LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

José Mario Horcas Villarreal (CV)
Universidad de Málaga

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V. II. ITINERARIO DE UN AMOR: LAS CARTAS DE TULA A IGNACIO DE CEPEDA.

            La relación entre Cepeda y Gómez de Avellaneda es una historia ambigua, llena de pasión y amor, pero también plagada de decepciones y celos.
            A través de las cartas que Cruz-Fuentes sacó a la luz, instado por María de Córdova, tras la muerte de Ignacio de Cepeda, podemos seguir la historia entre ambos, con sus altibajos, y descubrir las distintas etapas que la conformaron.
            A continuación, haré un recorrido por las epístolas. Con él pretendo resumir las palabras que la escritora le dedica a su gran amor:
            En la primera carta observamos cierta descripción del carácter y los sentimientos que anidan en la escritora. Así, confiesa no creer en el amor y acaso tampoco en la amistad; ser inestable en sus gustos, ya que pronto se cansa de todo y no tener nada que ofrecer, puesto que se siente cansada, de una sociedad que no la comprende e, incluso, de vivir.
            Hubo un encuentro después de esta primera carta1 y, al parecer, Tula sintió unos celos arrebatadores al ver a Cepeda con otras mujeres. Escribe, pues, su segunda y tercera carta como una manifiesta disculpa por su comportamiento, aunque cuando la leemos, podemos observar, más bien, una notoria expresión de esos celos, que aún no habían desaparecido2 :
... yo no vi en aquel momento rápido de sorpresa y dolor sino un corazón usado al extremo, un corazón dividido entre muchos objetos [...] Sé que me volví loca de nada más; loca de dolor, al ver destruida mi última y más querida ilusión; la ilusión divina que me hizo creer que había hallado al fin un corazón sensible, puro [...] pero no capaz de tibios y multiplicados afectos... (1996: 86).
            Considero esta carta como la primera manifestación, aunque subrepticia, de los sentimientos que despierta Cepeda en su amiga. Ella intenta esconderlos, enmascararlos aludiendo a una explicación (nada convincente, por otro lado) que no hace sino corroborar que está enamorada de él:
... y aquella carta de usted, que tenía en mi seno, me quemaba como una ascua de fuego. [...] y lo que más siento, lo que más me humilla, es el pensar que usted mismo, Cepeda, usted mismo, habrá creído ver un arrebato de celos en lo que no era más que un exabrupto de dolor. (1996: 87).
(Usted) se perjudicó, porque mostró que no tenía un corazón tan puro como me lo había dicho, y yo creía, ni una conducta digna del hombre, que se atrevía a ofrecer una grande, tierna y santa amistad. ¡Ay! Las grandes pasiones se tocan casi siempre; o no sé si puede dar una grande amistad el que ha dado multiplicados amores. (1996: 90).
            La sexta misiva es precedida por una escrita por Cepeda y en la que éste debió regalar a Tula ciertas palabras de amor que la hicieron recibir el escrito como un gran regalo. Ella responde con una carta llena de indecisiones y tristeza, provocadas por la ausencia de Cepeda3 y la futura separación a la que tendrá que hacer frente, ya que su madre volverá Galicia.
            Le habla de sus proyectos literarios futuros: una traducción de La Fuente, obra original de Lamartine,que ya tiene concluida, ha cedido a un periódico de literatura gaditano 4 y quiere enviarle en cuanto pueda. También lo informa de una novela, Sab, que está siendo sometida a la primera crítica, aunque se encuentra inacabada.
            Concluye la carta admitiendo que evita ciertos temas y un lenguaje concreto por tenerlos vetados por él: “Ya ve usted que evito un lenguaje, que usted llama de la imaginación y que yo diría del corazón: usted [...] le destierra de nuestras cartas”. (p. 96). Con esto, comienza un intento para convencer a su destinatario de que nunca existirá entre ellos el amor, pues con este sentimiento se perdería lo que tienen, que está muy por encima de lo que la sociedad considera “amor”.
            Esta carta fue escrita el 28 de agosto de 1839. Por lo tanto, llevan poco más de un mes de correspondencia epistolar. La siguiente, por su parte, aunque no está fechada, se puede certificar que es de los primeros días de septiembre5 . Ya para este momento, es tal la dependencia sentimental de Gertrudis, el deseo de saber de Cepeda, que expresa su inquietud al no tener noticias de él. Se pregunta (le pregunta) si está enfermo, molesto por algo o, simplemente, no quiere escribir porque ella no le despierta ya gran interés y le expresa su desgana frente a las diversas actividades lúdicas a las que asiste:
Su ausencia de usted deja un gran vacío para mí en todas las ceremonias, y deseo con ardor vuelva usted pronto adonde le llaman los votos más sinceros de una amistad la más tierna. (1996: 102).
            Igualmente, alude en esta carta a la situación política de ese momento, haciendo constar la positiva situación en la que el Gobierno coloca a su madre y lo negativo de ese resultado para ella, que perderá a una madre o al país donde quiere vivir.
            Para la misiva posterior ya ha obtenido respuesta de Cepeda, cosa que le hace mostrarle la necesidad que de él siente de una manera atropellada, que casi deja sin aliento. Pide a Cepeda un mes de exclusividad para la amistad, como algo necesario y a lo que no puede negarse.
            La novena epístola se presenta como un recorrido literario por los gustos de Gertrudis, ya que le propone a su amigo que, después de que consiga graduarse 6, lean juntos varias obras. Sin embargo, el comienzo de la carta es la respuesta a un enfado causado por la ausencia de Cepeda en su casa de Almonte, cosa que provocó que no se le entregara una carta que, cuando vino devuelta por quien la llevó, Tula rompió.
            Las siguientes palabras que Tula dirige a su amigo tienen que ver con la poca asiduidad de sus visitas que, en lo siguiente, se restringirán aún más:
¡Una vez por semana...! ¡Solamente te veré una vez por semana...! [...] pues señálame, por Dios, ese día feliz entre los siete para separarle de los otros días de la larga y enojosa semana. Si no determinases ese día, ¿no comprendes tú la agitación que darías a todos los otros? (1996: 106).
            Y, puesto que comienza Gómez de Avellaneda su carta dejando ya constancia del desacuerdo que le provoca esta separación forzosa del hombre a quien quiere, la continúa, ya sin los tapujos que él le aconseja, dando rienda suelta a sus pensamientos y a la expresión de su corazón: “Eres el Ángel de mi destino [...] te juro que mortal ninguno ha tenido la influencia que tú sobre mi corazón” (1996: 107).
            La carta decimotercera, escrita por Gertrudis (como otras muchas) en noviembre o diciembre de 1839, es un incuestionable ejemplo del estilo de la escritora, así como de su espíritu romántico, que desprende tristeza y melancolía donde antes hubo amor. Encuentra y describe un sufrimiento resultante de una sobreabundancia (“¿Es acaso que Dios castiga el exceso de amor, haciéndole un martirio?”, 1996: 111). Este estado provoca la decisión de no verlo tanto y obtener, así, un poco de paz. Sin embargo, poco después de exponer estas emociones7 , Tula se retracta de lo escrito. De esta manera, en la carta decimoquinta, afirma que, si bien es cierto que lo ama, también lo es que él no podrá hacerla feliz8 y, por lo tanto, desechará ese amor antes de que la posea por entero:
Usted me ha ofrecido hace tiempo su amistad, y yo la he correspondido con toda la sinceridad de mi alma. Ésta sólo acepto y ésta solo doy. ¡Amor! No; yo lo abjuro para siempre [...] Poseyendo todas las cualidades que inspiran amor, usted carece de aquellas que prometen ventura. Por tanto, yo no quiero amar a usted: he aquí la verdad. Yo triunfaré del sentimiento que me domina, antes que él se haga omnipotente. (1996: 117).
            Con este propósito de olvidar el amor provocado por Cepeda y con la triste esperanza de que sirva también para despertar alguna respuesta en éste, comienza una absurda historia con Ojeda9 , historia que no servirá sino para afianzar el sentimiento que sabe que despierta en ella su amigo: “¡Necia de mí! Pude pensar que el amor de otro me distrajera. Pude pensar reanimar el tuyo dándote un rival... me avergüenzo...” (1996: 125).
            En vísperas de la marcha de Ignacio de nuevo a Almonte, escribe su última carta de este periodo de amor. En ella, no se avergüenza de expresar sus sentimientos, ni de sentirlos, pues los considera algo muy superior al mundano amor entre un hombre y una mujer. El de ambos, según Gertrudis, es el amor inducido por unas almas que se compenetran.
            1840 es el año en el que comienza una relación distinta entre Gómez de Avellaneda e Ignacio de Cepeda. Al principio, intentará dejar constancia en sus cartas de que lo único que puede reprocharle a su destinatario es la falta de sinceridad al no decirle que ya no la amaba. No obstante, las cartas (tanto de este año como de los que le siguen) rápidamente adquirirán un cariz de amistad, en las que Tula informará de sus proyectos literarios, aunque siempre dejando constancia de que, por muy poco tiempo que tenga por sus múltiples actividades, siempre tendrá un instante para escribirle a su “nunca olvidado amigo10 ”.
            Existe un intervalo de dos años y cuatro meses entre las palabras que anteriormente he recogido y la siguiente carta de Gertrudis, fechada a 13 de marzo de 1843. En este tiempo han permanecido en el más profundo de los silencios. Ella lo rompe, sin cuestionarse si debe o no estar enfadada, para pedirle que vaya a visitarla a Madrid pues, pronto, se marchará a Italia y desea despedirse de él. Esta misma petición seguirá siendo requerida en los siguientes textos que Gertrudis le manda a Cepeda.
            Únicamente escribe una carta en 1844 y, después de más de un año de silencio (en julio del 45) vuelve a escribir como si el tiempo no hubiera pasado. Él le inspira la misma confidencialidad que le despertara antes y por eso se atreve a abrir nuevamente su corazón y expresarle su tristeza y desilusión:
Envejecida a los treinta años, siento que me cabrá la suerte de sobrevivirme a mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insuficiente para dar felicidad y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras. (1996: 148).
            Por otra parte, resulta curiosa la postdata de esta misiva, ya que en ella le pide información acerca de Gabriel García Tassara11 . Lo hace sin aceptar como particular esa investigación que pretende que realice, es decir, exculpa su petición atribuyéndole a otra persona esa necesidad de conocer algunos datos sobre los familiares más cercanos del que había sido su amante.
            Observamos que ella acaba de terminar esa relación pasional que mantuvo con Tassara, padre de la única hija que tendrá la escritora y que, siguiendo los datos biográficos consultados, contaría en julio con unos tres meses. Sin embargo, nos damos cuenta (con la epístola trigésimo segunda) de que, lejos de sentir aún algo por él, lo desecha de su vida sin titubear y se centra en su gran amigo. Así, después de asegurarle a Cepeda que ella nunca se casará, le da algunos consejos para que su futuro matrimonio (está segura de que él sí lo hará) sea fructífero:
... no te cases con una tonta [...] El talento se extravía, pero la tontería no sabe siquiera que sigue el buen camino [...] Cásate, si lo crees conveniente; pero acuérdate siempre de que una amiga te aconseja no juzgar nunca virtud la frialdad de las almas ineptas, ni pensar, como algunos, que la ignorancia garantiza el corazón. (1996: 151).
En fin, si tú te casas con una buena chica, que tenga talento, que sea bonita para que no sea celosa, que te quiera mucho y merezca ser correspondida, suspenderé mi curso vagabundo para ir adondequiera que estéis a cantaros un lindo epitalamio y a pasar ocho días con vosotros. ¿Aceptas? (1996: 152).
            Escribe dos cartas a Cepeda durante el tiempo que estuvo casada con Pedro Sabater. En la primera, informa de un cambio de domicilio que ha provocado la consecuente pérdida de las epístolas que él le ha mandado y, en la segunda, informa de una enfermedad padecida por ella y que la ha imposibilitado para escribir antes.
            Una vez fallecido su esposo, a principios del año 1847, Tula se muestra nuevamente triste y desencantada de lo que la vida puede ofrecerle, por lo que le pide a su amigo que la visite, que deje por ella las obligaciones que tuviera en Sevilla y se decida a creer que realmente lo necesita:
... ven, deja por un mes siquiera ese clima de juventud y ardores [...] Aquí se siente de otro modo, y creo que todavía tendría yo un destello de poesía para celebrar tu venida, y un lado vivo en el corazón para aposentar recuerdos que nos habían de enternecer. ¿Y no se goza con la ternura? (1996: 155).
            Por fin accede Cepeda a lo que tanto tiempo llevaba requiriendo Gómez de Avellaneda y se va a Madrid. Las cartas que ella le escribe estando los dos en la capital española, como muchas de las que escribió cuando vivían los dos en Sevilla, eran entregadas a Cepeda en mano por algún criado que mereciera su confianza.
            La carta con fecha de 6 de octubre de 1847, es la respuesta a una serie de malos entendidos que habían protagonizado las anteriores. Cepeda consideraba que Tula lo veía de poca valía como para ser amado y ella intentaba convencerlo de que, en algún momento, ha podido pensar que era egoísta o demasiado frío en cuestiones de amor (al menos con ella), pero que siempre ha sabido que tiene las cualidades necesarias para ser amado.
            Nos aclara la siguiente misiva que la noche anterior habían estado juntos, hablando sobre Sabater. Por esta razón, acompaña esta carta con una obra que dejó inacabada su esposo y que había sido aplaudida por hombres insignes.
En esta época la religiosidad de Tula es extrema y la representa también en sus documentos privados: “... intento hacerte creyente; porque te quiero y estoy cierta de que no hay felicidad posible para un alma escéptica12 . Resultan curiosas estas palabras, pues Ignacio fue siempre un hombre muy religioso.
Creo que la carta trigésimo novena es de gran valor. En ella, Tula hace referencia a un obstinado deseo por parte de su amigo de hablar con Tassara sobre ella. Gertrudis le pide que no lo haga, puesto que, por su orgullo, no quiere que piense ese hombre que aún significa algo en su vida. Sin embargo, conforme va desarrollando la idea, parece darse cuenta de algo: Cepeda tiene demasiado interés en este cometido que quiere realizar, y por ello se pregunta si serán los celos los que lo animan y, por consiguiente, si Cepeda la ama de verdad. Sin saber la respuesta, ella se desenmascara y le expresa, otra vez, sus sentimientos más ocultos a su destinatario:
... y para que sepas que además de un poco loca soy loca por completo, acabo diciéndote que te amo, y que te he mentido siempre que lo contrario haya dicho. Haz tú de este amor lo que quieras, hazlo un culto, una pasión loca o una amistad tierna; creo que puedes darle carácter a tu placer, y que yo siempre quedaré contenta con tal que, ya me hagas tu amiga, ya tu amante, sepas comprender que soy exclusivista y exigente y que no tolero nada a medias. (1996: 167-168).
Tula no le guarda ya a Cepeda el gran secreto que, aunque había estado siempre presente entre ambos, ninguno había sido capaz de expresar.
Gertrudis no era como el resto de mujeres españolas del siglo XIX, no seguía las normas establecidas por la sociedad y, prueba de ello, es esta carta en la que vemos a una mujer sometiéndose a la voluntad del hombre, pero siendo ella la primera en declarar su amor y exponiendo ciertas premisas de exclusividad en la relación que no la hagan compartir a Cepeda con ninguna otra mujer. Recordemos que, cuando los dos vivían en Sevilla y mantuvieron esa relación amorosa de la que se hacen portavoz las cartas, también Tula adquirió este rol masculinizado. También en ese momento fue ella la primera que declara su amor, sin reservas, tal y como hiciera un hombre que no tiene ninguna reputación que cuidar. 
No obstante, pronto invalidará sus propias palabras, como ya hiciera anteriormente13 , aunque esta vez de una manera menos radical:
Anoche he visto al hombre; mi corazón le amó sin embargo; hoy se ha dado cuenta de todo aquello y me parece que, libre de la emoción física, que entonces le turbaba, ha comprendido que un hombre siempre es un hombre [...] Un hombre, que no es más para mí que un hombre, ora tome el nombre de amante, ora el de amigo, profana entrambos nombres y me parece indigno de ellos. El amor y la amistad, tal cual yo las considero, son otra cosa muy diferente de lo que ofrece el hombre material. ¿Eres tú capaz de comprender el sentimiento?... Lo creía ayer, y lo dudo ahora. (1996: 171, Carta 40).
No se me ocurre jamás desear pertenecerte para siempre, y alguna vez me parece que los impulsos de mi corazón a tu lado, que tanto me han alarmado, no se diferencian gran cosa de los que tendría por mi madre. Yo no sé, te lo confieso, si te amo; sé sí que te quiero más que a ninguno de los hombres que conozco, y que tu aprecio es para mí una necesidad. (1996: 175, Carta 42).
Pero ya lo sabes: yo no tengo el orgullo de ocultarte lo que siento, ni la prudencia de huirte. Quiero verte y oírte; pero quiero que vengas a mí como un afectuoso hermano, y que conozcas que el salir de los límites de esa fraternidad lo más mínimo puede hacerme mucho mal (1996: 184, Carta 45).
            Me atrevo a suponer que, de no haber dispuesto Cepeda un viaje que lo mantendría fuera de España y, por tanto, del alcance de Gertrudis, la historia habría seguido siendo igual. Sin embargo, en la carta cuadragésimo séptima, observamos la cólera que despertó el conocimiento de tal noticia en la enamorada Tula, que se presenta malhumorada y decepcionada por el comportamiento de Cepeda:
En mi carta de ayer te he llamado mi vida, mi esperanza, mi bien; te pedía que vinieses a mí en aquel momento, en que te escribía para jurar en tus brazos ser tuya hasta morir, y morir cuando te perdiese, cuando cesases de amarme. Viniste, en efecto, poco después y fue para decirme tranquilamente, tan tranquilamente que no pude creer fuese verdad, que te marchabas mañana a París. ¡Y bien! ¿de qué te quejas? ¿de qué me acusas? ¿Hay algo que me reste que hacer para probarte mi amor? [...] Dijiste después que me huías a mí: y bien ¿es esto más lisonjero que el decirme que te vas, porque nada valgo para ti, ni yo, ni mi amor, ni mi pesar? [...] yo tendría que ser un ser degradado y privado de todo sentimiento, si no viese en tu resolución el golpe, que rompe para siempre toda clase de vínculos entre nosotros. (1996: 189-190).
            Cepeda, obstinado en su decisión, partirá igualmente hacia París, haciendo caso omiso de la petición que Gertrudis le hace de que le devuelva las cartas14 que le ha escrito durante la estancia de él en Madrid15 .
La carta fechada a 12 de noviembre de 1847, ya fue dirigida a Grignon. En ella se disculpa por no haber contestado con mayor rapidez a la escrita por Cepeda y lo invita, porque su madre se lo pide, a la boda de su hermana Pepita.
Las dos últimas cartas que recoge este epistolario mantienen un intervalo de tiempo considerable entre ellas, teniendo en cuenta la asiduidad anterior con la que Gertrudis escribía a su amigo.
Una, escrita en febrero de 1850, parece ser el reflejo de que no queda nada de todo aquello que los unió, pues ahora únicamente hace referencia a datos literarios o históricos.
Otra, de 1854, informa de novedades desagradables transcurridas en ese tiempo de silencio entre ambas cartas y, demuestra una vez más, el carácter depresivo de Tula: la muerte de su hermana, la enfermedad de su madre, la negativa a su petición de entrar en la Academia... la hacen asomarse al mundo de una manera solitaria, sin creer en la sociedad ni en la fortuna. No obstante, también refleja un ápice de esperanza en el hecho de que quizá su amigo vaya a Madrid (Tula no sabe que Cepeda está a punto de casarse).
Finalmente, resulta importante destacar que, en esta última carta Gertrudis hace referencia, seguramente, a una petición de su amigo de publicar sus cartas privadas. Ella responde de este modo:
Respecto a lo que me consultas sobre mis cartas, sólo puedo responderte que no recuerdo exactamente lo que contienen. Ignoro si hay en esas cartas confidenciales cosas que puedan interesar al público, o si las hay de tal naturaleza, que deban ser reservadas. Cuando nos veamos, hablaremos de eso y examinaremos dichos papeles. (1996: 204-205).

1 Recordemos que, antes de escribirle cartas, le escribe a Cepeda lo que hoy es tomada por su autobiografía. En estos primeros papeles conservados, a los que ella llama “cuadernillo”, ya se adivina una relación afectuosa, de implicación por parte de Gertrudis Gómez de Avellaneda, puesto que le dice que a nadie más podría hacer el tipo de confesiones que a él le manifiesta.

2 Desde ahora y hasta el final de este capítulo, las referencias que se hagan únicamente constando en el texto del año y el número de página, harán referencia a CRUZ-FUENTES, LORENZO, Ed. (1996): Gertrudis Gómez de Avellaneda. Autobiografía y cartas. Huelva: Diputación Provincial de Huelva. 

3 Se encontraba en una dehesa, propiedad de su padre, en la provincia de Huelva.

4 La Aureola.

5 Cruz-Fuentes lo asegura, basándose en que Gómez de Avellaneda menciona un hecho que tuvo lugar el 31 de agosto: el abrazo de Vergara, convenio que dio fin a la primera guerra carlista.

6 En las cartas anteriores, como en esta, Cepeda se encontraba en Almonte, preparándose para graduarse en Leyes y, por esta razón, no pueden verse con la asiduidad que a Gómez de Avellaneda le gustaría.

7 Posteriormente corroboradas con la siguiente carta, en la que le cuenta un sueño a Cepeda en el que expresa su miedo por la desilusión que puede provocarle un engaño de él con otra mujer.

8 Sobre todo, por las tibias muestras de amor con las que responde Cepeda, muestras de las que Gertrudis se quejó tantas veces en sus cartas.

9 Historia de la que hablará en sus cartas, tratando de justificarse.

10 P. 142, carta 26, fechada el 24 de noviembre de 1840, momento en que nuestra autora ya está en Madrid.

11 Recordemos que Tassara, aunque viviera en Madrid, era sevillano, como Cepeda.

12 Pág. 162.

13 Parece una constante en la literatura epistolar de Gertrudis Gómez de Avellaneda, así como en su carácter, el arrebato. Este hará que escriba lo que siente, sin pensar en las consecuencias o en el destinatario y sus reacciones. Esta cualidad o defecto, según se analice, hará también, en muchos casos, que se arrepienta rápidamente de sus aseveraciones y las reconstruya o las niegue.

14 En la carta cuadragésimo novena.

15 Como hemos podido comprobar, son muchas las cartas que Tula le escribe a Cepeda estando éste en Madrid (doce). Sin embargo, es muy corto el espacio de tiempo en el que suceden dichas cartas, pues, aunque únicamente la primera añade la fecha, podemos comprobar (por la fecha de la primera carta que manda a Francia) que se trata de un mes. Es decir, en un mes, Gertrudis volverá a enamorarse de Cepeda y a sentir los mismos miedos que cuando ambos se encontraban en Sevilla, vivirá una tormentosa historia de amor en la que ella ofrecerá más de lo que recibe y se desengañará de su amante, con la partida de éste.