Una revisión de la Economía dominante
Alfonso Galindo Lucas
Capítulo V
EL ESTADO EN LIBERTAD VIGILADA
Introducción
La idea que se expone en este capítulo no es nueva; la
discusión existente acerca del tema está magníficamente
ilustrada en Castells (1997, pp. 271 y ss.). Aquí se desarrollan
algunos aspectos adicionales que pueden mejorar
la comprensión del tema. Por ejemplo, la crisis del estado-nación se trata como un tránsito hacia una situación
en que el escenario global negará a los ciudadanos del
mundo una participación efectiva, estando ésta limitada
a ámbitos territoriales concretos (véase el caso de los inmigrantes).
Aunque Castells defiende la gran influencia
político-económica que sigue correspondiendo al Estado
y el poder formal que les queda para “bloquear los movimientos
de capitales” (p. 337), mi punto de vista es más
realista con respecto al ejercicio que dichos estados van a
hacer de tales poderes. Cuando la obra en cuestión y
otras de los felices 90 se redactan en términos de recomendaciones
del experto al Estado y arengas a los funcionarios,
corren el riesgo de convertirse en utópicas.
El sector público es objetivo prioritario de la mayor
parte de las políticas comerciales de las grandes empresas.
Esto se debe a que la Administración todavía ostenta
las potestad que le confiere el ejercicio de la autoridad y,
en una mezcla sin precedentes de poderes, la capacidad
legislativa, judicial y mediática. Esta legitimidad formal
supone para la Administración una cualidad aparentemente
intransferible, aunque susceptible de corrupción.
Pero el problema no es que los políticos, en particular,
se corrompan, sino que el propio concepto de Estado (y
en general, los entes soberanos de ámbito territorial limitado)
es ya un trasto del pasado que no sirve para la
nueva realidad global. Por eso, en muchas ocasiones es
incompleto el discurso de culpar exclusivamente a los
políticos corruptos locales de la explotación que sus países
sufren por parte de las multinacionales. Las grandes
multinacionales no necesitan sobornar al dirigente político,
porque pueden hacer daño a la economía de un país.
La amenaza de “deslocalización” y evasión de capitales
explica algo que para Brunet y Belzunegui (1999, p. 48)
resulta sorprendente: Que empresas con grandes beneficios,
como Telefónica, Gillette o Boeing obtengan de la
Administración un dictamen favorable a los expedientes
de regulación de empleo. Estas empresas y otras, como
Astilleros Españoles, S. A. se permiten despedir a los trabajadores
con más experiencia, si exceden de 50 ó 52
años, según los casos, a cargo de los presupuestos públicos.
El Estado, que no puede exiliarse de sí mismo, es
quien mantiene las expectativas salariales de los prejubilados,
mientras éstos siguen trabajando en la economía
sumergida. A los Estados no les queda otra opción que
competir entre sí en la captación de capitales y establecimientos
fabriles.
Los efectos de las políticas intervencionistas (por
ejemplo, el “efecto desplazamiento”) del Estado en las
economías de décadas pasadas eran una prueba de que
podía existir un agente poderoso capaz de influir sensiblemente
en los precios y cantidades. Hoy ese agente no
es el Estado, en la mayoría de los países. El poder para
distorsionar variables como el tipo de cambio, la inflación
o el paro son armas de negociación y a veces de
dominación de las grandes empresas frente al Estado.
Las estrategias de dichas empresas confluyen en la actualidad
en un intento de promover la crisis del Estado en el
fomento de la integración supraestatal y, de forma menos
clara, en el fomento de los nacionalismos.