Alfonso Klauer
Centralismo por antonomasia
El Cusco se convirtió en el centro que
absorbió todos los aportes económicos del imperio
–dice categóricamente Emilio Choy–.
Mas el cronista Pedro Cieza de León,
como ninguno otro, expresó en breves líneas
la que quizá es la mejor síntesis de la centralización
de la riqueza que alcanzaron a observar
los primeros conquistadores españoles:
...en ninguna parte de este reino del Perú
se halló forma de ciudad con noble ornamento
si no fue este Cuzco (...), las demás
provincias de las Indias son poblaciones.
Si hay algunos pueblos, no tienen traza ni
orden ni cosa (...) que se haya de loar...
En este contexto corresponde hacer la siguiente
atingencia. Habíamos visto que, según
parece razonable y consistente, de la producción
agrícola y pecuaria, los hatunrunas
pagaron durante el Imperio Inka una contribución
que no era muy distinta de la que
habrían aportado en sus naciones antes de
caer bajo la hegemonía del pueblo inka. Sólo
con las restantes formas de tributo su aporte
al imperio habría resultado significativamente
más alto.
En términos de tributación, entonces, la
diferencia más saltante no habría sido tanto
cuantitativa como cualitativa: la “descentralización”
de hecho, observada en los períodos
históricos precedentes, dio paso durante
el imperio a la más exacerbada y absoluta
“centralización”. Porque en efecto, bajo el
Imperio Inka, el uso de casi el íntegro de los
tributos se decidió en el Cusco; y, también,
casi el íntegro de los recursos capitalizados
quedaron materializados en esa misma ciudad,
y sólo en ella.
Una vez más –insistimos–, no podía haber
sido de otra manera: los inkas habían
conquistado el territorio andino para hacerse
de la riqueza de éste –y no para beneficiar a
los pueblos sojuzgados, como ingenua, idealista
y antihistóricamente sigue sosteniendo
en general la historiografía tradicional–.