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Alfonso Klauer
El Fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, un reto gigantesco (Continuación)
Los casos de los fenómenos de 1982–83, 1991–93 y 1997–98 resultan harto elocuentes, aunque, como se ha dicho líneas arriba, seriamente se sospecha de muchos otros que habrían impactado con gravedad en África y otras partes del globo, incluso probablemente en la más remota antigüedad. Mas en todos éstos la única responsabilidad atribuible era de la naturaleza.
8) De un tiempo a esta parte, sin embargo, crecen las sospechas de que en los fenómenos más recientes ya se está dejando sentir “la mano del hombre”. En efecto, según Trenberth, “el análisis estadístico del registro pasado indica que ENOS se ha estado comportando de forma inusual desde finales de 1970, con una mayor frecuencia de los eventos de El Niño”.
De hecho, de esa fecha a la actualidad se han producido seis fenómenos, dos de los cuales se considera como los más severos en 400 años.
“Una de las razones –continua Trenberth– puede ser la sugerencia [de] que la piscina cálida en el Pacífico occidental tropical se está expandiendo más”. En 1995 –agrega– “el Segundo Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental del Cambio del Clima concluyó que el balance de la evidencia sugiere una discernible influencia humana en el clima global.
Y esa “influencia humana” no sería otra que la que desprende masivamente gases a la atmósfera, tanto desde las grandes industrias del Norte, como por la quema indiscriminada y también masiva de bosques naturales en el Sur.
9) Según parece, muchos otros factores meteorológicos y oceánicos contribuyen a la gestación y desarrollo del fenómeno. Se habla, por ejemplo, del desplazamiento de la llamada Zona de Convergencia Intertropical.
Y Pourrut y Gómez 28 sugieren además “que la corriente de Humboldt podría tener un papel mas importante del que se le atribuye por ahora”.
Extraña sin embargo que nadie aún relaciones, a título de hipótesis, el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur con otros factores naturales como, por ejemplo, la actividad volcánica subacuática, que eventualmente podría estar jugando algún papel en el crecimiento de las dimensiones de la “piscina caliente”. O con las manchas y erupciones solares, y con la interferencia de otros planetas u otros cuerpos celestes, etc.
Y en lo que a la mano del hombre se refiere, extraña que la mayor recurrencia del fenómeno en las últimas décadas, pero sobre todo en torno a los años 70, nadie la haya relacionado, por ejemplo, con la veintena de explosiones nucleares francesas en el atolón de Mururoa (a sólo 1 200 Km de Tahiti).
10) Pareciera que el papel de los factores de irregular recurrencia e influencia (conocidos y por conocerse) es importantísimo. De lo contrario mal podría explicarse que, como el verano, el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur no se manifieste con sideral puntualidad todos los años, y por el contrario se presente tan irregularmente en el tiempo.
Y tampoco podría entenderse cómo es que se generan eventos que entre sí difieren tanto en fuerza como en impacto geográfico. Y tanto menos aún podría comprenderse que no haya siempre relación absoluta entre el valor del Índice de Oscilación Sur y la magnitud e impactos del fenómeno.
En efecto, más de un caso permite suponer que en presencia de IOS sólo ligeramente negativos han ocurrido catástrofes de grandes proporciones en las costas centrales de América del Sur.Los eventos de 1982–83 y de 1997–98 dejaron al mundo la vívida experiencia de cuán enormes geográficamente alcanzan a ser los impactos de algunas de las versiones del fenómeno y cuán devastadoras sus consecuencias.
Resultan pues cada vez más consistentes hipótesis que, en otras circunstancias, pudieron parecer exageradas y hasta tremendistas. L. E. Moseley y otros, en 1981, y N. A. Mörner, en 1985, por ejemplo, han postulado la hipótesis de “eventos El Niño extremadamente fuertes” (o “Mega–Niños”), y “eventos
Súper–ENOS”, respectivamente 29, que habrían tenido lugar en distintos momentos de los últimos diez mil años. Y que “habrían tenido duraciones de algunos decenios a un siglo y medio (...) dando como consecuencia profundas modificaciones en el paisaje y en las sociedades...” 30, en particular por cierto en las de la costa central y occidental de Sudamérica: Ecuador y Perú.
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