Liquidación de la resistencia inka
No satisfecho con que las cosas quedaran
en palabras y en papeles, de viaje al Cusco
para dirigir en persona la captura de Manco
Inca, “Toledo se hizo cargo de la repugnante
tarea de obligar a las provincias próximas a
Huancavelica –en más de trescientos kilómetros
– a mandar trabajadores a las minas,
justificándose con el fallo de la junta de doctos
de Lima...”.
¿Repugnante para quién? ¿Bajo qué postulado
científico los historiadores colocan su
conciencia donde sólo estaba la del virrey?
Toledo no veía la hora de concretar ese
“matrimonio de más importancia del mundo
entre el cerro de Potosí y el de Huancavelica”
–dice Hemming–.
Manco Inca, sin embargo, tenía en su
poder aún las llaves del “santuario” donde
debía consagrarse ese enlace. Por fin el virrey
llegó al Cusco en febrero de 1571.
En extraña coincidencia, pocos meses
después, a mediados de año, Manco Inca
murió repentinamente, a todas luces envenenado.
Su secretario, un mestizo apellidado
Pando, y fray Diego Ortiz, fueron ejecutados
por los rebeldes que los responsabilizaron de
haber asesinado al Inka.
Se suscitó entonces, por la sucesión, una
confusa y nefasta pugna entre Titu Cusi, Sayri
Túpac y Túpac Amaru, y sus respectivos
seguidores. Muerto también Titu Cusi –cuyo
deceso también ha sido atribuido a sacerdotes
y españoles–, Túpac Amaru I asumió
finalmente el liderazgo del “núcleo más
belicoso de Vilcabamba”, esto es, el último
reducto de la resistencia inka.
Toledo, tras vanos intentos de lograr la
rendición del Inka...
y con los votos del cabildo de la ciudad
(...), resolvió quitar aquella ladronera y
espantajo y hacer de fundamento guerra
al Inca, como apóstata, prevaricador y
homicida, rebelde y tirano...
Y “declaró la guerra a fuego y sangre” el
Domingo de Ramos, 14 de abril de 1572.
Cinco meses más tarde, en setiembre de
1572, más de cien kilómetros más adentro de
Vilcabamba, por fin fue capturado el Inka
Túpac Amaru I.
El juicio al Inka rebelde fue un remedo.
Toledo –dice Hemming– no estaba interesado
en probar la culpabilidad del Inca, él “ya
había resuelto eliminar a Túpac Amaru y sabía
que debía actuar con rapidez...”. El virrey
no aceptó ni las súplicas –de rodillas– de
fray Agustín de la Coruña, obispo de Popayán,
“varón perfecto y tenido por santo”
que lo acompañaba en el viaje.
El último y rebelde Inka fue finalmente
ejecutado el 24 de setiembre de 1572. Y, por
orden del virrey, su cabeza fue colocada en
un poste en la plaza del Cusco, donde permaneció
dos días.
Ya sólo faltaba un hito para coronar pues
el supremo objetivo del virrey. Sin embargo,
había que emprender una larga y lentísima
marcha de casi mil kilómetros que, en su
gran mayoría, tenía que desarrollarse a afixiantes
3 500 msnm.
Por fin Toledo llegó a Potosí en febrero
de 1574, casi un año y medio después de que
quedara asegurado al camino del mercurio
hacia las minas, y de la plata hacia Europa.
El período 1572–74 es el que, en el
Gráfico Nº 16 (del Tomo I), nos habíamos
permitido destacar dejando para este lugar su
explicación.
Reeditado aquí como Gráfico N° 28, no
puede ser más elocuente: sólo después de liquidada
la resistencia inka se dispara la producción
de la obsesivamente ambicionada riqueza
argentífera.