Toledo: infierno y gloria
En 1574, pues, Toledo se había ganado ya
un sitio en la historia de España, en la historia
del Perú, en la historia del capitalismo, en
la del genocidio y en la del infierno de Potosí.
Hubiera podido irse entonces tranquilo y
orgulloso a la península. Permaneció sin embargo
siete largos años más.
Así, vio incrementarse de 160 000 a 700
000 marcos de plata al año la producción de
Potosí. Y dejó sentadas las bases objetivas
para que, hasta casi un siglo después, la producción
de plata de Perú y Bolivia superaran,
por un amplio margen, a la de México.
Pero también para que, al cabo de un
siglo de trabajos forzados, deba registrarse en
su haber la muerte de casi un millón de personas
y, consecuentemente, la estrepitosa caída
en la producción de plata de la que nunca
pudo recuperarse el virreinato del Perú.
Queda pues claro que, en sólo tres décadas,
el sur cordillerano se había convertido
en el centro y eje de la economía virreinal e
imperial.
Y en el escenario del brutal y endemoniado
tráfago de mercurio hacia Potosí, de lingotes
de plata hacia Lima, de miles y miles
de hombres encadenados hacia las minas, de
miles de huérfanos y viudas, de miles de mujeres
prostituidas por chantaje, de cientos de
prostitutas profesionales y de frenéticos constructores
de iglesias barrocas.
Y en el escenario de los espantosos campos
de concentración de la “reducciones”.