El Sindicato de Acreedores
La alianza conformada por el Club de París, el Club de
Londres y el Grupo Multilateral, tiene como objetivo fundamental el de persuadir
a los gobiernos de los países deudores a adoptar las políticas necesarias para
asegurar una suficiente disponibilidad de divisas con las cuales continuar
pagando la deuda externa.
Suele asumirse que la formación de este sindicato fue una
acción cuidadosamente planificada entre los gobiernos de los países acreedores,
los bancos prestamistas y los organismos multilaterales. Sin embargo, los
incidentes que precedieron su creación indican que el sindicato fue gestado
espontáneamente y al calor de antagónicas discusiones entre sus miembros.
Este último razonamiento está especialmente respaldado
por dos circunstancias: en primer lugar, cuando estalló la crisis, alrededor de
las dos terceras partes del total de la deuda de América Latina pertenecía a los
acreedores privados agrupados en el Club de Londres. En consecuencia, no parece
lógico que este Club –que en ese entonces era el acreedor de casi 7 de cada 10
dólares de la deuda- hubiese estado dispuesto a supeditar sus propios intereses
a las políticas oficialistas del Club de Paris y del Grupo Multilateral. Además,
los préstamos otorgados por los miembros del Club de Londres tenían tasas de
interés flotante y vencían en el corto plazo. Mientras que la deuda
perteneciente a los acreedores oficiales había sido otorgada a tasas de interés
fijo y a largo plazo.
Por lo tanto, al Club de
Londres –en su calidad de acreedor mayoritario- no le convenía promediar las
condiciones de alta rentabilidad que tenían sus préstamos, con las condiciones
menos rentables que tenían los préstamos de las instituciones oficiales.
En segundo lugar, la posibilidad de repetir otra
nacionalización al estilo mexicano había generado una seria discrepancia entre
los acreedores oficiales y los acreedores privados. Mientras que los miembros
del Grupo Multilateral rechazaban de plano la idea de nacionalizar más bancos,
los miembros del Club de Londres creían que ese era el único camino disponible
para recuperar el dinero adeudado por el sector privado.
Esa discrepancia entre acreedores no había podido ser
resuelta, por lo menos a la luz pública, en los seis meses transcurridos desde
la declaración de insolvencia de México y la reunión de Panamá. Así, desde un
punto de vista humano, sí se justificaba la indignación del banquero orador que
acusaba de liberales manchesterianos a los acreedores que se oponían a
nacionalizar más bancos.
En todo caso –y a pesar de la
discrepancia y la indignación- lo cierto es que el lunes 21 de marzo de 1983,
día en que se inauguró la Asamblea del BID, para varios de nosotros -ya lo
dijimos- ‘se hizo evidente que los acreedores estaban tratando de aglutinarse
alrededor de un solo objetivo, mientras que los deudores ni siquiera nos
conocíamos unos a otros’.
La unión de los acreedores no solo que eliminaría la
libertad de los mercados de capitales –libertad que en la práctica era lo único
que históricamente había permitido distribuir riesgos y beneficios
equitativamente entre acreedores y deudores- sino que crearía un monopolio de
cobradores que podría encarecer sin limites el costo de la deuda externa.
La constatación de ese hecho
nos obligaba a tratar de reunir a los representantes de los países deudores para
juntos elaborar una propuesta global que pudiese ser negociada en un mismo nivel
con el Sindicato de Acreedores.
Pero para lograrlo
disponíamos únicamente de los cuatro días que duraba la Asamblea y, además, solo
contábamos con los escasos contactos que podíamos establecer en la propia ciudad
de Panamá. Ante esa urgencia, improvisamos un plan cuya primera tarea consistía
en cuantificar los costos que la deuda externa tenía para cada país, a fin de
exponer ante sus representantes las ventajas que tendría el actuar
solidariamente en favor de una sola propuesta y bajo el paraguas continental que
podría ofrecernos la potencial unidad entre nosotros, los países deudores.