TAHUANTINSUYO: El cóndor herido de muerte  

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Alfonso Klauer

El Imperio Inka

En ese contexto, los ejércitos del tercer imperio de los Andes empezaron a transitar por gran parte de los mismos caminos que, más de 2 000 años atrás, habían recorrido las huestes del Imperio Chavín. Y por donde algunos siglos después habían también trajinado incesantes los victoriosos ejércitos del Imperio Wari.

Más de 30 000 kilómetros de vías unían para entonces a los pueblos y naciones de los Andes. Desde los arenosos, rectos y planos caminos que habían construido y recorrían diariamente los tallanes, en Tumbes y Piura; los chimú, en Lambayeque y La Libertad; los limas, en Lima; y los ica, en Ica; todos ellos en la costa; hasta los pedregosos, sinuosos y quebrados caminos que construyeron en la cordillera norte los cajamarcas, chachapoyas, huamachucos y conchucos; en el centro los tarmas, huancas y chankas; y en el sur los propios inkas y los kollas.

La amplia red de caminos, puentes y tambos existentes facilitó la tarea de conquista de los ejércitos imperiales que partieron del Cusco. Para el desinformado grueso de las columnas de soldados, esos caminos quiza constituyeron una total sorpresa. No así para quienes planearon las campañas con el auxilio de la información transmitida por la tradición, los comerciantes y los espías.

Entre los orejones, los jefes militares tuvieron la oportunidad de poner a prueba la confiabilidad de la información que les había proporcionado la tradición oral y la privilegiada educación cívica y militar que habían recibido.

En ella debió estar registrada, aunque quizá de manera borrosa, la experiencia volcada por los pobladores inkas que, siglos atrás, habían acompañado en sus largos recorridos a los comerciantes y ganaderos de Tiahuanaco.

Más clara debía estar, sin embargo, la que volcaron los soldados inkas que sirvieron en los ejércitos del Imperio Wari y que, junto con sus dominadores chankas, recorrieron y conocieron los caminos de casi todo el vasto territorio andino.

Ese trabajo de inteligencia fue completado con la información que durante el período de autonomía reunieron los comerciantes inkas.

Ellos proporcionaban información muy precisa y actualizada de los fronterizos territorios de kollas, chankas y antis de la Amazonía.

Y ciertamente alguna, aunque menos certera, de los territorios que a su vez limitaban con aquéllos.

A su turno, los comerciantes de otros pueblos, por ejemplo los célebres tratantes icas, y más específicamente chinchas, que desde la costa y atravesando los territorios chanka e inka llegaban hasta el Altiplano; y los comerciantes kollas que hacían lo propio en sentido contrario, fueron obviamente fuente de copiosa y útil reseña.

Y valiosos datos fueron proporcionados también por los espías que enviaban los responsables del ejército inka en todas direcciones.

Por lo demás, se sabía que cada pueblo que se conquistara contribuiría a completar y actualizar la información que se tenía del siguiente.

Premunido de todo ello, y para cada expedición, el estado mayor inka pudo realizar una adecuada apreciación estratégica. Ella permitió tener, en el Cusco y antes de lanzarse a las conquistas, una imagen muy aproximada del espacio andino y sus vías de comunicación. Y un cuadro de la composición social interna, del poderío militar, de la riqueza, y capacidad de producción y reservas de que disponía cada pueblo para resistir.

Con esos elementos de juicio podía preverse, tentativamente, la reacción de cada uno de los distintos grupos sociales y la respuesta general de cada uno de los pueblos que se intentaría conquistar. Era posible anticipar y preparar las respuestas a las alianzas, internas y externas, que se presentarían contra el ejército imperial. Y, por contrapartida, era posible también diseñar alianzas con otros pueblos para conquistar a terceros; o con la dirigencia de un pueblo para conquistar el territorio y los grupos dominados por ella.

La inteligencia y apreciación estratégica fueron el sustento a partir del cual, el Inka y su estado mayor, diseñaron las exitosas campañas con las que se logró la vastísima conquista militar de los Andes.

Correspondió a Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac liderar –en 87 años –la instauración del tercer, más grande y último imperio andino.

Fueron sometidos muchos pueblos y naciones.

Entre los más importantes debe contarse: icas, cañetes y limas, en la costa central; chimú y tallanes, en la costa norte; cajamarcas, bracamoros y chachapoyas, en la cordillera norte; conchucos, huamachucos, huánucos, huancas y tarmas, en la zona cordillerana central; chankas y kollas, en el sur; y grupos de antis en la Amazonía. Pero también huancavilcas, quitos, cayambis, paltos y cañaris, en Ecuador; pastos, en Colombia; mapochos, en Chile; y guaraníes en Paraguay.

El Imperio Inka llegó a ser una estructura multinacional en la que una de las partes, la nación inka, con prescindencia de los objetivos del resto de naciones, las dominó y sojuzgó, colocándolas al servicio de sus objetivos.

Es decir, y sin concesiones de ningún género –como veremos–, en el tercer imperio de los Andes la nación inka imperó sobre prácticamente todas las naciones andinas.

El Imperio Inka o Tahuantinsuyo no fue un “territorio”. Aunque por cierto ocupó uno, que creció con las conquistas y decreció con las rebeliones. Ni fue una “federación” o “confederación de pueblos” –como han pretendido autores como Cossío del Pomar–.

Y –a nuestro juicio menos todavía– “un espacio entendido en términos ceremoniales, o más bien, religiosos” –como elípticamente acaba de suscribir la historiadora Liliana Regalado en Culturas Prehispánicas–.

El Imperio Inka no fue tampoco pues una nación. Sí, en cambio, incluyó por sojuzgamiento a un heterogéneo conjunto de naciones, donde cada una sólo estaba relacionada con la nación inka que imperaba, y desvinculada de las demás aun cuando estuviesen en sus proximidades.

Es probable incluso que las relaciones comerciales, que desde antiguo mantenía cada nación con sus vecinas, se quebraran sustituyéndose por vínculos unilaterales con la nación inka y, puntualmente, con el poder imperial residente en el Cusco.

El Imperio Inka significó, pues, un completo reordenamiento del espacio y del sistema inter–nacional andino.

Millones de personas cayeron sometidas al imperio de la nación inka, o, más exactamente, al de la élite inka.

Pease afirma que, “cuando menos, la población del Tawantinsuyu pudo alcanzar los 15 000 000 de habitantes”; “pudiendo ser incluso algo mayor la cifra” –agrega más adelante–. Espinoza habla de 12 millones.

Burga, citando a N. D. Cook, habla de 9 millones. Y Carlos Araníbar, por su parte, hizo un recuento de diversas estimaciones que fluctúan entre 3 y 32 millones de personas. En adelante, para efectos prácticos, trabajaremos sin embargo con la cifra “promedio” de 10 millones.

En su máxima expansión, desde el río Acasmayo, en Pasto, en el extremo sur de Colombia, hasta el río Maule, en Chile (250 Km. al sur de Santiago), el territorio imperial llegó a tener 5 500 kilómetros de longitud y a abarcar 1 700 000 Km2 –tanto como España, Francia, Italia y Gran Bretaña juntos–.

Es decir, sometió a casi todos los hombres y mujeres de los Andes. Tuvo todos los climas. Todos los pisos ecológicos. Todos los desiertos. Todas las selvas. Todas las nieves. Todas las aguas.

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