LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

José Mario Horcas Villarreal (CV)
Universidad de Málaga

Volver al índice

II. II. BREVE HISTORIA DEL GÉNERO EPISTOLAR.

            Creo que resulta irremisible hacer un rápido recorrido por la historia para averiguar el origen y la evolución que ha tenido el género epistolar. Descubrimos de esta manera que la escritura epistolar es tan antigua como la escritura misma:
Desde épocas remotas, el hombre se ha esforzado por consignar en símbolos y signos (que acabaron por ser letras) todo lo que piensa, sufre, goza, opina, imagina... Habría que viajar hasta el más antiguo Egipto, el de las primeras pirámides de Zoser y Saqqara o hasta los primeros textos mesopotámicos (con los que se inventó la escritura cuneiforme) para hallar las más profundas raíces de esa tradición.
            En esta tradición encontramos, en el tercer milenio, el primer poema sumerio a la creación. Se trata de creaciones cosmológicas y religiosas en torno a lugares míticos como la ciudad de Ur. Y en el tercer milenio también (este hecho es el que hace que pueda escribir tan rotunda afirmación) encontramos indicios de una intensa utilización de la escritura epistolar en el Antiguo Oriente.
            En Egipto, Asiria, Babilonia, Siria y Judea, la carta está al servicio de sus reyes y gobernantes y goza de la importancia de constituirse como elemento crucial para la administración de estos grandes imperios, ya que a través de ella se mantienen las relaciones militares, políticas, diplomáticas y comerciales 1.
            La carta privada no se pudo conservar tan fácilmente. No obstante, también se presupone una gran atención a la forma en ella, puesto que ya en Egipto, alrededor del 1500 a.C., se tiene constancia de la redacción de unas cartas modélicas dentro del seno educativo. La técnica epistolar, pues, ya se configuraba como materia de enseñanza en aquellos remotos tiempos.
            Heródoto conocía la forma en que escribía cartas la administración persa (sus cartas oficiales eran breves y de gran hieratismo) y difundió este conocimiento entre los griegos, cosa que ayudaría al contacto entre su pueblo y los gobernantes orientales. De esta manera surgió la carta oficial griega: como una derivación de la persa2 .
            El siglo IV significó una enorme popularización de la correspondencia. Sin embargo, y pese a dicha utilización epistolar, aún por estas fechas no había un tratado que se ocupara de este género de manera teórica. De esta época se conservan las primeras muestras del género literario epistolográfico en Grecia: los documentos de autores como Isócrates y Platón, textos que, por otra parte, no fueron conservados por su valor artístico, sino por la importancia del contenido o del autor que le dio forma.
            A partir de Isócrates y Platón existe una creciente literaturización epistolar que viene dada gracias a la importancia que otorgan los autores a la forma epistolar desde el momento en que ellos mismos deciden su publicación. Sigo las palabras de Pedro Salinas3 cuando digo que una carta comienza a ser literatura desde que el escritor toma la opción de escribirla como tal, siendo consciente de que el destinatario no será una persona concreta, sino el lector, el público.
            Wilamowitz4 vio, en las cartas publicadas de Aristóteles, el primer ejemplo de escritura característicamente epistolar y además reconoció en ellas una práctica que luego será muy común: las cartas de Aristóteles son las primeras cartas privadas que se publican. Artemón, uno de los primeros editores de estos escritos debió basarse en ellos para formular sus primeras teorías acerca de la carta, teorías que también serán las primeras con las que contamos.
            Llegó a ser tan abundante la producción epistolar en Grecia que se creó la necesidad de dictar normas que formalizaran y regularan su manejo. El primer estudio retórico que poseemos sobre la carta fue escrito por Demetrio5 . En esta obra el autor se propone una caracterización propia del género. Apunta, con este fin, a la sencillez que debe rodear todo el escrito, a la brevedad de la que debe ser partícipe un texto que se corresponde con un testimonio de amistad y a la revelación del carácter del escritor por medio de la carta, convirtiéndose el escrito epistolar en el reflejo del alma de quien escribe.
            Demetrio propone el uso de los proverbios y refranes como elementos embellecedores de una carta, puesto que presuponían también la manifestación de la sabiduría popular.
            La obra que ha sido considerada como la mejor composición teórica acerca de la carta que conservamos de la Antigüedad es De epistolis6 , un apéndice de Julio Víctor en el que se diferencian las cartas por contenido, quedando divididas en Epistulae negotiales y Litterae familiares, siguiendo la tradición griega.
            La escuela retórica continúa dictando instrucciones epistolares, pero éstas son sumamente esquemáticas, ya que buscaban la libertad, tanto del género como del escritor que se enfrentara a este tipo de composición.
            La creciente importancia de la forma epistolar entre los romanos y su dominio de la retórica griega hicieron posible la publicación de sus epístolas y, teniendo en cuenta la ausencia de fuentes latinas de primera mano para la investigación de la teoría epistolar, estudiaremos la epistolografía latina atendiendo fundamentalmente a las composiciones epistolares con las que contamos.
            Se considera la carta como un sustituto de la presencia, por lo que volvemos a observar un fuerte nexo de unión entre la carta y la comunicación oral. De forma idéntica, se entrelazan el concepto epistolar y el amistoso, puesto que se piensa la carta como un proceso bidireccional por medio del cual la amistad puede seguir su curso, incluso cuando las dos personas implicadas no están cerca.
            Mientras que Cicerón, autor con el que quedará asimilado el género a las colecciones epistolares, obedece en sus cartas a las necesidades de la vida diaria y utiliza un lenguaje cuya función primordial es la informativa (entre amigos), Séneca se aleja del tono conversacional, puesto que sus cartas responden al binomio maestro-discípulo y toma como función predominante la persuasiva, con finalidad pedagógica7 .
            Con Plinio el Joven se eleva el tono conversacional porque la carta se tendrá con él por la unidad que vincula a ciertos miembros de una sociedad refinada y culta. Con esto se realiza la teoría de adaptación de contenido y forma a las posibilidades del receptor. Por su parte, con Símaco, la relación entre el sentimiento amistoso y la función epistolar se hace aún más estrecha.
            La brevedad, una característica que acompaña por doquier a la epístola, no será muy tenida en cuenta por estos escritores, que más bien pensarán que la longitud de la carta debe ser proporcional al asunto y que incurrirán en la afirmación de que cuanto más larga es la carta, mayor será el afecto mostrado al destinatario.
            En la práctica, la epístola es un género popular, también en la Edad Media, tanto en su modalidad oficial como en la personal. De hecho, George Kustas señala que “la epistolografía es una de las formas literarias medievales de mayor uso y éxito8 ”.
            Durante los siglos XI y XII aparece la figura de los dictatores, que ayudaban a formalizar del género epistolar y por medio de los cuales se hacían cada vez más formularios de cartas. Junto con esta práctica que, por otra parte, se resolvió un tanto infructuosa, empieza a desarrollarse en el siglo XI una teoría de la epístola: el ars dictaminis medieval9 .
            El formato estándar de la carta se fija con la obra Rationes dictandi, de 1135. A partir de dicho manual, observaremos la normalización de dividir en cinco partes distintas la composición epistolar. Para el anónimo escritor de esta obra, como para Demetrio, el saludo constituye el aspecto formal que identifica a una carta como tal.
El ars dictaminis únicamente prestará atención a la forma de la carta, es decir, a su disposición, por lo que después de 1160 se libra una cruenta batalla por la que se tendrá, en muchos momentos, mayor interés por los modelos epistolares que por la teoría epistolar. El combate finalizará cuando se sustituye el ars dictaminis por la retórica humanista en el siglo XV.
Durante el Renacimiento la epístola es un medio de expresión elegido por los humanistas. Mediante la carta exponen su erudición, sus sentimientos y vivencias. Distinguen, como ya haría Cicerón, entre cartas oficiales y cartas familiares. Las primeras son denominadas como eruditas, literarias y humanísticas. Con ellas el escritor está cerca de las cartas formales al estilo del ars dictaminis medieval. Por su parte, debemos concebir la carta familiar como una expresión íntima y personal de temas actuales. Se trata de una composición privada, cultivada entre amigos y que está muy cerca de Cicerón y Plinio que, por su parte, se convierten en modelos a imitar.
 El primero en darse cuenta de las infinitas posibilidades de la epístola familiar fue Petrarca que, después de encontrar un manuscrito de Cicerón e inspirándose en éste, editó numerosas cartas. Pero después de él vinieron muchos otros humanistas que, en la segunda mitad del siglo XV, editan sus colecciones epistolares. Es el caso de Pico Della Mirandola, Ficino, Poliziano... y algunos españoles como Diego de Valera o Alfonso Ortiz. Ellos modelaron el gusto del humanista por el género epistolográfico, asentándose en los cánones establecidos: los antiguos latinos.
            En los años que llevan de finales del siglo XV a principios del siglo XVI, los tratados de arte epistolar rompen con el ars dictaminis, puesto que no se interesan por la estructura de las cartas, sino que se preocupan de su contenido y estilo. Para este último punto defienden una escritura humilde y sencilla, como si estuviéramos enfrente de la persona a la que escribimos. Prueba de esta nueva preocupación epistolar son los dos grandes tratados epistolográficos del Renacimiento: el de Erasmo de Rotterdam, en continua reelaboración y muy interesante para averiguar los tipos de cartas que se distinguen en el Renacimiento (judiciales, deliberativas y demostrativas) y el de Juan Luis Vives, no tan estudiado ni tan popular, pero igualmente atractivo10 .
En España, la epístola poética conoce un momento de esplendor en el Siglo de Oro, con creaciones como la Epístola moral a Fabio, de Andrés Fernández de Andrada y la Epístola a Boscán, de Garcilaso de la Vega,  en 1534. Se convierte esta última en la primera epístola horaciana en español. Al final del poema incluye el mes y el día en que dicho texto fue concebido, es decir, utiliza una convención genérica de la epistolografía.
Los autores ilustrados del siglo XVIII retoman con interés el género, utilizado por ejemplo por Voltaire en Cartas filosóficas, por José Cadalso en Cartas marruecas o por el Padre Feijoo en sus Cartas eruditas y curiosas.
Partimos de la base de que existen cartas reales y ficticias, estas últimas tomadas como artificio literario que se incluirá en diversos géneros (novela, libro de viajes, ensayo...). Por eso el siglo XVIII es la gran época de la novela epistolar. Sin embargo, Iris Zavala señala que, en el siglo XVIII, obras de carácter lujurioso circulan en forma de carta, lo que puede dar lugar al meritorio retraso que sufre el género en España 11.
Sea o no este el motivo, lo que sí es cierto es que con el cambio de siglo asistimos a un claro declive de la novela epistolar. Sin embargo, la epistolografía sigue viva en el romanticismo y en el realismo, ya que había un gran interés por las cartas privadas12 e incluso se escriben manuales teóricos, como es el caso del Epistolario español: Colección de cartas de españoles ilustres, antiguos y modernos o el Nuevo manual de cartas13 , de 1861, en el que se recomienda prudencia al escribir, puesto que, por mucho que se parezca una carta a una conversación oral, las palabras pronunciadas se olvidan con el paso del tiempo porque, al fin y al cabo, las palabras, palabras son. Pero no ocurre igual con aquellos pensamientos que se plasman en el papel, que volverán a la mente, con la misma intensidad, cada vez que se relean.
A partir de Cartas literarias a una mujer14 , de Bécquer, el género parece adquirir más importancia y se difunde, por dos razones fundamentales: La primera la expresa Gallego Morell 15 diciendo que el hecho de que la literatura del siglo XX se estudie mediante un método de agrupación generacional, dará lugar a una consecuente importancia del género epistolar en el sentido de que éste aporta información acerca de las relaciones que mantuvieron los autores en el ámbito privado. La segunda razón viene relacionada con el interés que despierta la vida privada de cualquier persona medianamente conocida. Genara Pulido señala que:
Es de lamentar, sin embargo, que tal proliferación de la escritura epistolar no haya ido acompañada de una consecuente teorización en nuestro siglo, época deficitaria de reflexiones en este sentido, si pensamos en la rica y extensa tradición existente al respecto 16.
Así, según Pulido, en el siglo XX no existe la tradición, que sí hemos podido observar en los siglos anteriores, de la publicación de manuales de teoría epistolar, aunque es cierto que se sigue estudiando a este respecto y prueba de ello son los trabajos realizados por Claudio Gullén, Roxana Pagés-Rangel, Meri Torras Francès17 , etc.
Por otra parte, en el siglo XX encontramos muchos epistolarios que se publican como literatura y numerosas obras literarias que contienen cartas. De hecho, el Centro de Documentación Epistolar18 , ofrece un amplio surtido de cartas reales, ficticias, publicadas... así como noticias recientes que conciernen a este género, hecho que nos corrobora que el género epistolar sigue estando en boga en este momento histórico.

1 PÉREZ LARGACHA, ANTONIO (2007): Historia antigua de Egipto y del Próximo Oriente. Madrid: Akal.

2 BARRIO VEGA, MARÍA LUISA DEL (1991): “Algunos problemas de la epistolografía griega: ¿Es posible una clasificación epistolar?” en Minerva: Revista de filología clásica. Nº5, pp. 123-138.

3 SALINAS, PEDRO (2002). “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar” en El defensor. Madrid: Alianza.

4 WILAMOWITZ, ULRICH VON (1893): Aristóteles und Athen. Berlín: Weidmann, 1893.

5 LÓPEZ EIRE, ANTONIO (2002): Retóricas y Poéticas griegas. Madrid: Síntesis.

6 Autores como J. Sykutris en “Epistolographie”, RE Suppb. V (1931) cols. 186-220 defienden este dato a ultranza, según afirma MUÑOZ, NIEVES (1992) en Teoría epistolar y concepción de la carta en Roma. Madrid: Cátedra.

7 Las características que apunto acerca de la manera epistolar de los escritores latinos son estudiadas en MUÑOZ MARTÍN, NIEVES (1992): Teoría epistolar y concepción de la carta en Roma. Madrid: Cátedra.

8 KUSTAS, GEORGE L. (1973): Studies in Byzantine rhetoric. Grecia: Thessaloniki, p.59.

9 ARCOS PEREIRA, TRINIDAD (2008): “De Cicerón a Erasmo: La configuración de la epistolografía como género literario” en Boletín Millares Carlo, nº 27, pp. 347-400.

10 TRUEBA, JAMILE (1996): El arte epistolar en el Renacimiento español. Madrid: Támesis.

11 ZAVALA, IRIS (1987): Lecturas y lectores del discurso narrativo dieciochesco. Amsterdam: Rodopi. p.32.

12 O, al menos, así lo afirma el libro de FERRERAS, JUAN IGNACIO (1973): Los orígenes de la novela decimonónica. 1800-1830. Madrid: Taurus.

13 Se hace referencia a esta obra en PAGÉS-RANGEL, ROXANA (1997): Del dominio público: Itinerarios de la carta privada. Ámsterdam-Atlanta: Rodopi.

14 Obra publicada entre 1860 y 1861 en El Contemporáneo.

15 GALLEGO MORELL, ANTONIO (1986): “Las cartas de Lorca y Lorca en sus cartas” en SORIA OLMEDO, ANDRÉS (ed.): Lecciones sobre Federico García Lorca. Granada: Comisión Nacional del Cincuentenario. pp.197-209.

16 PULIDO, GENARA (2001): “La escritura epistolar en la actual encrucijada genérica” en Signa: revista de la Asociación española de semiótica, nº10.

17 Los trabajos a los que hago referencia en este momento, están debidamente reseñados en los momentos pertinentes.

18 www.cartas.org.ar.