DISCURSOS SOBRE ARTE DIGITAL

José Luis Crespo Fajardo

5. La cursilería en su modo consciente

Llegados a este terreno, no menos minado que otros, algunas de las imágenes facebookianas, aquellas que podemos considerar creadas casi expresamente para este nuevo medio de comunicación, o adaptadas des de los medios fotográficos y cinematográficos, resultan particularmente pertinentes cuando se trata de plantear el uso consciente de lo cursi. La dimensión estilística de muchas de estas imágenes se halla orientada, incluso podría afirmarse que se halla bien orientada en función de sus objetivos. Se acomoda para situarse en la frontera que enlaza el mal gusto con el buen gusto. Pablo Neruda ya había advertido que “la luz de la luna, el cisne en el anochecer, “corazón mío” son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo” 40. Es una frontera que está ahí, y no desaparece con facilidad, al margen de las etiquetas que vayan a usarse, cursi, kitsch, snob... Algunas soluciones de Facebook podrían calificarse como imágenes de doble cara transparente porque nada tienen que ver con las dos caras de las monedas opacas. Abrazan muchas sensibilidades a la vez y su objetivo se sitúa justamente en promover ese abrazo dirigido, que en algunos casos lleva a compartir asociados un texto y una imagen. Si la imagen o el texto son rematadamente cursis, juntos y por separado, el efecto resulta impresionante. Si ambos se sitúan en los contornos de lo cursi, sin gran exceso, nos pueden hacer caer en la trampa con facilidad, sin que se llegue a cuestionar el engaño de su interés primordial. De la mano de la facilidad se consigue mayor audiencia. En este último caso, de algún modo, algunas de sus componentes se pueden valorar como diminutivos visuales que siempre nos van a recordar algo del verdadero arte, pero sin alcanzarlo por completo. Se puede establecer cierto paralelo con la idea de Milculd retomada por Umberto Eco y sin que sea necesario llegar a lo cursi más extremo  41. En el caso descrito por Eco, se trata de vender como arte lo que no lo es pero provoca efectos similares y tranquiliza al consumidor de cultura media al proporcionarle una vanguardia adaptada y digerida, accesible 42.

Sin embargo, la mayoría de las imágenes que se encuentran en esta situación no pueden describirse por ser cursis sin más, su esfuerzo por encontrar un buen camuflaje no es gratuito. Se escapan a la llamada más característica de otras creaciones descaradamente grotescas en su dimensión cursi que comparecen también en este mismo medio de comunicación. Se trate de montajes o de fotogramas se advierten intensidades distintas según las productoras y los artistas que, a través de ellas, venden un estilo. Algunas son tan descaradamente grotescas que se hacen sospechosas de haber abandonado la antigua definición de lo cursi casi por exceso de premeditación, orientación y mandato. Es decir, existe hoy un uso consciente de lo cursi tanto vinculado a su fabricación como a un determinado tipo de usuario (no a todo usuario) que permite definir distintos niveles de cursilería programada 43. Walt Disney, por poner sólo un ejemplo 44, fue el creador de una serie de prototipos, hoy decididamente asumidos, que se deslizan fácilmente hacía productos de cursilería extrema. La idea se puede ilustrar también de modo muy claro de la mano de algunos de sus colaboradores y seguidores. Los trabajos de Jim Warren y sus Studios, bienvisibles en Facebook, contienen los ingredientes esenciales de la cursilería más sofisticada 45. Todo ello tiene que ver, claro está, con las estratificaciones del gusto. Sin embargo, aplicadas a los constantes “me gusta” del medio elegido, algunas imágenes también tienen la capacidad para trascenderlas y llegar a un público amplio e, incluso, letrado, culto, que no rechaza de plano estos productos. De hecho se podría pensar en la confección de un catálogo razonado de soluciones que podrían ir de lo rematadamente cursi a lo ligeramente afectado, pasando por lo remilgado o lo empalagoso, todo en distintos grados y sin menosprecio de sus distintas cartas de naturaleza 46.

Si en algún momento se produjo La decadencia de lo azul celeste 47 o de los oleajes del rosa, es evidente que toda moda tiene su retorno y los cuadros visuales utilizados en Facebook y, a menudo, distribuidos por google, nos proporcionan un sin número de ejemplos en que la cursilería consciente se propaga con nuestros consentimientos y se propasa con nuestros sentimientos. Los cabellos de la dama durmiente convertidos en oleajes azul celeste, habitados por ínfimos surfistas, o un paisaje edulcorado donde los amantes se integran en un mundo en que los árboles enlazan sus ramas configurando un corazón en perspectiva al confluir aquellos con el nacimiento de un río, donde flotan dos cisnes, que reproducen de nuevo con sus cuellos la forma del corazón, resultan de una cursilería inenarrable. Las mujeres que se balancean sobre nubes o cuelgan de ellas, los gatos casi recién nacidos que sacan la cabeza entre las flores, las jóvenes que dibujan arcoíris en el cielo, y otros muchos recursos asociados a la pastelería floral y recreativa, nos llevan a un mundo muy enérgico y atrevido de formalizaciones pseudopictóricas que tienen un gran interés para este estudio. Ahora bien, no es la persona cursi quien genera estas imágenes. Existe una fábrica de sentimentalismos edulcorados, repulsivos, capaces de atragantarnos o de ahogarnos en la más cínica de las malformaciones de la estética que, si es querida y evolucionada, acaba siendo también un guiño a nuestro intelecto. Nos invita a entrar en su juego de forma bastante descarada, aunque se complazca en recortar las prerrogativas de la obra abierta 48. Lo advirtió de algún modo  Rubert de Ventós al referirse a una “cursilería de la inteligentzia” y al considerar que el vanguardismo no quedaba fuera del problema 49. Esto es así porque, como ocurre con lo cursi decimonónico, este nuevo campo abierto al vocablo, a lo que podría definirse como neocursi, se puede leer también con menor dureza, reconsiderando el uso que se hace de este tipo de enlaces como fragmentos de un juego que nos puede (o nos debe) salvar la vida. Gómez de la Serna se prodigó en la defensa de la cara buena de lo cursi, aunque era consciente de la mala. Llegaría  a decir que “nos alejamos de saber morir cuando nos alejamos de lo cursi” o que “si lo cursi se aceptase y generalizase, surgiría una humanidad buena, diligente y discreta” 50. Es probable que no tuviera razón.
Por su parte, Enrique Tierno Galván consideró que lo cursi tendería a extinguirse:
Quizá convenga advertir antes de seguir adelante que la expresión «cursi» está próxima a desaparecer. La realidad que designa se está esfumando. La niveladora simplificación de las formas de comportamiento, la nebulosidad de los confines entre las clases y sobre todo el olvido de la culpa originaria empujan a la palabra cursi hacia la penumbra de los Diccionarios de sinónimos 51.
En todo caso, la traslación de lo cursi al objeto y a la imagen, y la no desaparición de desniveles, ni en el mundo ni en las formas de comportamiento, han garantizado la supervivencia del término y el interés de muchos investigadores y teóricos por el mismo. Umberto Eco habla de un juego de mediaciones y rebotes que concierne a la riqueza de posibilidades de la sociedad de masas cuando se trata de enlazar la cultura de investigación con la cultura de más estricto consumo 52. La contextualización de lo cursi en un marco hecho a la alta cultura difumina las fronteras y permite generar enlaces nuevos en que los superlativos del mal gusto se pueden transformar en indicios de un nuevo gusto o de planteamientos alternativos. No cabe duda de que una parte del arte actual ha jugado o está jugando con estos supuestos. Dorfles nos lo recuerda para la vieja idea de lo camp. El Kitsch es salvado al ser introducido adecuadamente en un nuevo contexto. Este mecanismo de traslación permite hacer florecer una percepción distinta, incluso más que positiva, de mercancía exquisita, de lo que había sido manifiestamente despreciado por los mismos círculos, extraordinariamente refinados, que van a digerirlo ahora sin problemas 53.

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