Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Entre lo explícito y lo implícito

Una quinta e importantísima lección –aunque largamente insinuada antes–, es que debemos tomar conciencia lúcida de que, en todas las esferas de la vida social, los protagonistas tienen siempre (o casi siempre) dos discursos: el discurso explícito, aquel que se difunde a todos los vientos; y el discurso implícito, aquel que siempre queda escondido, mimetizado, o planteado entre líneas.

Uno y otro discurso por lo general no sólo son diferentes, sino en muchos casos hasta antagónicos. Son dos discursos aun cuando provienen del mismo sujeto, ya sea que éste es una persona que habla por sí misma; o que lo haga a nombre de un grupo, un partido, o una gran colectividad.

La presencia de dos discursos simultáneos se da tanto en los asuntos caseros como en los asuntos públicos. Y a este último respecto, tanto en los discursos del Gobierno como en los de la oposición. Y en los discursos de quienes están en el poder (llámese el Ejecutivo o el Congreso), y quienes militan en las organizaciones de base. E, incluso –como también veremos–, en los discursos de quienes forman parte del anonimato colectivo del resto de la sociedad.

Tenemos que estar atentos, permanentemente, a leer ambos discursos: a descubrir los silencios, las sinuosas medias verdades, e incluso los engaños cínicos del discurso explícito; y a desentrañar el contenido mimetizado, en la entre línea, críptico u oculto, y hasta perverso, del discurso implícito.

Los discursos del poder En el frustrado golpe “cívico–militar” que el montecinismo previó dar en marzo del 2000, se tenía preparado que Carlos Boloña, el debutante economista–presidente proclamara : ...quienes realmente amamos a nuestra patria no podemos permanecer indiferentes, ni sustraernos de darle lo mejor de nuestra dedicación, de nuestra capacidad y de nuestra entrega.

Profundamente nos equivocaríamos si creyéramos que con tan conmovedoras expresiones el montecinismo iba a inaugurar una nueva era en los discursos oficiales desde el poder. No, en eso tampoco iban a ser originales. Ya en 1823, en el Congreso del Perú, se habían pronunciado frases tan o más sensibleras que ésas “para rescatar a los indios de la postración en que la que los ha dejado sumidos la Colonia”.

Y, de allí en adelante, unánimemente, sin excepción, los grupos en el poder han proclamado desde el Gobierno, a lo largo entonces de los ciento ochenta años de la República, actuar con desvelo en beneficio de las grandes mayorías nacionales. Pero mal haríamos en olvidar que el imperialismo español, durante los tres siglos anteriores, había enarbolado banderas–pretexto todavía más sublimes para la Colonia: la evangelización y civilización a los indios.

En torno a la descentralización, superando las liberales ideas que sobre ese problema proclamó en 1873 el presidente del Partido Civilista, Manuel Pardo, el Partido Demócrata de Nicolás de Piérola, en su Declaración de Principios, consigno que la realidad reclama el establecimiento de la forma federativa “como medio de satisfacer nuestras necesidades de hoy y de mañana” .

Y pocos años más tarde, en 1895, el Partido Liberal, con Augusto Durand a la cabeza, agita también las banderas del federalismo para superar el centralismo del país.

Ése es el discurso explícito. El que ayer proclamaron reyes, virreyes y cronistas; que pronunciaron más tarde civilistas, demócratas y liberales; el que hoy se da en las campañas electorales, ante la prensa, y desde o ante el Congreso. El que tiene por objeto “engañar a los incautos”, esto es, a las grandes mayorías nacionales.

Ahora resulta obvio que el monte–cinismo pretendía permanecer en el poder no para trabajar por la Patria. Sino para prolongar el saqueo y asegurarse la más absoluta y total impunidad.

¿Y en quien puso sus expertos ojos para perpetuar el crimen, el robo y la corrupción? En Boloña. El mismo que –y muy bien lo sabía el “asesor”–, apenas un tiempo antes había publicado en El Comercio un “sincero y sesudo” artículo titulado ni más ni menos que “El cáncer de la Corrupción” (sí, con mayúscula).

En él, Boloña, en 1996, al cabo de ser ministro de Economía, y de conocer de cerca los “negocios del asesor”, dando rienda suelta a su “sincero” discurso explícito, había definido la corrupción como “el mal uso del poder público para el enriquecimiento privado ilícito”. Así, en el 2000, cuando lo quiso encumbrar como presidente de la República, el “asesor” tenía bien claro cuán “sólida y franca” era la moral política de aquel que se había prestado, con total convicción, a servirle de mascarón de proa.

Pues bien, como esa mafia política, todos los grupos en el poder, soterrada y sigilosa, pero efectivamente, sólo han actuado para colocar el Estado y las riquezas del país al servicio de sus mezquinos objetivos de grupo. Como no puede ser de otro modo, en función de sus mezquinos intereses, sus también mezquinos objetivos de grupo constituyen la base de su discurso implícito.

Éste es el único decididamente están dispuestos a llevar a la práctica y, en definitiva, el que concretan.

La enorme diferencia entre la riqueza de la élite privilegiada, cuyos representantes abierta o subrepticiamente se han alternado en el poder; y la pobreza de la gran mayoría restante de la sociedad; así como el descomunal atraso material y cultural del Perú, son una evidencia irrecusable e incontrastable de que los grupos en el poder, real y efectivamente, sólo han puesto en práctica su discurso implícito.

Es decir, proclaman uno, el explícito, que sirve de pretexto y cobertura; y actúan en función del otro, el discurso implícito, que es su genuina motivación.

Rodrigo Montoya ha retratado magníficamente lo que a estos respectos se ha observado en el país en lo que va del 2001.

“Para ganar las elecciones, [Toledo] apeló a los símbolos de Pachacútec, los Apus, y la Pachamama (...). Para gobernar, llamó a los banqueros de éxito en Estados Unidos... Original fue su campaña electoral, y vieja, viejísima, su opción de gobernar con los mismos de toda la vida”.

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