Alfonso Klauer
La “cultura del secreto”
Sin embargo, quienes desde el poder
sistemáticamente han dirigido y montado las grandes estafas al Estado peruano,
nunca se sintieron suficientemente bien protegidos estableciendo esas complejas
alianzas implícitas con la burocracia estatal de segundo, tercer y cuarto orden.
Se tomaron entonces un seguro complementario: organizaron
dentro del aparato estatal la “cultura del secreto”. “¡Nadie
tiene porqué conocer los asuntos del Estado”. “Peligra la seguridad
del Estado si esta información se difunde”. Así fueron sucediéndose
uno a uno los slogans con los que se creó y afianzó
la cultura del secreto. Obviamente no se buscaba proteger al Estado.
Simple y llanamente se trataba de impedir que fluyeran al
exterior de las oficinas públicas las pruebas del delito, o los testimonios
de un manejo vergonzoso.
Resultaba sin embargo absurdo que sólo estuviera prohibido
de difundirse lo comprometedor. Era demasiado descarado.
Se requería entonces un manejo más fino y discreto de lo que
realmente se pretendía mantener en secreto. Es decir, un manejo
que permitiera que nadie supiera qué era realmente lo que se
quería esconder. Se optó así por convertir todo en secreto. Desde
lo más comprometedor hasta lo más inocuo.
Así, como recientemente demostró Samuel Abad, funcionario
de la Defensoría del Pueblo, en algunas dependencias
públicas tienen el sello de “secreto” incluso reglamentos y textos
de que antes han sido publicados en el diario oficial El Peruano.
Hay secretos en todos los ministerios. Hay secretos en todos los
municipios. Hay secretos en Palacio de Gobierno. Y secretos en
las dependencias de baja policía.
La cultura del secreto ha llevado las cosas hasta extremos
inimaginables. Más allá incluso de cuanto sus mentores pudieron
sospechar. Así las cosas, hoy, ya ni los especialistas pueden acceder
a desentrañar los secretos. ¿Cómo entender, por ejemplo, que,
como está señalado, un especialista en asuntos laborales afirme
que en el Estado peruano hay 530 mil pensionistas y, apenas semanas
más tarde en la revista Caretas se sostenga que son 243
mil? ¿Resiste alguna lógica que puedan exhibirse cifras tan
extraordinariamente dispares? ¿Quién puede, con un mínimo de
seriedad, acometer la tarea de estudiar el asunto a partir de datos
que, siendo tan importantes, son tan dispares?
Y si ello ocurre con los especialistas, ¿cómo extrañarnos
entonces de que la población peruana sólo esté enterada de la
milésima parte de cuanto tiene legítimo derecho a saber de aquel
gigantesco y enrevesado Estado que sostiene con sus impuestos?
No, a ese monstruo nunca accederemos a conocerlo a cabalidad.
Ni siquiera para cuando logremos acabar con esa otra hechura
del centralismo corrupto, la cultura del secreto. No, es demasiado grande y
complejo, demasiado intrincado y malintencionadamente enredado, demasiado
distante. Y nadie logra conocer las cosas a la distancia,
y menos aún cuando tiene esas características
inextricables.
Sólo podremos conocerlo y controlarlo, como por derecho
nos corresponde, cuando, además de empequeñecerlo, lo tengamos
a mano. Y esto sólo habremos de alcanzarlo con la descentralización.