Corolario
Transcurrió más de un año antes de que los gobiernos de
América Latina se percataran que el mercado de capitales había sido confiscado
por el bloque acreedor. Cuando intentaron reaccionar ya era demasiado tarde.
El 19 de mayo de 1984 –es decir, transcurridos más de 14
meses desde nuestra abortada reunión- los presidentes de Argentina, Brasil,
Colombia y México, resolvieron enviar una carta a la cumbre del ‘Grupo de los
Siete’ que se encontraban reunidos en Londres; carta en la cual proponían
establecer un ‘diálogo constructivo para buscar acuerdos conjuntos sobre el
tema de la deuda externa’.
A pesar de que los
mandatarios de los siete países acreedores más ricos estaban ocupados, fueron lo
suficientemente amables para dedicar algunos minutos para leer la carta. La
respuesta fue emitida por intermedio del presidente Ronald Reagan, quien
aconsejaba a los presidentes latinoamericanos dirigirse a las oficinas del FMI
en Washington, debido a que esa era la institución que estaba coordinando los
asuntos referentes a la deuda del tercer mundo.
Un mes después, el 21 y 22 de
junio de 1984, se citaron en Cartagena los cancilleres y ministros de finanzas
de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, México, República
Dominicana, Perú, Uruguay y Venezuela, para firmar un documento bautizado como
el ‘
Consenso de Cartagena’, en el cual se proponía crear una oficina de
consulta e información estadística que pudiese ser usada en conjunto por los
países deudores. La oficina –que quizás pretendía ser la contraparte de la
creada por el ‘Grupo Ditchley’- jamás llegó a funcionar.
Finalmente, en el mes de septiembre de 1984, los
integrantes del ‘Consenso de Cartagena’ volvieron a reunirse, esta vez en
la bella ciudad de Mar del Plata. En el documento oficial de la reunión –el
‘Comunicado de Mar del Plata’- se formulaba un taciturno llamamiento a los
países acreedores para sostener un diálogo político en torno a los problemas de
la deuda.
Esa fue la última vez que nuestros gobiernos oficialmente
mencionaron, aunque sea de manera indirecta, la posibilidad de establecer un
tratamiento global a la deuda externa. Después de la reunión de Mar del Plata,
la iniciativa en el tratamiento de la deuda fue retomada por los acreedores con
el Plan Baker formalizado a fines de 1985, con el Plan Brady anunciado en marzo
de 1989 y con la serie de diferentes esquemas ‘al margen del mercado’ y ‘caso
por caso’ que, desde principios de la década de los 90 y hasta la actualidad,
han sido propuestos y manejados por el bloque acreedor.
Las consecuencias posteriores son bastante conocidas. La
deuda de América Latina que al iniciarse la crisis en 1982 era de alrededor de
300 mil millones de dólares, a principios del tercer milenio ya supera los 850
mil millones; entre 1982 y el año 2000 hemos pagado a los acreedores un total de
960 mil millones: 576 mil millones por intereses y 384 mil millones por
amortización. Por lo tanto, América Latina ha transferido un total de 1510 mil
millones de dólares, contabilizando los 550 mil millones de incremento de la
deuda más los 960 mil millones de transferencias. En consecuencia -adquiriendo
nueva deuda para cubrir deuda antigua- hemos cubierto 5 veces el valor de la
deuda original, sin que ésta haya disminuido.
Por último, si contabilizamos el total pagado desde 1982
sobre los 300 mil millones de dólares iniciales, los réditos alcanzan una tasa
de rentabilidad bruta del 28 por ciento; rentabilidad que triplica el promedio
de la renta obtenida en el mercado internacional de capitales. En definitiva, la
deuda de América Latina ha constituido un negocio tres veces más rentable que
los otros negocios de la banca acreedora.
Esa rentabilidad, desde
luego, ha sido generada porque la acción conjunta de los acreedores
–especialmente a través del
pari passu- ha impedido que el libre juego de
oferta y demanda distribuya el riesgo financiero entre todos los participantes y
reduzca el precio de nuestros pagarés en el mercado secundario.
En el actual horizonte nos atrevemos nuevamente a
pregonar que -en un mundo ya globalizado- lo que impide que América Latina pueda
dejar atrás el dogal de la deuda es la existencia del cartel de acreedores
formado por el Club de Paris, el Club de Londres y el Grupo Multilateral; cartel
que impide que el mercado pueda funcionar libremente y sin pari passu,
para que podamos negociar y cancelar en su verdadera cotización los devaluados
pagarés de nuestra deuda.