La impunidad el poder hegemónico
Las leyes, por lo menos las de la Iglesia
Católica, prohibían los hijos fuera del matrimonio.
Pero los primeros y más prolíficos
padres desnaturalizados eran precisamente
los miembros de las cortes. Así, los infractores
no conocían sanción.
No matarás, decía ya en esa época uno de
los códigos más conocidos y antiguos de la
humanidad. No obstante, Isabel, Carlos y
Fernando tienen en su haber millones de
muertes. Nadie, sin embargo, podía alzar un
dedo acusador contra los regios infractores.
Así se implantó la impunidad, pero para los
poderosos.
Los pobres, en cambio, conocieron todas
las penas. Desde la del ridículo del San Benito,
pasando por las torturas más crueles,
hasta la de la muerte.
A imagen y semejanza de aquéllo, hoy en el Perú
el 95% de los presidiarios son hombres y mujeres de
origen humilde y no precisamente de ascendencia eropea.
Los infractores, tanto los materiales como los
intelectuales, y sus asesores, cuando son ricos y/o poderosos,
están inmunizados, quedan impunes o, en el
peor de los casos, y cuando ocurre, “sufren” cárceles
doradas.
Pero conjuntamente con la impunidad de
los poderosos y la inapelabilidad del castigo
para los débiles –es decir, con la “ley del embudo”
–, quedó hondamente gravada además
la más inescrupulosa subjetividad y pragmático
oportunismo: “para los amigos –esto es,
para el poder dominante– todo, para los enemigos
la ley”.
Si algo convenía a los intereses del poder
hegemónico, se le estimulaba o, incluso, se le
premiaba. He ahí a Colón recibiendo de Isabel,
la Católica, la autorización y cuanto privilegio
había pedido para su “primer” viaje a
América; he ahí el aliento a la instalación de
obrajes cuando arreciaba la inflación en España;
y he ahí también la autorización para
que por fin se abra una escuela para nativos
en el Perú.
Pero cuando aquello mismo ya no convenía
a los intereses del poder, era entonces
desestimulado o, incluso, castigado. He ahí a
Colón llegando encadenado a España; he ahí
la orden de destrucción de los obrajes en América
y la orden de clausura de la escuela.
En ese contexto, ¿con qué fuerza, con qué
autoridad moral, Isabel la Católica, Carlos V,
Fernando II y los demás, iban a reprimir los
excesos de los virreyes? ¿Y con qué fuerza,
con qué autoridad moral éstos iban a reprimir
los excesos de los conquistadores, los
corregidores y los oidores?
¿Con qué autoridad moral el obispo de
Toledo y el Papa Rodrigo Borgia iban a censurar
los excesos de los obispos del virreinato?
¿Y éstos los excesos de los curas?
Ninguno tenía alternativa. Todos tenían
que hacerse de la vista gorda. Tenían un inmenso
rabo de paja. Así prosperó el negocio
de fraguar documentos. Así prosperó la intolerancia.
Así tuvo ancho y libre curso la violencia
y el crimen. Así se sembró el camino
de la prebenda, la coima y la corruptela, y
también del contrabando.
Así se sembraron jardines en vez de hacerse
escuelas; y se construyeron iglesias en
vez de construirse carreteras o canales de riego.
Y se sembró el nepotismo. Y la más nefasta
impunidad. Y la ley del embudo. Y otras
lacras. Muchas otras más.
¿Así se ha construido la Alemania moderna?
¿Sobre esas bases reposa la democracia y solidez
económica norteamericana? ¿Es esa la realidad de
Suecia? ¿Es acaso ese, incluso, el sostén de la espectacular
prosperidad de Japón? Por cierto que no. Y
todos –o casi todos–, saben eso.
Mas, con lo dicho hasta aquí, en lo que va del libro,
mal podríamos pensar que el llamado “estado de
derecho” (el Cuarto Mandamiento de Montaner) es la
única razón por la cual son grandes, prósperas y poderosas
las naciones desarrolladas del planeta. Ya sabemos
que hay otras y muy importantes razones.
Resulta incontrastable, pues, que todas esas lacras
se incrustaron en la sociedad peruana de la Colonia,
porque los virreyes “imitaron, emularon e intentaron
superar a sus líderes”, los reyes de España. Es decir,
cumplieron al pie de la letra ese texto entrecomillado,
al que Montaner acaba de denominar “Noveno Mandamiento”.
Pero resulta que el Decálogo de Montaner
es el de “Los diez mandamientos de las naciones exitosas”. ¡Qué extraños mandamientos éstos! Sirven
para construir unas naciones pero también para destrozar
otras.