En síntesis: todo el oro del mundo
España y sus imperios rivales –Inglaterra
y Holanda, a través de los piratas e industriales;
y Francia, Bélgica y Alemania, a través
de sus industrias–, se hicieron de una fabulosa
riqueza de América.
La Iglesia y los conquistadores; los encomenderos
y los financistas; los comerciantes
y los oidores; los virreyes y obispos; militares
y curas; cristianos y judíos; y los corruptos
y los otros –que también lo fueron–;
todos, menos los nativos de América, se enriquecieron
con la riqueza de América.
La idea fuerza que trajo al Nuevo Mundo
a cientos de miles de peninsulares y otros europeos
fue “que la verdadera riqueza consiste
en la posesión de oro y plata”, y todo cuanto
con ellos podía comprarse.
El oro –como ocurrió con los romanos en
Europa, y con los norteamericanos respecto
del “Oeste”–, fue el poderosísimo imán. En
1571 un cronista había escrito:
...minas, tesoros y riqueza (...) donde las
hay va el Evangelio volando...
...por gran experiencia se ve, que a tierras
donde no hay oro y plata, no hay soldado
ni capitán que quiera ir, ni aun ministro
del Evangelio.
Eso explica –repetimos– la “rapidez de la
penetración española en América”.
Y explica porqué la estructura económica
del Nuevo Mundo fue organizada casi exclusivamente
para explotar y exportar oro y plata
que –como dice Humboldt– representaron
“el 80% del valor de las exportaciones durante
tiempos de paz”.