Petrodólares
La acumulación de petrodólares comenzó a manifestarse de
manera discreta en 1974, pero en 1975 se tornó agresivamente visible. Los saldos
depositados en los bancos transnacionales crecieron desde 82 mil millones a
principios de 1975 hasta 440 mil millones en 1980. Es decir, los depósitos de
petrodólares se quintuplicaron en apenas cinco años. Pero el captar depósitos
solo constituye la mitad de la actividad bancaria. La otra mitad que redondea el
negocio, consiste en prestar esos depósitos para poder cobrar intereses.
No obstante el negocio no
podía ser ensamblado en sus dos mitades porque los países del primer mundo
ejercían un férreo control sobre el flujo internacional de capitales, lo cual
impedía que el dinero que con fluidez entraba a engrosar los depósitos, pudiera
salir con la misma fluidez a engrosar los préstamos.
Así, para lograr consolidar las utilidades bancarias se
empezó a presionar para que los gobiernos no solo incentiven la libre entrada de
los petrodólares, sino que también legalicen su libre salida en calidad de
préstamos. El pragmatismo se impuso entre 1975 y 1980. A lo largo de ese
quinquenio Alemania suprimió los limites al pago de intereses sobre depósitos de
no residentes y, además, les otorgó el derecho a invertir en bonos estatales;
Francia eliminó los obstáculos a la repatriación de capitales y suprimió el 10
por ciento de impuesto a las transacciones en euro-francos; Inglaterra extirpó
los controles cambiarios sobre el movimiento de capitales y, además, facultó a
varias empresas extranjeras para que puedan abrir oficinas y realizar
actividades financieras en el mercado de Londres; Estados Unidos impuso la
Ley de Tratamiento Nacional, la misma que faculta que la banca extranjera
pueda invertir en territorio norteamericano. En la actualidad –principios del
Siglo XXI- más de la tercera parte de los activos bancarios en Norteamérica son
propiedad de extranjeros; y, finalmente, en 1979 el hermético Japón aprobó el
Estatuto Gensaki, el cual autoriza que los extranjeros puedan poseer
activos financieros dentro del Japón y en Yenes.
Como telón de fondo y en respaldo a esa nueva libertad
para transferir capitales, oficialmente se empezó a proteger el dinero de todos
aquellos que intervenían en el mercado: compradores, intermediarios y
vendedores. Es decir, el sistema financiero pasaba a garantizar el
funcionamiento de una gran caja fuerte, en la cual se podría custodiar los
petrodólares hasta que sus dueños aprendieran a gastarlos.
Adicionalmente, el custodiar
petrodólares proporcionaba a los bancos más agresivos la oportunidad de
internacionalizar sus operaciones, lucrando al mismo tiempo de una atractiva
utilidad. En la década de los 70, más de 400 bancos privados del primer mundo
otorgaron préstamos al tercer mundo. Desde luego algunos bancos fueron más
agresivos que otros y la mitad de la deuda de América Latina se originó en
apenas 10 bancos: Manufactures Hanover, Chase Manhattan, Continental Illinois,
First Chicago, Bank of America, Citicorp o Citibank, Bankers Trust, Chemical,
Morgan Guaranty y el Lloyds Bank.
Adicionalmente, los gobiernos de América Latina podían financiar sus déficit
fiscales y comerciales sin tener que cobrar nuevos impuestos, emitir dinero o
crear aranceles. Es decir; sin generar ningún malestar entre los votantes. Desde
luego, el monto de los préstamos no se establecía por la necesidad de
financiamiento del deudor, sino por su capacidad de pago. Así, la deuda de los
tres países que tenían una mayor capacidad de pago en virtud de sus
exportaciones de petróleo –Venezuela, México y Ecuador– se incrementó en
alrededor del 25 por ciento anual, mientras que para el resto de América Latina
esa tasa no superó el 15 por ciento anual.
Pero las
ventajas que en el corto plazo obtenían los acreedores, los intermediarios y los
deudores, constituían un imán para otros grupos que también querían lucrar. Así,
los bancos tuvieron que competir con la industria y el comercio para poder
mantenerse activos en el festín de petrodólares. Al promediar la década 70, el
mundo fue testigo de una agresiva campaña publicitaria en favor del consumo
suntuario.