LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

LA LITERATURA EPISTOLAR FEMENINA

José Mario Horcas Villarreal (CV)
Universidad de Málaga

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II. LA EPÍSTOLA: ACERCAMIENTO EPISTEMOLÓGICO.

            Quiero ocuparme en este segundo punto de algunas cuestiones teóricas. En primer lugar, haré referencia a la terminología utilizada para designar este tipo de escritos que nos ocupan y a las características formales de estos. En segundo lugar, distinguiremos entre cartas reales o ficticias y, a continuación, me detendré en el origen y la evolución de este género.

II. I. VARIEDAD TERMINOLÓGICA Y GENÉRICA DE LA CARTA.

            Ana L. Baquero 1, siguiendo a López Estrada y a Pedro Salinas, recoge tres términos para designar la carta: Letra (proviene del francés Lettre y únicamente se utiliza hasta la Edad Media), carta y epístola. Considero que debemos sumar una última denominación: misiva.
            Carta2 es el vocablo más generalizado para referirse a los escritos que nos ocupan. Hace referencia a la idea más extendida de comunicación por escrito entre dos personas. Por su parte, epístola, dota al texto de un carácter más literario y, por último, analizamos misiva, palabra que etimológicamente traducimos por “enviar”, ya que proviene de MISSUM, supino de MITTERE. Por esta razón, creo que esta palabra también es genérica, puesto que hace referencia, no al acto de escritura o al resultado obtenido de éste (más o menos erudito, más o menos literario), sino al envío de dicho escrito, es decir, a la lejanía entre los seres que se comunican.
            Siendo así, y teniendo en cuenta también que el Diccionario de la Real Academia ofrece las mismas definiciones para todas estas palabras 3, encontramos una serie de sutiles diferencias que, por ser consideradas precisamente inasibles, no serán leídas o imaginadas como un motivo para no utilizar estos vocablos de manera indistinta.
            Siguiendo con la segunda idea que quiero abordar en este punto de la introducción, me detendré ahora en las características formales de la carta. El género epistolar se trata de una realidad fácilmente identificable, puesto que cuenta con unas fórmulas específicas que lo harán, por lo general, inconfundible. Me refiero a marcas tales como la incursión de la fecha y el lugar en que se escribe. No obstante, serán otras dos filigranas las que, con un simple golpe de vista, harán que una carta se delate como tal: el encabezamiento y la despedida.
Cualquier carta, indistintamente del tema que se trate en ella o del destinatario de la misma, comenzará con un adjetivo que califica al destinatario, seguido del nombre del mismo o de la categoría que le merece al emisor. “Querido amigo”, “Estimado señor López” o “Ilustrísimo señor alcalde” son algunos ejemplos del encabezamiento al que me refiero. La carta, todo aquello que el emisor quiere transmitir al receptor, comenzará a exponerse en la línea siguiente.
            Por otra parte, la despedida también revela la identidad del género epistolar. En ningún otro género se reconoce tan claramente el final de la comunicación como en aquel en que, una o varias palabras afectuosas, dan paso a la rúbrica de un emisor que descubre su nombre a la vez que concluye su escrito.
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            Quien escribe una carta se dirige a alguien. Y no es que el resto de los textos escritos no sigan esta premisa, sino que en la misiva encontramos un “tú”, directo y específico. Se trata de un destinatario real sobre el cual girarán todas las palabras del emisor, ya que éste se pone en contacto con aquél para expresarle algo. Sin embargo, esta especificidad deseada por quien escribe en torno al destinatario, no implica necesariamente su consagración directa. Con esto quiero decir que contamos con muchas excepciones a esta norma, excepciones que pueden hacernos ver cómo una carta, escrita en principio para un ser real y concreto, ha sido leída a lo largo de muchos años como un manifiesto documento literario, doctrinal, político, etc. Por un público que, en teoría, ni tan siquiera debería saber de su existencia.
            Como ya he apuntado, el origen de la misiva es la comunicación entre dos personas que están separadas. ¿De qué se puede o debe hablar en una carta? Entramos con esta pregunta en la descripción de los géneros epistolares.
            Los temas abordados por un escrito de estas características son infinitos, igual que los temas de una conversación. Recordemos en este momento que hay teóricos 5 que afirman que la carta es un truncado diálogo por escrito que debe su fricción a la imposibilidad de un normal desenvolvimiento emisor-receptor (el primero deberá esperar a la respuesta de su destinatario para que su monólogo se convierta en un diálogo). Aun teniendo en cuenta esto, los teóricos han podido agrupar las cartas en ciertas variantes genéricas (estilísticas), es decir, han podido encuadrar los temas de la carta en una suerte de cajones de sastre. Así, distinguen entre la carta de tipo pésame, la carta familiar, la misiva didáctica, epístola amorosa, la carta de agradecimiento, la carta comercial, la epístola en verso, la novela epistolar, etc.
            Teniendo en cuenta estas divisiones que se han ido realizando, parece lógico que no todas las cartas escritas puedan considerarse literarias. Esto parece estar claro. No obstante, lo que sí merece y despierta más polémica es el punto de inflexión entre lo que puede y no puede considerarse literario.
            Debemos constatar, por tanto, una gran división en torno a la epístola, provocada por la incursión o no de ésta en el terreno literario. Se ha aceptado la inclusión de la epístola como manifestación literaria cuando el autor tiene esta intencionalidad, es decir, cuando el escritor utiliza la carta literariamente, sabiendo que será publicada para su posterior lectura como obra literaria. Con frecuencia, también se ha admitido la literariedad de la epístola de tipo amoroso o familiar. Quizá sea debido a que, como dice Jonh Donne en la carta que le escribe a su amigo Henry Goodyere aproximadamente en 1607, la composición y el envío de la carta son como una especie de “éxtasis”. Así, la carta no es la unión del alma con Dios, sino la unión de dos almas, terrenales y amigas, por medio de la escritura 6.
Si atendemos a lo comentado por García Berrio7 , el género epistolar ha sido considerado un subgénero a lo largo de la historia literaria. Podía enclavarse dentro de los géneros poético-líricos y también dentro de los géneros épico-narrativos. Quizá esto se deba a la diferencia en el origen entre los géneros a los que podemos llamar de primer orden y el género epistolar. La literatura está implicada directamente con la oralidad, siendo ésta su original forma de transmisión (aunque la evolución de cada género implicara su consecuente plasmación escrita) y, por su parte, la carta, desde su origen, fue creada por y para la escritura, como permutación de la oralidad.
El género literario epistolar también se ha relacionado con la literatura confesional8 . Esta literatura, por supuesto, ha sido relegada igualmente a un tratamiento subgenérico. Se ha tomado como una representación de la realidad social y privada de un determinado momento, tanto histórico como personal de aquel que escribe. Sin embargo, la aceptación de esta inferencia conllevaría la consecuente conformidad con el equívoco de que la literatura autobiográfica es un fiel reflejo de la realidad. ¿De qué realidad? ¿De qué verdad es un reflejo este tipo de literatura? Personalmente, considero que se trata de un retrato de la verdad que el emisor quiere transmitir, de una verdad a medias. Esta “literatura del Yo”, pues, es un espejo de una de las muchas verdades de las que se compone un mismo ser.
Esta relación con los demás géneros autobiográficos es la que obliga a la epístola a mantener un pacto con el destinatario, quien tendrá que poder leer el escrito con total confianza. La carta, por tanto, debe parecer verdad y, sin embargo, el destinatario puede “alejarse” de su verdad, hacer de la carta una posible ficción, con lo que se acercará, de alguna manera, a la literatura.     
Por otro lado, y siguiendo lo escrito por Pedro Álvarez de Miranda9 , la epístola está en todas partes. Son muchos los textos que recurren al artificio epistolar, como es el caso de los libros de viajes, los escritos políticos y morales o los memoriales pedagógicos y militares. En todos ellos se pueden incluir cartas que, de esta forma, se anexan de manera directa a otros escritos.

1 BAQUERO ESCUDERO, ANA L. (2003): La voz femenina en la narrativa epistolar. Cádiz: Publicaciones de la Universidad de Cádiz.

2 Las definiciones de estos tres términos las he recuperado de SALINAS, PEDRO (2002): El defensor. Madrid: Alianza y del Diccionario esencial latino. Barcelona: Vox, 2000.

3 En buscon.rae.es se ofrece la siguiente definición de la carta: “Papel escrito, y ordinariamente cerrado, que una persona envía a otra para comunicarse con ella”. El resto de palabras se explican utilizando la palabra “carta”.

4 En la imagen vemos una carta manuscrita y firmada por Mario Benedetti en 1969, y entregada a Roa Bastos por Leopoldo Marechal. Consultada y tomada de la página www.bibliographos.net.

5 Esto es defendido, por ejemplo, por MANUELA ÁLVAREZ JURADO (1998) en su libro La expresión de la pasión femenina a través de la epístola amorosa: El modelo portugués. Córdoba: Universidad de Córdoba: Obra Social y Cultural Cajasur.

6 DONNE, JONH (1910): Lettres to Severall Persons of Honour. Nueva York: C.E. Merril. p.10.

7 GARCÍA BERRIO, ANTONIO Y HUERTA CALVO, JAVIER (1992): Los géneros literarios: Sistema e historia. Madrid: Cátedra.

8 SERNA, JUSTO (2010): “Los géneros autobiográficos” en Revista Mercurio, Núm. 122. Sevilla: Fundación José Manuel Lara. pp. 8-10.

9 AGUILAR PINAL, FRANCISCO, ed. (1996): Historia Literaria de España en el siglo XVIII. Madrid: Trotta. pp. 285-325.