EL MUNDO PRE-INKA: Sobre el “estado de la cuestión” en Historia  

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Alfonso Klauer

La nación kolla

En el Altiplano, las extensas tierras que parten desde las orillas del lago Titicaca albergaban desde tiempos remotos a los diversos grupos étnicos de la nación kolla. Su más remoto antecesor conocido, el “Hombre de Viscachani”, residió en las proximidades del lago 10 000 años aC.

Hacia el siglo XII dC, aunque libres de la dominación Wari, eran tres los grupos étnicos más numerosos: los kollas propiamente dichos, asentados en la porción al norte del lago (1); los lupaca, en la parte occidental (2); y los pacaje, en la área sureste (3).

Colindantes, compartían bonanzas y carencias.

Las periódicas sequías, tan dañinas en esta zona agrícolamente tan pobre, exacerbaban las disputas y conflictos por aguas, pastos y rebaños, enfrentando a las distintas etnias en sucesivas guerras.

Nunca lograron unificarse. Pero tampoco ninguna alcanzó a imponer su hegemonía sobre las otras. Si eventualmente ello ocurrió alguna vez, durante el esplendor de Tiahuanaco por ejemplo, no se tiene idea exacta de si fueron los lupaqa o los pacajes quienes predominaron.

La altiplanicie del Titicaca, a 3 800 metros sobre el nivel del mar, fue siempre un gran reto para el hombre. Allí, como en otras áreas de los Andes con similar altitud, el aire contiene menor proporción de oxígeno, por lo que la respiración se hace más costosa que a nivel del mar.

Por su altitud y latitud la meseta del Collao sería un páramo helado y deshabitado.

No obstante, en azarosa compensación, la gran masa de agua salobre del lago, de 8 300 Km2 de superficie, impide que las temperaturas lleguen a ser extremadamente frías.

Ese providencial elemento termorregulador brinda, pues, por lo menos, mínimas condiciones climáticas de habitabilidad.

Por la baja productividad del terreno y la escasez de agua de uso agrícola, el territorio altiplánico ha sido siempre agronómicamente pobre. Sin embargo, a pesar de todas esas precarias y desafiantes condiciones, se dio actividad agrícola, extrayéndose del suelo, principalmente, tubérculos: papa, olluco, oca, etc.

Para los primeros europeos que llegaron al Altiplano, esos tubérculos “apenas si [fueron] considerados como comida”. No obstante, sin ellos la ocupación humana de la zona sería imposible sostiene John Murra.

Para superar sus muy posibles estrechecez alimentarias, los pueblos altiplánicos se propusieron el objetivo de mejorar la calidad agrícola del suelo de que disponían. Así, deliberadamente abonaron las tierras con estiércol de auquénido e, incluso con guano de islas traído desde las distantes costas del Pacífico 204. Pese a todo ello, la agricultura alcanzó muy limitado desarrollo, tanto en extensión como en productividad. Agrícolamente las posibilidades de generación de excedente en el Altiplano eran pues casi nulas.

Pero el suelo altiplánico, en cambio, ofrece generosamente extensos pastizales de ichu. Esa gramínea silvestre, aun cuando de escaso valor nutritivo, es, sin embargo, la base alimenticia de los camélidos sudamericanos: llama, guanaco, alpaca y vicuña. Especies éstas, oriundas precisamente de los Andes, que encuentran su hábitat más favorable en esas rigurosas condiciones.

Es harto explicable, pues, que para los distintos grupos de la nación kolla la actividad productiva más importante fuera, ancestralmente, la ganadería. Ella los proveía de charqui –carne seca y salada– y de carne fresca. Ésta, a diferencia de los tubérculos –y a decir de Cieza de León–, fue bien ponderada por los primeros europeos: ...los corderos son mejores y de más sabor que los de España.

Constituyó pues una importantísima fuente de alimento cotidiano, e invalorable reserva en las temporadas de heladas, sequías u otras calamidades. Les suministraba además lana y era también fuente para la confección de cuerdas y abrigo, propósitos por los que anualmente se hacía (y hace) la esquila del ganado adulto.

Precisamente –por añadidura–, el manipuleo de los animales durante la esquila permitía actualizar los registros censales del ganado, así como discriminar entre los animales del rebaño propio y aquellos que inadvertidamente se habían filtrado. El censo anual permitía llevar estadísticas muy exactas, tanto de incrementos –sea por reproducción, mezcla involuntaria o captura–, o de bajas –sea por muerte, sacrificio, intercambio, filtración o abigeato (robo)–.

En ausencia de cercos, los desplazamientos de los animales en busca de alimento y agua, y sus correrías durante el celo de las hembras, dieron origen, secularmente, a múltiples disputas entre pastores y, en el extremo, entre etnias y pueblos. De hecho, inadvertidamente los animales violaban las fronteras entre los hatos, alterando la magnitud que imponían los pastores al tamaño de los mismos.

Sin embargo, desde muy antiguo los pobladores del Altiplano resolvieron el problema, por lo menos en parte, distinguiendo sus rebaños con particulares combinaciones de vistosas cintas de color que ataban a las orejas de los animales.

Pero además de proveer de alimento, cuerdas y abrigo, los auquénidos, mediante su excremento, fueron siempre una fuente inagotable de abono y combustible.

Por último, y especialmente las llamas, fueron utilizadas también como animales de carga, aunque con muy poca capacidad pues, con un máximo de 35 kg. de carga por ejemplar, nunca fueron aptas para transportar piedras ni troncos y tampoco a un hombre adulto.

Ni pudieron tampoco cumplir funciones de tracción, jalando, por ejemplo, arados (o más tarde carretas). No obstante, tropillas de cientos y hasta de miles de llamas facilitaban el tráfico de tubérculos, chuño, charqui, maíz, coca, guano, lana y otros productos.

Los andinos –pero hasta donde se sabe también los centroamericanos– deben contarse entre los pocos pueblos del planeta que tuvieron esa grave limitación técnica, tanto motriz como de transporte. Esta sí fue, objetivamente, una de las grandes diferencias entre nuestras culturas y, en particular, las del norte de África, Mesopotamia, Asia y Europa. Pero fue una limitación que impuso la naturaleza (técnicamente irresoluble por entonces), ante la no disponibilidad de equinos y vacunos.

Por lo demás, en sus condiciones climáticas normales, esto es, en el contexto de precariedad agrícola, las grandes poblaciones de auquénidos resultaban la única fuente de intercambio que siempre pudieron ofrecer los kollas lacustres a otros pueblos, incluidos por cierto los lejanos chinchas que –como se ha dicho– los proveían de maíz, casi fundamentalmente.

Pero además de tubérculos y chuño (harina de papa seca), de carne fresca de auquénidos, y del charqui, los pobladores de la altiplanicie se alimentaron de una gran variedad de “truchas” y otros peces del Titicaca, y de la costa.

He aquí, pues, que corresponde traer la crítica al segundo de nuestros supuestos “monumentales” errores, acusiosamente advertido y develado por el historiador Manuel Burga. Dice así, al cabo de destacarlo bajo el subtítulo “La trucha de los lupaqa”: “Es para sonreír y recordar a Gabriel García Márquez (...) Klauer, llevado por la lógica y fantasía general que invade su libro, hace comer truchas a los lupaqa antes de que éstos peces hayan llegado a las regiones andinas...” 208.

A ver si nos entendemos. Habría sido monumental, sin duda, afirmar que los kollas, lupacas y pacajes se alimentaban, por ejemplo, de las mitológicas harpías, ¿verdad? ¿Pero utilizar el nombre más conocido y socorrido de los distintos tipos de peces que existen hoy en el Titicaca? No, ese tampoco es un error monumental.

Lo habría sido en el contexto de un libro de Historia de la pesquería lacustre en el Perú, o en uno de taxonomía ictiológica. Pero bien se sabe que este texto no es ni lo uno ni lo otro (como también se sabe –digámoslo de paso–, que las truchas no “llegaron” al Titicaca, sino que fueron deliberadamente “llevadas” allí y “sembradas” para enriquecer la población ictiológica del lago).

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