EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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LA FE NATURAL Y EL RACIONALISMO COMPARADOS. LA PROYECCION HACIA LO ETERNO

Ya sabemos que el racionalismo justifica, necesariamente, a la violencia. Consecuentemente, el mejor modo de desenmascararlo es a través de la fe. Efectivamente, ésta, por el contrario, es condición necesaria y suficiente para la paz. Porque, como sabemos, frente a una situación difícil que nos plantea la vida1 tenemos, básicamente, dos únicos caminos: teniendo esperanza hacia el futuro, arremeter 'gozosamente', 'deportivamente', los desafíos que se nos plantean, o rebelarnos contra la vida. Y con esto, por cierto, no estoy negando el dolor inenarrable que algunas situaciones pueden provocar, lo que pretendo es rescatar la infinita superioridad de la esperanza como 'método para encarar el futuro', antes que la depresión que siempre consigue lo que ella misma predica: la destrucción. Cuando no hay fe, que es el caso del racionalismo, y no existe motivo aparente para esperar que una situación difícil cambie naturalmente, no queda otra alternativa que intentar, violentamente, cambiar el curso de los acontecimientos. La fe natural, por su parte, tiene una 'doble vía', o produce un doble efecto. Por un lado, nos permite, con más o menos certeza, conocer el futuro -en rigor, nos permite conocer el bien inmutable, eterno- y, por el otro, esta certeza, nos da el convencimiento necesario de donde sacar la fortaleza, que es la base para realizar, finalmente, cualquier acción.

Aun cuando existe una verdadera 'comunión' entre todos los seres humanos y Dios -y los santos, para la doctrina católica- en razón, justamente, de la existencia del orden natural -para empezar, la 'idea de Dios' es 'común' a Sí mismo y a todos los seres humanos- la razón humana es personal en el sentido de que sólo puede 'pensar personalmente'2 . No puede 'pensar por los demás', porque mi cerebro es mío y no de otro. En consecuencia, nadie puede planificar la sociedad, por la simple razón de que nadie puede saber que pensaré al momento siguiente y, consecuentemente, como actuaré. Nadie puede conocer todas las variables que operan en mi mente, ni qué conclusión extraeré de ellas. Para poner un ejemplo, un gobernante no puede, indiscriminadamente, cobrar impuestos coercitivamente, para pagar cualquier cuenta del Estado, suponiendo que el común de la gente puede absorberlo, y luego resulta que un padre de familia quita ese dinero de la comida de sus hijos.

Pero lo que sí sabemos es que existe un orden natural y que, en consecuencia, cualquiera fuera mi pensamiento y cualquiera fuera mi acción resultante, estará inscrita dentro de este orden o no 'existirá'. Es decir, como 'el mal no existe' -en cuanto tal, metafísicamente hablando- aquello que contraría a la naturaleza de las cosas, tampoco 'existe', de aquí la ineficiencia. Por ejemplo, si mi decisión es fundar una empresa y ésta es buena, mi acción estará dentro del orden natural, si es mala, el mercado natural -sin coerción institucional- se encargará de hacerla quebrar, de hacerla desaparecer rápidamente, sin que quede rastro de mi acción. "Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuánto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios nos ordena", asegura san Josemaría Escrivá de Balaguer, citado por F. Fernández-Carvajal y P. Beteta, quienes aseguran que "Es ésta la verdad inicial sobre la que es preciso construir" 3.

En otras palabras, como el orden natural ha sido establecido, precisamente, para dirigirnos hacia el 'último fin', que es el Bien, inexorablemente, de suyo, ignorará, superará, desconocerá el mal. Es decir, que una mala acción -en tanto que mala- no participará en el proceso de la creación y, consecuentemente, desaparecerá por autodestrucción. Esto no significa que no se pueda 'hacer mal', se lo puede hacer y mucho y grave, simplemente significa que éste no sumará nada en la creación. De aquí la importancia de dejar que el orden natural gobierne, porque, en la medida en que lo haga, el mal desaparecerá. En cambio, en la medida en que lo suplantemos por otro orden artificial, el mal podrá sostenerse mejor. Queda claro, por otro lado, que nunca seremos perfectos, lo que implica que nunca respetaremos absolutamente al orden natural y, consecuentemente, la sociedad perfecta, en esta tierra, nunca llegará. De lo que se trata, en definitiva, es de hacer el máximo esfuerzo por respetar la verdad y el bien.

Me parece que estamos en condiciones de estudiar, ahora, la proyección hacia lo eterno porque esto, entiendo, nos aclarará como 'opera' la fe y nos mostrará lo dañino que puede resultar el racionalismo. Como es imposible que cerebro humano alguno pueda predecir exactamente qué ocurrirá en el futuro, es imposible planificar. De aquí lo irracional de pretender imponer un tipo de sociedad por vía violenta, coercitiva. Obviamente, tampoco puedo hacerlo personalmente. Pero lo que sí puedo hacer es analizar las 'tendencias' en base a una interpretación de lo que es el orden natural -que 'al Bien nos ordena'- sabiendo que éste existe y es inmutable, es decir, que seguirá existiendo en el futuro. Quiero aclarar que al decir interpretación lo digo en el sentido de aquello que mi mente pueda captar de una verdad que sólo Dios conoce absolutamente. Por otro lado, por cierto, debe quedar bien claro que el orden natural no es personal sino que, por el contrario, es universal, y de aquí su validez. Sino que lo que quiero significar es que, en la última instancia, por mi libre albedrío, seré necesariamente el último responsable 4. Lo acertado o no de esta proyección futura, en cualquier caso, solamente lo sabré una vez producidos los hechos, es decir, una vez que los resultados del dominio del orden natural se han manifestado.

Esto último es en realidad la muy vieja 'experiencia' que, todo científico sabe, es la 'necesaria corroboración, o no, final' de una verdad. De aquí la importancia de dejar que el orden natural gobierne, y la temeridad de pretender imponer un orden coercitivamente, sin que antes se haya manifestado. Es bueno dejar aclarado que, tampoco podremos imponerlo una vez 'experimentado', porque, para cuando la experiencia lo haya probado acertado, ya habrá cambiado, y esto sin entrar en la subjetividad intrínseca del método empírico, según sabemos. Sencillamente porque, metafísicamente, el futuro es siempre futuro, es decir, para cuando algo se ha manifestado acertado, incluso ésta misma manifestación, habrá provocado un cambio, no en el orden natural que es inmutable, pero sí en los parámetros iniciales.

Por otro lado, mi razón es imperfecta, y aun con la experiencia a la vista, seré incapaz de captar con precisión y exactitud todos los fenómenos involucrados en el desarrollo de la cuestión. De hecho, por ejemplo, hasta las fábricas de automóviles, con décadas de experiencia, no producen dos unidades iguales y muchas deben ser corregidas o eliminadas porque no encuadran dentro del margen de error aceptable que, a su vez, es una variable subjetiva. Así, en una especie de círculo virtuoso, el hecho de que la experiencia resulte acertada quedará decidido por el mismo orden natural, puesto que, según vimos, es quien descarta el mal y 'registra' el bien. En definitiva, como se ve -y aunque esto se parezca a un círculo vicioso, que lo sería de no ser por la Ciencia del Absoluto- el orden natural provocará una experiencia que sólo él mismo dirá si es acertada. De aquí la absoluta imposibilidad -por el principio y por el fin- de planificar nada. Todo lo que los seres humanos podemos hacer es respetar la naturaleza de las cosas y ordenarnos en consecuencia.

En cualquier caso, en la medida en que mi proyección futura -mi ordenación con la naturaleza-, hacia lo eterno, en rigor, acierte con la verdad esto me permitirá obtener resultados beneficiosos. Si descubro, por ejemplo, que determinado producto o servicio, o modo de producir, será muy requerido y lo implemento, probablemente, termine enriquecido. De aquí que la fe natural sea un modo de conocimiento válido 5. Efectivamente, lo primero que tenemos que tener en cuenta, para no errar hacia el futuro, es saber que existe un orden natural -si planto un manzano, en su momento, dará manzanas y no peras; el sol saldrá todos los días a hora predeterminada, y demás- con todas sus implicancias. Luego, que este orden está necesariamente dirigido hacia el bien y que, en consecuencia, ha sido creado por Alguien que lo sostiene y lo dirige. Finalmente, va de suyo, que este orden natural también hace a nuestra persona, a nuestro interior6 .

En consecuencia, esto es la fe natural, como modo válido de conocimiento: primero, el reconocimiento de que existe Alguien -no algo sino Alguien porque al tener Orden es Ser- que creó un orden natural superior y que lo dirige hacia el bien, y segundo, que este orden 'existe' en nuestro interior y, en consecuencia, si bien nunca lo conoceremos en toda su magnitud -porque a la verdad de modo absoluto sólo Dios la conoce- sí podemos y debemos 'sondearlo' primero, por una cuestión de 'cercanía', en nosotros mismos. Si nos reconcentramos en nuestro interior, escuchando a nuestra conciencia -y al Don de Sabiduría- acudimos a nuestras experiencias pasadas, recordamos consejos sabios que hemos recibido, analizamos nuestra esencia humana y todo esto lo dirigimos al bien, que es el objeto del orden natural, entonces, podremos acertar, con más o menos precisión, sobre el futuro 7.

Cabe aclarar, por cierto, que el orden natural es exterior en cuanto anterior al ser humano, pero interior en cuanto que sólo tiene sentido en tanto exista la criatura con alma racional. Desde que el orden natural implica la participación en la creación y esta participación -de la Sabiduría divina- se da a través de la razón dirigida por la Providencia. Por el contrario, el egocentrismo racionalista supone que no existe tal orden anterior, sino que la razón humana es capaz, no de conocer el orden, sino de crearlo: la planificación. No supone una participación en la creación, sino la creación de la creación. Ahora, para que nadie se confunda y crea que con la fe natural el hombre tiene suficiente 8, debe quedar claro que siempre existirá una distancia infinita entre el hombre y la Perfección -lo sobrenatural, no por esotérico, sino por superior- por muy desarrollada que tenga su fe natural. De aquí la importancia de los dogmas que, gracias a Dios, nos permiten conocer misterios que nos habilitan para concentrarnos en verdades superiores a las que no se puede -justamente, por esta distancia infinita- llegar con la mente humana.

La fe, en definitiva, nos permite 'salvar la distancia' entre la relatividad y parcialidad del conocimiento a partir del hombre y la verdad absoluta, sobre bases sólidas: el orden natural y su Creador. En rigor de verdad, no nos ayuda a 'salvar la distancia' porque, justamente, la fe en principio -en la medida en que sea tal y verdadera- ya 'salvó la distancia'. En tanto que el racionalismo pretende que no existe tal distancia, que el conocimiento humano puede ser absoluto. Por cierto que, la posición que aquí sostengo, nada tiene que ver con el 'relativismo', que no es más que el racionalismo vergonzante que, ante la evidencia abrumadora de que el hombre no es capaz de conocimiento de modo absoluto, como no quiere aceptar la existencia de la fe como modo válido, asegura que 'todo es relativo'. Para nosotros, por el contrario, está claro que Todo es absoluto, es sólo que el hombre no puede alcanzar este Absoluto por sí mismo, sin el auxilio de la fe, sin el auxilio, finalmente, precisamente, del Absoluto.

Pero, volviendo al tema de la proyección hacia el futuro, analicemos rápidamente un ejemplo concreto. La tendencia en las empresas, a medida que la sociedad coaccionada va desapareciendo, es a recompensar directamente en función de lo efectivamente producido. Con lo que, el pasado, el currículo, deja de interesarles9 . Esto en función de que, cada vez se respeta más el libre albedrío y, como consecuencia directa, la responsabilidad personal. Por otro lado, la desaparición de la sociedad coercitiva artificial, implicará la consecuente desaparición de los 'títulos habilitantes', que regula la posibilidad de ejercer muchas profesiones. Como consecuencia de esto, probablemente las universidades -y demás institutos educativos- del futuro no otorguen estos títulos 'habilitantes'. Y, entonces, tampoco tomen exámenes, lo que evitará algunos suicidios de estudiantes, dicho sea de paso. Esto no significa que la universidad tienda a la desaparición. Todo lo contrario, el avance tecnológico que se auto acelera implicará, por un lado, que se necesitarán más conocimientos y, por el otro, que al quedar el trabajo manual desplazado por los robots, se empleará más trabajo intelectual. La tendencia es, cada vez más, hacia la investigación y el estudio a lo largo de toda la vida profesional sin olvidar, por cierto, el esfuerzo personal que esto supone, pero ordenado, sin suicidios.

Lo que acabo de decir parece muy natural y si no le parece tan razonable, ya lo estudiaremos en detalle más adelante. Entonces, que le parecería si gano unas elecciones de modo que me convierto en el mandamás de un gobierno coercitivo y mañana mismo impongo, violentamente, lo que parece muy razonable: obligo a que, a partir de ese mismo día, ninguna universidad otorgue títulos de ninguna clase, ni tome exámenes. A partir de mañana no habrá más exámenes, ni títulos de médico, ni de abogado, ni de ingeniero, ni nada. Claramente, aun cuando mi análisis previo parece muy cierto y, probablemente, termine corroborándose, sería una locura imponerlo coercitivamente, violentamente. Y esto es lo que hace el racionalismo: se creen dioses con la razón, creen que pueden adivinar y, consecuentemente, planificar el futuro y, finalmente, lo imponen violentamente.

Otro de los problemas del racionalismo es que, la razón, sólo admite trabajar sobre datos actualmente conocidos. Por ejemplo, si quiero descubrir una vacuna contra el SIDA, debo investigar en base a los datos concretos y reales que poseo hoy. No puedo investigar en base a datos futuros, sencillamente porque éstos todavía no existen. Por ejemplo, no puedo investigar en base a una probable futura cura contra el cáncer porque hoy no existe y, en consecuencia, no la conozco. Si, en cambio, la fe puede guiarnos hacia el futuro -lo eterno, en rigor- desde el momento en que se basa en el orden natural al que podríamos conocer hoy sabiendo que existirá y no cambiará en los tiempos por venir. En consecuencia, planificar el futuro, y esto y no otra cosa es diseñar a una sociedad artificial, como pretende el racionalismo, es sencillamente irresponsable porque no puedo diseñar algo en base a datos que no poseo.

Por ejemplo, que hubiera pasado si a un burócrata estatal se le hubiera ocurrido, treinta años atrás, imponer coercitivamente -otorgándole créditos baratos, imponiendo trabas aduaneras a la competencia, y demás- la construcción de grandes fábricas de discos vinílicos, con el supuesto fin de impulsar el desarrollo industrial nacional. Lo que hubiera sucedido es que se habrían malgastado grandes fortunas, porque hoy todos compran discos compactos y nadie de vinílico cosa que, treinta años atrás, ninguna persona pudo haber previsto. Así, cuando un burócrata estatal decide cualquier clase de política industrial -o de cualquier otra clase- es seguro que errará, mucho o poco, hacia el futuro. Teniendo dos posibilidades, que lo imponga violentamente y, consecuentemente, malgastará los recursos sociales, o que lo deje librado al mercado natural que, espontáneamente, se irá adaptando al orden preexistente en 'tiempo real' y, consecuentemente, derivando los recursos hacia sectores eficientes. Por el contrario, la fe nunca supone datos futuros -consecuencia de una evolución temporal- sino un orden inmutable dirigido al bien -lo Eterno- anterior a la razón humana. En definitiva, la fe natural implica un esfuerzo por analizar la realidad circundante, con la intención de adaptarse al orden natural preexistente. Y como es una adaptación natural, no necesita de la violencia para imponerse. La planificación racionalista, por el contrario, es una actitud egocéntrica, que consiste en pretender imponer hacia el futuro nuestra propia 'razón'. Y como no es una adaptación natural, necesariamente, debe ser impuesta violentamente.

1 "Te acogota el dolor porque lo recibes con cobardía. -Recíbelo, valiente, con espíritu cristiano: y lo estimarás como un tesoro", san Josemaría Escrivá de Balaguer, 'Camino', n. 169. "... la novicia regresó y me dijo... (nunca antes vi yo una sonrisa tan cálida, tan profunda): 'Madre, estuve tocando el cuerpo de Cristo durante tres horas'. '¿Que hiciste?' le pregunté yo, y ella replicó: '... trajeron a un hombre... cubierto de heridas, suciedad y gusanos. Mientras yo lo limpiaba, sabía que estaba tocando el cuerpo de Cristo'. ... Cuando tocamos a los enfermos y a los necesitados, tocamos el sufriente cuerpo de Cristo, y ese contacto nos hace heroicos, nos hace olvidar la repugnancia", Madre Teresa de Calcuta, 'Amor: un fruto siempre maduro', Selección de Dorothy S. Hunt, Ed. Atlántida, Buenos Aires 1990, pp. 150-1-2.

2 Ver lo que ya hemos estudiado sobre el libre albedrío al discutir 'La planificación y el libre albedrío'.

3 'Hijos de Dios', Ediciones Palabra, Madrid 1995, p. 21; en donde la cita de san Josemaría fue tomada de 'Es Cristo que pasa', 26a ed., Rialp, Madrid 1973, n. 130.

4 Luego veremos que, en última instancia, es nuestra conciencia quien nos guía y que esto supone 'juicios' y no 'decisiones arbitrarias'.

5 Me parece interesante, en este lugar, a modo de ejemplo, ver que dicen autores racionalistas con respecto al funcionamiento de una empresa. Richard N. Langlois, por caso, en su artículo '¿Planifican las empresas?', Libertas no. 26, ESEADE, Buenos Aires, Mayo de 1997, dice: "Como afirma reiteradamente Schumpeter ('The Theory of Economic Development', Harvard University Press, Cambridge, 1934), el empresariado requiere algo que se asemeja más a la intuición, una especie de visión. Incluso esto es planificación en el sentido hayekiano. El empresario visionario tiene en su mente un modelo del futuro, aunque ese modelo no pueda ser expresado en palabras o derivado de premisas explícitas. (El empresariado también es una capacidad económica que consiste en parte en conocimiento tácito). Por lo tanto, la empresa es más una cuestión de conjetura coherente, de hipótesis, que de planificación (Loasby, B. J.; 'Choice, Complexity and Ignorance', Cambridge University Press, 1976; Eliasson, G.; 'The Firm as a Competent Team', Journal of Economic Behavior and Organization, 13, 1990: 275-298)" p. 62. Y más adelante "...la mejor manera en que una organización puede planificar el futuro, especialmente un futuro impredecible, es emular en cierta medida a un orden espontáneo", p. 68. Está muy claro, pues, que los racionalistas coinciden en la importancia del conocimiento "visionario" aunque, no pueden con el genio, y lo asimilan a la "planificación en el sentido hayekiano". En este aspecto también otro liberal, Juan Carlos Cachanosky, tiene una opinión interesante: "Los efectos de cualquier decisión humana, sea económica o no, pueden dividirse en efectos ex ante y efectos ex post. Toda decisión está determinada por los efectos ex ante, o sea los que la persona 'cree' que ocurrirán. Los efectos ex post son los reales. Por ejemplo, la evaluación de un proyecto de inversión da como resultado efectos ex ante. Si el proyecto se lleva adelante podremos observar los resultados ex post. El problema es que no hay manera 'objetiva' de determinar si una decisión es buena o mala. La única manera de saber si una decisión es buena o mala es por sus resultados ex post, pero no está dentro de la capacidad humana predecir el futuro con certeza. Se podrá recurrir a distintos métodos, matemáticos o no, para ayudar a realizar predicciones, pero todos ellos son subjetivos. Se puede concluir que toda decisión es necesariamente eficiente. El que toma la decisión lo hace pensando que es la mejor; se podrá estar de acuerdo o no con la decisión, pero es imposible demostrar 'objetivamente' que es acertada o errada", 'Historia de las Teorías del Valor y del Precio' (Parte II), Libertas no. 22, ESEADE, Buenos Aires, Mayo de 1995, pp. 202-3.

6 La interioridad del hombre, como necesaria en el proceso del conocimiento humano, es un clásico que incluye a autores de diversas escuelas. Así Platón, en su 'República', con la alegoría de la caverna (República, VII, 514 y SS), suponía al conocimiento dentro del hombre y éste se limitaba a recordar. En mi opinión, algo de esta idea tenía Leibniz cuando hablaba de la armonía preestablecida en donde el conocimiento era la coincidencia de la realidad con su proyección desde la interioridad del alma. Probablemente habían notado que existía una semejanza entre el 'orden interno' del hombre y el 'orden externo'; o, más que una semejanza, una identidad en la esencia. El mismo Kant llega a reconocer la importancia del tema, de hecho, según su teoría racionalista, la 'forma' del conocimiento es a priori, es decir, interior al hombre y previa a la experiencia, que, juntamente con la 'materia' que es exterior, a posteriori, completan el conocimiento.

7 A raíz del impresionante avance de la inteligencia artificial, de la informática, se ha discutido mucho acerca de la posibilidad de que las máquinas reemplacen al hombre. Existen autores (ver, por ejemplo, 'El Hombre Mecánico' de Hans Moravec, Salvat Editores, Barcelona 1993) que, incluso, llegan a plantearse la posibilidad de que pronto podrán crearse aparatos que se auto generen. Es decir, máquinas con la suficiente 'inteligencia' como para poder, no sólo reemplazar sus propias piezas dañadas, auto alimentarse (capaces de encontrar y conectarse automáticamente con fuentes de energía) y construir otras máquinas similares, sino capaces, también, de inventar series más avanzadas y construirlas. Con esta autogeneración, las máquinas, no sólo obtendrían lo que es propio del mundo animal y vegetal, esto es, la capacidad de 'supervivencia de la especie', sino, también, lo que es propio del ser humano, esto es, la capacidad de 'auto evolución', el mejoramiento generacional. A partir de aquí, entonces, algunos suponen que el hombre podrá ser reemplazado, aunque sea parcialmente, por la máquina (que no es lo mismo que reemplazar algunas funciones que hoy ejecutan las personas). Lo que es absolutamente falso. Aun suponiendo que el hombre pudiera ser reemplazado como animal racional (nótese que estoy utilizando la idea de razón racionalista), no existe ninguna posibilidad de que las máquinas lo reemplacen esencialmente, ni siquiera parcialmente, porque nunca podrán tener fe (la razón natural tomista completa). Porque para esto deberían tener alma. Y la fe, como vimos, es un modo de conocimiento necesario al hombre. Como veremos más adelante, la razón humana (y lo mismo la máquina) sólo puede trabajar sobre datos actualmente conocidos. Sólo la fe permite avanzar más allá, plantear nuevas alternativas, nuevos proyectos y demás. En consecuencia, serán siempre, necesariamente, dependientes de quienes tengan capacidad natural de 'tomar la iniciativa', la delantera. Aún más, años antes Pierre de Latil sugería la posibilidad de que las máquinas reemplazaran, al menos parcialmente, al alma humana: "... una máquina capaz de imitar el proceso que la Gestaltheorie acuerda al espíritu del hombre y de los animales superiores: percibir el esquema de las formas... semejante máquina tiene que ser capaz, pasando de lo particular a lo general, de realizar una de las más elevadas funciones del cerebro, la que el neurofisiólogo suizo Marcel Monnier define como la posibilidad de transformar abstracciones en actos. Hasta podría decirse que tal máquina tiene que ser susceptible de identificar una noción, de elaborar un concepto... He aquí un asunto que puede llevarnos lejos... la máquina hoy prometida y... ya realizada", 'El Pensamiento Artificial', Editorial Losada, Buenos Aires 1958, p. 22. Aun cuando esto fuera cierto, que una máquina pudiera transformar abstracciones en actos, lo cierto es que la fe natural es un proceso todavía más avanzado, porque, participando en la Creación de Dios, puede 'crear de la nada'. Y esto jamás una máquina podrá lograrlo, porque iría contra el propio proceso de la informática que, justamente, consiste en la 'transmisión de datos realmente existentes', y se autodestruiría como cuando algo extraño (por ejemplo, un virus) ingresa en el sistema. Otro tema sin duda interesante, al que últimamente se le está prestando cierta atención, es el de la "Inteligencia Emocional". Ver, por ejemplo, 'Emotional Inteligence', Daniel Goleman, Bantam Books, New York, 1995. La "Inteligencia Emocional" sería aún más importante que el coeficiente intelectual (hay que tener en cuenta, por otro lado, que este coeficiente es una medición arbitraria de la inteligencia; ver Karl Popper y Konrad Lorenz, 'El porvenir está abierto', Tusquets, Barcelona, 1992; Howard Gardner, 'Inteligencias múltiples', Paidós, Barcelona 1995; e Isaac Asimov, 'Thinking about Thinking', Avon Books, New York 1976, p. 198 y ss.) y conformaría la base de la inteligencia ('la nueva base de nuestra inteligencia'). Es decir que, nuestras emociones, nos inducen a actuar de determinados modos. Si éstas son lo suficientemente maduras, nuestras reacciones serán sanas y, en consecuencia, nos inducirán fuertemente a participar en el proceso de la creación, incentivando, promoviendo, fortaleciendo y aclarando los resultados de nuestra razón en conjunto (un ejemplo real: se estaban ahogando y, nadie sabe cómo, los padres lograron salvar a su hija pereciendo ellos; de paso, este tipo de actitudes demuestra que el altruismo no sólo es posible si no que es natural en el ser humano). Es decir, que las personas serían, de hecho, más inteligentes si tienen bien desarrollada su 'Inteligencia Emocional'. Las emociones serían las iniciadoras de nuestra participación en el proceso de la creación y las sostenedoras de tal proceso. Creo que aquí existe una relación interesante con la cita que había hecho de Kieran Conley cuando traté el tema de la 'Fe y fe natural'. Evidentemente, las máquinas nunca tendrán emociones. Evidentemente, también, una sólida fe es la base más firme para encauzar nuestras emociones (la firme creencia en un Dios infinitamente misericordioso y nuestra necesidad de intentar imitarlo nos permite, por ejemplo, transformar la ira en comprensión y caridad). "Por su propia naturaleza la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo... ayuda al Pueblo de Dios... a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden", Instrucción 'Donum Veritatis', 6, Congregación para la Doctrina de la Fe, Roma 24 de mayo de 1990. A lo que quiero llegar, en definitiva, es a que la fe nos convierte (al contrario de lo que nos dicen los racionalistas) en más inteligentes. Primero, porque nos enseña la Verdad, segundo, porque nos permite participar en el proceso creador del orden natural, tercero, porque al basarse y promover virtudes humanas aumenta nuestra 'inteligencia emocional', y cuarto, porque al conocer el orden natural en su esencia (que se aplica en todas las materias del universo) nos permite adelantar mucho en el conocimiento de cuestiones particulares. Así es que, los 'nuevos adoradores de la liberación de las conciencias humanas' (que, en realidad, lo que tienen es un mambo existencial) aseguran que, a los niños, no hay que enseñarles la fe desde pequeños, sino que hay que dejar que ellos, ya grandes, con 'uso de razón', decidan por sí mismos. Esto sería cierto en la medida en que la fe fuera una ideología (cosa que, lamentablemente ha ocurrido en más de una oportunidad), pero como es el modo de conocimiento más importante, lo que están logrando, es un daño en la capacidad de los niños de encontrar la verdad, aún más grande que si no le enseñaran a razonar.

8 En el plano de la teología, la Doctrina católica, en particular el Concilio II de Orange (Conc. Arausicanum II a. 529), asegura que es herético el creer que el hombre por sus propias fuerzas puede pensar o decidir, sin una especial intervención del Espíritu Santo, algo bueno, que se refiera a su eterna salvación (cfr. DBU, Edición 18-20 de 1932, 178 y ss. ó DS 226), o pueda escogerlo o aceptar el Santo Evangelio (cfr. también el Concilio de Trento: DBU 797 ó DS 1525). La necesidad de una "illuminatione et inspiratione Spiritu Sancti, qui dat omnibus suavitatem in consentiendo et credendo veritati" ("iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que da la suavidad a todos para aceptar y creer en la verdad") es repetida en el Concilio Vaticano I (DBU 1791 ó DS 3010). En cualquier caso lo que estoy afirmando es algo diferente (inferior), desde que no es teología (no hace a lo sobrenatural) sino conocimiento a partir del hombre. Lo que aquí digo es que, desde el conocimiento natural (aquel que el hombre 'tiene de suyo'), resulta obvio que Dios es un 'misterio' (y siempre lo será). De modo que, la 'resolución' (aunque sea en una mínima parte) de este misterio, con las grandes ventajas que supone, de modo necesario, deberá provenir de 'otra parte'.

9 Según Jeremy Rifkin "Hoy, el mercado laboral para graduados universitarios es el más pobre desde el fin de la Segunda Guerra Mundial", entrevista publicada por la revista Gente, Buenos Aires, 12 de junio de 1997, p. 59. De hecho ya hoy, cada vez son más importantes las pasantías, es decir, la 'experiencia comprobable', a tal punto, que hoy ya existen muchas empresas que no tomarían a recién graduados (por muchos títulos habilitantes que tuvieran) que no hubieran realizado alguna experiencia laboral exitosa durante su carrera, es decir que, de alguna manera, no pudieran certificar en los hechos su futuro éxito (Ver, por ejemplo, 'Stages: un sésame vers l'entreprise', Le Figaro Economie, Paris, 3 Novembre 1997, p. 24 y ss.).