EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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La planificación social y la violencia institucional

Al imponer, el Estado, coercitivamente cargas tributarias, por caso, de hecho presupone que conoce las infinitas variables que ocurren –ocurrirán- en la sociedad. Pero, luego, sucede que un padre tiene que sacar dinero destinado a la comida de sus hijos para pagar los impuestos. Y de este modo la planificación resulta muy dañina. Es cierto que la Providencia actúa de modo principal a través de la razón humana y esto nos permite conocer la ley natural y nos impele a seguirla pero de ningún modo nos autoriza a planificar el futuro. Como la sociedad es de orden natural, es decir, anterior al hombre -la persona humana, claramente, es anterior a la sociedad, consecuentemente, tiene derechos naturales anteriores a la sociedad, pero el principio social es anterior al hombre aunque para la persona- en la sociedad la Providencia se manifestará de modo principal con anterioridad a la razón humana personal, individual. De aquí que tampoco el individualismo liberal tenga sustento científico: es decir, no tiene sentido la planificación, ni la social ni la individual, a partir del cerebro de un -o muchos, no es una cuestión de números- individuo. Pero, en rigor, lo más grave no es la planificación en sí misma, sino la violencia con que se pretende imponer sus 'leyes'. Efectivamente, cuando un funcionario estatal planifica el futuro es seguro que, en mayor o menor medida -generalmente, en gran medida- errará. Si no impone coercitivamente su 'planificación', nada malo ocurrirá porque el mercado natural, la gente, irá acomodándose voluntariamente a la realidad 'en tiempo real': si el padre de familia no tiene para pagar impuestos, no paga y los hijos comen. El problema surge cuando al Estado se le ocurre imponer violentamente su planificación que, como es errada, provocará que la sociedad yerre en su accionar. El padre de familia deberá pagar impuestos y sub alimentar a sus hijos o ir preso. Por cierto que, prever que en casos especiales, los ciudadanos puedan apelar a la 'justicia' no tiene sentido por impracticable y no es forma de parchar un mal evitable.

Muchas veces se justifica la planificación coactiva, ejercida sobre las personas, con el supuesto de que, la sociedad -y, consecuentemente, la 'autoridad' que la representa- tiene grave obligación natural de defender el bien común1 . Este argumento constituye una clara interpretación hegeliana -que absolutiza sobre el 'cuerpo social' a la persona humana: los distintos socialismos2 - del bien común natural. Y, por cierto, para poder ejercer semejante principio, deben basarse en el antinatural concepto de 'violencia justa' supuesta defensa propia o del bien común que ya discutimos. Estrictamente, la defensa del bien común de ninguna manera es un imperativo para la sociedad, porque esto significaría contradecir el orden natural. Es decir, si la sociedad natural tuviera obligación de defender el bien común esto supondría que la sociedad natural no está dirigida al bien de suyo. Es lo mismo que decir que el orden natural tiene obligación de defender el bien común. Y esto implica una confusión insalvable. Efectivamente, los que tienen la obligación de defender el bien común son las personas y, consecuentemente, las autoridades correspondientes que las representan. Pero esta defensa se debe, precisamente, a que debe respetarse el orden natural, es decir, esta defensa es obligatoria, justamente, para defender a la sociedad natural. Consecuentemente, no se puede obligar -coaccionar- a la sociedad.

1 S.S. Juan Pablo II denuncia que: "Para algunos, el comportamiento concreto sería recto o equivocado según pueda o no producir un estado de cosas mejor para todas las personas interesadas: sería recto el comportamiento capaz de 'maximalizar' los bienes y 'minimizar' los males... Este 'teleologismo', como método de reencuentro de la norma moral, puede, entonces, ser llamado... 'consecuencialismo' o 'proporcionalismo'. El primero pretende obtener los criterios de la rectitud de un obrar determinado sólo del cálculo de las consecuencias que se prevé pueden derivarse de la ejecución de una decisión. El segundo, ponderando entre sí los valores y los bienes que persiguen, se centra más bien en la proporción reconocida entre los efectos buenos o malos, en vista del 'bien más grande' o del 'mal menor', que sean efectivamente posibles en una situación determinada... aun reconociendo que los valores morales son señalados por la razón y la revelación, no admiten que se pueda formular una prohibición absoluta de comportamientos determinados" (recordemos que, de acuerdo al 'no matarás', pesa una prohibición absoluta sobre la violencia) "que, en cualquier circunstancia y cultura, contrasten con aquellos valores... En un mundo en el que el bien estaría siempre mezclado con el mal y cualquier efecto bueno estaría vinculado con otros efectos malos, la moralidad del acto se juzgaría de modo diferenciado: su 'bondad' moral sobre la base de la intención del sujeto, referida a los bienes morales, y su rectitud sobre la base de la consideración de los efectos o consecuencias previsibles y de su proporción. Por consiguiente, los comportamientos concretos serían cualificados como 'rectos' o 'equivocados', sin que por esto sea posible valorar la voluntad de la persona que los elige como moralmente 'buena' o 'mala'. De este modo, un acto que, oponiéndose a normas universales negativas viola directamente bienes considerados como pre-morales, podría ser cualificado como moralmente admisible si la intención del sujeto se concentra, según una 'responsable' ponderación de los bienes implicados en la acción concreta, sobre el valor moral reputado decisivo en la circunstancia. La valoración de las consecuencias de la acción, en base a la proporción del acto con sus efectos y de los efectos entre sí, sólo afectaría al orden pre-moral... En esta perspectiva, el consentimiento otorgado a ciertos comportamientos declarados ilícitos por la moral tradicional no implicaría una malicia moral objetiva... El no poder aceptar las teorías de las teorías 'teleológicas', 'consecuencialistas' y 'proporcionalistas' que niegan la existencia de normas morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son válidas sin excepción, halla una confirmación particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia", Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, nn. 74-5 y 90.

2 Ver 'El racionalismo iusnaturalista' en el Capítulo III siguiente.