DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA:

Del nombre de los españoles


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Alfonso Klauer

Colón y los antecedentes del “descubrimiento”

Esta parte de la historia reviste particular importancia en relación con los intereses de América. ¿Cómo olvidar que la occidentalización del Nuevo Mundo comenzó con el “descubrimiento”?

¿Cómo olvidar que a partir de ese momento se impusieron el castellano y el portugués como los idiomas más importantes de América Central y Meridional?

¿Y cómo negar que a partir de ello “su” historia –la de los conquistadores –, y la “nuestra” –la de los conquistados–, fue escrita en “su” idioma, y por “ellos”, no por nosotros?

¿Cómo negar que “nuestra” historia ha sido escrita, desde el “descubrimiento”, y a partir del “descubrimiento”, con la lógica y los valores de los conquistadores? Y que por todo ello, como es lógico, “nuestra” historia ha sido escrita de acuerdo a “sus” intereses, subjetiva y no objetivamente.

Es decir, y por decir lo menos, la nuestra es una historia que ha sido sesgada, interesadamente sesgada. Y, en mucho, como veremos, grotescamente falseada.

¿Cómo negar que el punto de partida de la farsa –larga y coherentemente montada– se inició con la “historia del descubrimiento”? Ésta es, pues, y para decirlo con una analogía, la punta del ovillo.

¿Cómo negar que a partir de la falseada “historia del descubrimiento” fue inevitable continuar y mantener la farsa –de manera inconciente de parte de muchos intelectuales e historiadores, y de manera deliberada en el caso de la que salió de la pluma de los cronistas españoles oficiales–? Ésta, pues, es la verdadera, primera y última razón, para desentrañar muchos “misterios” del “descubrimiento”, que incluso hasta hoy, permanecen ocultos.

Procedente de Portugal, donde acababa de enviudar, y con la negativa del rey Juan II de apostar por su proyecto, Colón, había llegado a España en 1485.

Fue recibido por los Reyes Católicos en 1486. Es decir –nunca se ha dicho con suficiente énfasis–, llegó a la Corte de España cuando ésta tenía como preocupación fundamental, y virtualmente única, la guerra de liberación contra los moros.

Recién en 1490, todavía en plena guerra, es decir cuatro años después de haber sido presentado el proyecto, los “sabios” de la Corte lo rechazaron oficialmente argumentando, que “las pruebas aportadas [por Colón] eran muy vagas”.

En marzo de 1492, esto es, al cabo de seis años de tediosas pero incansables tratativas, pero sólo tres meses después de la fecha de expulsión definitiva de los moros, el almirante obtuvo, por fin, la aprobación a su espectacular proyecto. Tampoco la Historia oficial ha sido suficientemente enfática en este singular “detalle”.

Como por encanto habían quedado atrás las objeciones técnicas y científicas que habían hecho todos esos largos años los asesores de la reina Isabel.

Pero, como veremos, también habrían quedado superadas las objeciones estratégicas –de las que poco o nada se ha hablado– pero que quizá fueron los más importantes argumentos de Isabel y sus asesores para dilatar la aprobación del proyecto de Colón.

“Sin que sepamos por qué” –dice de manera asombrosamente ingenua la historiadora española María Luisa Laviana Cuetos– los Reyes Católicos aceptaron en marzo de 1492 todas las pretensiones de Colón. ¿Sin que sepamos por qué?

¿Es que resulta inaccesible comprender que, desembarazados de los árabes, en esas nuevas y victoriosas circunstancias, resultaban ya prioritarios aquellos proyectos que, sin costo para el reino, eventualmente podían resolver las severas angustias que ocasionaba la “bancarrota” en que pregonadamente se encontraba la Corona?

Así, resulta una frívola exquisitez –que en este caso nada tiene de científica–, reclamar una “prueba que contundentemente” demuestre que, urgidos económicamente, los reyes dieron la autorización de viaje a Colón.

Durante la guerra contra los moros, en la obsesiva y frenética preocupación militar, era harto comprensible que el proyecto de Colón apareciera a los ojos de los reyes y sus asesores, no tanto como un proyecto “descabellado” –como insistentemente se ha dicho e ingenuamente se ha creído– sino que, como se verá, fue visto como potencialmente contraproducente y altamente riesgoso a los intereses de España. Por lo demás, era también comprensible que la Corona no quisiera distraer un solo esfuerzo en nada que no fuera combatir a los moros.

¿Por qué durante la guerra contra los moros podía resultar contraproducente el proyecto de Colón? Pues basta mirar el mapa para percibir que el territorio dominado por los moros tenía una peligrosísima proximidad con cualquiera de los puertos atlánticos del sur de España (Palos incluido).

Así, mientras estuvieran los moros en control de ese territorio, resultaba altamente riesgoso el inicio de la aventura y contraproducentemente riesgoso cualquier eventual éxito.

Porque, ¿por dónde iban a ingresar a España las riquezas que eventualmente se trajera de los territorios de ultramar? ¿Por las narices de los moros, para que ellos tuvieran la ocasión de apropiarse de éstas, alejando con esos recursos las posibilidades de la legítima y definitiva victoria que anhelaban los Reyes Católicos y el resto de los españoles? ¿Por el Mediterráneo, sabiéndose como se sabía, que los moros y sus aliados en el norte de África controlaban el estrecho de Gibraltar? ¿O por Portugal, el reino rival de España? ¿O por las siempre rebeldes e inseguras tierras de vascos y gallegos? ¿Acaso por Francia? No, ninguno de ellos era un territorio de fiar.

Resulta evidente, pues, que, sólo en las nuevas circunstancias, expulsados los moros de España, el “descabellado” proyecto de Colón resultaba viable. Ya casi sin riesgo las riquezas de ultramar podían ingresar a España por el puerto de Palos. Recién podía pues ser alentado aquel que años antes había sido calificado como el “vago” proyecto del almirante.

Cuán en mente tendría Colón –cuántas veces se lo habrían repetido–, que mientras durara la estancia de los moros en España se le negaría la autorización para su ansiado viaje, que, cuando por fin pudo iniciarlo, dice empezando su Diario de viajes, en la cuarta línea del mismo:

después que Vuestras Altezas han dado fin a la guerra de los moros (...) mandaron Vuestras Altezas a mí que con armada suficiente...

Un judío valenciano, Luis de Santángel, que a la sazón se desempeñaba como una suerte de ministro de Hacienda de Isabel, había ofrecido financiar 1 140 000 maravedíes (el 60 % de los costos).

Santángel –un preclaro antecesor de muchos de los modernos y “visionarios” empresarios, inaugurando una modalidad de inversión que hoy es el pan de cada día de las transnacionales “globalizadas”–, no puso la plata de su bolsillo: utilizó recursos públicos –muy probablemente con la ciega complacencia de Isabel y Fernando–.

El resto, hasta completar dos millones de maravedíes, iba a ser aportado por comerciantes genoveses –Francesco Pinello fue aparentemente uno de éstos–. Se cree que el propio Colón aportó 500 000 maravedíes.

La reina Isabel, pues, no vendió ninguna de sus joyas, ni nada que se le parezca –como todavía muchos textos siguen diciendo–.

¿Y a cuánto equivalen los dos millones de maravedíes que fueron invertidos en el negocio? Pues a 25 millones de dólares de hoy.

No se trataba, pues, de una insignificancia, como también, hasta ahora –implícitamente –, se ha hecho creer.

La versión más tradicional y conocida de este episodio –tres “pequeñas” carabelas, con no más de cuarenta hombres cada una–, invariablemente nos remite –háyase o no pretendido dar ese mensaje–, a un esfuerzo económico de poca monta.

En todos los idiomas se ha puesto de relieve el aspecto heroico y arriesgado de la gesta soñadora de Colón y sus hombres. En ningún idioma, en cambio, se ha mostrado que, a fines del siglo XV, cada carabela representaba una suma elevadísima (quizá hasta diez millones de dólares a valores de hoy).

Es decir, sólo ricos y acaudalados navieros tenían ese tipo de naves a su disposición.

Juan de la Cosa, Cristóbal Quintero y Juan Niño, propietarios de la Santa María, la Pinta y la Niña, respectivamente, eran, pues, acaudalados armadores. Por lo demás, para la época, la reunión de tres carabelas, constituía una flota privada de gran magnitud.

Téngase presente que, muchas décadas después, las flotas de guerra de cada una de las tres más grandes potencias de Europa –Inglaterra, Francia y España– con las justas superaba cincuenta naves de características equivalentes a las de las mejores de la época del descubrimiento.

Muy probablemente, en el momento que zarpó Colón en su “primer” viaje, la flota entera de España quizá no estaba conformada sino por algo más de 30 unidades. Porque, más de un año después, en el “segundo” viaje, y a pesar del resonante éxito del primero, “sólo” se hicieron a la mar 17 navíos.

Estas cifras son verosímiles porque, recuérdese una vez más, cuando zarpa Colón del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, y con destino a una parada inicial en las islas Canarias, hacía apenas unos meses que se había logrado conquistar Granada y expulsar a los moros.

Y la campaña contra los moros había sido –según todas las fuentes– casi exclusivamente terrestre. Evidentemente no porque así lo hubieran decidido los estrategas de la Corona, sino porque, a todas luces, la flota española de entonces no habría sido de gran magnitud y las campañas terrestres contra los moros no habían exigido un mayor desarrollo naval.

Por lo demás, los Reyes Católicos y sus principales intereses económicos –más notoriamente en el caso de Isabel que de Fernando –, eran típicamente mediterráneos, no marítimos. La inmensa mayoría de las más grandes fortunas de España de la época eran mediterráneas: agrícolas, ganaderas y mineras –.

El mismo mapa anterior nos insinúa claramente que, mientras los moros dominaran el sur de España, el despegue marítimo del reino estaba seriamente constreñido. No es ninguna casualidad por ello que Portugal, que no tenía las restricciones geopolíticas que hemos anotado para España, se hubiera adelantado significativamente en lo que a conquistas marítimas se refiere: entre 1415, en que Juan de Portugal llegó a Ceuta (en la costa de Marruecos), y 1488, en que Bartolomé Díaz llegó al Cabo de Buena Esperanza (al sur de África), Portugal había protagonizado “una impresionante expansión descubridora hacia el sur, mientras [que España, en 1492] apenas se ocupa de la conquista [de las islas Canarias]”.

Debió ser maravillosa la experiencia de los navegantes portugueses cuando, bordeando el África, camino a Guinea, atravesaron por primera vez la línea ecuatorial y, por primera vez también, divisaron la Cruz del Sur, un firmamento totalmente nuevo y desconocido se presentó ante su extasiada vista.

A partir de esos descubrimientos, poco después el florentino Paolo del Pozo Toscanelli afirmaba que era posible “alcanzar las costas orientales de Asia, navegando desde las islas Canarias hacia el oeste”. Pierre d’Ailly, por su parte, aseguraba que el océano [Atlántico] era navegable en pocos días con viento propicio”. Y el astrónomo Alfragano, con asombrosa proximidad, había estimado el perímetro de la Tierra.

En función de los descubrimientos realizados, el tratado Alcaçovas–Toledo (1479), había dividido el Atlántico de la siguiente manera: de las islas Canarias para el sur, para Portugal, y hacia el norte para España. En 1481, ese tratado había sido refrendado por la Bula papal Aeterni Regis.

Es decir, cuando en 1492 Isabel la Católica autorizó a Colón a emprender su “primer viaje”, ella y sus asesores técnicos y legales tenían plena conciencia de que estaban violando el tratado suscrito doce años antes con Portugal.

¿Cuánto esperaban obtener de utilidades quienes invirtieron en la aventura de Colón? Pues algo así como el equivalente actual de 12,5 millones de dólares (50% del monto de la inversión), en un año o menos, sin contar la reposición de las naves que eventualmente se perdieran –como que de hecho ocurrió con el naufragio de la Santa María en la aguas del Caribe–.

Estamos asumiendo que en esa época las tasas de interés para préstamos eran las mismas que existían en los primeros años del reinado de Carlos V, que eran del orden de 22 % al año, y, lógicamente, que los inversionistas esperaban obtener mucho más que eso, pues había, comprensiblemente, un mayor riesgo en la aventura. De ello tenían absoluta conciencia el judío español y los comerciantes genoveses que solventaron los gastos del viaje. Pero también los tres millonarios dueños de las naves que comandarían el propio Colón, Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón.

¿Con qué tendría que regresar Colón de su viaje para pagar la enorme suma de dinero que se había puesto en juego, y las expectativas de utilidades que había en el asunto? ¿Tres carabelas cargadas de especias serían suficientes para cancelar ese monto? La tradicional hipótesis según la cual Colón buscaba una nueva ruta hacia las Indias para traer especias –y de la que están cargados los textos de Historia– es francamente deleznable, pero además cínica.

En el Diario de Colón hay una sola obsesión: oro, tesoros, riquezas fabulosas. ¿Serían en efecto –como se ha dicho siempre– tan inciertos los resultados del viaje? ¿Sería tan aventurada y desconocida la ruta como se les viene presentando en los textos a los estudiantes? ¿Estaría un judío español y un grupo de comerciantes genoveses –tan seguros y calculadores como se sabe que han sido y son en sus pasos, más aún cuando se trata de dinero– dispuestos a arriesgar una suma tan enorme sólo contra la palabra de Colón? Poco, muy poco probable. Más aún –nos atrevemos a decir–, absolutamente improbable.

Colón, como más adelante veremos, habría tenido, cuando menos, indicios verdaderamente importantes de la bondad del proyecto que audazmente concibió.

Y en lo que a navegación de grandes distancias se refiere, ¿acaso no hay evidencias de que, por la misma época, navegando en balsas a vela, con menos recursos técnicos que los europeos, sólo aprovechando las mareas del Pacífico, el Inka Túpac Yupanqui fue llevado y traído hasta y desde Oceanía?

¿Y acaso hoy no son irrefutables las evidencias según las cuales los vikingos, con Erick el Rojo a la cabeza, estuvieron en América del Norte (Groenlandia y Terranova) quinientos años antes? ¿Y que los propios vasco–españoles habrían estado en la misma Terranova –que a ellos debería precisamente el nombre–, pescando ballenas y bacalao? Y Colón mismo, como también se ha supuesto alguna vez, ¿no habría ya llegado antes a América? Así lo entiende, entre otros, José Ignacio Urquiza. ¿No llama la atención, a este respecto, que zarpando de Canarias, según relata el propio almirante en su diario de a bordo, ordenó viajar “siempre hacia el oeste por el paralelo 28°...?” ¿No resulta digno de razonable sospecha que, leyendo el diario del almirante, algunos autores han podido concluir que “lo primero que queda claro es la seguridad que tenía Colón en el éxito se su misión”. ¿Era sólo un asunto de convicción teórica y de fe inquebrantable? ¿Era sólo un asunto de coraje y audacia?

¿Resiste acaso la ley de probabilidades una seguridad y certeza tan asombrosas, y que, al cabo de 33 días, el viaje resultara “facilísimo (...) sin problemas dignos de mención” –como el mismo almirante confiesa en su diario–; afirmaciones que echan por tierra la leyenda tenebrosa de riesgos inverosímiles, naves incómodas y sin camarotes, con riesgos de escorbuto, e inanición, con plagas de ratones en las bodegas, falta de aprovisionamiento de agua y alimentos, etc.

Pues bien, el 17 abril de 1492, tres meses y medio antes de iniciarse el “primer” viaje, Colón y los reyes firmaron una serie de acuerdos –conocidos como las “Capitulaciones de Santa Fe”– en los que se concedió al almirante “todo lo que pedía... [entre otras cosas], el diez por ciento de todas las riquezas que hubiera en esas tierras (perlas, piedras preciosas, oro, plata, especiería...”, en compensación “de lo que ha descubierto en las Mares Océanas”.

En el tradicional contexto en el que ha sido relatada la historia del descubrimiento de América, la expresión “ha descubierto” resulta “misteriosa” –como anota María Luisa Laviana–.

Para unos, dice ella misma, la “misteriosa” frase no sería sino una prueba del llamado “predescubrimiento” [que habría realizado el propio Colón]. ¿Una prueba, o la prueba? Porque si las famosas Capitulaciones fueran un documento irrefutable, ¿por qué habría de necesitarse más pruebas? ¿Quién necesitaría más pruebas? Para otros historiadores, sin embargo, nos sigue diciendo María Luisa Laviana, la “misteriosa” frase “alude a una redacción posterior al primer viaje”.

Estamos aquí ante un problema lógico en el que bien vale la pena detenernos un instante.

¿Ante qué posibilidades nos coloca la expresión “una redacción posterior al primer viaje”? Por lo menos ante las siguientes:

a) Que el contrato en realidad se suscribió en la fecha indicada pero fue alterado, con posterioridad al regreso de Colón –colocándose la frase “ha descubierto” en lugar de, por ejemplo, y en condicional, “que descubra”, o un equivalente de ella–.

b) Que el contrato suscrito el 17 de abril de 1492 se habría redactado, en realidad, después de esa fecha y, lógica y necesariamente entonces, después del 15 de marzo de 1493, fecha en que Colón llegó de regreso al puerto de Palos, con evidencias muy promisorias de su estadía en las remotas tierras donde había estado.

c) Que, contra lo que pretenden decirnos quienes sostienen la tesis de “una redacción posterior al primer viaje” –entendiendose por ese primer viaje el iniciado el 3 de agosto de 1492–, esa frase también puede significar –sí pues– que el primer viaje habría sido, en efecto, antes del 17 de abril de 1492. ¡Todo lo que se hizo con posterioridad al 3 de agosto, fue, evidentemente, hecho también con posterioridad al 17 de abril!

Pero María Luisa Laviana, sin embargo, deja entrever otra posibilidad: que la “misteriosa frase” –“ha descubierto”– “quizá no sea más que una errata” –pasando ella de largo en su relato como si el asunto de tal errata no revistiera mayor importancia–.

¿Una errata de esa naturaleza tras siete años de espera y de negociaciones, tras –muy presumiblemente– un sinnúmero de borradores previos? ¿Una errata de esa naturaleza, de la que no se diera cuenta ninguna de las partes firmantes: ni los abogados de la reina, ni la reina misma, ni el propio Colón? ¿Es que con tanta displicencia puede aceptarse esa posibilidad? ¿En tan poco estima nuestra historiadora española las calidades profesionales de los abogados de la reina? ¿Puede presumirse tan a la ligera que eran tan mediocres?

¿Era tan distraída y displicente la reina? ¿El rey Fernando no leyó el texto? ¿También a el se le pasó el gazapo?

Descartamos de plano la hipótesis de un yerro involuntario como ése, y que además hubiera sido compartido con tanta indolencia por todos cuantos estuvieron involucrados en la suscripción del contrato.

Resulta entonces que cualesquiera de las tres posibilidades que hemos enumerado para interpretar la existencia de la “misteriosa frase” –ha descubierto– asoman como factibles.

Veamos pues cuáles son las consecuencias que se derivan de cada una de ellas, que no son tan inocuas como aparecen a primera vista.

Así, en referencia a la primera, ¿qué razones podría haber tenido la reina Isabel para ordenar o dejar que, durante el viaje de Colón, o después del exitoso regreso de éste, uno de sus abogados alterara el contrato? ¿Es que Fernando, en un trasnochado y tardío ataque de rabia o celos, le habría increpado las que estimó como exageradas concesiones al almirante, y, entonces ella, para salvar su responsabilidad, fraguó el contrato original incluyendo la famosa frase “ha descubierto”, para hacerle creer a Fernando que había tenido a la vista evidencias de un primer y exitoso viaje; evidencias que lógicamente él no habría visto?

Sin embargo, no hay un solo indicio que muestre, a éste o a otros respectos, que la reina temblara de miedo ante Fernando ni ante nadie. La hipótesis de la alteración posterior, pues, es inverosímil.

Porque, por lo demás, no habría beneficiado a nadie sino al propio almirante, de momento que –extrañamente y pudiéndolo también hacer–, nadie en cambio alteró las partes correspondientes del contrato para menoscabar los derechos que se le había concedido al almirante.

Porque si la alteración se hizo durante el viaje –a espaldas del almirante– o después de la exitosa llegada de Colón el 15 de marzo de 1493 –con oro y hombres de las Indias–, habría sido mucho más coherente –con la interminable lista de inescrupulosas acciones que Isabel había llevado a cabo desde su matrimonio para adelante–, habría sido mucho más coherente, insistimos, que ordenara alterar las prerrogativas que el contrato original había concedido al almirante.

En cuanto a la segunda hipótesis, ¿qué razones justificarían que Colón zarpara sin un contrato firmado con la Corona de España? ¿Siete años esperando su hora y al final zarpar sin un contrato que avalara su derecho a buena parte de las riquezas que obtendría? Pero, además, el financista judío español, los también financistas comerciantes genoveses, los dueños de las naves y los capitanes de travesía, ¿habrían arriesgado tan grandes fortunas sólo con la palabra de Colón, sin contar con seguros documentos que dieran seguridad jurídica a su inversión? ¿Y en qué y en quién confiaban a ciegas? ¿En la palabra de Isabel? ¿La de la política de los hechos consumados y de la fragua inescrupulosa de documentos? Todo ello es pues también absolutamente inverosímil.

Aceptar esta hipótesis significa no conocer nada de los hombres, no conocer nada de los comerciantes, de los financistas, de los armadores. Aceptar esa hipótesis significa también desconocer la historia. Significa, lisa y llanamente, engañarse –y engañar– con que se puede tapar el sol con un dedo.

Significa endosar a los comerciantes y financistas el romanticismo de los poetas y el idealismo de los quijotes. Significa sustituir la realidad por la fantasía. Representa, en síntesis, reemplazar los deseos ingenuos y desinteresados –de los historiadores– en equivocadísima y absurda sustitución de los fríos, inescrupulosos e interesados cálculos de los financistas. Por todo esto es que, en realidad, y casi sin haberla estudiado, por simple intuición, los financistas saben más de historia que muchos historiadores, pero éstos, no saben más de finanzas que los financistas.

Por lo demás, en el supuesto negado de que Colón hubiera zarpado sin contrato firmado, aceptando un acuerdo verbal en el que estaba en juego su humilde palabra contra la de la poderosa reina –y que los financistas, de modo inusitado e inverosímil, se hubieran avenido al riesgo–, ¿qué habría impedido a la poderosa reina alterar totalmente los alcances del acuerdo verbal? ¿Acaso no se había manifestado ya la reina inescrupulosa frente al poderoso derecho canónico –consentido, escrito e impuesto desde el Vaticano–?

¿Acaso la Corona no había puesto de manifiesto vilezas de todo orden e inescrupulosidad de todo género durante la guerra contra los moros y la represión contra los judíos pobres? ¿Acaso no había violado la reina flagrantemente el tratado de delimitación del espacio marítimo que había suscrito con Portugal?

Si Isabel, deliberada y concientemente, pudo alzarse altanera y victoriosa contra esos inmensos poderes, cuánto más no hubieran podido hacer, ella y sus mezquinos asesores, contra un humilde mortal como Colón? Todo parecería indicar, pues, que la tercera hipótesis tiene más visos de verosimilitud que cualquiera de las otras. Es decir, que, en verdad, los acuerdos –las tan famosas Capitulaciones del 17 de abril de 1492– se habrían redactado y suscrito después del primer viaje de Colón, que, por consiguiente, se habría realizado antes de esa fecha.

Esto es, contra lo que hasta el día de hoy se proclama oficialmente, no habría sido el primero el que se inició en el puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, sino, cuando menos, ése habría sido el segundo. El o los anteriores los habría realizado Colón cuando trabajaba con su cuñado.

Pues bien, la orden que diera Colón a sus navegantes, de viajar “siempre hacia el oeste por el paralelo 28°...”, no es el único dato digno de sospecha en el Diario de Colón, en torno a posibles viajes suyos anteriores al del “descubrimiento”.

A ese respecto hay otros tres datos indiciarios que dan lugar a sospecha.

En primer lugar, como se sabe, el viaje del “descubrimiento” se inició recién el sábado 8 de setiembre de 1492, cuando, a partir de las islas Canarias, por orden del almirante las tres carabelas empezaron a dirigirse hacia el oeste –al “Güeste”, dice Colón–.

Pues bien, sorpresivamente, a partir del día siguiente, el almirante empezó a mentirle a la tripulación en relación con las distancias que recorrían en cada jornada. El día 10, por ejemplo, navegaron 60 leguas y les declaró 48; el 16 recorrieron 38 pero les anunció 36, etc. En promedio, sin embargo, los engañó poco: en algo menos del 20% de la distancia.

¿Cuál era el argumento explícito para el engaño? Pues...

...porque si el viaje fuese largo no se espantase y desmayase la gente,

declaró el almirante el día 9 de setiembre, cuando empezó a engañarlos; y lo repite en el diario el día 25.

¿Resulta coherente que frente a esa explicación el engaño fuera de menos del 20% respecto de la distancia recorrida? No, pero será en función de otros dos datos –uno que revisaremos inmediatamente, y otro más adelante – que nuestra sospecha adquiera más consistencia. Veamos.

Aunque durante mucho tiempo y en muchos textos se nos ha dicho otra cosa, el almirante en su diario recién registra protestas de la tripulación el día 10 de octubre, cuando expresa que la gente “quejábase del largo viaje”. Dos días después avistaron tierra. Esto es, a menos del 6% del tiempo de recorrido, contando desde Canarias.

Es decir, todo parece indicar que el engaño de Colón en torno a las distancias que se recorrían estuvo bien medido. Todo parece indicar que él pretendía que, para contento de todos, pero sobre todo de la tripulación, ésta encontrara tierra “antes de lo ofrecido”.

Veamos, no obstante, los otros indicios, con los que puede adquirir más solvencia nuestra hipótesis.

El segundo indicio pues, es que el 16 de setiembre, cuando se habían alejado tanto como 300 leguas de isla de Hierro, la más suroccidental de las islas Canarias, ante la presencia de muchas yerbas en torno a las naves, la tripulación creía que ya estaban cerca a tierra firme. Cólón dijo sin embargo –dicho en primera persona–: no porque...

la tierra firme “hago” más adelante.

“Hago” debemos entenderlo, con la mayor condescendencia, como “presumo”, dado que todavía debemos suponer que no significa “estoy seguro”. No obstante, ¿a título de qué Colón “presumía” que la tierra firme estaba más adelante? Las 300 leguas que habían recorrido era bastante más del doble de la distancia que normalmente se recorría entre las costas de África y la más cercana de las islas Canarias, distancia ésta que, según se nos ha dicho siempre, era la que más de alejaban entonces de la costa. Más del doble pues era ya una distancia muy grande.

¿Qué le daba entonces al almirante la seguridad de que faltaba bastante por recorrer? ¿Puede considerarse una simple casualidad que –según hoy sabemos– efectivamente en ese momento todavía faltaban 800 leguas por recorrer?

El tercer indicio, sin embargo, resulta el más revelador. En efecto, durante el viaje, el 25 de setiembre de 1492, Colón nos entera de la existencia de un mapa en el que –dicho por él en tercera persona–:

...”según parece, tenía pintadas” el Almirante ciertas islas por aquella mar.

Según se infiere del Diario de Colón, ese mapa fue también constantemente revisado durante la travesía por Martín Alonso Pinzón, el capitán de la “Pinta”. A la luz del mapa, tanto Pinzón como Colón creían estar ya “en aquella comarca” –en las proximidades de esas islas–.

¿Sigue siendo este dato un indicio o es ya una buena prueba? Pues bien, días más tarde, el 3 de octubre –nuevamente hablando él en tercera persona– dice:

creía el Almirante que le quedaban atrás las islas que “traía pintadas en su carta”.

Ya no es, pues “según parece, tenía pintadas”, sino, definitivamente, “traía pintadas”.

Sin duda, el “problema de la lengua usada por [Colón]”, aún cuando harto debatido, sigue planteando exigencias de “un estudio pormenorizado”.

¿Supone eso sin embargo que “un estudio pormenorizado” puede terminar diciéndonos que cuando Colón dice “traía pintadas” quizo decir “probablemente traía pintadas”? Y por añadidura, ¿podría acaso un estudio pormenorizado del lenguaje utilizado por el almirante terminar “probando” que en realidad no llevaba ni siquiera mapa alguno?

En cualquier caso, siendo que estos importantísimos y muy reveladores datos los ha proporcionado el propio almirante, ¿cómo entender que la inmensa mayoría de los textos más difundidos los hayan omitido y pasado por alto? Nos asalta la idea de que en la historiografía tradicional –¿quizá sólo involuntariamente? – se hubiera tejido una “confabulación implícita” para seguir sacralizando al almirante.

El hecho es que los tres indicios que hemos presentado eliminan cualquier duda que hubiéramos podido tener sobre eventuales viajes anteriores de Colón.

Los márgenes de tolerancia que se dio y le dio a la tripulación cuando la engañaba en relación a las distancias recorridas en cada jornada; la seguridad que tenía en torno a la más probable ubicación de tierra firme; y el manejo de cartas náuticas razonablemente buenas para la época; nos permiten tener la absoluta seguridad de que Colón había estado antes en América.

Porque no podemos olvidar que estos tres indicios deben sumarse a la analizada frase del contrato de Colón con los reyes de España, en la que se habla de todo lo que “ha descubierto” en las Mares Océanas que, en el contexto que venimos planteando, adquiera aún mayor sentido.

Por lo demás, nunca ha sido bien explicado cómo fue que Colón, los hermanos Pinzón y quienes financiaron el costoso viaje convencieron en Palos a la centena de humildes y anónimos marineros que se hicieron a la mar “a tan temible, extraordinaria e incierta aventura”.

Muy difícilmente podrá hacérsenos creer que fue sólo a cambio de una buena recompensa material, y que fue sólo contra la palabra del almirante.

 

Hoy, con toda la información que hemos presentado, es más verosímil que se les hubiera animado mostrándoseles información precisa, o suficientemente convincente, la misma que probablemente entonces habría sido la siguiente: 1) ya he –o hemos– estado antes allá, y muy bien lo saben los reyes; 2) estos objetos –x o y– son de allá; 3) he aquí los mapas de la ruta y las islas que avistaremos en el camino; 4) la distancia máxima a recorrer es 1 150 leguas a partir de Canarias; 5) el tiempo máximo de recorrido es 25–35 días (quizá por eso las primeras protestas registradas se pusieron de manifiesto recién el día 32) –pero Colón por su cuenta quizá también sabía que el mínimo, como ocurrió en el “segundo viaje”, podía ser de sólo 21 días, 40% menos que en el “primero”–.

Estos, pues, no sólo habrían sido los argumentos que convencieron a quienes se embarcaron, sino que, por sobretodo, y para nuestros efectos, son consistentes con los indicios a los que hemos hecho referencia.

Pero hay otro elemento importante que apunta a afianzar la hipótesis cada vez más consistente de que Colón estuvo antes en América.

Insistentemente se ha repetido, en efecto, que el principal objetivo del viaje era encontrar una vía distinta a “la ruta tradicional de las especias”.

De acuerdo a los estudios acumulados a esa época –Plinio (23–79 dC ), Marco Polo (1254–1324) y, entre otros Pablo Toscanelli (1397–1482) , se pretendía pues, pasando por Japón (Cipango), llegar a China (Catay).

Hasta antes del control del este del Mediterráneo y del Asia Menor por los turcos (1453), Europa había desarrollado un importante intercambio comercial con el Lejano Oriente.

Ésta no era precisamente una tierra de pueblos primitivos. Sino de pueblos que, además de especias, exportaban a Europa sedas y diversas manufacturas entre las que destacaban artesanía en marfil, alfombras y orfebrería en oro. Se trataba, pues, de naciones tan desarrolladas como las europeas.

Colón sin embargo, y supuestamente “contra sus previsiones”, desembarca por primera vez en la isla de Guanahaní, en la que desde las naves habían avistado “gente desnuda”. No obstante, a los pocos minutos del desembarco, dice el almirante, “se juntó allí mucha gente de la isla”, y poco después “nadando” llegaban hasta los botes de las carabelas en que habían desembarcado los europeos.

Es decir, según declara Colón, esos hombres primitivos que andaban “desnudos como su madre los parió” no manifestaron, en ningún momento, el más mínimo miedo, ningún asomo de temor y, menos todavía, pánico, ante las “casas flotantes” que se les habían aparecido.

No obstante, cínica y tercamente se nos ha dicho siempre que esas mismas “casas flotantes”, paradójicamente, y 40 años más tarde, cuando llegaron las huestes de Pizarro, habrían asombrado a los hombres de civilizaciones mucho más desarrolladas como las de la costa del Perú.

Pues bien, sólo después que esas “gentes desnudas” se habían acercado con extraña y sorprendente familiaridad, los “descubridores” empezaron a darles: bonetes colorados y unas cuentas de vidrio (...) y otras cosas muchas de poco valor (...) y cascabeles...

Surgen pues dos preguntas: ¿pensaba con esas chucherías negociar Colón especias y manufacturas con el Gran Kan de la China, como con inaudita desfachatez sostienen quienes lo ensalzan incondicionalmente, y que caen en flagrante inconsistencia al decir que las mismas le iban a permitir a Colón cambiarlas “por oro en el país de Kublai Kan”? Ridículo, ¿no es cierto?

Y, en segundo término, ¿no resulta extraño y forzado –por decir lo menos–, que junto con las banderas, el escribano de la armada y sin duda las armas, los “descubridores” desembarcaran con los bolsillos llenos de esos “pedacitos de vidrio, cascabeles y muchas otras cosas de poco valor”? ¿Qué experiencia tenían los “descubridores” para conducirse de ese modo? ¿Quizá la que habían adquirido explorando las costas de África? Probablemente, mas nadie exhibe ese argumento.

Mas sí conocemos que las costas de África hasta ese momento no eran pródigas en nada que ambicionaran los europeos por entonces, salvo esclavos potenciales. ¿Por qué entonces el almirante, antes de preguntar por las “especias” que supuestamente había ido a buscar, en la segunda jornada de su estadía en América declara?: estaba atento (...) de saber si había oro...

¿A título de qué suponía que podía encontrarlo a flor de tierra o paseando la mirada entre las “gentes desnudas” con las que estaba alternando?

¿Sólo por la “grandiosidad de su genio”, como desproporcionada y generosamente lo califican quienes más lo elogian? ¿O quizá, como también lo afirman, porque era uno de los hombres “más geniales e intuitivos de la historia”?

Así, premunido de esa supuesta genial intuición, antes de indagar por las “especias”, por China (Catay) o por el Gran Kan, decidió ese mismo segundo día: ir al sudoeste a buscar oro y piedras preciosas.

¿Por qué? Porque atento como estaba, ya “había descubierto” que algunas de esas “gentes desnudas” llevaban...

pedazuelos [de oro colgados en] la nariz.

Extraña y muy sospechosa intuición, ¿verdad? Como extraña y sospechosa es la indolencia en la que han caído sistemáticamente los panegiristas del almirante. ¿Significa eso sin embargo que todos debemos seguirnos tragando la piedra de molino? Por lo demás, si como se sigue creyendo el objetivo era buscar una nueva ruta para el tráfico de las especias, ¿qué sentido tenía que Colón en su “primer” viaje embarcara semillas para sembrar, como lo confiesa el propio almirante?

¿Pretendían Colón y los reyes de España desarrollar acaso colonias agrícolas en China y Japón? ¿O era aquello sólo una previsión ante la eventualidad de naufragar en un territorio desploblado?

Es pertinente, no obstante, retroceder un tanto en el tiempo. A este propósito, bien vale revisar el Gráfico Nº 5 que muestra la sucesión de la exploración europea, pero sobre todo portuguesa, de las costas del África.

Como puede verse en el gráfico –en la página siguiente–, desde fines 1291 los portugueses y españoles fueron familiarizándose con las costas de África, en las proximidades del archipiélago de las Canarias. Éste fue descubierto en 1312. En 1460 ya estaban en Sierra Leona. Y en 1486 habían estado en Sudáfrica, enrrumbándose al Océano Índico y ya en camino hacia Japón y China.

Hacia 1492, pues, unos y otros llevaban nada menos que 180 años navegando hacia las islas Canarias.

No obstante, y como se sabe, ya en 1479 se había firmado el tratado Alcaçovas-Toledo que repartió el Atlántico, de las Canarias al norte, para España, y hacia el sur, para Portugal –ver Gráfico Nº 7 en páginas más adelante–.

Pues bien, allí, supuestamente al borde del mundo conocido hasta entonces, Colón estuvo entre 1476 y 1485, nueve largos años navegando entre África y los archipiélagos de Madera y Canarias. Casado en Portugal, tuvo como cuñado al propietario de una flota naviera que tenía una factoría en las proximidades de la isla Madeira, es decir, a más de 500 kilómetros, mar adentro, de las costas occidentales de África, frente a Marruecos.

Esto, de por sí, echa por tierra la falsa tesis de que los marinos de la época navegaban “a vista de costa”, y que sentían “verdadero pavor [de] perder los puntos de referencia y de adentrarse en el mar”.

Colón durante años trabajó como capitán en los barcos de su cuñado. Quizá en esas circunstancias fue que, en 1481, como parte de la tripulación de una flota portuguesa, viajó a Guinea en busca de oro, marfil y especias.

“En sus múltiples travesías había observado ramas de árboles desconocidos, raros frutos tropicales y maderas labradas...”. Y muy probablemente quizá también maderos con incrustaciones de piedras preciosas, oro y plata.

Se dice, incluso, que “encontró una carta confeccionada por [un] piloto náufrago” que habría retornado al África después de haber sido “arrastrado por las tormentas a las costas americanas”.

Hoy se dice que ese náufrago se habría llamado Alonso Sánchez de Huelva, nombre que quizás no era sino la “personificación de otros viajeros desconocidos”, pero que, eventualmente, también habría podido encubrir, entonces, a Colón mismo. Al fin y al cabo, en nueve años en la zona, más de una vez estuvo a expensas de los vientos alisios que empujan de Canarias hacia las Bahamas y el Caribe.

Sánchez de Huelva, Colón, eventualmente ambos, y quienes fueran los demás accidentales primeros viajeros –porque habría o habrían naufragado una o más naves y sus respectivas tripulaciones–, habrían llegado pues a América sin proponérselo y, entonces, sin la más mínima preparación, pero, además, exhaustos, hambrientos y sedientos.

En tales circunstancias, su humildad frente a los nativos debió ser probervial, ¿qué otra cosa les quedaba? Sin agredir, no fueron agredidos. Se tomaron tiempo para reponer fuerzas y provisiones. Y volvieron a embarcarse con la seguridad de que los mismos vientos que habían llevado maderos, otros objetos e incluso anteriores náufragos a sus conocidos archipiélagos, los llevarían también a ellos. Atrás dejaron “gentes desnudas” con pedazuelos de oro colgados en la nariz, y familiarizadas con las naves y con los inopinados y “pacíficos” visitantes europeos.

¿No es razonable suponer que entre los pobladores de las islas Canarias y Madeira hubiera americanos supervivientes de naufragios –antiguos o recientes– con los cuales había podido tener contacto Colón, o a los que éste había sido el más propenso a creer sus historias? ¿Y no es también razonable que esas historias adquirieran total certeza para él después de su eventual propia experiencia? ¿No es lógico suponer –insistimos– que las mismas mareas y los mismos vientos que llevaron y trajeron a Colón, habrían movilizado antes –voluntaria o involuntariamente –, y en uno y otro sentido, a otros navegantes europeos y americanos?

En el contexto de la historiografía tradicional, se ha minimizado, y en muchísimos textos obviado, un asunto tan relevante como la presencia natural y cronológicamente regular de corrientes circulares de vientos y mareas en torno al centro del Atlántico, y que nos permitimos esquematizar en el gráfico.

Para cuando Colón inicia sus travesías en los archipiélagos cercanos al África, contaba ya con 25 años, 15 de los cuales tenía como navegante. Vasta experiencia pues contaba cuando “descubrió” la presencia de los vientos alisios. Pero no sólo él. También la habían adquirido los navegantes portugueses y muy probablemente incluso los corsarios de la armada francesa que en una ocasión lo hicieron naufragar frente al cabo San Vicente (Portugal).

Pues bien, enfrescados en conceder valor incuestionable a las declaraciones explícitas, los historiadores tradicionales agigantan los méritos y la incertidumbre del viaje, planteando que en sus supuestos técnicos previos el almirante había errado sus cálculos de distancia nada menos que en 25% –como afirma M.L. Laviana al asumir como millas italianas de 1 477 metros las que en realidad eran millas árabes de 1 973 metros.

Sin embargo no se repara en que el almirante en su Diario el 3 de agosto y el 9 de setiembre declara que cada legua la está tratando como si equivaliese a 4 millas, cuando en realidad equivalía a 3, con lo que “recuperaba” el 25% en el que “dicen” que erraba: ¡1973 x 3 = 1477 x 4! El almirante ciertamente era más hábil incluso de lo que sus mejores panegiristas han dicho. Pero a quién trataba de engañar el diestro almirante, ¿acaso a los despistados historiadores de hoy? No.

Él sabía que tenía, como mínimo, dos temibles enemigos: los hermanos Pinzón, duchos navegantes como él, de un lado; y el rey de Portugal y los navegantes portugueses, del otro.

En efecto, Martín Alonso Pinzón lo traicionó gravemente en dos ocasiones: cuando, ya en América, fugó por su cuenta y riesgo en la “Pinta” nada menos que 47 días, temiendo el almirante que hubiera incluso regresado adelantándosele a España, mas volvieron a encontrarse accidentalmente en aguas del Caribe.

Y cuando luego, cuatro días antes de arribar a las islas Azores –un mes antes de llegar finalmente a Palos–, volvió a desaparecerse en medio de una tormenta para finalmente llegar a España antes que el almirante y, aprovechando de ello, intentar incluso entrevistarse con los reyes de España a espaldas del almirante.

¿Y por qué tenía que cuidarse del rey de Portugal y de los navegantes portugueses? Porque, recuérdese, ya antes de 1484 había planteado el viaje al rey Juan II cuyos marinos, antes que los españoles, ya dominaban por entonces distancias tan grandes como las que separan África del archipiélago de Cabo Verde.

Por lo demás, será el propio almirante el que nos informe, el 6 de setiembre de 1492, que, al salir de las Canarias con rumbo al Nuevo Mundo, “andaban por allí tres carabelas de Portugal para tomarlo” –¿capturarlo, espiarlo, seguirlo?–; y que cinco días más tarde, ya 150 leguas mar adentro, avistaron una gran nave, de 120 toneladas, tan grande como la mayor del almirante –¿siguiéndolos? –. El almirante, pues, tenía clara conciencia de que los portuguerse le seguían los pasos.

Colón entonces, lleno de razonables cuidados y suspicacias –dadas las seguridades que él tenía entre manos–, contaba con sobradas razones para, desde mucho tiempo atrás, haber entregado información hábilmente distorsionada al rey de Portugal, a los reyes de España, y, entre otros, a los hermanos Pinzón, de modo tal que, quien o quienes intentaran adelantérsele y traicionarlo, enfrentaran graves peligros de extravío y naufragio.

En definitiva, y contra la opinión más difundida, nos parece más bien que casi no quedan razones que sustenten la tesis de la atrevida, riesgosísima y nunca bien ponderada aventura del almirante.

¿Tienen importancia todas estas disquisiciones? ¿O se cree que están fundadas en un intrascendente prurito colonfóbico? O, como ya se ha dicho para otros analistas, ¿se cree que nuestros juicios también están sustentadaos en una “actitud parcial y anticientífica, multitud de pasiones, intransigencias y vanidades nacionales”? Tal parece que en la gran mayoría de los textos más difundidos de Historia no ha parecido relevante enjuiciar si el primer viaje de Colón fue efectivamente el primero o el segundo o el tercero.

El asunto, por el contrario –por lo menos para nosotros–, reviste singular importancia.

Si realmente era el primero –como cree y sigue creyendo la inmensa mayoría de las personas–, entonces todo lo que vino después –más descubrimientos, conquistas y enormes riquezas– no fue sino fruto del azar, de un paradójico error, y –al decir de los consejeros espirituales de la reina– una concesión divina: justo, equitativo y saludable premio a la denodada lucha de España contra los infieles árabes –tal y como lo razonó el Anónimo de Yucay, un cronista de tiempos del virrey Toledo–.

Y toda la rapiña y los crímenes que se cometieron –en nombre de Dios con una mano y del espíritu de aventura con la otra– podrían entonces quedar exentos de mayores cargos y objeciones.

Si, por el contrario, quedara claro que el “primer viaje” fue en realidad el segundo o el tercero, se derrumbarían en cadena muchísimos mitos: aventura, audacia, valor, intrepidez, afán descubridor, afán catequizador y civilizador; pero también caerían los mitos de Colón y la reina de España.

Pero, lo que es aún más trascendente, si el llamado “primer viaje” fue en verdad el segundo, las Capitulaciones de Santa Fe probarían que para la conquista de América se procedió con premeditación, alevosía y ventaja.

Probarían también que el primero y último de los objetivos del “descubrimiento” era la obtención de riquezas de ingentes riquezas minerales de oro.

¿Por qué las Capitulaciones de Santa Fe –tal y como coherentemente hubiera correspondido – no concedieron a Colón, por ejemplo, el monopolio del tráfico comercial en las nuevas rutas que descubriera? ¿Por qué en el contrato no se habla básicamente de actividades comerciales, sino, fundamentalmente, de todas las riquezas que hubiera en esas tierras: perlas, piedras preciosas, oro, plata, y, sólo después de todo ello, especiería....

Las pruebas indiciarias, pues, resultan abrumadoras: Isabel y Fernando sabían qué tenían entre manos cuando, expulsados por fin los moros, libre y segura la ruta de retorno, alentaron y autorizaron a Colón, a marchas forzadas, para que se hiciera a la mar con una flota de tres carabelas.

Últimamente, sin embargo, ha sido planteado un verosímil objetivo complementario de viaje. Como se sabe, el mismo día que se embarcaría el almirante en su “primer” viaje, vencía el plazo que Isabel y Fernando habían dado a los judíos para salir de España.

En ese contexto, el investigador Simón Wiesenthal –célebre cazador de nazis–, sostiene que Colón embarcó a sus marineros a las once de la noche del día anterior, pues la mayoría de ellos eran judíos que, entre un pobre destierro en el norte de África, y la eventualidad de enriquecimiento en la aventura con el almirante, habrían optado por esto último.

Esta singular gestión del almirante apuntalaría –como varios autores sostienen– la hipótesis de la bien disimulada condición de judío de Colón, cuyo “cristianismo”, en efecto, está muy pobremente mostrado en su Diario de viajes.

Esa misma hipótesis daría un poco más de consistencia al hecho de que hubiera sido precisamente un judío –Santángel, como hemos citado antes– quien se ofreciera a asociarse con el almirante en el proyecto. Bien se sabe que los judíos comercian con todo el mundo, pero, cuando de sociedades se trata, son particularmente selectivos o, mejor, discriminatorios: se asocian generalmente con otros judíos.

Pero también apuntalaría la sospecha de que, tras la supuesta nacionalidad genovesa de algunos de los financiadores del viaje, se escondía además su condición de judíos. En tal virtud, Santángel y los otros –en el caso de que Colón no lo fuera–, habrían presionado al almirante a aceptar judíos como parte de su tripulación.

Ello permitiría a los financistas lograr dos objetivos: salvar del destierro a varios de sus protegidos y conocidos, y obtener de éstos, de primera mano, información que sería valiosísima más tarde, en eventuales viajes que pudieran organizarse a espaldas del almirante.

No resulta coherente, en cambio, la tesis del propio Wiesenthal, de que Colón, en complicidad con los Reyes Católicos, iría en busca de un territorio remoto adonde desterrar a los judíos, dado que, al momento de levar anclas, el plazo de expulsión ya había vencido.

El Diario de Colón –tan poco leído, tan poco estudiado y tan poco citado en la mayoría de los textos masivos de Historia–, contiene muchísimas más palabras relacionadas con riqueza material –oro, joyas, tesoros– y con los poderes terrenales –el rey y la reina de España–, que las relacionadas con especias, seda, comercio con las Indias, y, por supuesto, que las relacionadas con Dios y la religión.

Los sicólogos –y quizá también los siquiatras – tienen aún mucho que decir al respecto; aún no lo han dicho. Y los juristas también. Éstos conocen muy bien aquello de “a confesión de parte, relevo de pruebas”.

Ahí están pues las confesiones de Colón para desmentir la falsa y cobarde mentira según la cual el padre Bartolomé de las Casas –y los que pensaban como él en su tiempo– habrían sido los que tejieron la “leyenda negra” que “injustificadamente” satanizó las fechorías de los conquistadores. El propio Colón, entonces, no las Casas, habría inspirado que se tejiera la leyenda negra.

Colón tenía por lo menos 31 años de experiencia como navegante cuando obtuvo autorización para zarpar “a la Indias”. Se dice, sin embargo, que por un accidente de navegación (mal tiempo), ya de vuelta de su “primer” viaje, arribó primero a Lisboa, el 4 de marzo de 1493, informando allí de sus hazañas al rey Juan II de Portugal.

La versión del “mal tiempo” resulta también pobre y endeble, poco digna de ser tomada en consideración. Es una versión endeble, en primer lugar, dada la proclamada, conocida y evidente pericia del navegante, Pero, más aún, en segundo lugar, sabiéndose, como se sabe, que a bordo de la otra nave sobreviviente (porque la “Santa María” había encallado en el Caribe), Martín Alonso Pinzón siguió al norte rumbo a Galicia. ¿No pudo acaso Colón hacer lo mismo? ¿Qué se lo impidió? También a raíz de este episodio, pueden tejerse una serie de interrogantes.

Recuérdese primero, sin embargo, que el almirante, antes de presentar su proyecto a los Reyes Católicos, lo había ofrecido al rey de Portugal, al mismo Juan II, mas éste, en 1485, le había manifestado su negativa. No obstante, conociéndose la sagacidad de Colón, y conociendo que éste estaba perfectamente al tanto de los enormes progresos de la marina portuguesa en África, puede presumirse que quizá presentó a Juan II un proyecto distinto, técnicamente engañoso, ante la comprensible desconfianza de que le sea robado el proyecto.

Se sostiene, por ejemplo, que, “traicionando” a Colón, por instigaciones del obispo de Ceuta, Portugal envió una carabela que, siguiendo supuestamente la ruta que había indicado el almirante, regresó poco tiempo después sin alcanzar ningún éxito.

Antes o después de ese episodio, en 1488 el almirante habría vuelto a plantearle a Juan II su proyecto, recibiendo entonces una nueva negativa. Entre tanto, habría enviado a su hermano Bartolomé a ofrecer el proyecto a Enrique VII, rey de Inglaterra, de quien también se obtuvo respuesta denegatoria.

¿Se sabrá algún día, por ejemplo, por qué Colón –sin miedo de que a sus espaldas la idea realmente le fuera robada por los portugueses –, insistió seis años con los reyes de España –que él además sabía que estaban completamente enfrascados en la guerra contra los moros–, e insistió con tan poca vehemencia con el rey de Portugal?

Bien podría ser, pues, que Colón, viniendo de América, urdió lo del “mal tiempo” para, revestido ahora de gloria y fama, entrevistarse con Juan II con por lo menos tres objetivos: refregar al rey –con gran sutileza, suponemos– la debilidad y desconfianza que eventualmente le habría mostrado años atrás; renovar el pedido de apoyo a Portugal, previendo la posibilidad de que fuera traicionado en España (porque muy bien debía conocer el almirante los devaneos de la reina y la muy pobre fidelidad de su palabra); y además para tener razones para chantajear a los Reyes de España, con el eventual apoyo de Portugal, en el hipotético caso de que aquéllos intentaran dejarlo de lado.

Ninguna de esas hipótesis puede llamarnos a extrañeza. Del almirante hoy puede decirse, al cabo de muchas y nuevas investigaciones, que era “un personaje ambicioso, sombrío, calculador, esclavista, capaz de negar a sus compañeros de aventura el pan y la gloria”193.

Algunos textos sostienen que Colón ya antes había chantajeado a los Reyes de España, “amenazándolos” con dirigirse a Inglaterra o Francia a proponer los proyectos que la corte española le venía negando. Sin embargo, por el contexto en que es presentada esa información, parecería que el almirante habría realizado tal amenaza después del triunfo sobre los moros. “Al enterarse de este propósito, el rey cambió de actitud, temiendo que otra nación obtuviera la gloria y las riquezas...”.

No obstante, los autores de ese texto no se han preguntado ¿en razón de qué el chantaje surtió tanto efecto? ¿No sería, pues, que las “pruebas” que había entregado Colón eran realmente convincentes, y no “vagas” como oficialmente se declaró? ¿Cómo sino cómo entender que el rey temiese que otra nación “obtuviera la gloria y las riquezas...”?

Ni se preguntan ¿por qué esperó Colón seis años para esgrimir una amenaza que bien pudo plantear y ejecutar varios años antes? ¿O es que Colón –como también puede presumirse – estuvo más bien “prisionero” en La Rábida, después que los reyes “le [ordenaron] permanecer a la espera, vinculado a la corte”?

Once días después de haber ingresado a Lisboa, y al cabo de 32 semanas de viaje, Colón estuvo de vuelta en el puerto de Palos, el 15 de marzo de 1493.

Portugal –como resulta lógico desprender –, no demoró un instante en reclamar que España –como en efecto ocurrió–, había violado flagrantemente el tratado Alcaçovas– Toledo, y la bula papal que lo refrendaba.

Mas en la fecha ya era Papa el español Rodrigo Borgia: Alejandro VI. Los Reyes Católicos, entonces, y una vez más sin escrúpulos de ninguna clase, “se apresuraron” a reclamar y obtener del Papa español los documentos que permitirían neutralizar las reclamaciones de Portugal.

Así, “en un tiempo récord”, el incondicional y complaciente Alejandro VI promulgó hasta cuatro bulas en favor de los intereses de España. Sin duda la más importante fue la Bula Inter Caetera (fechada el 4 de mayo), que cambió radical y absolutamente los alcances de la Bula Aeterni Regis.

Con los nuevos y espectaculares “descubrimientos”, y de acuerdo a la Bula Aeterni Regis, España habría quedado como un simple testigo del enriquecimiento de Portugal.

El Gráfico Nº 7 es harto ilustrativo a ese respecto.

Este episodio de la historia, en el que confluyen las historias de Portugal, España, el Vaticano, y la historia de América, muestra palmariamente cómo, de manera absolutamente inescrupulosa, el poder hegemónico –en este caso la alianza España–Vaticano– no duda un instante, en función de sus intereses, en alterar las reglas de juego para acomodarlas a su propio beneficio, importando un ápice lo que ocurra con el resto de los protagonistas.

El resto de los países de Europa, pero sobre todo Francia e Inglaterra, protestaron por el reparto del mundo que unilateralmente habían protagonizado, principalmente España –en complicidad con el Vaticano– y Portugal.

Mas como éste había visto mellados sus intereses con la Bula Inter Caetera, y siendo que en la época era una potencia marítima, presionó hasta negociar nuevamente con España. Finalmente alcanzó a lograr, con el Tratado de Tordesillas de 1494, que el meridiano divisorio fuera desplazado 270 leguas más hacia el oeste.

Ello le permitió, en América, obtener gran parte del enorme territorio de Brasil, del que después, en los hechos, se apoderaría totalmente, violando a su vez los alcances del propio Tratado de Tordesillas.

En la historia que de una u otra manera se iniciaría en 1494 con el “reparto” del Nuevo Mundo, jugarían un papel decisivo tanto la riqueza de los territorios que habrían de ser conquistados, como la tecnología de que se disponía a esa época.

Brasil, con 8.5 millones de kilómetros cuadrados, es más grande que todo el resto de la América Meridional más el Caribe. En apariencia, pues, Brasil habría podido dar a Portugal una riqueza inmensamente más grande que la que obtuvo España en los territorios que conquistó.

Sin embargo, y para la tecnología de la época, la mayor riqueza natural de Brasil era la madera. Pero el desarrollo naval de aquellos siglos no permitía trasladar masivamente esa riqueza a Europa. La gran riqueza de la Amazonía habría entonces de quedar en Brasil que, de ese modo, no resultó saqueado.

No pudo ser saqueado.

Pequeños rincones de Perú y Bolivia, en cambio, encerraban tesoros de proporciones gigantescas: oro y plata. Éstos, con técnicas milenariamente conocidas, no sólo eran “fácilmente” extraídos de la tierra, sino fundidos y convertidos en monedas que, ocupando muy poco volumen –aunque de gran peso–, encerraban un gigantesco valor. Y con el desarrollo naval de la época sí podían ser masivamente trasladados a Europa. Perú y Bolivia, entonces, pero también México, fueron saqueados. Pudieron ser saqueados.

Pues bien, para todos los historiadores ha quedado meridianamente claro que Colón zarpa en su “primer” viaje dejando atrás una España sumida en total falencia económica, como resultado de la costosísima guerra contra los moros, pero también como consecuencia del derroche irresponsable de la inmensa mayoría de los miembros de la Corte y de los allegados a ella.

Pero también es compartida la tesis de que Colón y el resto de los navegantes viajaban insuflados de desbordante ambición de enriquecimiento personal.

El 13 de octubre, con apenas 24 horas en tierras de América, el almirante se encargará de demostrar, definitivamente, que no andaba en busca de sedas, ni de alfombras, ni de artesanías de marfil, ni de especias. Ese día anotará en su diario, sin subterfugios de ninguna índole: ...yo estaba atento y trataba de saber si había oro, y ví que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur (...) estaba un rey que tenía grandes y muchísimos vasos de oro...

¿A qué otro sino a Túpac Yupanqui, el emperador que en esos momentos gobernaba el Imperio Inka, podían referirse los nativos de Guanahaní? ¿Puede haber alguna duda? ¡Cuán lejos y cuán pronto, pues, había llegado a oídos de los conquistadores la que habría de convertirse en la enfermiza leyenda de El Dorado.

Hoy está categóricamente claro que los comerciantes y navegantes chinchas, chimú y tallanes de la costa del Perú, llegaban rutinaria y constantemente a las costas de Panamá, el resto de Centroamérica y México llevando utensilios y joyas de oro y plata para intercambiarlas con productos del trópico.

¡Cómo no habría de adquirir fama en toda América Central y el Caribe tan grande despliegue de riqueza!

Y –de paso sea dicho, dado que nunca aparece en los textos– desde esos mismos lugares y de la misma forma, los pueblos de los Andes se enteraron, con décadas de anticipación a su llegada a las costas del Perú, de la existencia de los conquistadores europeos, y de sus progresos en la conquista y control de los territorios, de su insaciable voracidad de oro, y de sus terribles armas, de todo.

El almirante, sin embargo, creería que ese rey del Sur, era el rey de Cipango (Japón), de donde, además, creía estar cerca. Más sigamos con las confesiones del almirante, de ese mismo día 13 de octubre.

Determiné esperar hasta mañana (...) para ir al sudoeste a buscar oro y piedras preciosas...

Estaba en lo cierto el almirante cuando, líneas después, afirmaría: Aquí nace el oro que traen colgado a la nariz...

Mas como él obsesivamente andaba buscando mucho más oro que eso, determinó entonces: ...no perder más tiempo e ir a ver si encontraba la isla de Cipango...

donde creía que encontraría a raudales el oro que buscaba.

Entretanto, asistiendo atónito al hecho de que uno de sus hombres recibía de los nativos más de 12 kilos de algodón hilado a cambio de una “moneda de escaso valor”, comentó en su diario, como dirigiendo una carta a los reyes de España: Decidí que nadie volviera a hacer eso, salvo que, habiendo gran cantidad, yo mandara tomar todo para Vuestra Alteza...

Es decir, mientras que de algodón se tratara, si había poco no había ni que tocarlo.

Pero si había mucho había que tomarlo, como confiesa el almirante.

Ya de vuelta de su “primer” viaje, “Colón atraviesa toda España (causando sensación por donde pasaba con sus indios, papagayos y demás), para ir a Barcelona donde lo recibieron los Reyes Católicos...”.

Con gran rapidez, entonces, se organizó la siguiente expedición. La nueva flota estuvo compuesta por 17 barcos y unos 1 500 hombres, incluyendo soldados, artesanos y labradores, todos los cuales buscaban salir rápidamente de pobres.

Pero también se embarcaron seis sacerdotes, y algunos oficiales reales que seguramente tenían la tarea de asegurar que, desde el principio, se organizaran las cosas en el nuevo mundo a imagen y semejanza de los intereses de la Corona –Colón, evidentemente, no era garantía de ello–.

“Quizá (...) el objetivo, más que colonizar, era asegurar la ocupación efectiva del territorio, único título que se sabía válido en la práctica [frente a la ambición del resto de países europeos y] pese a la donación formal [de los territorios que se descubriera, y que había hecho el Papa español Rodrigo Borgia]”.

No obstante, debe recordarse que en esta nutrida expedición también se embarcaron extranjeros, como el navegante italiano Michel de Cúneo.

Éste dejó vivo testimonio de la estruendosa despedida que se dio en Canarias a los navegantes, que, con fuegos artificiales, homenajearon a la mujer que por entonces gobernaba la isla “con la que nuestro Señor Almirante en otro tiempo había tenido amores”.

De Cúneo relata algunos sucesos que bien vale la pena reproducir: En la isla Santa María Galante (...) once hombres de los nuestros formaron una banda y se internaron a robar... (pág. 25).

...apresamos doce mujeres, muy bellas (...) entre quince y dieciséis años de edad...

(pág. 26).

...los caníbales nos lanzaron flechas.

Herimos a muchos de ellos. A uno que dábamos por muerto, al ver que se echaba a andar, lo pescamos con una lanza, lo acercamos al borde de la nave y le cortamos la cabeza con un hacha... (pág. 27).

...apresé a una caníbal bellísima y el Señor Almirante me la regaló (...) me vinieron deseos de solazarme con ella.

Cuando quise poner en ejecución mi deseo ella se opuso y me atacó (...) tomé una soga y la azoté tan bien que lanzó gritos inauditos que no podríais creerlo...

(pág. 27).

...apresamos dos hombres, uno de los cuales era cacique y nos regaló muchas cosas. Cuando quiso retornar a tierra, el Señor Almirante se lo impidió, exigiéndole que le enseñara a descubrir nuevas tierras, y que después le daría libertad...

(pág. 35).

La Corona Española, para afianzar la conquista de los nuevos territorios, y para alentar la migración de la mayor cantidad posible de españoles pobres, había tomado adecuadas precauciones. Según Michel de Cúneo: habíamos traído de España toda clase imaginable de semillas...

de melón, sandía, calabazas, rabanitos, cebollas, lechugas, puerros, perejil, trigo, garbanzos y habas (pág. 31).

Conociendo ya el almirante que en América no había la carne a la que estaban acostumbrados los europeos, “trajo de España los más necesarios” –cerdos, gallinas, perros y gatos– (pág. 31), todos los cuales, según De Cúneo, se reproducían “en grado superlativo” (pág. 31). Pero además, “las vacas, los caballos, las ovejas, y la cabras”, se comportan [como en Europa] (pág. 32).

Las cifras mostradas anteriormente nos permiten concluir que, tras el “primer” viaje de Colón, se despertó, de manera fulminante, una altísima fiebre de oro en toda España.

Porque mientras en el viaje anterior habían hecho la travesía un promedio de 33 hombres por nave, esta vez se habían embarcado un promedio de 88 hombres en cada carabela.

Las naves, pues, habían viajado atiborradas de hombres y de animales. Y las bodegas repletas de semillas. ¿Ningún capitán se alarmó por el exceso de peso, porque, como es lógico entender, además había que llevar alimentos y agua para todos, para los animales y para los hombres? ¿Nadie se incomodó por la falta de camarotes y por los ratones; nadie tuvo miedo al escorbuto? ¿Es posible imaginar que en sólo un año España hubiera construido muchas naves y de más del doble de calado de las que hicieron el “primer” viaje? No, nada de eso. Ocurrió simplemente que la fiebre del oro produjo alucinaciones de riqueza en toda la península.

Y que con “la impresionante flota” los Reyes Católicos mataban dos pájaros de un tiro: por un lado, dando rienda suelta a los aventureros, se abría una efectiva válvula de escape a las tensiones sociales que vivía España en medio de la pobreza en que había quedado después de la guerra contra los moros; y, que con la impresionante flota, Isabel y Fernando esperaban recoger muchas más riquezas que con sólo 3 carabelas.

Si la “primera” expedición había costado el equivalente de 25 millones de dólares de hoy, la “segunda” representó una inversión equivalente a 2 125 millones de dólares (170 millones de maravedíes). Y no fue ninguna casualidad que su “cuidadosa preparación” fuera, en las ya nuevas circunstancias, encargada por la reina a uno de los más cercanos miembros de su Consejo: Juan Rodríguez de Fonseca.

Con la llegada de estos navegantes a América “comienza la explotación económica, meramente extractiva al principio: oro y esclavos es lo único que interesa [sin embargo], como el oro era escaso, y había que compensar (...) los costos de la expedición, en febrero de 1495 Colón envía a España 500 esclavos indígenas...”.

La reina –como anota también la historiadora española María Luisa Laviana– se encargó de cortar ese tráfico, ordenando el regreso de los nativos a sus tierras. Mas no debe creerse, como algunos autores ingenuamente han afirmado en sus textos, que la reina para esa drástica decisión reivindicó razones espirituales y humanistas. De la boca para fuera quizá lo hizo. Al fin y al cabo, era experta en gestos demagógicos.

En el fondo, sin embargo, se trataba, más bien, de que en España se sufría de una gran pobreza –ciertamente entre los pobres– y que, por consiguiente, cualquier nuevo contingente de trabajadores –más aún si eran esclavos– empobrecería todavía más a los españoles pobres, haciendo aún más explosivas las condiciones políticas y sociales. Ésa y no otra fue la razón por la que prácticamente nunca llegaron esclavos –ni africanos ni americanos – a la España imperial.

Para el “tercer” viaje comandado por Colón, iniciado en junio de 1496, se embarcaron 300 hombres en 6 naves.

Ateniéndonos a esas cifras, podríamos pensar que cundió el desánimo entre candidatos a tripulantes y entre los candidatos a inversionistas, en razón de los aparentemente poco convincentes resultados del segundo viaje. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que sólo acompañando a Colón ya habían navegado antes más de veinte capitanes de travesía y casi 1,700 hombres, poniéndose en juego las fortunas de muchos inversionistas.

¿Ha registrado la historia cuántas naves levaron anclas rumbo al Nuevo Mundo, al margen de las flotas de Colón? ¿Acaso no es sabido que por ejemplo lo hizo el español Alonso de Ojeda, con Américo Vespucio y el propio Juan de la Cosa (el que fuera propietario de la “Santa María”), que se embarcaron por su cuenta rumbo a América en 1499? ¿Y que casi simultáneamente se embarcó también el español Pedro Alonso Niño, asociado con los hermanos Cristóbal y Luis Guerra? En el mismo año de 1499, además, con cuatro carabelas, se había hecho nuevamente a la mar Vicente Yáñez Pinzón, el que fuera uno de los capitanes en el “primer” viaje de Colón.

Apenas unas semanas después salió de Sevilla Diego de Lepe. Otros viajes, siempre al margen de las flotas de Colón, estuvieron a cargo de Alonso Vélez de Mendoza (en 1500), Diego Rodríguez de Grajeda, también en compañía de Cristóbal Guerra (en 1500- 1501), y nuevamente Juan de la Cosa, esta vez en compañía de Rodrigo de Bastidas y de Vasco Núñez de Balboa (en 1501–1502). Y en 1502, con 2 500 personas a su mando, Alonso de Ojeda hará su propio segundo viaje.

¿Ha registrado la historia cuántas naves portuguesas escoltaron sigilosa o abiertamente a las naves del almirante? ¿Acaso no se sabe que antes del siguiente viaje de Colón, el portugués Pedro Álvarez Cabral llegó a las costas de Brasil en abril del año 1500? ¿Y que Américo Vespucio también llegó a Brasil en 1501? Evidentemente, pues, no era que hubiera disminuido el atractivo de la conquista. Por el contrario, había aumentado. Y, coherentemente con las ambiciones personales de los aventureros e inversionistas, cada uno de ellos prefería ser cabeza de ratón que cola de león. Colón, por eso, ya no tenía la convocatoria del “primer” ni del “segundo” viajes.

Por lo demás, y como ya se ha dicho, a la Corona misma le convenía, por un lado, que cada vez más y más gente saliera en busca del porvenir que España no podía darle, y en la que incomodaban en actitud mendicante; también le interesaba que más gente fuera a recoger riquezas para España.

Y, por último, de manera particularmente sagaz, le interesaba multiplicar conquistadores que, rivalizando con Colón, neutralizaran y contrarrestaran los poderes de éste.

Ello le permitiría, en el momento oportuno, deshacerse del costoso, ambicioso e incómodo almirante. La traición de la reina ya estaba incubándose.

Las cifras de los expedicionarios que se hicieron a la mar en las primeras décadas de la conquista, y que mostraremos más adelante, no dejan lugar a dudas: la Corona estuvo vívamente interesada en multiplicar los viajes a América. Tanto para conseguir sus objetivos inmediatos, entre otros, el de incrementar las arcas fiscales del imperio en formación; como para contrarrestar los descubrimientos que había hecho Portugal en África, de los que Isabel y Fernando tenían perfecto conocimiento a través de sus espías y diplomáticos.

También, y en cuanto fuera posible, había que cerrar las puertas a Inglaterra, de la que se sabía, por invariable información de los espías de España, que había iniciado sus primeros viajes trasatlánticos. A este respecto, hoy se sabe que en 1497, un espía –John Day–, informó desde Londres a la Corona de España que Juan Caboto, navegante veneciano al servicio de Enrique VII, acababa de regresar a Londres desde las costas de Norteamérica 209.

En su “tercer” viaje, Colón, sin tener conciencia de ello, llegó por primera vez a territorio continental americano, a la desembocadura del río Orinoco en el Atlántico: y creyó haber llegado al Paraíso Terrenal.

Grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos e sanos teólogos, y asimismo las señales son muy conformes...

Y, como en el Paraíso Terrenal, Caín –representado en esta historia por Francisco de Bobadilla, que, en paralelo con el viaje de Colón, había sido enviado a América, en carácter de comisionado, y con poderes extraordinarios 210–, se encargaría de dar un golpe furibundo al almirante: pretextándose los motines y agitaciones existentes en el Nuevo Mundo, Colón y sus hermanos Diego y Bartolomé fueron apresados y, como esclavos, fueron enviados encadenados a la península en octubre de 1500.

Dos años más tarde, rehabilitado a medias por los Reyes Católicos, sin ningún privilegio, haría un nuevo y último viaje, con cuatro naves y 140 hombres. En 1504 (el año en que muere Isabel la Católica), estará otra vez en España, falleciendo dos años después en Valladolid.

Entre tanto, ya miles de hombres de la península y de muchos otros rincones de Europa habían sentado sus reales en América.

Todos los que partieron de España, sin embargo, estaban sujetos a las leyes y al control del Rey de España, y actuaban en función de los intereses de Fernando que, recién, habría de morir en 1516, para dejar el trono a su nieto, un joven alemán de apenas 16 años.

En el interín, Balboa había descubierto el Océano Pacífico (1513); Juan Ponce de León, La Florida (1513); Juan Díaz de Solis, el Río de la Plata (1516); Diego Velázquez de Cuéllar (entre 1511 y 1514) conquistó Cuba “tras una serie de campañas particularmente crueles”. A estas fechas ya habían sido puestos en producción una serie de lavaderos de oro.

Durante el reinado imperial de Carlos V se producirían, en cambio, y en función de los intereses imperiales, las dos más importantes y trascendentales conquistas: la de México, entre 1519 y 1521; y la del Perú, a partir de 1532.

 

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