LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

José Mario Horcas Villarreal (CV)
Universidad de Málaga

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V. III. “¡QUÉ TIBIO GALÁN HACÉIS!” GERTRUDIS, SUS CARTAS A CEPEDA Y UNA MIRADA RETROSPECTIVA.

La expresión que Manuel Bretón de los Herreros profiriese para referirse a Gertrudis Gómez de Avellaneda (“¡Es mucho hombre esta mujer!”) contiene una opinión muy generalizada para los hombres de la época. De hecho, Ferrer de los Ríos dirá de la autora: “Al frente de las poetisas españolas se encuentra Carolina Coronado: no es la Avellaneda poetisa sino poeta: sus acentos valientes, sus elevados tonos, son impropios de su sexo 1”.
Quizá, después de haber hecho referencia a sus escritos más íntimos, es el momento en que más de acuerdo y más disconformes podemos estar con estas afirmaciones:
Por un lado, sí, Gertrudis fue valiente y varonil en ciertos aspectos, pues no espera, como la típica mujer sumisa del siglo XIX (e incluso del XX), a que el hombre amado le confiese su amor, ni tampoco acepta como propias esas ideas preconcebidas de lo que debe ser una mujer. Por otro lado, también merece la pena recordar las palabras de Menéndez y Pelayo: “La Avellaneda era mujer y muy mujer, y precisamente lo mejor que hay en su poesía son sentimientos de mujer 2”. Gertrudis fue mujer. Sintió, padeció, gozó y vivió, como mujer, todo lo que la sociedad estuvo dispuesta a mostrarle.
Tula respeta los cánones estéticos, pero también subvierte ciertas convenciones que tienen que ver con el género femenino y da cuenta de un personaje real, ella misma, que es muy capaz de manipular a su antojo las estrategias femeninas, las amorosas y las de la escritura3 .
Gertrudis Gómez de Avellaneda utiliza un verso, ¡qué tibio galán hacéis! 4, en una de sus cartas. Como sabemos y ella misma nos dice, tales palabras son extraídas de un personaje femenino de El desdén con el desdén5 , obra de Agustín Moreto6 . En esta obra, aparece la mujer como esquiva y varonil. Se representa esta tipología de mujer, del todo desechable, con Diana, la protagonista. Ella se dedica al estudio y la filosofía y aborrece el papel social que tiene asignado la mujer en la época (de esposa y madre).
Presumo que no será una simple coincidencia que Tula se haga portavoz de esas palabras de dicho personaje. Como vemos, el espíritu de Gertrudis y el de Diana tienen similitudes tangibles al ser, ambas, mujeres inusuales en la época y dedicadas por entero a romper los estereotipos sociales. Además, en los versos de El desdén con el desdén, Diana, siendo anteriormente fría y sosa en exceso, recrimina a su amado una excesiva templanza, cosa que hará también, en repetidas ocasiones, nuestra autora.
Gertrudis se queja del anodino corazón de su destinatario, incapaz de mostrar sentimientos, torpe para expresar amor, incompetente para mostrarse tan visceral, atrevido o pasional como ella... Por estas consideraciones que Tula hace de su querido Cepeda, las alusiones que hacen sobre él, biógrafos de Gómez de Avellaneda, críticos y demás especialistas, no son excesivamente halagadoras:
Los amoríos comenzaron en 1838; tímidos balbuceos hacia La Peregrina, nombre que usaba por pseudónimo Gertrudis. Pero el amor de Cepeda era frío, soso, incapaz de despertar cataratas de pasión. Era el quiero y no me atrevo7 .
(Cepeda) En lo intelectual era hombre sin imaginación, poco expresivo, aunque talentudo y amigo de saber; y en lo moral, egoísta; más que frío, helado; amigo del dinero, metódico, buen administrados de bienes, temeroso de perderlos y deseoso de aumentarlos. Aunque sujeto a las comunes pasiones, sabía y podía dominarlas y someterlas a su conveniencia. Era, en fin, un hombre terriblemente normal8 .
Gertrudis era pobre, y Cepeda no quería casarse con ella, ni aun comprometerse de un modo duradero. Esta es la clave de su conducta ambigua y cautelosa, que quiere obtenerlo todo sin obligarse a nada... 9

 La quiere como amiga, como amante (así se decía entonces a la amada), pero como esposa teme que le resulte insoportable el exceso de inteligencia, su futura gloria, pues Tula no piensa renunciar a la poesía ni al logro del favor público10 .

No entraré en la polémica de si a Cepeda le quedó grande o no el amor proferido por Tula 11, ya que creo que lo realmente interesante en este momento es analizar una parte de Gertrudis Gómez de Avellaneda (la que ella quiso mostrarle a Ignacio de Cepeda) que, si bien se encuentra ya de soslayo en sus novelas y poemas, podemos ver, a partir de sus cartas, de una manera más nítida.
Gertrudis se enfrenta al papel en blanco como a un espacio virgen en el que puede plasmar todo lo que quiere comunicar a Cepeda, haciendo caso omiso a la premisa de mesura o templanza en la comunicación epistolar, instaurada por muchos manuales. Muy lejos de esto, Tula escribe lo que siente, acompañada del desengaño, la pasión o la cólera que despierte en ella, en ese momento, su destinatario. Es una mujer impulsiva que concede el mismo carácter arrebatado a su epistolario. Por eso, estoy de acuerdo con Maritza González cuando afirma que ”... mediante transiciones rápidas, casi violentas en ocasiones, pasa de uno a otro estados anímicos ante sí misma y para sus destinatarios12 ”. Así pues, Tula expresa, en sus escrituras más íntimas, que no sabe ser a medias, de manera aplacada: “¡Ya lo ve usted, me arrastra mi corazón, no sé usar con usted el lenguaje moderado, que usted desea y emplea...!” (1996: 106).
Se muestra a sí misma como un volcán en erupción cuya característica es una sinceridad tan extrema que a veces se convierte en dolorosa: “Mira, soy tan franca, tan sincera, que no te ocultaré que ha habido un momento en que me he dicho...” (1996: 123).
No obstante, aunque a veces pida perdón en sus cartas porque considera que éstas no tienen la conexión suficiente, considero que su personal modo de decir, de escribir, es altamente elocuente y claro.
Utiliza en muchas ocasiones un “yo” interrogativo, recurso dominante en clave de humildad, al que debe atender por el hecho de escribir, siendo mujer y siendo un hombre el destinatario de su escritura. Además, con esto se acerca también a un “yo” que pretender implicar al receptor en su historia, tal y como se haría en una conversación oral:
Mil temores me agitan al trazar estas líneas: ¿estará usted enfermo? ¿Contendría mi última carta alguna expresión, alguna frase, que le haya enfadado con su amiga? ¿O acaso un olvido, una falta de interés en esta correspondencia, le ha decidido a interrumpirla tan bruscamente? (1996: 100).
Las palabras de Gertrudis hacia Cepeda desvelan una entrega incondicional por parte de la escritora, entrega de la que, en numerosas ocasiones, se arrepiente por no encontrar en su amigo la misma disponibilidad y la misma pasión y entrega por la que la mujer deja su condición de mujer para adquirir roles aceptados en el imaginario colectivo como eminentemente masculinos: “Raro, original es el papel que hago contigo. Yo, mujer, tranquilizándote a ti del miedo de amarme.” (1996: 98). Ella sabe que sus palabras, sus actuaciones, la hacen aparecer, frente a la otredad, como una mujer sin la docilidad requerida y con un indómito sistema de amar:
Me temes, Cepeda, no lo niegues, temes que me posesione yo de tu corazón, temes los lazos de hierro, que pudieran ser consecuencia de tu amor por mí, y crees evitar algo acogiéndote a la sagrada sombra de la amistad. ¡Oh!, eres un niño si tal crees. ¡Cuánto te engañas, querido, cuánto, si crees que la amistad señalaría límites que el corazón respetara! (1996: 98).
La entrega de Tula se encuentra en conflicto con ciertos contrapuntos posesivos, por medio de los que la autora da rienda suelta a sus celos. La pasión que suscita en ella el destinatario de sus cartas es tal que no podrá conformarse con una muestra pueril, insulsa y efímera de cariño o con un corazón que parece poder dar a varias lo que sólo debería (o ella cree que debería) ofrecerle a ella. Esta será una constante en sus cartas. Muestra de ello son las inmutables alusiones a una boda de Cepeda que no quiere que se produzca o las diversas cartas en las que pide exclusividad para su amor.
Nos encontramos, pues, a través de estas cartas, con un testimonio de amor y de amistad, que contiene un reconocido estilo que sólo Tula, de entre todos los escritores de la época, podía utilizar: el de amar desmesuradamente y querer ser amada de igual manera.
La falta de prudencia, de mesura, condujo a Gertrudis Gómez de Avellaneda a tomar una pluma y escribir, es decir, a nombrar el mundo13 . Por tanto, como diría Mercedes Arriaga, la suya es “Palabra de una mujer que se atrevió a amar con la misma pasión que puso en ser ella misma, y que nos dejó el camino abierto para poder escoger entre ser o no ser razonables14 ”.
No obstante, resta apuntar que no es únicamente esta expresión la que nos ha quedado de la escritura íntima de Gómez de Avellaneda. Contamos, también, con otros epistolarios que ella misma dirigió a otros hombres que formaron parte de su vida: Gabriel García Tassara15 o Romero Ortiz 16. Estas cartas podrían ser analizadas, junto con las de Cepeda, en un posible trabajo de investigación futuro, más amplio y exhaustivo, y que nos haría, seguramente, reconocer en la escritura de la autora, ciertos matices que ahora desconocemos. Asimismo, en dicho trabajo, podríamos estudiar también la repercusión literaria de nuestra autora hasta nuestros días.

1 FERRER DEL RÍO, ANTONIO (1948): Galería de literatura española. Madrid: Tipografía de P. Mellado. p 309.

2 MENÉNDEZ Y PELAYO, MARCELINO (1892): “Prólogo” a la Antología de poetas hispanoamericanos. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, II. p. 39.

3 TOVAR, PACO (2003): “Estrategias de seducción en un artificio epistolar de Gertrudis Gómez de Avellaneda: Diario de amor” en Anales de la Literatura Española, nº 16. pp. 5-32.

4 Carta 12, p. 109.

5 RICO, FRANCISCO, Ed. (1971): El desdén con el desdén. Madrid: Clásicos Castalia.

6 Dramaturgo perteneciente a la escuela de Pedro Calderón de la Barca.

7 CASTRO Y CALVO, JOSÉ MARÍA (1981): “Estudio preliminar. La vida y la obra” en Obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda, vol. I. Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, Ediciones Atlas. p. 48.

8 Afirmaciones que hace López Argüello en La Avellaneda y sus versos, p. 12 y reproducidas en CASTRO Y CALVO, JOSÉ MARÍA (1981): “Estudio preliminar. La vida y la obra” en Obras de Gertrudis Gómez de Avellaneda, I, p. 48.

9 COTARELO Y MORI, EMILIO (1930): La Avellaneda y sus obras. Madrid: Tipografía de Archivos. p. 37.

10 BRAVO-VILLASANTE, CARMEN (1967): Una vida romántica: la Avellaneda. Madrid: Edhasa. p. 42.

11 Considero que entrar en este tema conllevaría la realización de ciertas conjeturas que, por otra parte, no irían más allá de lo que ya han expuesto los autores especialistas en Gómez de Avellaneda, puesto que no contamos con un testimonio de Cepeda que corrobore nuestra tesis.

12 GONZÁLEZ, MARITZA (1983): Perfil histórico de las letras cubanas. Desde los orígenes hasta 1898. La Habana: Ed. Letras Cubanas. p. 282.

13 BIRULÉS BERTRÁN, JOSEFINA (1997): “Fragmentos del discurso sobre la autoridad femenina” en Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, nº 30. pp. 56-67.

14 ARRIAGA FLÓREZ, MERCEDES (2005): “Pido la palabra para amar: Gertrudis Gómez de Avellaneda” en Palabra de mujer (Archivo de ordenador).

15 MÉNDEZ BEJARANO, MARIO (1925): Tassara. Nueva Biografía Crítica. Madrid: Imprenta de J. Pérez.

16 PRIEGO FERNÁNDEZ DEL CAMPO, JOSÉ (1975): Gertrudis Gómez de Avellaneda. Cartas inéditas existentes en el Museo del Ejército. Madrid: Fundación Universitaria Española.