Descentralización: Sí o Sí

 

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Alfonso Klauer

El derecho a decidir y equivocarnos

El paternalismo que nos ha sido impuesto presupone que, “ignorantes y atrasados” como somos, corremos el error de equivocarnos mil veces. Y que, urgidos como estamos para salir de la ignorancia y el atraso, no debemos ni podemos perder tiempo en equivocaciones y errores que postergarían aún más la la consecución de los “sagrados objetivos del país”.  Pamplinas

Hace casi 200 años que en el seno de la República se nos repite lo mismo, sin que por ello hayamos dado un solo paso adelante, aun cuando, con personajes más doctos unos que otros, civiles o militares, el gobierno ha estado siempre en manos que nadie podría calificar de analfabetas y primitivas, ignorantes y atrasadas

Pues bien, subproducto de ese “paternalismo certero” –¡aquel que reclama no equivocarse jamás pero que constatamos que siempre ha errado!– se han impuesto también entre nosotros, entre muchas otras, dos graves y trascendentales lacras: a) la intolerancia y, b) la inmediatez.

Somos profundamente intolerantes y destructivos frente a nuestros errores, y queremos obtener en años –y a lo sumo en décadas– lo que a los pueblos del Norte ha costado centurias, cuando no milenios.

En la intolerancia y la inmediatez, inconcientemente, se fundan las equívocas, acres e implacables críticas que generalmente nos hacemos nosotros mismos. Hay muchos ejemplos, pero quizá los dos mejores son: nuestras críticas a la democracia y nuestras críticas a la más reciente y frustrada experiencia de descentralización.

¿Puede alguien sostener que nuestra democracia tiene acaso los casi 200 años que reclama para sí la República? No. Nuestra incipiente democracia, interrumpida, frágil e incompleta, tiene menos de tres décadas. Pero queremos que ella reporte ya lo que han reportado a otros pueblos cien y doscientos años de experiencia democrática ininterrumpida, sólida y completa.

Y respecto de la brevísima y casi insignificante experiencia de descentralización vivida entre los años 90–92, también frágil e incompleta, han sido innumerables las páginas escritas reuniendo críticas de todo género.

Han sido tan desacertadas y destructivas como exigir que camine un niño de dos días de nacido, y sancionarlo por no haberlo conseguido.

Estamos pues profundamente equivocados y envenenados. Nuestros pueblos tienen también los mismos legítimos derechos que todos los demás pueblos de la Tierra: tienen el derecho a disponer de plazos razonables para alcanzar sus objetivos y, en el largo camino a recorrer para alcanzarlos, tienen el derecho a equivocarse, una y cien veces, hasta que, por ensayo y error, todos demos con el camino más corto y seguro, con el camino que con más eficiencia nos conduzca al Desarrollo.

Démosnos pues un día a lo que corresponde hacer en un día. Y démosnos años, décadas y siglos a lo que corresponde hacer en años, décadas y siglos. Y, sin excepción de ningún género, reconozcámosnos el derecho a equivocarnos, una y mil veces, que, hasta donde se sabe, significa también el reconocimiento de que tenemos el derecho a aprender. Bien se sabe, al fin y al cabo, que el hombre y los pueblos sólo aprenden por ciencia y por experiencia. Mas también se sabe que, respecto del Desarrollo, aún no hay ciencia del todo conocida. Y lo poco que se conoce se conoce mal. Siendo entonces que el único camino disponible es la experiencia, ¿cómo negárnosla a nosotros mismos? Arriesguemos.

Experimentemos. Sólo nosotros mismos tendremos el derecho a constructivamente criticarnos y evaluarnos. Estímulo, cada vez más estímulo Estímulo y sanción –lo saben mejor que nadie los especialistas–, son los dos grandes recursos para formar y educar a los individuos, pero también a los pueblos. Nuestro paternalismo imperialista ha creado en cambio, como uno de sus más graves engendros, una sociedad virtualmente esquizofrénica. No porque no existan el estímulo y la sanción.

Sino porque se aplican exactamente en el sentido inverso a como se debería. Entre nosotros, históricamente, se estimula o premia lo que se debe castigar, y se castiga o sanciona lo que se debe premiar.

Esa y no otra es la razón por la que proliferan los “defectos” en los que tanto énfasis ponen algunos estudiosos: se ha premiado a quienes los lucían.

Baste reconocer que en el Perú, en casi 200 años, nunca se ha sancionado a los grandes malhechores de cuello y corbata –de la nación imperial–, y, menos aún, con el rigor con el que se sanciona a los pobres o pequeños delincuentes –de los pueblos sojuzgados del Perú–.

Mas no sólo eso. Por el contrario, se les ha premiado: se la erigido monumentos en su nombre, se ha bautizado calles y plazas con su nombre, muchas veces incluso se les ha colocado en la presidencia de la república o en los más altos puestos de la administración pública, o se les ha destinado a bien remuneradas embajadas.

El resto de los peruanos, pues, con mayor o menor inconciencia, sólo ha emulado el camino señalado: en el Perú dependiente y centralista, el delito y la mentira conducen al éxito y a la fortuna.

Debemos entonces imponernos esta otra y sana política: premiar, sin excepciones, siempre que realmente corresponda y en proporción al mérito; y sancionar, sin excepciones, siempre que realmente corresponda y en proporción al delito. Cuando ello ocurra, también como por encanto, asomarán y se difundirán todas y cada una de las virtudes de las que nos hablan De Romaña, Tenaud y Mavila, y adquirirán proporción marginal los defectos que ellos mismos señalan.

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