PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL DE NAYARIT A TRAVÉS DE LA VISIÓN DE SUS PORTADORES

PATRIMONIO CULTURAL INMATERIAL DE NAYARIT A TRAVÉS DE LA VISIÓN DE SUS PORTADORES

Wendy Guadalupe Carvajal Hermosillo (CV)
Universidad Autónoma de Nayarit

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San Blas

Mitos, leyendas e historias
La canoa del guayabal.
Al pie de la Contaduría, del cerro donde se encuentran las ruinas, había un guayabal muy grande. La gente iba allí a recolectar guayabas. Algunos de ellos veían una canoa amarrada a ambos lados de algunos árboles de guayabas repleta de monedas de oro. Los que tenían guayabas en el costal, morral o canasta las tiraban y llenaban con el oro.
Pero cuando se volteaban, un hombre con ropa antigua les decía: “Todo o nada”. Vaciaban el morral pero miraban con exactitud la ubicación de la canoa. Se iban, recogían las guayabas y llegaban al pueblo. Le contaban a un amigo y le decían que lo acompañara hasta la canoa, pero cuando llegaban no estaba.
Las piedras en el cementerio.
Una chica cuidaba a su mamá que estaba muy enferma. El novio quería llevarla a un baile y ella le decía que no, por su mamá. La convence y se van al baile. Cuando regresa, su mamá había muerto. Por más que le pide perdón se convierten en piedra en el panteón.
La loca del muelle.
Dice el señor Paulino que la señora existió, que se llamaba Rebeca. Una hija de la señora está escribiendo un libro sobre ella, y la familia quiere contactarse con el grupo musical Maná para pedirle un porcentaje de las regalías.
Ella llegó de repente al pueblo. Vestía de novia y caminaba por las calles. Vendía muñequitas para cubrir los rollos del papel sanitario. Muchas personas le compraban. Se iba hasta el muelle y ahí andaba vestida de novia. Nadie la molestaba.
Eventualmente rehízo su vida con un chico que le decían Laus, porque se llamaba Ladislao. Él tenía un tiradito en que vendía lentes y barajas, cosas para niños en general. Las compraba en Guadalajara.
Una vez, el señor Paulino le dijo a Laus: “Oye, Laus, te trae a raya la chica de humo”. Él, tartamudeando, respondió: “Es-es que la-la tengo bie-e-n educada”. “¿Cómo que la tienes bien educada?”. “Es-es que le hago tun tun.” “Cabrón, ¿sabes coser tun-tun?”. “No, es otra cosa”. “Qué cabrón eres”.
Le decían a Rebeca la chica de humo, porque prendía un cigarrillo detrás de otro. Y a pesar de estar con Laus, nunca dejó de ir al muelle.
Su historia envuelve muchos mitos. Algunos dicen que perdió la razón en el temblor del año 85. Ella trabajaba en el teatro Lupita, cuando salió el temblor había terminado y encontró a sus hijos muertos. Otras versiones sugieren que la asaltaron y la violaron.
Toda la gente la quería. En las ramadas de la playa tienen historias de ella.
Cuando Maná grabó el video, fue Mauricio Cisneros, que era el productor, a pedirle fotos prestadas a Paulino. El video lo comenzaron a grabar en las Islitas. Estaban en la ramada de Don Silvestre Sánchez con el guitarrista, el bajo, otro más y Mauricio. Ante la pregunta de cómo conocieron la historia de la loca, Paulino dice que le relataron que ellos trabajaban por la noche en Vallarta, en un centro nocturno. Salían tarde, como a las dos o tres de la mañana. Siempre veían a una señora barriendo tranquilamente la calle. Una noche, cuando terminaron, ¡había una polvareda! La señora barría a toda velocidad. “¿Por qué tanta prisa?” “Es que mañana llega mi amor al muelle de San Blas”.
La chica del video se parecía a Rebeca un poco en la cara, aunque Teresa Guízar, la modelo, era un poco más alta.
Las versiones son ligeramente diferentes según de dónde se escuche la leyenda.
San Blas tiene siglos de historia, en la que existen datos certeros comprobados con hechos y otros que aún guardan un poco de misticismo e incluso controversia. A continuación algunos de ellos.
Localización del fuerte
Hay dos historias principales acerca de la ubicación: una, la más conocida y la “oficial”, que lo ubica en el Cerro de San Basilio, en la Contaduría.
El señor Paulino Flores afirma que el verdadero fuerte estaba en el cerro del faro y que un ingeniero lo derrumbó para realizar la escollera del faro. Sin embargo, Pedro Castillo Provincia, el tío de Paulino era guardafaros. Una vez que limpiaron el cerro se veían los muros. Cuando el, que aún era niño, le preguntó a su tío qué era eso, él replicó que era el verdadero fuerte, el de antes de la Independencia. Cuenta la historia que los cañones se los robaron. Solo quedaban dos en el cerro y el tío afirmó que los sacarían solo cuando él muriera. Y dicho y hecho, poco después de su muerte los bajaron y los llevaron a la escuela secundaria pesquera.
Los muros eran anchos como un sillón, con las troneras.
Él guarda la foto de una revista donde está el cerro. Indica que había unas peñas de la altura de un humano, con dibujos labrados (una iguana, una tortuga y un espejo). Cuando lo destruyeron había una chimenea por dentro.
El barco San Carlos
Resulta que en San Blas construyeron un barco: el San Carlos, más conocido como el Poisón. En Filipinas hicieron otro que le pusieron El Poisón pero era más conocido como El Filipino. El Filipino quedó en San Blas y El Poisón en Filipinas.
Cuando sucedió el maremoto de Chile, en 1960, se tragó una parte de la orilla y se descubrió el armazón de un barco, por donde está capitanía del puerto, hacia el lado del estero. Paulino iba hablando con un señor y de repente encontró una placa de cobre de unos tres milímetros de espesor, con el nombre “San Carlos” grabado. Como en su momento era joven, la arrojó y es el día de hoy que se arrepiente, porque era un tesoro de la historia de San Blas.
Costumbres del pasado en San Blas
Había una laguna que le llamaban Laguna del Santo, que cuando entraba la marea llegaban jaibas grandes, que llegaban junto con el agua hasta una colonia. Allí la gente se surtía de sal gruesa y limpia. Ahora hay un canal sucio, derramadero de aguas negras en la salida del estero.
Para el 1 de noviembre, fecha en la que se conmemoran a los angelitos, el panteonero (abuelo de Paulino) salía a las casas para recolectar dinero y pagar a los macheteadores, que realizaban una limpieza total. El dinero sobrante se donaba a la iglesia.
Su otro abuelo abastecía el agua desde finales de la década de 1910. Lo hacía transportándola en burros desde el manantial de La Aguada. Eso fue fotografiado en 1923 por National Geographic.
Existía una rivalidad entre los que vivían cerca de la playa “playeros” y los habitantes de las inmediaciones de El Conchal, “conchaleros”. Si alguien cruzaba el territorio del otro, le tiraban piedrazos. No obstante, todos podían concurrir a la plaza principal de noche. Si alguien de un bando quería casarse con una persona del otro, los padres debían llegar a un acuerdo.
Si había rivalidad entre dos personas, se agarraban a los golpes y el que ganaba invitaba a otro a una cerveza. El conflicto quedaba zanjado así.
Antes hubo una orquesta, por los años 50, que amenizaba los bailes en la plaza y en los antes llamados balnearios. Le decían la orquesta de los Buchis por uno de sus miembros, Feliciano Ochango, el Buchi.
Más tarde se creó un mariachi llamado los Alacranes. Tocaba música clásica, como valses, las bodas de Luis Alonso, Peñas del Rosario. Por las noches muchos pagaban las serenatas.
Por último, se formó un trío, que de trío solo tenía el nombre porque eran cuatro. Era el Trío los Perlita, con El Rábano, Marcelo, El Coyura y Perlitas. A veces llevaban hasta cuatro o cinco serenatas por mes.
Personajes populares de San Blas
Estos son algunos individuos que, si bien no tuvieron una trascendencia histórica, supieron ganarse el corazón de los sanblaseños a partir de su personalidad, anécdotas o locuras que realizaban.
Bernardo “Venado” López.
Es un señor, ahora anciano, que en sus tiempos fue pescador de fisga, instrumento de pesca de uso totalmente manual similar al arpón. Se lo “clavaba” en el mar cuando pasaba el pez”. Pescaba pargo, róbalo y curbina.
Para hacerlo, se paraba en la canoa, que iba con la popa remando y los pescadores en la proa. Los peces salían al ver un señuelo de madera y ellos le clavaban la fisga.
El Maromo.
Era un señor carismático. “Mentaba la madre” de una manera que a nadie la caía mal. Se llevaba con todo San Blas. Una vez, un peluquero estaba pelando a una persona y llegó don Maromo, agüitado. Toma una silla y la saca. El peluquero le pregunta: “Maromo, ¿qué tienes? ¿Por qué vienes así?”. Él responde que nada. “Estás bien agüitado. Dime si te puedo servir en algo, cabrón. Dime, por favor”. Y él seguía así. En eso pasa una camioneta y baja la velocidad. Le gritaron: “Chingas a tu madre, Maromo, que esto, que lo otro”. Él respondió: “Chingas a la tuya, hijo de esto, esto y esto”. A continuación suspiró. “Ahora sí, ya me voy a descansar a gusto”. En todo el día no había mentado la madre. Por eso estaba triste. Él no se sentía apreciado si no le mentaban la madre.
Él le mentaba la madre a los políticos, a diputados, gobernadores, y a jefes de la zona militar de Tepic. En una ocasión estaba con Paulino. Fueron a llevarle una botella de Cuervo al jefe de la oficina. Dice el jefe: “¿Dónde está Maromo?” “Maromo, aquí te traemos este regalo”. “Hijo de la chingada, qué a toda madre. Déjame, cabrón, ahorita voy a encargar una Coca para tomarlo.” Ellos se querían ir. “No se van, hijos de la chingada”. Pasó un niño y lo envió a comprar el refresco.
Fueron a su casa y tatemaba un pez vela por encargo. Mientras charlaban decidió voltear los trocitos. En eso llega un coche de alta gama, un Lincoln o Cadillac, que traía el gobernador de turno. Se hicieron a un lado porque lo reconocieron. El gobernador se arrimó por detrás y le dijo: “Señor, ¿me vende un pedazo de pescado?”. Maromo le dijo que no podía venderle, con una voz aguda que le caracterizaba. “No, señor, es que esto es un compromiso, yo no puedo venderle”. “Ándele, aunque sea un pedacito de esos”. “Que no”. El señor gobernador agarró uno de los espinosos: “Aunque sea éste pedacito”. “Bueno, hijo de la chingada madre. Ah, eres tú, hijo de tu reputa madre.” ¡Eso le dijo al Gobernador del Estado! Se le echan los guardaespaldas, y el gobernador les dijo: “¡No, déjenlo, así es el hijo de su chingada madre!”.
Cuando don Emilio M. González era gobernador, visitó San Blas para un 31 de enero. Estaban en una ramada de por el puente, vio a Maromo, que lo agarró. Los guaruras se le echaron encima, pero el señor González replicó: “Déjenlo, déjenlo. Así es de hijo de su chingada. Vente, cabrón”. Y se lo llevó hasta arriba. Y estuvo en la mesa de honor.
Otra ocasión, que Paulino presume que fue bajo la gubernatura de Rogelio Flores. Lo llevaron a que preparara una caguama a la casa de gobierno, de Tepic. Él aceptó, con la condición de que nadie se acercara a la cocina. No le gustaba que nadie se metiera. Decía: “Yo no quiero a nadie en la cocina”. De repente, entró un judicial y le metió la mano a la sopa. Maromo lo amenazó con el cuchillo. “No metas la mano”, a lo que el policía respondió “No sabes con quién te metes”. “Ni tú tampoco, pendejo. Vas a perder tu trabajo, vas a ver.”, replica Maromo. El policía amenazó con ir a buscar al gobernador. Maromo dijo: “Dile que venga al hijo de su chingada madre”.
Llegó el gobernador: “A ver, Maromo, ¿qué pasó?”. “Mira, este hijo de su chingada madre vino y le metió la mano a la cazuela. Tú sabes que no me gusta que me metan la mano en las cazuelas. Si yo te quiero dar veneno yo te lo doy, no un hijo de su chingada madre que venga y me vayan a echar a mí la culpa. Así que tú sabrás lo que haces.”. El gobernador emitió su veredicto: “Mañana se presenta por su liquidación”. Maromo remató con: “Te dije que no sabías con quién te metías, pendejo”.
El Vejo.
Hace muchos años había un viejito que le llamaban Vejo. Era una persona baja de estatura y delgada. Disfrutaba presentarse en fiestas como algún personaje, bailarín y contante. Le gustaba mucho cantar. “Mi querido Capitán”. Tenía muy buena dicción para declamar, pero era una persona con trastornos mentales. La gente lo apreciaba mucho, porque no se metía con nadie. Trabajaba para su familia. Nadie quería hacerle daño; al contrario, lo protegían. Su nombre era Agustín García Rebeca o Rebeca García. Vivió durante los años ’50.
Rogelio López Lama.
Era un señor bueno para poner sobrenombres. Si alguien no tenía, él se lo ponía. A un señor que le discutió le dijo: “Cállate, cara de camarón cocido”. Estaba asoleado, era de piel blanca y se tostó.