Alfonso Klauer
Competir, siempre y lealmente
Más de una vez ha circulado entre nosotros
la especie de que la competencia es privativa del capitalismo, y la competencia
implacable privativa del capitalismo salvaje. Nada más absurdo ni alejado de la
verdad.
Ya en la antigüedad, veinte siglos antes de que aparecieran
sobre el planeta los primeros gérmenes de capitalismo, los griegos
la llevaron, en el deporte por lo menos, a su más alta expresión.
Y en muchos órdenes de cosas existió seguramente entre los
hombres desde el primer día.
No es este sin embargo el lugar para analizar la competencia
entre individuos. Vamos en todo caso a referirnos a la competencia
entre grupos, entre colectividades. Ella, sin duda, es un
magnífico estímulo para que permanentemente se eleven los
estándares de exigencia.
Pues bien, nunca ha sido el centralismo un buen escenario
para que los pueblos de un país compitan entre sí por alcanzar
más y mejores metas en el tiempo más breve posible. Así, en
ausencia de contendores, el poder central, sin percibirlo, fue disminuyendo
cada vez más sus niveles de exigencia, hasta convertirse
en un ente absolutamente ineficiente e inútil.
La descentralización, en cambio, y como se percibe cotidianamente
en el seno de los países desarrollados, es un magnífico
escenario para que los pueblos de un país estén permanentemente
buscando emular y superar a aquellos que hacen más y
mejores cosas.
He ahí una espléndida, constructiva y hasta protagónica
tarea para los gobernantes de un país en proceso de descentralización.
Y una buena idea sobre todos para aquellos que, ambicionando
serlo, no imaginan qué podrían hacer entonces en tales
circunstancias. Sí, probablemente su tarea más recargada deba ser
la de alentar la leal y permanente competencia entre todos los
actores del proceso; distritos entre sí, provincias entre sí y regiones
entre sí.
Para tal efecto, necesariamente, la información y la estadística,
veraces y oportunas, deberán ser los instrumentos de base
indispensables. De la mano de ella, los múltiples actores, distritos,
provincias y regiones, sabrán dónde y cómo se está cons- truyendo más o mejores
escuelas o postas médicas, universidades
y hospitales, carreteras y líneas férreas. O dónde y cómo se está
captando más inversión privada. O dónde se están obteniendo los
mejores índices de calificación escolar y deportiva. O los mejores
resultados en la erradicación de enfermedades endémicas. O la
mayor captación de turistas. O la mayor producción de alimentos,
insumos y productos industriales. O, para terminar con los
ejemplos, las mayores exportaciones y las que se hacen con mayor
valor agregado.
En el contexto de la descentralización, los gobernantes
–incluso los de las regiones–, deberán dejar a los propios actores
las inauguraciones de sus obras. Que ello, en las alturas del poder,
con preocupación obsesiva, no pasa de ser una frivolidad y un
alarde de vanidad inútil. En sustitución de ello, deberán asumir
tareas más encomiables y productivas, como la de alentar la competencia
entre los múltiples protagonistas colectivos del proceso.
Pues con ello, a cada paso, estarán dando señales para que se
movilicen más y mejores voluntades, más grandes y fructíferos
esfuerzos, y no de uno sino de miles y hasta millones de ciudadanos.