EL NIÑO-LA NIÑA. EL FENOMENO ACÉANO-ATMOSFERICO DEL PACIFICO SUR, UN RETO PARA LA CIENCIA Y LA HISTORIA
Alfonso Klauer
Lecciones de la historia
Puede no obstante extraerse de la historia del Perú y del mundo otras
importantísimas conclusiones. Recurramos para ello a observar en primer
término lo ocurrido en los últimos dos mil quinientos años de la historia
peruana, comparando lo ocurrido en los dos mil años finales de la historia
autóctona y pre–colombina, con lo ocurrido en los quinientos años
transcurridos desde el “descubrimiento” a nuestros días.
Sostenemos que puede hacerse la comparación porque la ciencia y técnicas
desplegadas en el último período compensan con creces la mayor extensión del
anterior. Pues bien, proporcionalmente –y probablemente incluso en términos
absolutos– se concretaron muchísimas más inversiones para contrarrestar los
efectos del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur en el período pre–colombino
que en la época moderna. Paradójicamente, sin embargo, se extrajo y movilizó
muchísimo más riqueza en ésta que en aquél. Es decir, en la época moderna
(Colonia y República) habría podido concretarse bastantes más obras de
inversión en agricultura y prevención de desastres que en el período pre–colombino.
Durante los trescientos años del Virreinato no se hizo absolutamente ninguna
inversión para contrarrestar los efectos del fenómeno océano–atmosférico, a
pesar de que se extrajo del territorio peruano una cantidad inconmensurable de
riqueza en oro y plata. Pero no sólo eso. A pocas décadas de iniciada la
conquista –como lo expresara el propio Garcilaso Inca de la Vega–, yacían ya
abandonadas, cuando no exprofesamente destruidas, virtualmente todas las
inversiones de infraestructura agrícola que durante milenios y a pulso se
habían forjado en los Andes.
Era el resultado no sólo del genocidio sino de las nefastas “reducciones de
indios” (verdaderos campos de concentración) que había impuesto el imperio
conquistador para facilitar el cobro de los impuestos y, sobre todo, tener a
mano la fuerza de trabajo que se llevaba a las minas de plata de Huancavelica
(Perú) y Potosí y Oruro (Bolivia). Y son contados los esfuerzos realizados en
los últimos doscientos años de vida republicana, aun cuando se han explotado
ingentes riquezas en guano, salitre, caucho, petróleo, plata, oro, cobre, zinc
y harina de pescado.
Los Andes pre –colombinos, en cambio, mostraban miles de kilómetros de canales
artificiales de riego, tanto superficiales como subterráneos; cientos de silos
de almacenamiento para las épocas de sequía; y millones de hectáreas de
andenes para ampliar la frontera agrícola y optimizar el uso de las aguas de
lluvias.
Prácticamente no hubo pueblo antiguo del Perú que dejó de hacer lo humanamente
posible para remontar los efectos del gigantesco reto del fenómeno
océano–atmosférico. La patética paradoja y el contrasentido históricos no
pueden ser más evidentes. Sobre el período colonial y sobre la República pesan
pues gravísimas responsabilidades. Pero otra importante conclusión resulta de
hacer historia comparada. Ciertamente, como Ecuador y Perú, Australia también
sufre desde antiguo los embates del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico
Sur. No obstante, las repercusiones del mismo en la vida y economía
australiana distan muchísimo de ser catastróficas y paralizantes. Y es que –a
riesgo de que parezca de pero grullo– el mismo golpe es proporcionalmente
mucho menos fuerte para una sociedad desarrollada como la de Australia, que
para una sociedad clamorosamente subdesarrollada como la peruana. Australia,
con 7 millones de habitantes menos que el Perú, tiene una economía casi 8
veces más grande y sólida: sus PBI en 1996 –según un texto de divulgación muy
popular– eran 391 000 y 50 000 millones de dólares, respectivamente 139. Quizá
por eso hay más peruanos viviendo en Australia que australianos en el Perú.
Con una tasa de crecimiento anual de 5 %, y en el inverosímil supuesto de que
Australia “detuviera absolutamente” su crecimiento económico, el Perú
requeriría de un inaudito y extraordinario sostenido crecimiento de 42 años
para alcanzar las dimensiones de la economía australiana. Menos difícil –pero
igualmente inverosímil– es, en todo caso y siempre hipotéticamente, imaginar
por ejemplo un discreto crecimiento promedio de 2 % para la economía
australiana, manteniendo la optimista tasa de 5 % de crecimiento para la
economía peruana.
En tal caso el plazo para que ésta alcance a aquélla sería de 71 años. En el
ínterin, el Perú tendrá que remontar, conforme a los antecedentes, los efectos
de por lo menos 20 “Niñas” y 20 “Niños”, más de uno de los que probablemente
sea tan grave como el de 1997–98. El desafío es pues gigantesco. De la
“normalidad” de lo “anormal” Para terminar, nos queda aclarar un asunto que
viene quedando pendiente. A lo largo del texto, cada vez que nos hemos
referido en el caso del Perú a la temperatura superficial del mar, a los datos
sobre precipitaciones, o al nivel del océano, etc., reiteradamente hemos
colocado entre comillas la palabra “normal”. Su uso, como parte de la jerga
estadística en hidrología, meteorología u oceanografía, es sin duda correcto,
aunque sólo implícitamente correcto. Porque no puede negarse que no es lo
mismo decir “normal” o “anormal”, que “estadísticamente normal” o
“estadísticamente anormal”), que son en realidad las expresiones
explícitamente correcta. Así, en el análisis de un parámetro como la
precipitación pluvial, por ejemplo, se dice que son “anormales”, por defecto,
las sequías que se presentan generalmente durante “La Niña”, y, por exceso,
las lluvias torrenciales que se presentan por lo general durante “El Niño”. Y
otro tanto ocurre cuando se analiza el resto de los parámetros (TSM, nivel del
mar, etc.). Lo cierto es que, por un lado, se constata que casi
invariablemente los especialistas obvian precisar que hablan de valores
estadísticamente normales o anormales; y, de otro, en conjunción, que casi
invariablemente también los valores anormales están asociados a cualesquiera
de las dos versiones del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur. La
consecuencia no prevista de esa conjunción, es que todos –gobernantes, líderes
de opinión y ciudadanos– hemos en gran medida internalizado la errónea idea de
que la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, sea como
“El Niño” o como “La Niña”, constituye una “anormalidad”. Quizá hasta
inconscientemente subyace la también errónea expectativa de que dicha
“anormalidad” algún día desaparecerá. Y eventualmente hasta podríamos
encontrarnos con quienes “justifiquen” que nunca nos hayamos preparado
adecuadamente para enfrentar al fenómeno precisamente porque se ha estado
asumiendo que terminará por desaparecer.
Con el antecedente de miles de años de recurrencia periódica aunque irregular,
debemos por el contrario llegar a internalizar la idea de que lo normal entre
nosotros es precisamente la presencia del fenónemo. Y, consecuentemente, deben
también considerarse normales las tremendas variabilidades hidrológicas,
meteorológicas y todas las otras manifestaciones naturales a que dan lugar “El
Niño” y “La Niña”, llámense, en sus peores extremos, sequías, lluvias
torrenciales, huaicos, etc. En síntesis, el fenómeno océano–atmosférico del
Pacífico Sur, ese diverso, complejo, desventajoso y desafiante espectro de la
realidad de la naturaleza, debe considerarse como parte de nuestra situación
normal. A él debemos plenamente acostumbrarnos. Y en función de él, y para
atenuar cada vez más sus efectos más dañinos, debemos organizar los espacios
urbanos y rurales, la vida y el gasto social, la actividad productiva y la
inversión privada, y buena parte del gasto y la inversión pública. Lejos está
sin embargo todavía el momento en que hayamos internalizado como normal el
complejo espectro de la naturaleza en la que habitamos los peruanos. Y más
lejos en tanto sigan siendo solitarias, como la de Luis Giampietri, Presidente
del Instituto del Mar del Peru –IMARPE–, las voces de quienes piensen que
efectivamente “El Niño” y “La Niña” no son anormalidades
sino manifestaciones distintas de nuestra compleja y desafiante normalidad.
Pero acerta y constructivamente Giampietri todavía va más lejos. Sostiene que
debemos organizarnos social y productivamente para incluso llegar a sacar
partido al fenómeno. Entre tanto, bien utilizados, los actuales mecanismos de
alerta temprana del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur pueden
significar una importante ayuda –como advierte Jorge Csirke, especialista de
la FAO– para poner el práctica planes de contingencia en la agricultura,
ganadería, industria en general e industria pesquera en particular,
maricultura, etc.