DISCURSOS SOBRE ARTE DIGITAL

José Luis Crespo Fajardo

1. Indeterminaciones del término

 

Qui, dans une île que l’air charge
De vue et non de visions,

Stéphane Mallarmé, Prosse pour des Esseintes

 

El concepto de lo cursi, al igual que otros conceptos afines, que atañen al gusto y al comportamiento 1  y afectan a los fenómenos artísticos, raro, snob, exótico, naif, amanerado o Kitsch, es un concepto resbaladizo. Cuando digo que el concepto resbala quiero decir que se desliza por muy diversas pendientes y, en cierto modo, quiero decir también que no se halla aferrado a una sola idea o definición y no sólo que éstas se nos escapan o patinan peligrosamente sobre un plano más o menos inclinado 2. Basta con revisar algunos de los vocablos con que se pretende explicar lo cursi, hasta convertirlos en plausibles sinónimos y hacerlos coincidir en significado, para entender lo propio y lo impropio de su carrera conceptual. A menudo cursi i Kitsch son términos considerados equivalentes aunque, como sucede con otros análogos, no puedan sobreponerse estrictamente3. Se suelen dar por buenas aproximaciones a lo cursi en tanto que remilgado, afectado, presuntuoso, ridículo, ostentoso, pretencioso, ramplón, melindroso, delicado, rebuscado o fino (demasiado). Cada una de estas palabras, y algunas más que ya irán apareciendo, añaden contenidos a la búsqueda de una definición tan necesaria como escurridiza, pero, cada una de ellas, confrontada a la siguiente, consigue descentrar la etiqueta original y dar valor a un término autónomo, que se independiza de sus nacientes parentelas por añadir algo más y sumar, complaciente, un nuevo sentido a las primeras. Entendido como contrario de sencillo y campechano, lo cursi se nos vuelve complejo. Jacinto Benavente advertía, más allá de lo enmarañado del vocablo, la complicación que derivaba de su existencia, en su comedia Lo cursi (1901), al observar que “La invención de la palabra ‘cursi’ complicó horriblemente la vida. Antes existía lo bueno y lo malo, lo divertido y lo aburrido, a ello se ajustaba nuestra conducta. Ahora existe lo cursi que no es lo bueno ni lo malo, ni lo que divierte ni lo que [...] una negación [...] y por huir de lo cursi se hacen tonterías, extravagancias, hasta maldades” 4.

En términos generales voy a coincidir con los enfoques del problema que plantean la complejidad de la definición. Umberto Eco alude al término alemán Kitsch como algo que va a sugerir lo desgastado, lo consumido, lo que nos llega empobrecido, por tanto, bajo los efectos de una carencia y falsificación, pero sin dejar de sugerir, cogido de  la mano de Hérmann Broch, que sin unas gotas de Kitsch quizá no pudiera existir ningún tipo de arte (FIG. 1) 5. En la misma línea Dorfles reivindica el papel del Kitsch en los análisis sobre el arte y su peso creciente en la siempre factible revisión de los altares del gusto (FIG. 2). Pere Salabert, llama la atención sobre el vaciado de contenidos que comporta lo Kitschantes de ser reimplantado en el presente como materia de plena actualidad, pero, muy en particular, me interesa remarcar el interés de su observación cuando afirma que lo Kitsch “es sobre todo escenográfico” 6.

No parece que sea suficiente juzgar lo cursi por negación y tampoco basta acabar diciendo, simplemente, que su esencia radica en el vacío, en la falsedad o en sus pretensiones de alcanzar algo que no puede alcanzar, sean estos valores inalcanzables, la elegancia, la finura o la belleza, sean el refinamiento expresivo o los sentimientos elevados. En todo caso, a fuerza de no tener (y de no ser) se alcanzan otras tenencias, a veces, incluso bastante sofisticadas, que nos conviene tener en cuenta 7. El valor generado por el contexto es una de ellas. Si no nos persuade considerar que, una vez afincados en lo cursi, todo se basa en una mentira, tampoco nos convence señalizar, sin otro matiz, que el centro vital de lo cursi sea el mal gusto. El eje principal del concepto radica, realmente, en el buen gusto sobreactuado, que puede ser visto como causa de un mal añadido o como efecto, sintomático y perverso, de un bien descompuesto.
 
Desde el primer momento, es indudable que siempre estaremos haciendo afirmaciones desde un cierto punto de vista y que es tan difícil entender lo cursi como un exceso de buen gusto, sujeto a una fuente de orgullo trascendente o impetuoso, como fruto de una carencia de buen gusto, que pasa a ser considerada fuente de aflicción o deficiencia en el gusto. Por tanto, queda por ver que se pase sin transición de lo cursi al disgusto generado por el mal gusto ya que, el mal gusto, es más y es menos (como el bueno) y, por consiguiente, no se contiene sólo en la cursilería, aunque la cursilería pueda ser considerada una de las formas más depuradas, refinadas y bellas de mal gusto 8. En lo cursi hay mucho de virtud aviciada o de vicio hecho virtud. Con ello, se podría concluir que la frontera de lo cursi se sitúa en un lugar extraño en sus realidades, pero no infrecuente, que concierne al bien y al mal, y a los modelos que representan ambas instrucciones morales, una vez han sido convenientemente travestidas e incorporadas al campo de lo bello, que analiza la estética.

En el terreno de lo visual, lo cursi incumbe a una coordenada precisa y extraordinaria, fundada en la fuerza del querer visualizar, a toda costa, una suma de valores positivos, con el inconveniente de que, para hacerlo, se adoptan estratagemas erróneas, malignamente endiosadas, ensalzadas, sublimadas o, simplemente, trastornadas por cierta falta de sentido. El resultado que se obtiene, en mi opinión, tiene que ver al mismo tiempo con lo Kitsch, lo naif y lo exótico (por raro y desplazado). Decir como lo hace Enrigue que lo cursi es “el fracaso de un look” 9, el fracaso en el diseño de una apariencia, resulta interesante en la medida en que se parte de un ponerse en evidencia, al destapar el deseo de llegar a un lugar que no se alcanza. Poner el acento en lo visual también hace al caso. Lo cursi antes de nacer tiene claro el objetivo, pero se equivoca de medios y fracasa en los resultados. El problema, no obstante, vuelve a radicar en la contemplación mediata de ese deseo como deseo fracasado, cuando el cursi originario, como veremos, no percibe ese fracaso y se aposenta en su look con determinación, si no llega a ser, incluso, una verdadera convicción, o una satisfacción por el resultado, lo que se revela en sus presentaciones, gestualidad y acciones.

Como todo cambia, y como podemos atender a una ponderada esperanza de devenir, pronto se cae en la cuenta de que no hay sólo dos opciones contrapuestas, blanco y negro, ser y no ser de lo cursi. Dicho de otro modo, los matices entre tener consciencia de ser cursi (o de lo cursi) o no tenerla en absoluto, crean todo un mundo de derivadas y lugares intermedios, de entreactos, que no estaría de más tener en cuenta alguna vez. El miedo a ser cursi, la intuición de rozar sus patrones, sin querer o queriendo, se comprenden de mil modos distintos en el comportamiento y en el objeto obrado.

La potencial coincidencia entre creador y destinatario de un relato cursi, relato en los términos más amplios, aquellos que incluyen el diseño de una imagen, no tienen por qué coincidir con la disensión del crítico, que define la cursilería como una carencia, lo cual se vuelve, en cierto modo, en su contra, aunque sólo sea en cierto modo. Se parte, como es evidente, de una comparación con algo que se percibe íntegro o absoluto y que, tal vez, no lo sea tanto. Teñida de problema moral, la enfermedad de lo cursi 10, se convierte en una acusación gravosa para un paciente complacido en su mal. También otros autores utilizan la palabra en clave negativa para subrayar la tontería, la estupidez y la falta de recato de los cursis. Por esta vía, la moda aparece como un elemento de discriminación fundamental que separa y señala sin piedad a los cautivos de una apariencia disonante. Sin embargo, cuando todo se queda sobre la superficie es fácil que se nos escape lo esencial del disfraz y lo que fue ayer puede ya no ser hoy (…). Nos situamos ante algo que se transforma con rapidez vertiginosa 11.

En todo caso, nos incumbe precisar las demarcaciones y escenarios en que utilizamos el concepto de lo cursi. Rubert de Ventós apunta a objetos y modelos de comportamiento y  advierte que “existe como posibilidad en todos los estratos sociales” 12. Cabe añadir que, por este camino y alguno más que pueda trazarse en adelante, el tema aumenta de tamaño y, sobre todo, de calado. Este aparece enredado, como el arte mismo, entre otros tantos actores, capaces de opinar, gustar y delimitar sentidos, a menudo sin haber confrontado los objetivos y destinos de cada mensaje, o sin haberlos derivado del pasaje (o paisaje) al que pertenecen. Por lo tanto, hay que entender que lo cursi no siempre es cursi, con lo cual, no decimos categóricamente que no lo sea, sobre todo desde el momento en que implicamos el sentido del buen gusto y la incomodidad, más o menos acusada, que algunos experimentan (o experimentamos) ante sus manifestaciones. Una distinción que nos separa y nos aproxima al mismo tiempo a aquel dicho que nos advierte que “sobre gustos no hay nada escrito”. Aunque sea banal afirmar que sobre gustos se ha escrito mucho, siempre debe tenerse en cuenta ante lo escrito la formación y contexto de quien escribe 13.

Cuando lo cursi no es cursi en la globalidad, el fracaso del look es sólo un desengaño a posteriori, demorado y, por tanto, es posible verlo tan sólo como una parte del problema más acuciante, aquel que radica en la impropiedad de ser cursi o ser para lo cursi, que se determina en distintas instancias. En todo caso, cuando existe consciencia previa no hay desengaño, aunque siempre pueda darse el uso indebido, perturbador o malintencionado de ciertas formas o estéticas. Entonces pasamos a una utilización resabiada del estilo o estilos en que lo cursi se entroniza. Un efecto que va a darse con cierta frecuencia y en distintos grados en el ámbito o espacios generados por  Facebook, marco elegido para estas meditaciones y medio que las ha provocado. La manipulación está servida y la exaltación y ennoblecimiento del fenómeno cursi tonifican escenarios que no se cierran sobre sí mismos, porque más bien nos llevan a reflexionar sobre el arte actual, sobre el arte en la red y, por supuesto, sobre el arte en general. Creaciones como las de Jeff Koons resultan muy sugerentes (FIG. 3). Toda una tesis llevaría contrastar de modo adecuado sus sofisticadas creaciones con las antiguas postales, dibujos y figuras de Juan Ferrándiz. Tal vez podemos empezar a pensar en los efectos de un mundo neocursi, pasados por los efectos del postkistch. En este terreno la dimensión artística no se nos puede escapar.

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