El doble código
Años después, el mismo tuerto e ineficiente
sistema judicial que se había hecho de
la vista gorda en el crimen del cuarto virrey
del Perú, y que se hacía de la vista gorda
frente al escandaloso enriquecimiento de los
jueces y fiscales, denunció y castigo a una
beata argentina afincada en Lima.
Con hipocrecía y cinismo se argumentó
que la beata escandalizaba bañándose desnuda
en el río Rímac, y porque la beata se creía
poseedora de poderes sobrenaturales. Ese
sistema judicial, no obstante, nunca levantó
ningún cargo contra fray Martín de Porres
que también se creía poseedor de poderes
equivalentes.
¿Por qué tan flagrante contradicción? ¿Acaso
sólo porque Martín no protagonizó escándalos?
No, sino porque la beata, en su cada vez
más creciente medio de influencia, sistemáticamente
repetía a sus oyentes que el sistema
virreinal era inmensamente injusto y grotescamente
corrupto. El fraile, en cambio,
nunca tuvo una voz disonante, menos aún soliviantadora.
Así pues, con la beata y el fraile,
se cumplía: para los amigos, todo; para los
enemigos, la ley.
Coimas y comisiones
La Corona en Madrid estaba perfectamente al tanto de la corrupción que imperaba
en las administraciones coloniales.
Así, y para dar fin con ella, a mediados
del siglo XVIII se suprimieron las antiguas
gobernaciones, los corregimientos y las llamadas
alcaldías mayores. Fueron sustituidas
por 42 intendencias siguiendo el modelo diseñado
en España en 1749.
En tal virtud, uno de sus principales objetivos
–como nos lo recuerda M. L. Laviana–
fue dar “el golpe definitivo a la venta de oficios
y la corrupción...”.
En la nueva estructuración de las colonias
el virrey actuó como superintendente general.
Los intendentes, que tenían atribuciones
gubernativas, judiciales, militares y fiscales,
fueron en su inmensa mayoría también españoles
llegados de la península expresamente
para tal propósito.
Debajo de ellos estaban los denominados
subdelegados. Éstos actuaban a comisión. Su
retribución era el 5% de los tributos y las rentas
que obtenían con su actuación.
No obstante, todo hace pensar que casi
unánimemente consideraron que esa retribución
era exigua. Sus expectativas –según puede
colegirse–, eran más altas. De allí que
–según anota también la propia M. L. Laviana– “reaparecieron enseguida las viejas
corruptelas que habían hecho odiosos a los
corregidores”.
Pero como el 5% de comisión y las complementarias
coimas por la evasión tributaria
no eran suficientes, los subdelegados hicieron
reaparecer el demoníaco negocio del
reparto obligatorio de mercancías europeas
–del que hemos hablado antes–, y cínicamente
pasó a llamársele “socorros”.