EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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ORDEN NATURAL Y FE

ORDEN NATURAL

Introducción

Algunos filósofos antiguos negaron el gobierno del mundo, diciendo que todas las cosas sucedían por la casualidad. Lo absurdo de esta opinión se demuestra de dos maneras: Primero por lo que advertimos en las cosas mismas: vemos que en las cosas naturales... se realiza lo mejor, lo cual no sucedería si no hubiese una providencia que las dirigiese al bien como a un fin, lo que es gobernar. Por lo tanto, el orden mismo invariable de las cosas es una prueba manifiesta de que el mundo es bien gobernado, como en una casa bien arreglada vemos, por el orden que en ella reina, que hay alguno que cuida de ella y la administra, según lo dijo Aristóteles, como asegura Tulio en De la naturaleza de los Dioses. La segunda razón se toma de la bondad divina, que ha dado el ser a todo cuanto existe,... porque, siendo propio del mejor producir lo mejor no conviene a la soberana bondad de Dios el que no lleve a la perfección las cosas creadas; y la perfección suprema de cada ser está en la consecución de su fin; por consiguiente, así como pertenece a la bondad divina producir todas las cosas, de igual manera le es propio conducirlas a un fin, que es lo que se llama gobernar", santo Tomás de Aquino 1.

Ahora está de moda la ecología, tenemos un poco más claro lo importante que resulta la naturaleza. Pero, generalmente nos quedamos en la superficie de la cuestión evitando el sentido profundo, el conjunto armonioso que hace a la vida, a la creación 2. Muchas veces, por caso, nos preocupamos por la suerte del tigre de bengala y tratamos de salvarlo, pero no nos preguntamos por el fondo del problema por lo verdaderamente importante, esto es, ¿para qué está? Entonces, lo que importa es saber a 'ciencia cierta' el sentido de la existencia de cada cosa y si cumple algún fin, o simplemente está ‘por casualidad’ y, consecuentemente, no tiene ningún sentido en esta tierra. Y es a partir, entonces, de que descubrimos el sentido de la existencia de las cosas y los seres que podemos respetar su función. Y, en la medida en que la respetemos, el mundo mantendrá su rumbo tal como fue ideado. Por el contrario, en la medida en que no respetemos la función natural de algo, resultará distorsionado el orden de la creación, el orden de la naturaleza. La razón de comer, por caso, es la de ingerir los alimentos necesarios para que nuestro cuerpo pueda abastecerse de la energía que necesita para vivir. Si comemos menos de lo necesario, no podremos subsistir, y si comemos más, engordaremos y nuestra vida será incómoda.

Se puede, fácilmente, predecir a qué hora saldrá el sol el día de mañana y el día posterior y dentro de cien días. Porque los astros responden a un orden preestablecido. Es fácil saber en qué época del año florecerá determinada planta, porque el mundo vegetal, como el animal, también responde a un orden preestablecido. Y Usted mismo se dormirá todas las noches casi a la misma hora y comerá casi a las mismas horas porque, también, tiene un orden preestablecido por la naturaleza. Pero no sólo físico sino, también, psíquico y espiritual. Quién más quién menos, todas las madres aman a sus hijos, los dolores fuertes provocan llanto y las situaciones cómicas, risa. Así, según Jacques Maritain por ejemplo, el orden natural significa la existencia de leyes fenomenológicas entendiendo por fenómeno toda manifestación de actividad. Leyes que son las generatrices y que se repiten invariablemente tanto en lo particular, como en lo general y universal. La ley científica, no hace jamás otra cosa que extraer, de manera más o menos directa, más o menos desenvuelta, la propiedad o la exigencia de un cierto indivisible ontológico, que no es otro que aquel que los filósofos llaman bajo el nombre de naturaleza o esencia 3.

Este orden tiene una característica que me parece importante resaltar y que santo Tomás, en la cita anterior, marca claramente: es espontáneo, en el sentido de que está presente y se manifiesta en todo momento y en todo lugar, independientemente de la voluntad humana. Los fenómenos naturales son espontáneos, precisamente, porque son intrínsecos. Por el contrario, los objetos artificiales, al no poseer principios intrínsecos, necesitan ser movidos por otra fuerza 4. Pero, que un fenómeno ocurra espontáneamente por 'casualidad', significa que su espontaneidad no responde a un orden preestablecido, sino a otras causas 'oscuras' en el sentido de no ordenadas, no dirigidas a un fin. Sin embargo, santo Tomás afirma que "vemos que en las cosas naturales... se realiza lo mejor", es decir, 'observamos que espontáneamente' ocurre algo no casual -con un fin: lo mejor- es decir, ordenado. Algo que ocurre de modo espontáneo respondiendo a un orden preestablecido, puede decirse que ocurre 'necesariamente'. Y, que el hombre pretenda ignorarlo, claro está, no tiene caso5 .

Queda claro que existe un orden natural preexistente al hombre aunque, fundamentalmente, para gozo de la persona humana en función de su razón natural, de su alma en definitiva. 'Infinitamente sabio', aunque su 'sabiduría' fuera por 'descarte', es decir que, aquellos seres que no tuvieran asegurado un progreso hacia el bien, terminarían desapareciendo quedando sólo los que sí lo tuvieran. Y que ignorarlo significaría desoír su razón de ser, esto es, la vida. Porque resulta obvio que tiene como fin la existencia, si no le parece deje de comer y dormir y luego me cuenta. Así, el orden –natural- es 'la recta disposición' de las cosas hacia un fin -el bien, el ser- así el orden natural define la existencia. Ahora, esta 'recta disposición', por cierto, en ningún caso implica un 'momento estático' metafísico, sino todo lo contrario: implica la adaptación al orden natural que conlleva progreso hacia la vida. El 'momento estático' es propio de las tumbas, de la muerte, en donde todo se dispone de modo que nada se mueva.

Algunos autores, racionalistas por cierto, aseguran que el 'estado natural' del hombre es el primitivo. Confundiendo orden -que conlleva movimiento, evolución- con estado, que es estático. De aquí surge, a mi modo de ver, al aplicar erróneamente el evolucionismo a una situación estática, metafísicamente hablando, el evolucionismo darwiniano -materialista, sin el bien como fin- con lo que pretenden desmentir que exista tal cosa como un orden natural infinitamente 'sabio' y dirigido hacia el bien. Sin duda, este 'estado natural' tiene un "parentesco" filosófico con el 'momento estático' del que hablamos. En primer lugar, el orden natural implica, precisamente, una sucesión de estados, implica una sucesión previsible de estados que se van reemplazando, sucediendo. En consecuencia, significaría una contradicción el comparar un estado con un orden. Por otro lado, si bien es cierto que el 'estado primitivo' -históricamente hablando- del hombre es de 'salvajismo', no es menos cierto que, precisamente, luego de una sucesión de estados -debidos a un orden- hoy el hombre ha dejado de ser primitivo, al menos, tan primitivo. Esta sucesión de estados configura, por definición, un orden, porque toda sucesión evolutiva de fenómenos dirigidos hacia un fin -un bien- implica un orden6 .
Me parece importante recordar que el orden natural se desarrolla intrínsecamente, es decir, a partir lo que está en la esencia de las cosas. De donde, la evolución se producirá de modo espontáneo, 'necesario', en tanto no lo coartemos. De aquí, dicho sea de paso, el motivo didáctico por el cual algunas reglas fundamentales para el respeto al orden natural, se presentan de modo negativo: 'no matarás', por caso. Así, para Aristóteles, las causas material y formal son intrínsecas pues ambas lo realizan al ser inseparable y permanentemente, son "razón de su existencia" 7. En tanto que las causas eficiente y final suelen llamarse extrínsecas porque son razón del ser pero no lo constituyen. Por cierto que, 'la' causa eficiente –la Providencia- y final, sólo puede ser el Bien, de otro modo, el hombre ya se habría destruido. Así, los 'preceptos positivos', que buscan de modo deliberado la Perfección, sólo pueden referirse a causas extrínsecas.

Ahora, esta 'sucesión de estados' desde el 'salvajismo' hasta hoy, de la que veníamos hablando, ¿es natural -espontánea, anterior- o fue el resultado del diseño racional humano? No me refiero, por cierto, a hechos puntuales como, por ejemplo, los avances particulares –secundarios- en el desarrollo tecnológico sino al principio que hace a la evolución humana en general. La respuesta, a mi modo de ver, es muy clara. Si hubiera sido el resultado de la mente humana, como la tendencia es a la perfección, esto implicaría que la razón del hombre es capaz de lograrla. Lo que, claramente, es un contrasentido porque, si fuera capaz de perfección, ya la hubiera conseguido.

Por ejemplo, durante muchos años, unos cuantos científicos estuvieron convencidos de que la tierra era plana, entre otras muchas cosas que hoy sabemos que no son ciertas. Y, sin embargo, esto no impidió el progreso de la humanidad. Del mismo modo, a no dudarlo, hoy los intelectuales dan por muy ciertas verdades que, en algún momento del futuro, descubriremos que no son tan válidas, si es que lo son en alguna medida 8. En definitiva, los hombres sólo podemos conocer a la verdad de modo parcial y relativamente -sabemos de la existencia del Absoluto, pero no podemos conocerlo de modo absoluto- así, todo conocimiento humano que hoy damos por muy cierto y que, incluso, nos permite avanzar, en el futuro quedará descartado porque encontraremos 'verdades más acertadas'. Obviamente, insisto, esto no significa que la Verdad sea relativa, sino que es absoluta, es sólo que el hombre no la puede alcanzar totalmente porque es imperfecto 9. Necesariamente, nos acercaremos a ella por grados, cada vez un poco más. Lo que, sin embargo, no impedirá el progreso de la humanidad. Sencillamente, porque, el principio del progreso humano no pasa por la razón sino por un orden anterior y superior.

Permítaseme una pequeña digresión de modo que se entienda en plenitud 'el cosmos'. Lo que me interesa decir es que, para el ser humano como género, la vida infinita aparentemente es de orden natural. Y digo aparentemente porque esto es lo que nuestro conocimiento natural nos indica hasta hoy lo que no quita, por cierto, que a la verdad de modo absoluto y definitivo no la conocemos. Efectivamente, por caso, cualquier físico sabe -y desde hace muchos años- que la energía nunca se pierde, es decir, nunca desaparece sino que se transforma. Y el hombre es energía real, su mente contiene el tipo más poderoso en este mundo. Puesto en términos metafísicos, va de suyo que si el orden natural es permanente desarrollo y crecimiento, la vida humana no puede desaparecer 10. Podría sí, morir el hombre, si sólo fuera animal -no racional- como ha ocurrido con tantas especies. Pero no puede desaparecer desde que es partícipe de la creación. Los 'seres' exclusivamente materiales -los que al no tener ni alma ni razón, no participan de la creación- son radicalmente 'egoístas', buscan su bien individual. Y a la vez, en principio, por leyes inmanentes y constitutivas, están necesariamente al servicio de la especie y, mediante ella, al servicio del universo. Pero, la inevitable imperfección del mundo material -ningún animal, ni planta, por ejemplo, es perfectamente sano- terminará con la especie, más tarde o más temprano, según intervengan causas exógenas -o endógenas- que atenten contra ella. Salvo que el hombre a través de su razón, su alma, la salve, cosa que suele suceder.

Exactamente lo mismo ocurriría con el ser humano, si fuera igualmente 'egoísta'. Es decir, si no fuera capaz de 'conocer', de aprehender -de amar- lo externo a sí mismo, el orden natural, y 'adaptarse' –perfeccionarse- convenientemente. Pero, su alma y su razón -su energía- le permiten superar este 'egoísmo' participando de este modo en la creación. Es decir que como su supervivencia supone, necesariamente, la de la especie y tiene los elementos necesarios como para superar este 'egoísmo' -como para conocer a la naturaleza de las cosas, 'amarlas' y adaptarse a ellas, por ejemplo, superando las enfermedades- su vida queda, en principio, garantizada. Otra cosa, por cierto, es el hombre como persona individual, cuyo derrotero depende de su libre albedrío.

1 S.Th., I, q. 103, a. 1. Aquí me parece importante resaltar la importancia del método empírico ("Por lo que advertimos en las cosas mismas..."). Por otra parte, Providencia puede parecer un término demasiado 'teológico' y, como lo que intento es hacer ciencia natural, quiero aclarar que esta palabra podría (eventualmente) sustituirse con cualquier fuerza 'natural' que nos impulsara, de suyo, a favor de la vida, la supervivencia, el amor (Erich Fromm, probablemente llamaría amor a la Providencia, ver la nota 96; y Adam Smith quizás la llamaría 'la mano invisible', aunque ésta sería una visión bastante parcial). El Aquinate la define del siguiente modo "El (Dios) es quién así las ordena (a las cosas); y precisamente en esa ordenación, que es la razón del orden de las cosas, consiste la Providencia" (S.Th., I, q. 22, a. 1). Sin perjuicio de lo anterior, es importante notar que "La Providencia de nuestro Padre que está en los cielos abarca todo el ámbito humano. Une lo natural con lo sobrenatural y lo sobrenatural con lo natural. Se preocupa tanto de la necesidad más humilde de nuestra naturaleza como de las más altas iluminaciones e inspiraciones divinas" según escribió J. M. Nicolas en 'Creer en la Providencia', Ediciones Palabra, Madrid 1998, p. 92. En cualquier caso, lo que a nosotros nos interesa en este ensayo es que debe quedar claro que existe un principio 'natural', anterior (superior) a la persona individual y, consecuentemente, a la sociedad que la dirige de modo necesario al bien. Nótese que lo que estoy afirmando es que el orden natural, de suyo, nos dirige a la perfección y no que cada uno de los seres humanos, inexorablemente, se dirigirán a la perfección. De hecho, la tesis que presento en este ensayo, es que lo harán, precisamente, en la medida en que respeten a la naturaleza de las cosas; y no lo harán en la medida en que no la respeten. En cuanto a la idea de la existencia del orden natural, señalemos que es muy anterior al Doctor de Aquino, de hecho, ya en el Antiguo Testamento se tenía una idea bastante clara, así en el libro de la Sabiduría (cfr. Sap 13, 1-5) se afirma que "...al fuego, al viento, a la brisa, o a la bóveda estrellada, al agua impetuosa, o a los astros del cielo..." es Dios "...el Señor de todos ellos, ...el autor mismo de la belleza quien hizo todas estas cosas". El mérito de santo Tomás consiste, hasta donde sé, en haberlo expuesto del mejor modo hasta hoy conocido.

2 Recordemos la fórmula wolfiana: 'Nihil est sine ratione cur potius sit, quam non sit' (Nada existe sin una razón de ser), citada por Arturo Schopenhauer en 'La cuádruple raíz del principio de la razón suficiente', C. 1, 5.

3 Ver 'Les degrés du savoir', París 1932 (trad. esp. Desclée, Buenos Aires 1947). Así, por ejemplo, según P. Duhem (cfr. 'La théorie physique', Rivière, París 1914), una teoría física no es una explicación (de un fenómeno 'fabricado', como las instrucciones de un televisor). Es un sistema de proposiciones matemáticas, deducidas de un pequeño número de principios, que tienen por fin representar lo más simplemente, lo más completamente posible, un conjunto de leyes experimentales (que ocurren, de suyo, en el cosmos); aunque, precisamente, referidas a un marco parcial arbitrariamente designado por la razón humana (hasta llegar al marco Absoluto, el que estudia la Teodicea).

4 cfr. Mariano Artigas y Juan José Sanguinetti, 'Filosofía de la Naturaleza', EUNSA, Pamplona 1984, p. 90. Algunos, que descreen del orden natural, suponen que la espontaneidad surge de la nada, lo que resulta imposible, ver la nota (2) anterior.

5 "La ley natural es inmutable (cf. GS 10) y permanente a través de las variaciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Las normas que la expresan permanecen substancialmente valederas. Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades...", C. Ig. C., n. 1958.

6 La expresión 'proceso evolutivo' suena mal en algunos ambientes católicos, a raíz de que ha sido muy utilizada por los 'evolucionistas' racionalistas que, con esto, implican una evolución materialista. En cualquier caso, lo que debe quedar claro es que, el orden natural, supone el crecimiento (y la consecuente muerte física), desde que se trata organismos vivos, de la vida. En este sentido, en el sentido de que el orden natural es un conjunto de reglas que, no sólo garantizan sino que promueven, más aún, son las causantes, precisamente, de este crecimiento, podría hablarse de 'proceso evolutivo'. Proceso que no es materialista desde que la realidad es un devenir impulsado por fuerzas no materiales (el hecho de que toda acción humana voluntaria comience con una idea, necesariamente inmaterial, demuestra que el cosmos está regido por fuerzas espirituales). Así, desde el comienzo (y en diferentes estadios), hasta con anterioridad al orden natural, la Iglesia Católica da cuenta de 'etapas' en la historia de la Creación. Asegurando, en su Catecismo (en una serie de puntos que nos permiten adelantar y 'conectar' con temas importantes que iremos desarrollando), que "La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los 'seis días', que va de lo menos perfecto a lo más perfecto" (n. 342). Y anteriormente "... Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas" (n. 56). Por otra parte afirma que "Por sus actos deliberados (artículo 4), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo 5). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo 6). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo 7), evitan el pecado y, si lo han cometido, recurren... a la misericordia de nuestro Padre del Cielo (artículo 8). Así acceden a la perfección de la caridad" (n. 1700). Y más adelante "La persona humana... Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf. GS 15, 2)"(n. 1704). Por su parte, san Gregorio Niseno escribió que: "Todos los seres sujetos al devenir no permanecen idénticos a sí mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal... es el resultado de una decisión libre... creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos", 'De vita Moysis', II, 2-3: PG 44, 327-328. Por otra parte, el C. Ig. C., asegura que "La Creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada 'en estado de vía' (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su Creación hacia esta perfección: 'Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, 'abarcando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura' (Sb 8, 1). Porque 'todo está desnudo y patente a sus ojos' (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá' (Cc. Vaticano I: DS 3003)" (n. 302). Y más adelante asegura que "...la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata, tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos... 'hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza' (Pr 19, 21)" (n. 303). Y aún más adelante "Así vemos al Espíritu Santo... atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es 'una manera de hablar' primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo..." (n. 304). Y todavía agrega "Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: 'No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber?... Ya sabe nuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura' (Mt 6, 31-33; cf. 10, 29-31)" (n. 305). Y "... Dios concede así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf. Col 1, 24)..." (n. 307). Y más adelante "Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas... Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque 'sin el Creador la criatura se diluye' (CS 36, 3)..." (n. 308). Y más adelante "... Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo 'en estado de vía' hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios,... junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones..." (n. 310). Y más adelante "... Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral (cf. S. Agustín lib. 1,1,1; S. Tomás de A., s. th. 1-2, 79, 1). Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien..."(n. 311). Y más adelante "Así... Dios... puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas... Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien" (n. 312). Y más adelante "'Todo coopera al bien de los que aman a Dios' (Rm 8, 28)" (n. 313).

7 'Física', II, 5; y 'Metafísica', I, III (Ed. Espasa-Calpe Arg., Buenos Aires 1945, p. 21 y ss.).

8 Según Brian Hayes, ex editor de la revista Scientific American, "Conforme los investigadores se adentran en los rincones siempre más oscuros del mundo natural, encuentran detalles y complejidades que ni siquiera eran imaginados hace unas cuantas décadas, y constantemente se hallan confrontando los límites de sus viejos métodos y de sus propios y solitarios cerebros", 'Experimentación por computadora', revista Facetas no. 89, USIA, Washington DC, 3/90, p. 16. Max Born, premio Nobel de Física, escribió que "Cada una de estas teorías se caracteriza por una constante absoluta: la teoría de la relatividad, por la velocidad de la luz; la teoría cuántica, por el cuanto de Planck. Hoy parece muy probable que la comprensión de las partículas elementales (electrones, protones, neutrones, neutrinos, mesones e hiperones de diversos tipos) exige la introducción de una nueva magnitud absoluta. Hace años propuse...una intensidad de campo absoluta;... De las nuevas teorías que consideran convenientemente la teoría cuántica, la más importante es la de Heisenberg; ésta es no lineal e introduce una longitud absoluta. Pero no me atrevo a informar o simplemente a emitir algún juicio acerca de la física del futuro.", 'La responsabilidad del científico', Ed. Labor, Barcelona, 1968, pp. 83-84. Aun a este mismo ensayo que escribo, suponiendo que hoy fuera considerado ciento por cien acertado (cosa que dudo 'absolutamente' porque me consta que no soy perfecto), seguramente, dentro de un tiempo, notaré la necesidad de mejorarlo. Al menos eso espero, de otro modo significaría que mi capacidad intelectual se ha estancado. En cuanto a las palabras de Born, acertadas al negarse a adelantar el futuro, demuestran una imperiosa necesidad de absoluto, típico del relativismo materialista que, al no reconocer el absoluto anterior, irónicamente, intenta encontrarlo en lo material. Pero, de nuevo y de nuevo, estos absolutos que auguran el fin de la historia, han resultado luego barridos por mejores avances científicos.

9 Ver la nota 6 de la Introducción al ensayo.

10 Antes de entrar en esta nota, me parece importante hacer una aclaración. Como lo mío es hacer ciencia natural, es lo que hago, es decir, intento descifrar lo que la naturaleza transmite. Más allá de esto, está el Apocalipsis, que no me corresponde discutir. De cualquier manera, nótese que no estoy afirmando que el hombre permanecerá, materialmente, por tiempo infinito del modo en que hoy lo conocemos. Por otro lado, recordemos que eternidad significa fuera del tiempo, en tanto que tiempo infinito significa tiempo sin fin y quizás (la Iglesia y los teólogos tendrán que decirlo) aquí esté la solución del Apocalipsis: en este encuentro entre el tiempo infinito y la eternidad. Lo que aquí estoy afirmando es, simplemente, que no puede desaparecer (convertirse en nada) de modo final. Hecha, pues, esta aclaración, entremos en la nota que quiero escribir. Siempre me ha resultado muy interesante el estudio (aunque estas ciencias, al igual que todas hoy en día, están muy impregnadas de racionalismo materialista) del Universo físico tanto espacial como temporal. Entre otras cosas, porque nos llama a la humildad. Por un lado, el tamaño inconmensurable del espacio físico universal nos hace caer en la cuenta de lo 'increíblemente' pequeños que somos, y de la 'infinitud' de lo que todavía queda por conocer (además, esta infinitud que, precisamente, se antoja sin fin nos deja claro que nuestra idea de espacio es sumamente precaria). Por otro lado, los tiempos del Universo (todo se mide en miles de millones de años) nos llaman a la humildad porque, después de todo, nos hacen notar que, los pocos miles de años de historia humana, son 'nada', apenas un chispazo; y nos hacen comprender que, la idea de tiempo que manejamos, es, también, muy precaria. De manera que, podría decirse que el ser humano apenas está naciendo. Y que, consecuentemente, las 'verdades' que nuestra soberbia nos hace creer que ya están tan establecidas no son más que sólo ideas habidas durante el nacimiento de la humanidad que todavía tiene todo por hacer (creemos, por caso, que ya sabemos todo con respecto a la naturaleza humana y su gobierno, cuando, insisto, la historia humana ha sido tan breve, en tiempos del Universo, que podría decirse que la humanidad está recién saliendo del parto y que, consecuentemente, todavía no sabemos 'ni hablar, mucho menos leer o escribir'). Si alguien que vivió hace cinco mil años nunca pudo haber imaginado el mundo de hoy, la sociedad actual, y considerando que el progreso se auto acelera, ¿puede Usted imaginar, por ejemplo, cómo será la humanidad dentro de un millón de años? ¿Y dentro de diez mil millones de años? En fin, personalmente nunca dejo de asombrarme. Y ya que estamos hablando del Universo físico, hay otra enseñanza que, aunque secundaria, no deja de ser interesante, hoy, generalmente aceptada por todos los científicos. Esto es que la persona corriente tiene la idea, gracias a lo que está acostumbrada a saber de las guerras, de que las 'explosiones' son eventos negativos (las bombas atómicas se antojan elementos 'diabólicos', cuando lo malo es que se utilicen directa o indirectamente, efectiva o amenazadoramente, contra seres humanos). Cuando, lo cierto es que éstas en la historia universal, por el contrario, parecen ser fuente de vida. Es energía almacenada que, por un acontecimiento externo (ignición), se libera irradiándose hacia el exterior y, de esta manera, provocando situaciones más aptas para la vida, cuando no la vida misma. Nuestro sol, de hecho, con sus permanentes explosiones atómicas, nos envía la energía necesaria para poder vivir. La famosa teoría del Big Ban es una teoría que supone, justamente, que una explosión liberó tal cantidad de energía que hizo posible el universo y, consecuentemente, la vida en él.