El más grande “silencio” de la Historia
Pues bien, ¿puede seguirse obviando estas
consideraciones en los textos de Historia?
¿Puede seguirse creyendo que estas cifras
tienen un valor tan anecdótico como el peso
de la espada de Pizarro? ¿o una importancia
equivalente a discutir si tal o cual pintura pertenece
o no a la Escuela Cusqueña?
¿Puede seguirse creyendo que pueblos a
los que, a cambio de nada, se les arrebató tan
gigantesca riqueza, han estado en las mismas
condiciones –para enfrentar el desarrollo–
que las de sus conquistadores?
¿Que la pobreza actual de los pueblos
subdesarrollados no tiene nada que ver con el
descomunal saqueo al que nos remiten esas
cifras? ¿Y que la riqueza de Europa está también
al margen de la riqueza extraída de América
y de África?
¿Se puede con desfachatez –cual nuevo
Jehová de las ciencias sociales–, acuñar
–como lo acaba de hacer Montaner–, diez
mandamientos para alcanzar el éxito de las
naciones, en los que los cuatro primeros
sostengan que es necesario “vivir en paz”,
“tener estabilidad política”, “gozar de libertad
política y económica” y “construir Estados
de Derecho”, y ninguno de los diez
sostenga: “no haber sido sometido a ningún
tipo de dominación militar extranjera” –menos
aún durante 300 de los últimos 500 años
–; ni a ningún tipo de dominación económica,
financiera y tecnológica –menos aún
en 200 entre los últimos 200 años–?
No, la historia muestra que nadie tiene
derecho a tan soberbia desfachatez ni a tan
irresponsable y arrogante falasia.
A nuestro juicio, después de todo lo visto
hasta aquí, el saqueo durante la Colonia tiene
muchísimo que ver con el subdesarrollo actual
de las naciones del Nuevo Mundo. No
bastará con colocar unas cuantas cifras en los
textos de Historia. No se trata, como recientemente
nos dijera un erudito intelectual peruano:
“pero si Hamilton y otros ya han calculado
las cifras más importantes de las riquezas
que se llevó a Europa”.
Se trata de que todas y cada una de las
cifras relevantes figuren en todos los textos
de Historia. Con la misma reiteración y el
mismo énfasis con que hoy figuran las fechas,
los nombres de los virreyes y de los
presidentes –y con mayor importancia de espacio
que el que hasta ahora se dedica al color
y forma de los huacos precolombinos.
Porque el valor de cada una de esas cifras
y su significación en la historia es inmensamente
más trascendente que la obra –buena o
mala– que hizo cualesquiera de los personajes
en que se piense.
Recien haciendo eso estaremos presentando
a los estudiantes una historia que real y
efectivamente les permita entender el presente.
Y conocer las claves de la historia: qué
es lo bueno que hay que mantener y repetir;
y qué es lo malo que hay que impedir que
siga dándose o evitar que se dé.
A este respecto, recogiendo una de las
más felices ideas de Viviane Forrester, podemos
decir que basta ya de plantearnos problemas falsos –banalidades y trivialidades de
la historia– a fin de plantear y encarar con
seriedad los problemas verdaderos y trascendentales;
y no aquellos con los cuales se ha
desorientado a la humanidad.