EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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LA TEORIA DEL VALOR

                   En general, los economistas modernos han sido racionalistas y, como tales, materialistas. De aquí que, las dos teorías del valor que, básicamente, se han manejado, la 'objetiva' y la 'subjetiva', terminan en una cuestión puramente material. La primera, de modo extremadamente simplificado, argumenta que, por ejemplo, el oro vale por oro y no por lo que a nosotros nos guste o parece, según lo consideremos útil o necesario. La conclusión, -'metafísica'- más cruda, consecuentemente, es que lo material vale por sí mismo -su valor sería puramente intrínseco- consecuentemente, el libre albedrío -la persona, en definitiva- para nada cuenta. La primacía de lo material sobre la persona. De aquí, a la teoría marxista de la plusvalía, hay sólo un paso. Por su lado, la segunda supone que las cosas no valen por sí mismas sino, exclusivamente, por lo que 'cada persona las valora', 'exagerando' el libre albedrío, como si éste -la persona- pudiera elegir cualquier cosa sin ninguna clase de condicionamiento 'objetivo'. Teoría que, a mi modo de ver, refuerza el 'egocentrismo racionalista', dado que, si las cosas valen por lo que a nosotros se nos antoja, todo vale según nuestro ego, con todas las implicancias morales que esto supone.

                   La verdad, aunque parece intermedia, es sustancialmente –metafísicamente- diferente. Lo cierto es que, finalmente, las cosas valen según sirvan al progreso dentro del orden natural. Efectivamente, es cierto que la teoría subjetiva se acerca más a la verdad por cuanto, en primera instancia, es el libre albedrío -la persona- el que decide el valor de algo. Pero, por aquello de que el ser humano debe adaptarse al orden natural o desaparecer, finalmente, el valor -será 'objetivo'- vendrá determinado por el orden natural. Por su lado, la teoría 'subjetiva', tiene razón cuando dice que de nada sirve ser oro si nadie lo valora, es decir, que el valor exacto del oro quedará determinado por lo que nosotros estemos dispuestos a 'dar' por él. Nuevamente como, en definitiva, esta teoría descree del orden natural supone que esta subjetividad surge de nuestro egocentrismo, de la nada, finalmente. Veámoslo por el lado del absurdo. Si el valor es 'subjetivo', es decir, depende exclusivamente de nuestro capricho alguien, eventualmente, podría decidir que le gusta el arsénico para comer con lo que terminaría muerto y, con él, el gusto por el veneno. Es decir, que si bien es cierto que nosotros le ponemos en forma mediata el valor a las cosas, en última instancia, esta subjetividad nuestra de modo necesario debe responder al orden natural.

                   Resumiendo, entonces, el valor será final y básicamente 'objetivo', en cuanto que responderá al orden natural que es anterior y exterior al hombre, pero, al mismo tiempo será, en principio -y como causa secundaria- subjetivo en cuanto que nuestro libre albedrío decidirá, en principio, cuál será el valor. En otras palabras, es un valor objetivo pero que necesariamente pasa por el sujeto. La conclusión es que si bien tenemos libertad para decidir y, consecuentemente, valorar, el valor final, esencial, resolutorio, quedará definido por el orden natural. Esto explica, por ejemplo, que la Biblia es más valorada que cualquier otro libro: porque la fe es primera para el orden natural. Esto explica, también, porque es de orden natural la autoridad en el mercado: porque la 'valoración', en última instancia, es un hecho moral. Efectivamente, por una elemental cuestión de supervivencia -de mejoramiento, de perfeccionamiento- en la medida en que no existan interferencias extrínsecas, las personas, la sociedad, valorarán más aquellas cosas que mejor las relacionen con el orden natural, aunque más no sea 'por descarte': quién valore al arsénico como alimento terminará desapareciendo y, con él, el gusto por el veneno. Pero, como aquello que mejor nos relaciona con el orden natural es la moral, lo 'más moral' será lo que más valoremos.

                   Claro que, todo esto, es cierto en tanto no existan interferencias extrínsecas a la naturaleza humana que pudieran distorsionar todo el sistema. Por ejemplo, si a algún funcionario se le ocurre que todos los niños en la escuela deben leer un determinado libro y los obliga –coactivamente- a ello, entonces, el libro en cuestión, habrá aumentado artificialmente su 'valor', sin que valga ni objetivamente, en cuanto al orden natural, ni subjetivamente en cuanto a la valoración de las personas. En mi opinión, ya Demócrito esbozó la idea al respecto, al suponer que los valores morales o éticos eran absolutos, afirmando que "La misma cosa (puede ser) buena y verdadera para todos los hombres, pero lo placentero difiere de uno a otro". Ahora, a mi modo de ver, está claro que el precio -que estudiaremos más adelante- y el valor son dos cosas completamente diferentes que no tienen relación directa. En cuanto al precio, es cierto que en su formación tiene que ver el valor, pero también tienen que ver otros muchos factores como la abundancia o escasez y la utilidad práctica, particular, inmediata, más allá de la valoración final y esencial. De donde, insisto, no hay relación directa entre valor y precio, siendo una de las principales razones de existencia de éste último, la transmisión de información de manera de distribuir eficientemente los recursos sociales, según veremos.

                   Así es que, como dijo Antonio Machado "es de necio confundir valor y precio". Sin embargo, históricamente, se confundieron provocando, a mi modo de ver, una gran confusión -sobretodo moral- visto que, se equiparó el valor -de claro contenido moral- con el precio que es un instrumento de por sí inerte. Así, mientras que los economistas clásicos sostuvieron que el precio -'valor'- dependía del costo –objetivo- y los marginalistas ingleses y suizos de la utilidad marginal -subjetiva- pero también del costo –objetivo- los marginalistas austriacos independizaron el precio del costo. Costo que, en rigor, tampoco es tan objetivo, puesto que, finalmente, también supone un precio de compra. De modo que, no hay duda, la teoría del valor y del precio más avanzada, científicamente, es la elaborada en base a teoría de la utilidad marginal por la Escuela Austriaca ('liberales clásicos'), visto que, separaron el 'valor de uso' y el 'valor de cambio o precio' que depende, exclusivamente, de la utilidad marginal -de compradores y vendedores- que, según ellos, es únicamente subjetiva. Sin embargo, a mi modo de ver, la teoría austriaca, por un lado es 'peligrosa' por cuanto, a pesar de diferenciar el 'valor de uso' del precio, al hablar de 'valor' de cambio o precio, todavía da idea de que ambos conceptos están básicamente relacionados provocando una confusión moral a la vez que distrayendo el verdadero significado del precio que es el de ser un transmisor de información y, de ninguna manera un índice de valoración. Y por el otro, según veremos, el precio -como la utilidad marginal- no es exclusivamente subjetivo, sino que, como todo en el universo, finalmente -y 'después' del libre albedrío humano- responde a la 'planificación' del orden natural.