CUESTIONES

Francisco Javier Contreras H.

ÉTICA

- El hombre es más persona en la medida en que convive con otros seres humanos. Los grupos humanos que más han evolucionado, son aquellos que las circunstancias los han obligado a estar en contacto con otros pueblos, y por ello se genera un intercambio de ideas que motiva la generación de pensamientos nuevos y por lo tanto, evolución; los más atrasados en términos evolutivos, son aquellos que han estado más aislados de la convivencia con formas de pensar diferentes a la suya propia; estos normalmente se estancan en una sola manera de hacer las cosas, y por ello un único modo de pensar, que al no generar pensamiento nuevo, provoca el estancamiento en el proceso evolutivo social del ser humano.
 
- Ahora bien, ya establecimos que es necesaria la convivencia entre los seres humanos, pero sólo se puede coexistir con otros, siguiendo reglas apropiadas para ello. Dónde cada quien hace lo que quiere, hay anarquía, y ésta sólo genera destrucción y caos: es la condición contraria a la construcción de un mundo mejor. Luego, podemos concluir: el ser humano sólo tendrá tal condición, si convive con sus semejantes; y esto último sólo lo puede realizar, si lo hace de acuerdo a las reglas necesarias para ello.

- Las reglas de convivencia se han ido desarrollando desde que apareció el primer ente pensante sobre la tierra y han ido evolucionando conforme la misma humanidad vive estadíos superiores de conciencia social; por ello,  las normas de comportamiento ya están dadas cuando nacemos y debemos atenernos a ellas, pues de otra forma, si actuamos como mejor nos place, violamos las leyes, nos convertimos en delincuentes y contribuimos con nuestra parte al atraso de la sociedad de la que formamos parte.

- ¿Y si no estamos de acuerdo con las reglas de convivencia social, qué? Siempre tendremos derecho y hasta obligación de proponer nuevas normas, si las existentes no son justas o son atrasadas socialmente, pero ¡ojo!, antes tenemos que ver si nuestra inconformidad nace de un superior estado de conciencia personal que nos impide acatar leyes injustas; o de inmadurez personal que nos dificulta la convivencia con los que piensan diferente a nosotros –intolerancia pues – o tal vez incapacidad de respetar leyes y actuar conforme a ellas, lo que nos convierte en criminales, gente que vive al margen de la sociedad y de la que ésta se debe proteger.

De fault, debemos obedecer las leyes, aunque estas nos parezcan injustas; luego, si después de analizar concienzudamente la cuestión, acabamos concluyendo que equis norma debe de cambiarse, entonces debemos proponer a muchos de nuestros conciudadanos el cambio necesario, y entonces, si los convencimos, ¡ojo! Si y sólo si los convencimos, entonces eso nos da la razón de que el cambio era necesario y podemos proceder con los pasos que sean necesarios para lograrlo. Pero si todas las personas a quienes propusimos el cambio nos tiran a lucas, tenemos que reconocer que: o yo soy el que está mal puesto que la mayoría quiere quedarse bien agustito como se encuentra; o yo estoy bien, pero más evolucionado que los demás y por ello no me pueden comprender: pero ¡vaya!, concediendo que mi inconformidad para con los demás radica en que ellos son menos evolucionados que yo, ¿tengo derecho a obligarlos a que vivan diferente de cómo quiere hacerlo?

Si ese fuera el caso, lo que debo hacer es una labor de educación para que la sociedad de la que formo parte cambie, pero esto lleva tiempo, y posiblemente no vea yo los resultados; pero hay que hacerlo como única posibilidad de mejoría; en este caso se trata de sembrar para que nuestros hijos o nietos cosechen. Pero, mientras tanto, lo más sensato es que me discipline y acate las normas de convivencia establecidas, o me valla a buscar a ver dónde más valgo.
 
Por último, veamos que ha habido personas que han promovido revoluciones que han logrado un cambio en la sociedad de la que en su momento formaron parte.  Pero esto hay que verlo con mucho cuidado, porque un balance ecuánime de los cambios violentos en algunas sociedades, pudiera ser que nos arroje más resultados de dolor y destrucción que de auténtico cambio social.

Pero en fin, si después de un análisis desapasionado se viera que no hay más alternativa que un cambio violento de las reglas de convivencia social, entonces habría que proceder, aunque ello, en el mejor de los casos es una apuesta que igual puede salir águila que sello, pero que independientemente de los resultados deberíamos lindar entre los campos de la santidad para pretender que es justificable una acción así.

Unos pocos revolucionarios en toda la historia de la humanidad, entran en el perfil de revolucionario y santo, como nuestro Francisco I. Madero, que como usted bien sabe, hizo un ayuno de varios meses implorando la luz  divina para estar seguro que éticamente era justificable el derramamiento de sangre que vendría, si promovía él la Revolución Mexicana que veía como el único recurso disponible de cambio para su nación, y ese es un detalle que nunca debemos olvidar de él, que para nuestra suerte fue mexicano.

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