Alfonso Klauer
¡La propaganda política, una trampa mortal!
Sin embargo, ¿podría alguien negar que, proporcionalmente,
y en términos generales, bastante más satisfactorios vienen
siendo los resultados en las elecciones municipales, en todo el
país? ¿Podría alguien negar que, en relación a ellas, estamos más
cerca de tener bien claro el camino del éxito, del acierto? ¿No
resulta esto extraño, siendo que en ese campo tenemos aún menos
experiencia (sólo nueve elecciones)?
No, no debe extrañarnos. Porque aun cuando a este respecto
nuestra experiencia es menor, viene siendo más exitosa y, en
consecuencia, más estimulante, autoestimulante. De allí que en
esto el aprendizaje haya sido más fácil, y más rápido.
Esa manifiesta inconsistencia de, a la misma edad, tener
bien aprendida una habilidad y muy pobremente desarrollada
otra, no debe llamarnos a extrañeza; no es ajena, ni con mucho,
a la vida misma. Es absolutamente normal, y fácilmente nos lo
pueden demostrar los especialistas en sicología del aprendizaje.
Así, entonces, y para terminar, hay algo más que asoma
como posible explicación válida y complementaria a lo que venimos
estudiando. En efecto –y lo planteamos a título de hipótesis–,
siendo vecinales, conociéndose casi de cara a cara a los candidatos,
poco parece contar en las elecciones municipales la propaganda
masiva, para la que, además, los candidatos municipales
por lo general no tienen ni emplean, ni tiene como reunir ni justificar
la captación y uso de grandes recursos.
Es decir, en ausencia de masiva propaganda política, pero
con definitivos resultados positivos, en las elecciones locales bastante
más parece contar entonces el conocimiento directo, ya sea propio, o de los
familiares y amigos que rodean al ciudadano y
en cuyas opiniones confía.
En las elecciones presidenciales, en cambio, apenas un círculo
reducidísimo de personas conoce cara a cara a los candidatos.
¿Acaso siquiera el uno por mil de los ciudadanos? No, ni siquiera
eso, muchísimo menos. De allí que en dichos procesos resulta
“imperiosa” la necesidad del recurso a los medios masivos de
comunicación, y, en particular, a la “propaganda política”. ¿Pero
qué bondades nos han resultado efectivamente del uso de los
medios de comunicación masiva y de la propaganda política,
siendo que, a pesar de ellas, hemos “errado” siempre, nos hemos
“equivocado” sin excepción? Tal parece que no nos han servido
de nada. ¿Cómo así?
¿Qué es, más allá de todo eufemismo, y en puridad de verdad,
la propaganda política? ¿Y de qué vienen sirviendo, en verdad,
los medios masivos de comunicación, y sus programas políticos,
esos manejados por quienes desde siempre han sido proclives
a vender su alma al diablo, sus canales de televisión, emisoras de
radio y diarios, por unos buenos fajos de billetes? De muy poco,
y a fin de cuentas, de nada.
Siendo así, ¿no se insinúa como evidente que la propaganda
masiva se constituye en un factor disturbador, distorsionante,
en un filtro que en vez de esclarecedor y coadyuvar a una acertada
opción en las elecciones generales, termina sólo facilitando
que la población caiga sistemáticamente en la trampa? Y esto a
su turno, ¿cómo así?
¿Aún no caemos en cuenta de lo que representa la propaganda
política subdesarrollada en un país subdesarrollado, con
escasísima experiencia de ejercicio democrático y equivalente
pobre conciencia cívica y política? Por desgracia no significa otra
cosa que el arte de la transformación, del maquillaje, del travestismo:
la consagración de la mentira; el ejercicio cínico, siniestro
y dantesco de presentar como blanco lo negro, como bueno lo
malo, como digno lo indigno, como democrático lo antidemocrático,
como descentralista lo centralista, como honrado al delincuente,
como patriota al traidor; como cholo al chino, como cholo
al gringo; en fin, como que “es” a quien no es.