TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

Actores colectivos

No se trató, sin embargo, de actores individuales.

Los guiones, las partituras o los manuales de organización y funciones, incluían a grupos sociales, no a individuos. Éstos estaban presentes, pero en tanto y en cuanto integrantes de grupos sociales y/o nacionales.

Así, Pachacútec, Túpac Yupanqui o Huayna Cápac, como a la postre también Huáscar y Atahualpa, cumplieron roles perfectamente reconocibles. Mas no los que presuntamente los “dioses” o la “historia” les habrían asignado a ellos en tanto individuos.

Sino los roles que correspondían al grupo social –la élite inka– a la que pertenecían.

Aún está apenas en ciernes la dilucidación de si los grandes actores en la historia son “individuos” o “grupos sociales”.

La historiografía tradicional sigue privilegiando el papel de los “individuos” o, mejor, el de los “grandes hombres” en la historia.

José de la Riva Agüero –el “mas solvente y autorizado historiador de los Incas”, a decir de Raúl Porras Barrenechea 508–, afirma por ejemplo que “es mala filosofía histórica, arbitraria y perniciosa, la de suprimir por capricho o alarde de ingenio la intervención constante de los hombres en los acontecimientos mayores, la de imaginar que los pueblos se mueven sin caudillos y por sí solos, que las ciudades se fundan por instinto ciego de muchedumbres como los panales de abejas...”.

Desde Pericles, pasando por Augusto y Carlomagno, hasta Carlos V y otros, la historiografía tradicional de Occidente ha dedicado incontables páginas a los que presume han sido los “grandes roles” de aquellos “grandes personajes” en los “grandes capítulos de la historia” de sus respectivas naciones. Y la historiografía tradicional andina, calco y copia de aquélla, ha hecho otro tanto en relación con Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, por ejemplo.

No obstante, y por mucho espacio que les ha dedicado, difícilmente puede decirse que ha llegado al fondo del asunto, y, por consiguiente, que ha “descubierto” y “demostrado” la verdad a ese respecto.

Creemos, por el contrario, que la historiografía tradicional está muy lejos de ella. Y lo seguirá estando mientras siga centrando su observación en las simples apariencias de los hechos de la historia.

En la epidérmica perspectiva de la historiografía tradicional, Augusto, en Europa, en el siglo I dC, y Pachacútec, en los Andes, en el siglo XV dC, fueron “personajes distintos”. Y sus también “distintas y trascendentales actuaciones personales” dieron origen, entonces, a también “distintos procesos históricos”: el Imperio Romano y el Imperio Inka.

Desde nuestra perspectiva, en cambio –y como pretendemos haber empezado a mostrar en este libro–, el Imperio Inka fue –para usar un término tan común en nuestros días– casi un “clon” del Imperio Romano.

Por lo menos cuando lo que se estudia y analiza son aspectos sustantivos tales como: el proceso de expansión geográfica de sus conquistas; los mecanismos de dominación y el trato a los pueblos y naciones dominadas; la rapiña y el traslado de enormes excedentes hacia el centro imperial; el espectacular desarrollo de éste a despecho de la periferia; el uso casi exclusivo de los excedentes en gasto, a despecho de las necesidades de inversión; el control absoluto del poder político por una élite excluyente; el progresivo deterioro moral de ésta, en coincidencia con la parálisis de crecimiento del territorio imperial; el enorme crecimiento del sector social medio con pobladores de las naciones dominadas; la cada vez mayor dependencia militar y alimenticia de la élite respecto de las naciones dominadas; etc.

Y en relación con la gestación de ambos imperios, sin ser un hecho desconocido, no ha sido suficiente y enfáticamente acreditado que las dos naciones hegemónicas, romana e inka, se catapultaron sobre el desarrollo cultural y técnico de sus predecesores hegemónicos que, no por simple casualidad, eran además sus vecinos inmediatos: los griegos, en un caso, y los kollas y chankas, en el otro.

En uno y otro imperio, sin embargo, aún es una clamorosa incógnita el rol complementario y decisivo que un “actor” importantísimo, la “naturaleza”, jugó en la gestación de las condiciones pro–expansivas de las naciones hegemónicas. A este respecto, nuestra hipótesis es que, coyunturalmente, la naturaleza habría sido particularmente benigna con ellas y, eventual aunque no necesariamente, dañina para los pueblos del contorno, aquellos que, en tales circunstancias, fácilmente habrían de ser sus primeras víctimas.

¿No ha reparado aún la historiografía tradicional que su versión sobre la historia moderna delata la gran orfandad de consistencia de su hipótesis sobre el papel de los “grandes hombres”? ¿A qué Augusto, por ejemplo, le atribuye el mérito del extraordinario desarrollo de Estados Unidos de Norteamérica? No nos lo dicen.

¿Y cuál es el Carlos V que explica el igualmente notable desarrollo de la Alemania moderna? Tampoco nos lo informan. ¿Y quién el Carlomagno del Japón de hoy? También lo obvian.

¿Por qué tales silencios y vacíos? ¿Acaso por mezquindad? ¿Quizá por un lamentable y sospechoso olvido? No, simple y llanamente porque no ha logrado identificar a los correspondientes e ilustres personajes, a los Alejandros de esas “epopeyas”. ¿Y cómo es que no ha podido identificarlos, siendo que hoy lo más abundante es precisamente la información escrita? Porque aunque existiendo ésta a raudales, aquéllos en cambio no han existido. Obvia y lógicamente, entonces, los espectaculares desarrollos de Estados Unidos, Alemania y Japón no pueden ser endosados a “individuos extraordinarios” que no existieron.

Sí han existido en cambio, en todos los grandes fenómenos históricos, antiguos y modernos, “élites” a las que, sólo en última instancia, es posible descubrir su único común denominador: concentrar una enorme riqueza inicial y el correspondiente poder político que les permite mantenerla y acrecentarla. Ellas son las verdaderas protagonistas.

La inmensa mayoría de los integrantes de esas élites nos son personajes anónimos y desconocidos.

Sólo se conoce, y para el caso de las experiencias más antiguas, sólo se recuerda, los nombres de aquellos personajes a los que la historiografía tradicional, arbitraria y anticientíficamente, ha endosado tanto los “méritos” conocidos de las élites a las que pertenecieron cuanto los “méritos” desconocidos y los “méritos” no reconocidos del resto de los actores.

Pues bien, como venimos sosteniendo, en el caso del Imperio Inka otros de los actores fundamentales fueron pues el sector intermedio de funcionarios y especialistas y los hatunrunas y los yanaconas.

Así, la pirámide de estratificación social es una buena síntesis de los grandes actores en el proyecto imperial inka, a cada uno de los que por cierto le correspondió un papel diferente y, sin duda, una responsabilidad distinta.

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