Alfonso Klauer
La democracia en el Perú vs. la de Costa Rica
A este, como a muchos otros respectos, la
experiencia casi sólo puede medirse por comparación, en este caso, con otro
pueblo similar al nuestro. Y Costa Rica resulta un buen parámetro de
comparación.
Como se muestra en el Gráfico N° 1, desde 1939 hasta el
2001, en el Perú se han realizado doce procesos electorales generales
(aunque también nueve elecciones municipales, dos para
elegir congresos constituyentes, tres procesos de segunda vuelta
y un referendum 10). Siendo que para Costa Rica sólo hemos encontrado
información a partir de 1950 11, haremos las comparaciones
sobre el período 1950–2001.Pues bien, en tal período, mientras en el Perú hubo
diez
elecciones generales en Costa Rica se dieron doce. Veinte por
ciento es una diferencia bastante significativa. En rigor, sin embargo,
en el caso del Perú debemos descontar, como mínimo, las
elecciones de 1950 y 1962. Aquélla porque fue la grotesca farsa
montada por Odría como candidato único, y ésta porque fue anulada
por el golpe militar de dicho año. Y aunque hoy hay evidencia
de que las de 1995 y el 2000 fueron grotescamente ama-ñadas,
seguiremos considerándolas porque, al fin y al cabo, han representado
o representan –teóricamente, y por lo menos hasta ahora–,
una importante experiencia para el pueblo peruano. En definitiva,
cuentan en nuestro caso ocho experiencias de elecciones presidenciales
frente a doce de Costa Rica, la diferencia es de 50 %,
estadísticamente muy significativa.
En elecciones municipales, mientras nosotros hemos tenido
nueve, los costarricenses han tenido por lo menos trece. Casi 45
% de diferencia es también una diferencia estadísticamente muy
significativa.
Es decir, acumuladas ambas experiencias, bien podría decirse
que representan tanto como la enorme diferencia que hay
entre un joven de 18 años y un niño de 12. Y es ésta, por desgracia,
la que nos corresponde a nosotros. ¿Pero estamos sin embargo
midiendo bien las cosas? ¿No muestra el gráfico que hay
todavía una diferencia aún más significativa que debemos tener
en cuenta?
Somos como un niño que aún gatea
En efecto, la experiencia de participación popular masiva
en ambos países muestra una enorme diferencia. En Costa Rica,
ello viene dándose desde 1950, cuando ya estaba el 32 % de la
población inscrita en el padrón electoral, participando en los procesos
electorales; mientras en el Perú ese porcentaje era apenas
el 12 %. En el Perú recién puede hablarse de participación masiva
en las elecciones de 1980. En las precedentes sólo intervino
una minoría conformada por los grupos socio–económicos A, B
y C de la población; esto es, la clase alta (A) y los grupos medios
(B y C).
De una u otra manera ello queda reflejado en el Gráfico Nº
2. En él claramente se aprecia cuán elitistas han sido los resultados
electorales en las elecciones peruanas hasta 1963 inclusive.
Los votos válidos, respecto de la población del país, apenas llegaron
al 30 % en las elecciones de 1980.
En la práctica, mientras los costarricenses tienen una experiencia
de 50 años de masivo y sostenido ejercicio democrático,
nosotros, los peruanos, apenas tenemos una de sólo 20 años. Hasta
aquí, entonces, y en realidad, la diferencia es como la que hay entre un joven de
18 años y un niño de 7. Y nosotros, insistimos,
somos éste último. De allí que, todavía a tientas, e imberbes,
hemos invariablemente elegido gobiernos centralistas, corruptos
e incluso mafiosos.
Esto es, y para concluir con el análisis y llegar a una conclusión
más cabal, sólo hemos errado y aún no conocemos de
ningún éxito. Así, de acuerdo a la teoría del aprendizaje, estamos
entonces recién como los niños que aún gatean.
Así de pobre, incipiente y deplorable es nuestra experiencia
democrática en elecciones presidenciales. Por eso somos aún
tan proclives a caer tentados por las sonajas de los demagogos
durante las elecciones; por eso tan obsesivamente nos aferramos
a la imagen autoritaria que transmite el “padre” (el presidente de
la república; y por eso, y a su turno, éste tan dispuesto a hacer las
gambetas ridículas que sólo hace el padre ante sus guaguas, porque
bien se cuida de ya no hacerlas cuando son mayores).