Alfonso Klauer
¿Debemos apostar por la industria?
Después de varias décadas de repetirse con
insistencia, han quedado casi instaladas en nuestras mentes las ideas de que
“sin industria –manufacturera– no hay desarrollo”, y de que “sin exportaciones
–manufactureras– no hay desarrollo”. Quienes ello suscriben están por lo general
hablando de la gran industria manufacturera.
Es decir, de la industria con economías de escala; de la
industria con tecnología de punta, que a ese respecto depende total
y absolutamente de los países del Norte, exclusivos proveedores
de los bienes de capital necesarios, y que cobran royalties por utilizarla;
de la industria que en grandes proporciones utiliza insumos
importados, cuya adquisición presiona constantemente el
precio de nuestras divisas y la balanza de pagos del país; de la
industria que tampoco es intensiva en la creación de fuentes de
trabajo; que generalmente demanda el establecimiento previo de
infraestructura casi inexistente en las regiones (carreteras, puertos,
fuentes de energía, etc), y; finalmente, de la industria cuyos
mercados se encuentran básicamente fuera del Perú.
En definitiva, de una industria que, tanto desde su inspiración
inicial como del destino de la producción, está pensada
en los intereses de otros pueblos. Por lo demás, e inexorablemente,
se trata de una industria en la que –como está anotado– no tenemos
ninguna ventaja comparativa absoluta.
Sería un gravísimo error histórico que no seamos capaces
de reconocer que, en torno a la gran industria manufacturera, no
podemos centrar nuestras expectativas de capitalización. Bastante
habremos avanzado reconociendo que ése es un tren que no se
detuvo en nuestro camino. Ni siquiera en los inicios de la industrialización
en el mundo cuando, con los ingresos del guano, habría
podido montarse un gran aparato industrial.
Pero no, ya por entonces la aristocracia dominante había
adoptado el modelo más dañino para el país: en la década de los
setenta del siglo XIX exportaba 214 mil libras esterlinas en algodón,
pero tal propio tiempo importaba tejidos por 266 mil libras
esterlinas. No es el momento de subirse a un tren cuyos primeros
vagones pasaron ya hace 130 años.
Pero ello, de ningún modo, significa que debamos ahuyentarla.
También que sea bienvenida. Pues hay razones para pensar
que en algunos rubros, como el textil por ejemplo, puede crecer
su presencia en el futuro, pero siempre que seamos capaces de
incrementar sustantivamente la producción de nuestro tradicional
algodón de fibra larga.
En definitiva, creemos que el país no debe apostar tampoco
por el desarrollo a partir de la gran industria manufacturera. Pero
deberá albergarla cuando ella ofrezca instalarse. Deberá sí premiarse a aquellas
que se instalen en provincias.
Para tal efecto, las autoridades regionales deberán establecer
sus propias y competitivas políticas de incentivos, que necesariamente
deberán estar en relación con la ubicación geográfica
de las inversiones. A más alejada de la capital de la región (o alternativamente
de la ciudad más importante), más estímulos.
En relación con éstos, debe tenerse muy claro que hay que
“optar estratégicamente”. Es decir, deben centrarse preferentemente
en aquellos rubros de la economía que demanden medianas
inversiones, para las que puede haber mayor disponibilidad
de capitales, tanto fuera como dentro del país; que tengan gran
predisposición de reinversión; que sean altamente intensivos en
puestos de trabajo directos; generadores de gran valor agregado;
altamente proclives a adquirir insumos y bienes y servicios locales;
y, por cierto, que estén geográficamente descentralizados.