La ‘capitalización’ chilena
En 1983 Augusto Pinochet cumplía una década como jefe del gobierno militar
chileno, posición a la cual había arribado blandiendo como bandera de combate la
necesidad de impedir que el gobierno socialista de Salvador Allende nacionalice
los bienes y negocios del sector privado. Debido a ese antecedente, para
Pinochet resultaba patéticamente embarazoso nacionalizar las deudas del sector
privado.
La contradicción, además, se tornaba más evidente a causa de dos circunstancias
adicionales. Por un lado, a diferencia de los otros países latinoamericanos, en
Chile la mayor parte de la deuda externa había sido contratada por el sector
privado; y, por otro lado, el equipo económico del gobierno estaba firme y
genuinamente cohesionado alrededor de la tesis de que tanto las ganancias como
las perdidas de los negocios privados, debían pertenecer exclusivamente a quien
los conciba y los ejecute.
Esas contradicciones eventualmente provocarían el encarnizado degüelle de los
jefes del equipo económico que se produjo en relación al manejo de la deuda
externa. En poco tiempo fueron rodando sucesivamente las cabezas de Sergio de
Castro, Sergio de la Cuadra, Rodolfo Lüders, Carlos Cáceres, Luis Escobar y
Hernán Büchi.
Ese desgrane de cabezas, desde luego, no parecía haber sido propiciado por
Augusto Pinochet, porque fue él mismo –por lo menos en un primer momento- quien
intentó mantener en alto
la propuesta de que sean los propios deudores quienes, sin intervención del
gobierno, renegocien las condiciones de pago con los acreedores externos. No
obstante y a pesar del poder interno que tenía Pinochet -así como del respaldo
internacional que abiertamente le habían otorgado por más de una década los
gobiernos de los Estados Unidos y de otros países del primer mundo- su
reticencia a nacionalizar la deuda tuvo que sucumbir en el instante mismo en que
los bancos acreedores amenazaron con suspender el financiamiento al comercio
chileno, si es que Pinochet no aceptaba absorber y garantizar el pago de la
deuda privada.
Pero en una sociedad como la chilena –que para entonces ya poseía una amplia
cultura económica- resultaba difícil tratar de beneficiar solo a un grupo de la
sociedad, sin que los otros grupos se sientan estafados. Ante ese dilema, el
gobierno tuvo que ensamblar un complejo mecanismo de subsidios, ayuda y rescate
financiero, en cuya confección sobresalió la capacidad creativa de todos –cada
uno en su turno- los distintos jefes del equipo económico.
Al final, el mecanismo consistió en fusionar tres grupos de deudores
clasificados con base a las siguientes características: un primer grupo
conformado por aquellos cuya deuda estaba contabilizada en dólares; un segundo
grupo conformado por aquellos cuya deuda estaba registrada en pesos chilenos; y,
un tercer grupo, conformado por aquellos bancos domésticos que mantenían deudas
pendientes con los acreedores externos. Los miembros de esos grupos, desde
luego, no se excluían entre sí. Por el contrario, los casos más abundantes eran
los de aquellos individuos que pertenecían simultáneamente a por lo menos dos de
los tres grupos.
Una vez establecidas esas tres clases de deudores, se decretó que el Banco
Central financie un fondo destinado a subsidiar las tres siguientes operaciones:
la primera, la venta de dólares a
los individuos del primer grupo, aplicando un tipo de cambio preferencial y en
montos suficientes para cubrir todas sus deudas externas; la segunda, la
concesión de préstamos en condiciones blandas y a un interés altamente
subsidiado a los miembros del segundo grupo; y, la tercera, la compra por parte
del Banco Central de toda la cartera que los bancos del tercer grupo
voluntariamente quisiesen vender al Estado.
Como es obvio suponer, los bancos privados prefirieron vender al Banco Central
de Chile toda aquella cartera originada en los préstamos que habían sido
otorgados a sus propios accionistas sin garantía real y, por lo tanto, altamente
irrecuperable. Esa cartera -que hasta ahora permanece registrada como si de
verdad fuera recuperable- fue inscrita dentro del balance de los
Activos
del Banco Central bajo el nombre de
Inactivos, lo cual denota el sutil
humor que prevalecía en aquella época.
El sentido del humor también se hizo presente en los informes oficiales del
gobierno. En esos documentos el proceso mediante el cual el gobierno utilizó los
recursos pertenecientes a todos los chilenos para pagar las deudas de una
selecta parte de la población, se denominó: ‘Capitalización y Fomento del Sector
Privado’.
El eufemismo y el humor contagiaron otros documentos. Ver por ejemplo toda
la pagina 121 de: Hernán Büchi Buc, ‘La transformación económica de Chile’,
Grupo Editorial Norma, 1993.