La mano invisible
En la primera sección del
Capítulo II del Libro IV de su obra, refiriéndose a la acción individual de las
personas, Adam Smith escribe la siguiente frase:
‘
Ninguno
por lo general se propone originariamente promover el interés público.... Cuando
prefiere la industria doméstica a la extranjera, sólo medita su propia
seguridad, y cuando dirige la primera de forma que su producto sea el mayor
valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en este y en muchos otros
casos es conducido, como por una mano invisible, a promover un fin que
nunca tuvo parte en su intención.’
Esa es la única vez que la
palabra ‘invisible’ aparece a lo largo de las mil sesenta y una páginas que
tiene la obra. Sin embargo, la ‘mano invisible’ quizás es la metáfora más
usada en la argumentación económica, tal vez superada solo por aquella otra
famosa metáfora del ‘libre juego’ entre oferta y demanda.
Desde luego, lo que suele
resaltarse es la posibilidad de que la ‘mano invisible’ logre transformar
parte de las ganancias del comerciante y del productor en ganancias para el
resto de la población; posibilidad que no podría ser negada ni siquiera por el
más radical adversario de la economía de mercado.
Pero el
mito levantado alrededor de esa metáfora consiste en convertir esa posibilidad
–‘en este y en muchos otros casos’- en la creencia de que la ‘mano
invisible’ siempre conducirá al bien común; creencia que es negada una y
otra vez por el propio Adam Smith, por ejemplo cuando explícitamente intercede
por la necesidad de legislar:
‘Dos objetos son los que
presenta la economía política, considerada como uno de los ramos de la ciencia
de un legislador y que debe cultivar un estadista: el primero... habilitar a sus
individuos y ponerles en estado de poder surtirse por sí mismos de todo lo
necesario; y el segundo, proveer al Estado o República de rentas suficientes
para los servicios públicos y las expensas o gastos comunes, dirigiéndose en
ambos objetos a enriquecer al Soberano y al pueblo como tales’.
Cuando expresa más temor por la ambición privada que por
la tiranía pública:
‘Puede decirse que la
caprichosa ambición de algunos tiranos y ministros, que en algunas épocas ha
tenido el mundo, no ha sido tan fatal al reposo universal de Europa como el
impertinente celo y envidia de los comerciantes y fabricantes’.
Y cuando advierte que la
codicia de algunos individuos puede juntarlos en conspiración contra el
beneficio común:
‘Rara
vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo
de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y
sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común,
conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías’.
Así, el propio Adam Smith
antepone la necesidad de legislar, frenar ambiciones y defender el beneficio
común, por sobre el imprevisto accionar de la quimérica ‘mano invisible’.