Las rebeliones de los conquistadores
Toledo tuvo la fortuna de arribar al Perú cuando la inmensa mayor parte del
territorio y sus distintas poblaciones experimentaban lo que más de uno habrá
denominado “pax ibérica”. Él, como se ha visto, terminó imponiéndola del todo.
Muy distintas, sin embargo, habían sido
las casi cuatro décadas anteriores. En efecto,
durante ellas, buena parte del territorio y de
los pueblos habían sido conmocionados con
lo que se ha dado en llamar –y que con reservas
repetimos– “las guerras civiles”. Sobre
éstas se conocen tanto los perfiles bélicos como
se desconoce los verdaderos trasfondos.
La guerra por el Cusco
A un lustro de haberse dado muerte al
Inka Atahualpa, Almagro y Pizarro, dos de
los socios de la conquista del Perú, apoyados
por sus respectivos seguidores, ingresaron a
un cruento enfrentamiento, la “primera de las
guerras civiles”.
Ambos venían reclamando a la Corona
de España que definiera, con exactitud, los
territorios en los que cada uno tendría gobernación
autónoma. En la denominada “Capitulación
de Toledo”, del 26 de julio de 1529,
el rey había concedido a Pizarro autorización
para conquistar y gobernar sobre un espacio
hasta de 200 leguas al sur del río Santiago (en
el norte del actual territorio de Ecuador).
Almagro pretendía hacerse gobernador
del territorio que resultara al sur del de Pizarro.
Entretanto, uno y otro pretendían que
en su gobernación estaba incluido el territorio
del Cusco y la ciudad del mismo nombre.
El Cusco era pues la manzana de la discordia
y, para entonces, estaba controlada y gobernada
por los Pizarro.
Regresando de conocer gran parte del territorio
de Chile, y desilucionado por la pobreza
agrícola y minera del mismo, Almagro
tuvo aún mayores razones para exigir que el
Cusco le perteneciera. Tomó pues por sorpresa,
“con las armas en la mano la noche del 8
de abril de 1537”, la ciudad que había sido
capital del Imperio Inka, haciendo prisionero
a Hernando Pizarro, Teniente Gobernador de
la ciudad y hermano de Francisco.
Sin embargo, y a fin de no prolongar el
fratricida derramamiento de sangre, los socios
de la conquista convinieron, en tanto no
se conociera la opinión de los peritos náuticos
que iban a definir los alcances geográficos
exactos del mandato de Carlos V , en
designar al Superior de la congregación Mercedaria,
fray Francisco de Bobadilla, para
que dirima a quién de ellos correspondía el
Cusco.
El fray, “muy amigo de los Pizarro”,
dictaminó, en noviembre de ese año, que,
mientras se dé la opinión de los pilotos náuticos
especializados, el Cusco pertenecía a
Pizarro. Se volvió pues a las hostilidades militares.
El primer encuentro se produjo en el
campo de Salinas, entre un millar de pizarristas
y setecientos soldados almagristas. Diego
de Almagro, enfermo, fue capturado y, tras
un prolongado juicio en el que no se le dio
derecho a defensa, fue ajusticiado en julio de
1538. El acontecimiento sin duda llegó pronto
a oídos del emperador Carlos V. Éste nombró
entonces a Cristóbal Vaca de Castro como
“Pacificador” del territorio andino.
Sin embargo, y antes de que llegue el Pacificador
al Perú, los almagristas, encabezados
por Diego de Almagro hijo, alcanzaron a
tomar venganza, y en julio de 1541 asesinaron
a Francisco Pizarro. El vengador se hizo
reconocer entonces como Gobernador del
Perú.
Once meses más tarde, en setiembre de
1542, en las proximidades de Jauja, los almagristas
fueron derrotados por el ejército del
Pacificador Vaca de Castro. Almagro el Mozo
fue capturado y ajusticiado. Se considera
a ésta la “segunda guerra civil”.