LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

José Mario Horcas Villarreal (CV)
Universidad de Málaga

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III. I. ALMA DE PAPEL: LA MUJER Y LA CARTA.

            Hemos visto anteriormente que la expresión literaria (expresión patriarcal, puesto que forma parte del entramado que conforma la sociedad) excluye o minimiza la preeminencia de un sector, tanto en la escritura como en la lectura. No obstante, no ocurre lo mismo cuando se trata del género epistolar.
En este momento, quiero convertirme en portavoz de aquellos que han pensado que la mujer tiene en su poder unas características especiales que la hacen ser mejores epistológrafas.
            Con este fin recordamos lo que Choderlos de Laclos, en su novela Les liasons dangereuses (1796), pone en palabras de uno de sus personajes:
He cuidado mucho mi carta, y he tratado de reflejar en ella ese desorden que es el único capaz de pintar la pasión. En fin, que he desvariado cuanto he podido, pues sin desvarío no hay ternura, y creo que esta es la razón por la cual las mujeres son tan superiores a nosotros en las cartas de amor 1.
           
Eugenio de Ochoa, en el manual que ya comentamos anteriormente 2, afirma la superioridad de la mujer con respecto a la epistolografía y Jean de  Bruyère también se encarga de ensalzar la figura de la mujer en estas cuestiones:
... el sexo bello va más lejos que el nuestro en ese género, pues las mujeres encuentran bajo la pluma giros y expresiones que en los hombres suponen un trabajo penoso y un positivo esfuerzo. Ellas son más felices en la elección de términos, usándolos por lo común tan acertadamente que, aun siendo bien conocidos, presentan el atractivo de la novedad y parecen hechos para la ocasión. Sólo ellas saben encerrar en una palabra todo un sentimiento, y traducir delicadamente lo que es delicado. Su discurso tiene un seguido encadenamiento que es inimitable, sin más lazo que el sentido. Si las escritores fueran siempre correctas, me atrevería a decir que las cartas de algunas de ellas serían quizá lo mejor escrito que en Francia poseemos 3.

            En el siglo XX sigue esta vigorosa defensa de la mujer en el género epistolar, denostando las posibilidades del hombre como productor de cartas de tan alto valor estético. Prueba fehaciente de esto es El defensor, libro en el que Pedro Salinas le otorga un lugar destacado a la mujer en la correspondencia privada4 puesto que, aquella que ha sido silenciada durante tanto tiempo, está dotada de algún rasgo psicológico excluyente, particularmente femenino que la ayuda con su escritura epistolar.
            Por su parte, José María Pemán5 afirma que la mujer es la idónea para la escritura de las cartas porque el abandono y el estilo libre comprenden a ambos géneros: femenino y epistolar.
            También quiero hacer referencia a Laura Freixas6 , quien sigue esta tradición de ensalzamiento de la mujer epistológrafa afirmando una dedicación mayor por parte de la mujer a determinados géneros literarios. Como explicación de este hecho expone que estos géneros a los que se refiere (entre los que está, por supuesto, el epistolar) pueden ser cultivados más fácilmente en el ámbito privado y que el lenguaje utilizado en su confección tiene la posibilidad de ser más flexible, vacilante, etc.
            A través de las aseveraciones recogidas anteriormente, bien se podría entender que el género epistolar y el femenino están intrínsecamente unidos por una cuestión natural, casi biológica. Y eso no es cierto: Si la carta y la mujer están tan recalcitrantemente unidas es por una razón de poder social.
            Con el género epistolar sucede algo parecido a lo que pasa con la literatura infantil. Se nos presentan, ambas, en el imaginario colectivo y patriarcal como literaturas  inofensivas, banales, incapaces de hacer cambiar la realidad social, muy lejos de las instruidas palabras masculinas que conforman los más colosales versos.
Esta consideración de la escritura epistolar, sumada al carácter privativo de dicha literatura, únicamente leída (en principio) por el afortunado destinatario, favoreció la entrada de la mujer en este mundo, ya que ésta no podía plasmar sus sentimientos e inquietudes de otra manera. Le estaba vetada la posibilidad de realizar cualquier manifestación artística. Y, sin embargo, podía escribir cartas. Sobre todo de amor.
El hecho de que sean consideradas mejores epistológrafas se debe a que comparten los estereotipos utilizados para la caracterización de estos escritos 7. Así vemos cómo la carta pertenece al ámbito privado; utiliza un lenguaje sencillo y sin demasiados adornos; expresa los sentimientos que, de no existir el espacio que separa a emisor y destinatario, serían pronunciados de viva voz y cuentan historias individuales que no precisan de la imaginación para ser válidas. Igual pasa con la mujer: ha pertenecido siempre al ámbito privado, es decir, su lugar ha estado dentro de las cuatro paredes que conforman el hogar; no han dispuesto de las tácticas lingüísticas con las que podía contar un hombre, por lo que su lenguaje es sencillo y, por no ser muy doctas en materia alguna, (su principal función era la del cuidado de los niños, del esposo y de la casa) únicamente podrían tratar de explicar su propia experiencia personal.
Además, la mujer ha sido asimilada con el sentimiento y la pasión. Por eso se la ha relacionado principalmente con la carta amorosa. El “sexo débil” será, pues, el sexo que mejor plasmará por escrito el sentimiento amoroso, pues con él convive día a día y está acostumbrada a nombrarlo... y llorarlo cuando es menester. Ella está familiarizada con la derrota y con el conformismo y. por tanto, nombrará cada cosa con su palabra exacta8 .
Afortunadamente, los días en los que la mujer no podía hablar de la situación económica, de política o de arte porque no entendían y no se preocupaban por estos temas, ya pasaron a la historia, así como se extinguieron ciertos pensamientos caducos en torno a la inferioridad mental de las mujeres por cuestiones biológicas. No obstante, la epístola sigue acercándose al terreno considerado “femenino”, ya que sigue figurando en el imaginario colectivo una ideología que se expresa como verdad universal: El hombre es razón y cordura, mientras que la mujer es puro sentimiento y delirio.
Soy consciente de que la mayoría de los epistolarios femeninos son, como afirma Susana Zanetti9 , olvidados (en el mejor de los casos) en algún viejo cajón y, con frecuencia, destruidos por los receptores, a veces por expreso deseo de la autora. Será una escritura que dependerá enteramente del destinatario para su conservación. Claro que, también es cierto que dicho destinatario atenderá más o menos a la conservación de la carta dependiendo del grado de amistad que lo una al emisor o, inclusive, de quién escribe la carta10 .
No ha sido sencillo, pues, que lleguen muchos epistolarios femeninos a nuestros días. No obstante, siempre hay excepciones. De hecho, contamos con una serie de epistolarios escritos por mujeres que, desde la Edad Media, pueden conformar una historiografía epistolar 11. Siendo así, podríamos trazar una línea común a todos ellos en cuanto a destinatarios y temas se refiere, afirmando que las cartas de las mujeres en la historia irán destinadas, principalmente, a familiares cercanos o a amantes, aunque bien es cierto que observamos también cómo la mujer recurre a la epístola para participar en cuestiones de Estado desde su posición más marginal, más privada. Además, podemos descubrir a lo largo del siglo XIX, una tendencia que lleva a estas escritoras a defender o exculpar su obra literaria mediante sus cartas, destinadas a hombres con quienes mantienen una relación meramente profesional. Es el caso, por ejemplo, de Víctor Catalá.  

1 Citado por FERRATER, GABRIEL (2009): Las amistades peligrosas. Madrid: Galaxia Gutenberg., p.58.

2 OCHOA, EUGENIO DE (1850): Epistolario español: Colección de cartas de españoles ilustres, antiguos y modernos. Madrid: Rivadeneyra.

3 BRUYÈRE, JEAN DE LA (1890): Los caracteres de Teofrasto con los caracteres o las costumbres de este siglo. Obra traducida por Nicolás Estévanez, Paris: Garnier Hermanos p. 68-69 (“Biblioteca de Autores célebres”).

4 DOLL CASTILLO, DARCIE (2002): “La carta privada como práctica discursiva. Algunos rasgos característicos” en Revista Signos, nº 51-52. Valparaíso, pp. 33-57.

5 PEMÁN, JOSÉ MARÍA (1947): De doce cualidades de la mujer. Barcelona: Alcor.

6 FREIXAS, LAURA (2000): Literatura y mujeres. Barcelona: Destino.

7 BLANCO, ALDA  (2001): Escritoras virtuosas: Narradoras de la domesticidad en la España Isabelina. Granada: Universidad de Granada, Colección Feminae.

8 ÁLVAREZ JURADO, MANUELA (1998): La expresión de la pasión femenina a través de la epístola amorosa: El modelo portugués. Córdoba: Universidad de Córdoba.

9 ZANETTI, SUSANA (2001): “Leyendo con Carmen Arriagada” en Revista Universum, nº16.

10 Me refiero a que el destinatario guardará con más cuidado y mimo una carta cuanto mayor sea el sentimiento que en él despierta el emisor o cuanto mayor sea la relevancia social o intelectual del mismo.

11 Véase anexo 1.