Una revisión de la Economía
dominante
Alfonso Galindo Lucas
Capítulo IX.
EL NEGOCIO DE LA POBREZA
Comercio y desarrollo
El 26 de febrero del 2001, la Unión Europea decidió liberalizar
todas las importaciones de productos provenientes
de los denominados Países Menos Avanzados
(PMA) (Vahl, 2001, pp. 30-31.). Eso significa, por una
parte, que la UE ha estado poniendo trabas, hasta hace
cuatro años, a la importación de productos agrícolas procedentes
de países que se suponen más especializados en
ese tipo de materias. En cambio en manufacturas y tecnologías,
en que esos países son poco competitivos, se ha
mantenido una zona de libre comercio que favorece más
a las exportaciones comunitarias. En segundo lugar, la
medida se establece sólo con respecto a 49 países, los
menos desarrollados, con total exclusión de aquellos que,
“no estando clasificados entre los PMA, temen tener que
soportar súbitamente una fuerte competencia a nivel de
productos agrícolas sensibles”. En tercer lugar, el hecho
de liberalizar cuantitativamente la entrada de productos
agrícolas procedentes del Tercer Mundo no implica que
la Política Agrícola Común de la UE vaya a renunciar a
la competencia desleal que suponen los precios subvencionados
a la exportación, mediante las famosas restituciones.
Los fondos comunitarios que sufragan las rentas
de los agricultores europeos no tienen parangón en los
países pobres. Éstos no tienen la posibilidad de aplicar
ese tipo de medidas protectoras. Además, en cuarto lugar,
tenemos que para los tres productos agrícolas más
sensibles, el arroz, el azúcar y las bananas, la liberalización
tardará entre cuatro y ocho años.
El antiguo Director General de la Organización Mundial
del Comercio (OMC), Michael Moore, en una entrevista
publicada después de los disturbios de Seattle en
2000, consideraba que esta organización se encuentra “al
servicio de los más pobres” y mostraba una especial
preocupación por las “personas en edad de trabajar”. Por
eso, lo que se pretendía, con toda seguridad, era evitar
que determinados países llegasen a tal nivel de pobreza
que ni siquiera pudieran aportar mano de obra a bajo
coste. Otro autor, en la misma publicación, hablaba de
ciudadanos de los PMA devenidos un objeto saldado a
bajo precio en una lógica comercial que desintegra la
componente social y cultural (Amaïzo, 2001, pp. 27-29).
Se trata, pues, de equiparar a esos países más pobres con
los que son simplemente pobres e incrementar la competencia
entre ellos (Galindo, 2001).
En este afán de generosidad, la OMC ofrece a dichos
países “su total integración en la economía mundial” y
para ello propone nada menos que “la introducción
enérgica de reformas interiores en persecución de un
programa de asistencia técnica dotado de prioridad y de
un calendario de acción que se inserta en el cuadro más
vasto de una política coherente”. Es decir, la OMC, que,
según su entonces Director General, está al servicio de
los países más pobres, no les ofrece exactamente nada,
sino que les exige la realización de reformas internas a
fin de favorecer la implantación de la empresas; por eso,
en dicha entrevista, les conminaba a “relanzar un nuevo
ciclo de negociaciones comerciales” (Moore, 2001). La
OMC, como su nombre indica, se ocupa de asuntos comerciales
y no tiene nada que ver con el desarrollo y mucho
menos, con la solidaridad, como pretende algún célebre
informe difundidos por la organización (OMC,
1999).
La OMC, creada en 1994, siempre ha reconocido colaborar
con el FMI y el Banco Mundial, lo cual empieza a
ser indecoroso, afortunadamente, desde la perspectiva
de 2005. Está comprobado que sus propósitos obedecen a
“empresas transnacionales, que influencian por sí mismas
cada vez más directamente las políticas de los Estados-
naciones industrializados”. La prueba está en su pretensión
de globalizar los bienes y servicios, en que los
países ricos son competitivos, y no permitir, en cambio,
la libertad de movimiento de las personas, de las que sabemos
que son más competitivas las que provienen del
Tercer Mundo (Amaïzo, 2001).