Alfonso Klauer
Sobre acumulación de fuerzas
¿Puede caber duda de que ante menos
conflictos y enfrentamientos internos, más unidad? ¿Y de que a mayor unidad más
fuerza? ¿Y a mayor fuerza más probabilidades de éxito? La minimización de los
conflictos internos, en cada uno de los espacios de que se trate, ya sean
distritos, provincias o regiones, es fundamental. De allí la importancia del
diálogo, pero también de la tolerancia. Ésta y aquél contribuirán a
fortalecernos.
Y ésa es precisamente la principal razón por la que, para
dar inicio al proceso de descentralización, la definición de las
regiones reviste extraordinaria importancia. Porque no se trata de
delimitar regiones haciendo prevalecer criterios geográficos o
económicos. No, por sobre todas las cosas, deberá privilegiarse
los criterios históricos y sociales. Es decir, aquellos que nos permitan
definir grupos sociales homogéneos, o lo más homogéneos
posibles. Pues son aquellos que encierran menos conflictos potenciales.
Mas no basta mirar el frente interno. Cada espacio, ya sea
distrito, provincia o región, pero también el país, deberá procurar
desarrollar el mínimo de conflictos, entredichos y enfrentamientos
con sus correspondientes vecinos. ¿Será necesario explicitar
que los enfrentamientos externos minan nuestras fuerzas?
A este respecto, ya no desde perspectivas locales o regionales,
sino desde la perspectiva del país en su conjunto, el reto
es enorme. Nuestro futuro, recordemos algo de lo que se dijo
antes, está decididamente atado a lo que ocurre en nuestro entorno.
Y de éste forman parte un cúmulo de elementos: los países
circundantes; Estados Unidos, no sólo como el país con más
peso en América, sino en todo el planeta; los principales países
europeos; los organismos multilaterales (ONU, FMI, BM, OEA,
CAF, etc.); la banca internacional; y, claro está, las grandes empresas
transnacionales y las empresas de otros países; pero también
las iglesias, y sobre todo el Vaticano; la gran prensa extranjera,
etc.
Nunca serán escasos los ojos que estén puestos sobre nuestra
experiencia. Pero no porque nuestro país represente mucho
dentro de la comunidad internacional, que más bien significa muy
poco; sino porque un drástico cambio con la descentralización sí
puede hacer que se nos mire con mayor interés; pero también con
mayor suspicacia, con recelo y, si equivocamos la estrategia, hasta
con rechazo. Y ello ciertamente nos costaría muy caro.
No podemos caer en ingenuidad, y menos todavía en irresponsabilidad
frente a las enormes fuerzas externas que de una u
otra manera actúan sobre nosotros. Tenemos por el contrario que ser cuidadosos y
responsables. Bastante deberíamos haber internalizado
ya de con cuánto ardor los actores de la comunidad internacional
defienden sus intereses. Cuidado entonces con que nos
dejemos seducir con trasnochados discursos estatistas o de antiimperialismo
ramplón.
En muchos casos, aun cuando podamos estar en desacuerdo,
aun cuando nos desagrade, tenemos obligación de respetar los
compromisos adquiridos, sobre todo si queremos ser coherentes
con el principio de responsabilidad, bajo el que debemos asumir
los costos de decisiones que, incluso erróneas, hemos adoptado
en el pasado, y sobre todo en el pasado inmediato.
Sin embargo, nada de ello será óbice para que, en cada espacio,
con imaginación, con ingenio, y con buena fe, sepamos diseñar
reglas de juego nuevas a las que, de buen grado, y en función
de sus legítimos intereses, se avengan todos los actores
sociales, llámense obreros, campesinos, industriales, profesionales,
países amigos o empresas transnacionales.