Más contrabando
Respecto del contrabando no hay tantos registros como debiera, por lo menos si
se les compara con el enorme volumen que dicha práctica alcanzó a tener. Pero
algunos, como el que vamos a citar, son muy elocuentes.
De la Puente Brunke declara que el ya referido
galeón Jesús María de la Limpia Concepción
“llevaba una importante cantidad de
barras de plata de contrabando (...) Esto
–nos sigue diciendo– no debe sorprender, ya
que el contrabando fue muy frecuente en las
rutas marítimas del siglo XV (...) hispanoamericano...”
209.
Dice también De la Puente Brunke que en
1669 –es decir, dos años después de dar el
préstamo al virrey en funciones–, el oidor Villela
fue acusado, por el fiscal del Consejo de
Indias, de remitir “grandes cantidades de plata
a Tierra Firme”.
¿Qué podía decir el bien prestado virrey
Conde de Lemos –que por lo demás estuvo
en el cargo hasta bien entrado el año 1674–?
¿Estuvo algún día en prisión el doctor Villela?
¿Devolvió lo prestado el virrey Conde
de Lemos? Es lamentable, sin embargo, que
De la Puente Brunke crea que el caso de Villela
“representa un caso excepcional”.
E igualmente lamentable resulta que crea
“que las normas establecidas en cuando al
desempeño profesional de los jueces de la
Audiencia fueron muy rígidas”; y que el historiador
Guillemo Lohman crea que los jueces
de la Audiencia requerían de “grados excepcionales
de virtud e integridad”.
¿Cómo no saber que el papel aguanta todo?
¿Que las leyes de ayer –como la Constitución
de hoy– son letra muerta cuando así
lo quiere el poder? ¿Sería tan escandalosamente
corrupto y genuflexo el Poder Judicial
de hoy si casos como el de Villela hubieran
sido excepcionales? ¿O se nos pretende decir,
que la corrupción fue inventada, recién
durante la República, por los Padres de la
Patria?
En verdad pues, como anota Frederic Engel,
la “corrupción y la concusión” habrían
de imponerse en América. Y agrega: “un funcionario
español, para obtener una plaza, un
cargo, le debía pagar a alguien; [y] forzosamente
tenía que recuperar su inversión; así,
desde abajo hasta arriba del sistema, se pagaba
para obtener lo que uno deseaba”.
En Lima se pagaban grandes fortunas a
oidores corruptos como Villela. En los remotos
pueblos de provincias el cura callaba por
unas cuantas gallinas o con los servicios de
una infeliz muchacha. Todos los servicios y
todos los silencios tenían precio: en dinero,
en especies o con servicios personales.