizado desde mediados del Siglo XX por varios países del Primero, del Segundo y del Tercer Mundo.

No obstante, cuando devaluar es una política utilizada al mismo tiempo por países que exportan los mismos productos -como en el caso de Latinoamérica y las colonias liberadas desde 1945- toda su producción tendrá que venderse en un precio más bajo. Así, poco después de haber finalizado la II Guerra Mundial, se hizo evidente que los países de América Latina tenían que entregar más toneladas de azúcar, arroz, café, cacao, cobre, carne, estaño o banano, para recibir el mismo automóvil o el mismo tractor.  Ese abaratamiento de los productos primarios y el efecto inverso en favor de los productos industrializados, obligó a concluir que parte del subdesarrollo del Tercer Mundo, se debía al avance del Primer Mundo. En 1959, el fundador de la CEPAL, Raúl Prebisch, escribía el siguiente párrafo: [1]

‘Mientras que los países del Centro han guardado para sí todos los beneficios del progreso técnico de sus industrias, los países de la Periferia han transferido gran parte de su propio progreso al Centro.’

La inmensa acogida que en Latinoamérica tuvo ese argumento, impulsó a la mayoría de nuestros países a tratar de captar por lo menos parte del beneficio que obtenía el ‘Centro’, instalando fabricas destinadas a ensamblar algunos de los productos que se importaban del mundo industrializado.

Los recursos que el Estado podía ofrecer para incentivar la inversión e instalación de esas nuevas fabricas, provenían de dos fuentes: por un lado, el gobierno podía exonerar impuestos;  y, por otro lado, podía conceder abundantes y subsidiadas líneas de crédito. Desde luego, las dos fuentes generaban un visible déficit fiscal que los gobiernos tenían la obligación de financiar. Pero como hasta la Batalla del Yom Kipur en 1973, no existían los abundantes petrodólares depositados en las bodegas de la banca internacional, el financiamiento no podía surgir de la deuda externa sino que tenía que buscarse en el ahorro interno o, más fácil, en el sótano del banco central donde suele guardarse una maquinita para imprimir billetes.

Esa maquinita fue instalada entre 1917 y 1931 cuando se crearon los bancos centrales en Latinoamérica. En un inicio la maquina sirvió para que los gobiernos puedan imprimir billetes en moneda nacional y en una cantidad equivalente al oro que, en metal o divisas, el país guardaba como ‘reserva monetaria’. El sistema se denominó ‘patrón oro’ en honor al metal que lo respaldaba. Por otro lado, el calificativo de ‘divisa’ fue ungido sobre la Libra Esterlina, hasta que fue sustituida por el dólar al finalizar la II Guerra Mundial.

El sistema funcionó adecuadamente mientras la cantidad de oro y divisas en poder del banco central, resultaba suficiente para cubrir las transacciones diarias de compra y venta. Sin embargo, financiar la instalación de nuevas fabricas y generar nuevas fuentes de empleo, requería de una maquinita que pudiese imprimir billetes a un ritmo más veloz.

Pero en aquellos tiempos apelar a la velocidad del Banco Central para imprimir billetes, todavía era considerado un acto inconstitucional y, aún peor, un acto altamente inflacionario. Tratando de cambiar esa opinión, los técnicos de la CEPAL ensamblaron una serie de argumentos que intentaban demostrar que la inflación no se origina en el exceso de dinero impreso por la banca central, sino en las propias estructuras del país. Esos argumentos eventualmente se recogieron en una sola envoltura teórica denominada ‘Escuela Estructuralista’.  

La creación de la Escuela Estructuralista [2] suele atribuirse al economista brasileño Celso Furtado, quien en 1957 recoge ese concepto en un documento titulado ‘Desequilibrio externo en las estructuras subdesarrolladas’, cuya tesis central afirma que tanto el crecimiento como la inflación dependen básicamente de dos factores: primero, de la infraestructura física -carreteras, sembríos, fabricas, represas, puertos, viviendas, silos, puentes, hospitales, etc; y, segundo, de las organizaciones financieras, políticas, sociales, culturales y legales. Es decir, el crecimiento económico y el nivel de inflación, están subordinados a las estructuras físicas e institucionales que en el país prevalezcan.

Esta diferenciación entre estructura y coyuntura –o entre largo y corto plazo- fue utilizada por los estructuralistas para argumentar que la inflación no puede ser detenida con medidas monetaristas y de corto plazo, sino que ante todo se requiere modificar las estructuras prevalecientes.

A pesar del peso intelectual de los partidarios de la Escuela Estructuralista,[3] su tesis resultaba demasiado compleja frente a la transparente sencillez de la tesis de su escuela rival: la Escuela Monetarista, para la cual la inflación se produce única y exclusivamente por un exceso en la emisión monetaria. Por lo tanto, para detener la inflación lo único que debía hacerse era encerrar con siete llaves en el sótano del Banco Central a la maquinita de hacer billetes.

La controversia entre estructuralistas y monetaristas sobre el origen de la inflación aún no había finalizado cuando, desde Londres, surgió una tercera hipótesis que anulaba a las otras dos. Esta tercera hipótesis aseguraba que la inflación es un fenómeno que aparece de manera natural, como consecuencia del mayor número de trabajadores que consiguen empleo. Esta tercera hipótesis fue bautizada con el nombre de ‘Curva de Phillips’, en honor al profesor Alban William Housego Phillips

[1] R.Prebisch, ‘Política Comercial de los Países Subdesarrollados’, American Economic Review,

  Mayo - 1959, página 259.

[2] Nos referimos al estructuralismo latinoamericano. Existen otras escuelas estructuralistas en las áreas: de antropología, lingüística, genética, dialéctica, etc- que se originan en otros lares.

[3] Celso Furtado, Oswaldo Sunkel, Dudley Seers, Joseph Grunwald, Markos Mamalakis, Héctor Guillén, Kenneth Jameson, Carlos Mallorquín, Julio Olivera, entre otros.

 

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