EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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LA MORAL Y LA ETICA

Para ir terminando con este capítulo repasemos, rápidamente, las normas que hacen a la adecuación del hombre al orden preexistente y, consecuentemente, su compromiso con el prójimo, con la sociedad. Por ética entenderemos el deber, en general; en cuanto que las acciones humanas adquieren el carácter de buenas o malas, morales o no, en relación, justamente, con este deber. De modo que, a los fines de este ensayo, entonces, lo que nos importa es que la moral es aquel conjunto de normas que surgen del orden natural, de manera de garantizar nuestra adecuación al mismo y, de este modo, garantizar y promover la evolución de la vida. Es decir, que son las reglas que debemos seguir si pretendemos adaptar nuestros actos a la naturaleza de las cosas. Así, el hombre, insisto, se conforma al orden natural1 . Por ejemplo, 'no matarás' es una norma moral porque el homicidio va contra el orden natural, contra la vida. No es, por tanto, algo negativo en el sentido de contrario al desarrollo -a pesar de que a veces pueda presentarse con un 'no'- sino, muy por el contrario -el verdadero respeto por la vida- es el comportamiento positivo por excelencia. La ética supone, pues, insisto, el deber frente a estas normas morales.

Ahora, recordando lo que hemos visto acerca de los principios intrínsecos, podemos agregar que, en definitiva, la moral implica la armonización de tales principios: lo voluntario con lo natural. Armonización que resulta fundamental para la vida, por cuanto supone armonizar nuestro ser 'efectivo' con su naturaleza. De aquí que, el principio de supervivencia, nos inducirá fuertemente a procurar esta armonización. De aquí que, exista una ontológica y natural –espontánea- fuerte tendencia del hombre a respetar la moral. Probablemente fue Sócrates quién, por primera vez, relacionó a Dios -aunque con una idea un tanto vaga- con una suerte de presencia interior o voz de la conciencia. Esta 'voz interior', la conciencia es, desde un punto de vista metafísico, ontológico y psicológico, 'el índice de la armonización de los principios intrínsecos'. Es la yoidad que nos demanda -por el principio de supervivencia- a armonizarlos y nos denuncia cuando esta armonización no se está cumpliendo 2. Sin duda, es comparable a la sensibilidad física, que denuncia cuando algo físico es contrario a nuestra naturaleza material: si nos quemamos sentiremos dolor, lo que nos impelerá a reaccionar frente a un hecho que nos está perjudicando físicamente. La conciencia es pues la 'sensibilidad' del alma que nos conducirá de modo de no perjudicar nuestra naturaleza humana, que es cuerpo y alma.

Según Juan Pablo II, la conciencia es "...un juicio moral sobre el hombre y sus actos. Es un juicio de absolución o de condena según que los actos humanos sean conformes o no con la ley de Dios escrita en el corazón... El juicio de la conciencia muestra 'en última instancia' la conformidad de un comportamiento determinado respecto a la ley... Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad. Precisamente por esto la conciencia se expresa con actos de 'juicio', que reflejan la verdad sobre el bien, y no como 'decisiones' arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios -y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto- se demuestran no con la liberación de la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de las propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar... para poder distinguir ...lo bueno, lo agradable, lo perfecto ... es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de 'connaturalidad' entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad"3 .

Ahora, la 'conciencia' puede fallar pero, si ésta es recta -lo que básicamente implica 'objetividad', es decir, que está referida a lo Objetivo, a lo anterior al hombre- esta falla será por ignorancia invencible, cosa que la misma conciencia, finalmente, denunciará. Es decir, que el hombre notará una falla pero no sabrá 'dónde' y, entonces, se sentirá fuertemente motivado a adquirir conocimientos de modo de descubrirla. Tengamos en cuenta que, el principio de supervivencia, no nos mueve solamente a sobrevivir sino que -irónicamente, porque el hombre muere físicamente, se perfecciona- como advierte la inevitable debilidad del ser humano, nos mueve fuertemente a fortalecernos de modo de poder evitar la muerte. Creo que, a esta altura, está muy claro que la voluntad tiende naturalmente al bien. Lo que ya había sido sostenido por Platón, Aristóteles, san Agustín y santo Tomás, entre muchos otros filósofos y teólogos. En definitiva, como no se puede conocer el no ser, tampoco se puede querer el no ser que es el mal. Pero, cuidado, en esto no hay menoscabo alguno del libre albedrío. Más aún, Dios actúa intrínsecamente en las causas segundas -los actos voluntarios del ser humano- es decir, éstas dependen de la causa primera (premotio physica). Pero tampoco ello suprime el libre albedrío... "por ser racional el hombre es libre en su albedrío". El acto moral es, por tanto, aquel que corresponde a la naturaleza.

De modo que, un corolario interesante del libre albedrío -guiado por la conciencia- es que las personas, no sólo pueden evitar, sino que deben elegir su curso de acción. Así la acción humana no puede prescindir de una causa: en cada momento dado el hombre debe elegir. De aquí que, para 'perfeccionarse' el hombre debe elegir el bien, por cuanto elegir el mal lo destruirá. Pero, además, debe elegir libremente porque lo que perfecciona es la 'opción por el bien', en sí misma. De modo que, de nada sirve que otros elijan el 'bien' por la persona en cuestión. Es decir que lo único que 'endiosa' al hombre es que la causa segunda coincida plenamente con la primera, obviamente, de modo natural.

Creo que ahora estamos en condiciones de entrar en una discusión interesante. Algunos aseguran que no debe equipararse el 'orden natural físico', con sus leyes de cumplimiento necesario, al 'orden natural moral', que sería el ámbito de la libertad creada por Dios en el hombre. En el primer sentido, el hombre no puede sustraerse de ninguna manera, por sus propias fuerzas, al orden natural. Puede conocerlo, usarlo, dominarlo, pero contando siempre con sus leyes. El 'orden moral' en cambio, y, consecuentemente, el orden de la sociedad humana, no se realizaría 'necesariamente', de modo que siempre termine rehaciéndose el equilibrio, independientemente de la voluntad de los hombres. No. Según ellos, este orden reclama el obrar moral, libre, del hombre. Esta posición así planteada, a mi modo de ver, es confusa y podría resultar peligrosa. Antes que nada, es francamente dudoso, por decir lo menos, esta idea del 'equilibrio' que, suponen, sería bueno. Probablemente esto esté relacionado con 'el momento estático' metafísico del que ya hemos hablado. Si por 'equilibrio' quieren significar la armonía propia del orden natural, bienvenido sea. Pero si lo que pretenden es algo que, finalmente, se sostiene estático, cuando estudiemos el mercado natural, veremos con más detalle que, el equilibrio, no sólo no es deseable sino que, por el contrario, implica la falta de movimiento y, en consecuencia, la falta de progreso.

Pero bueno, empecemos por aclarar que significa que las cosas ocurren 'necesariamente'. El motivo por el cual las cosas, en la naturaleza, están determinadas de un modo es porque cada una debe tener una existencia específica (esencia: Id quod est, Lo que es; en griego: Idea). Y, por el hecho de tenerla, debe poseer ciertos atributos definidos, definibles y delimitables, esto es, cada cosa debe tener una naturaleza específica. En consecuencia, cada ser debe actuar y comportarse únicamente de acuerdo con su naturaleza, y dos seres cualesquiera sólo pueden interactuar de conformidad con sus respectivas naturalezas. Entonces, las acciones de cada ser son causadas por su naturaleza 4. En el caso del ser humano existe una gran diferencia que, finalmente, no es tal: su 'naturaleza' le permite violar su naturaleza, de modo que sus acciones pueden no estar de acuerdo con su esencia. Es decir, que el libre albedrío le permite violar el orden natural y, consecuentemente, no comportarse del modo necesario. Pero, en la medida en que lo viole, se destruirá y –naturalmente- desaparecerá, y consecuentemente –naturalmente- sólo quedarán los hombres que se comporten de acuerdo con el orden preexistente, esto es, que libremente acepten el bien. De modo que queda claro que, el hombre, debe actuar a través de su libre albedrío pero, en la medida en que viole el orden natural, desaparecerá quedando sólo los que se hayan comportado necesario a su naturaleza.

Por esto es que, refiriéndose al fin último, Etienne Gilson asegura que el tomismo sostiene que "...podemos esperar que el principio regulador de las acciones morales sea idéntico al de las leyes físicas; la causa profunda que hace que la piedra caiga... y que los hombres quieran es la misma..."5 . Ahora, este querer o no respetar el orden natural es el ámbito de la libertad creada. Entonces, efectivamente, podría suceder que un individuo decidiera no respetar la moral en absoluto, lo que 'necesariamente' lo conducirá a su desaparición, al no adecuarse al orden natural que hace a la vida. En definitiva, si bien el comportamiento acorde con las normas morales no es de ocurrencia 'necesaria' –espontánea- en tanto existe el libre albedrío, de modo necesario, finalmente, el orden natural será respetado por cuanto quienes no lo hagan, y en la medida en que no lo hagan, desaparecerán y con ellos el no respeto a la naturaleza de las cosas. En este sentido, y sin lugar a dudas, puede afirmarse que la moral es de ocurrencia necesaria.

Insisto, el orden natural, implica el desarrollo y el desenvolvimiento de la vida dirigiéndose hacia el bien, necesariamente, de otro modo, desaparecería. De aquí que, al contrario de lo que suponen algunos, reniega del equilibrio, por cuanto supone progreso lo que significa, de modo necesario, movimiento. Recordemos que, el movimiento es el pasaje de la potencia al acto y, en definitiva, de esto se trata el orden natural: del pasaje del poder ser al Ser, y este es el sentido de la existencia del orden natural. Lo que sí existe es una tendencia coordinadora hacia el equilibrio -una armonía- que garantiza la 'coordinación' y, por ser siempre tendencia, garantiza el movimiento permanente. Por el contrario, el 'momento estático' metafísico, ya lo vimos, es contrario al orden natural -de hecho, es la muerte- por cuanto como éste es un camino hacia la perfección -pasaje de la potencia al acto- de suyo implica movimiento de modo necesario. Esto no significa que el orden natural cambie, éste permanece invariable -consecuentemente, también la moral- pero, no sólo garantiza, sino que -la Providencia- promueve el movimiento de modo que haya crecimiento hasta llegar a la perfección.

La idea del 'momento estático' metafísico surge, a mi modo de ver, de una abstracción racionalista que supone que, como el orden natural se refiere a la perfección, debe existir equilibrio. Y esto es así pero solamente en la perfección, hasta tanto, el orden natural garantiza el movimiento en este sentido. Este error equipara al hombre con Dios, es decir, como la Perfección supone equilibrio y el hombre sería -o debería o podría ser- perfecto, debería encontrar el equilibrio en un supuesto orden natural. Pero como el hombre nunca será perfecto, 'deliberadamente' el orden natural ha previsto movimiento de modo que progrese. De hecho, y esto es fundamental, el orden natural existe, justamente, como 'camino' hacia la perfección, debido a que el hombre es imperfecto. Es decir que, como dice santo Tomás, "el movimiento es un acto imperfecto y de lo imperfecto" 6. Movimiento como paso de la potencia al acto -Dios es Acto puro: lo perfecto- así se mueve -se está moviendo- lo que está parcialmente en potencia y parcialmente en acto, según el Aquinate7 . Es decir, que si el hombre fuera perfecto –equilibrado- el orden natural no tendría sentido y, consecuentemente, tampoco la moral. Para tener una idea concreta podemos decir que, semejante 'equilibrio' supondría -si fuéramos a ser coherentes- que, por ejemplo, el hombre nunca moriría físicamente, lo que no sería un inconveniente si el hombre fuera perfecto y pudiera solucionar, entre otras cosas, todos los problemas de superpoblación que esto supondría. Pero como el hombre no es perfecto, así las cosas, 'el orden natural permite su muerte física', de modo que, justamente, pueda seguir creciendo la vida. Aquí existe, sin duda, una interacción muy interesante entre la explicación tomista -metafísica- del orden natural y la agustiniana -filosófica, histórica- pero me parece que entrar en una discusión en este sentido significaría alargar excesivamente este ensayo.

Insisto, el error epistemológico parte de una abstracción de tipo racionalista, es decir, de una abstracción egocéntrica que supone que el hombre -en tanto respete su 'orden natural' estático, se 'sitúe' en el lugar indicado- 'es' Dios. Cuando lo cierto es que Dios es una realidad Objetiva, por tanto, exterior al hombre, de la que el hombre 'participa' en tanto, a través del orden natural se va 'acercando' hasta llegar al máximo acercamiento el día de su muerte física. Lo peor de este error es que, como en los hechos, el orden natural no es lo que ellos suponen -como el que ellos han planificado- su 'orden natural' no se dará espontáneamente y, consecuentemente, se ven forzados a imponerlo violentamente: y este resulta ser su 'orden moral'. Por otro lado, está claro que el orden natural es esencialmente uno sólo -como que su 'última ratio' es Dios que es uno- que se va derivando a los campos inferiores del conocimiento según las particularidades pertinentes. Pero, insisto, es esencialmente uno sólo. De modo que, por ejemplo, cuando hable de 'orden natural social', no estaré diciendo que haya otro, sino simplemente el mismo bajando a las particularidades de la sociedad humana. Así, la ley de la gravedad se aplica para la roca, el perro y el hombre -todos son cuerpos físicos- y esta ley ocurre 'necesariamente'. Si le pego a una piedra no le dolerá, pero si le pego al perro sí, y si le pego al hombre también. Si hago un buen chiste la piedra no reirá, el perro tampoco, pero el hombre sí.

Está claro también que, estrictamente, la moral no constituye, de suyo, ningún orden. No implica, de por sí, una evolución sino en cuanto hace a la adecuación al orden natural, ni una correlación necesaria. Ahora la pregunta que quiero dejar planteada es: si los esposos se aman, ¿necesariamente tendrán hijos? La experiencia empírica parece demostrar que, como género humano, esto ocurre así. Es decir, la historia humana pareciera demostrar que, 'de modo necesario', los sexos opuestos se aman, luego tienen relaciones sexuales y finalmente nacen hijos. Pero también está muy claro que no es cierto que la persona individual, de manera 'necesaria' ame al sexo opuesto, menos aún que ‘necesariamente' tenga relaciones sexuales y menos todavía que, de modo 'necesario', crezcan hijos sanos. Entonces, solamente en este sentido, en cuanto reglas que sujetan al hombre al orden preestablecido, puede, por extensión, pero sólo por extensión, hablarse de 'orden natural moral' u 'orden moral'.

Ahora, si le corto la cabeza a una persona, ésta muere, por haberse violado el orden natural que dice que para vivir hay que tener la cabeza puesta. Ergo, si quiero respetar a la naturaleza de las cosas no debo cortarle la cabeza; y esto ocurre 'necesariamente': si corto muere, si quiero respetar el orden natural no corto. Subrayo: el orden natural, que es único, sin excepción ocurre 'necesariamente'. En cuanto que, las reglas para respetar el orden natural, la moral, son invariables en la medida en que lo es el orden natural, puede decirse que, no seguir las reglas morales, tiene consecuencias que ocurrirán 'necesariamente'. Justamente la moral tiene sentido en tanto responda a un orden de ocurrencia 'necesaria'. Si no fuera de ocurrencia 'necesaria' el principio general de que el mantener relaciones sexuales naturales conduce a la paternidad y que los hijos necesitan de sus padres, entonces podría justificarse el 'sexo libre' ya que no tendría ninguna consecuencia necesariamente negativa.

Por otro lado, el hombre, como género humano, por las múltiples razones que ya he explicado, tendrá una fuerte tendencia natural que finalmente, necesariamente, se impondrá, hacia la supervivencia. Pero, la supervivencia implica respetar el orden natural, es decir, que de suyo el hombre como género, más allá de los errores, excepciones, altibajos e individualidades, necesariamente será 'moral' -y en alguna medida lo ha sido, de otro modo ya no existiríamos- en el sentido de que el balance será necesariamente positivo. Si el hombre tiene un instinto básico de supervivencia -de orden natural, 'necesario'- que lo induce -a pesar de su imperfección- fuertemente a preferir la vida, de hecho no sólo todavía sobrevive sino que progresa, si para preferir la vida deben escucharse los principios morales por cuanto debe respetarse el orden natural, puede afirmarse que va de suyo que, como género humano, la moral será de preferencia 'necesaria'. Aunque sea por descarte, es decir, aquellos individuos que no respeten en absoluto a la moral, terminarán desapareciendo y quedarán sólo aquellos en la medida en que lo hagan. De otro modo el hombre desaparecería, cosa que no ha ocurrido y que no veo motivo natural para que ocurra.

Recordemos que, para la Doctrina Católica, la ley natural es la participación de la ley eterna en la criatura racional. Por otro lado, la ley natural, no es otra cosa que la misma razón natural humana -según la Providencia- que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar. Juan Pablo II8 , cita al Concilio Vaticano II 9, afirmando que "Dios hace al hombre partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez más la verdad inmutable". Nótese que dice reconocer, esto es, no sólo conocer sino asentir. Por el principio de supervivencia, si el hombre reconoce cada vez más la verdad inmutable -que incluye de suyo a la moral- aún con su libertad -con mayor libertad, en rigor- será, en principio, más moral. Esto no implica que, de modo 'necesario', el hombre será más moral, lo que implica es que, en la medida en que respetemos el orden natural -a lo que estamos fuertemente motivados por el principio de supervivencia- al que cada vez conocemos un poco más, seremos más morales y nos dirigiremos al bien. De hecho, en alguna medida, la humanidad ha sido moral, es decir, el balance ha sido positivo -aunque cueste creerlo viendo tantas atrocidades, y a mí me cuesta más que a nadie, y sin olvidar por cierto la infinita misericordia divina- de otro modo, la humanidad hubiera desaparecido. Visto que, el no respeto al orden natural, conduce, de modo inexorable -en la medida en que no lo respetemos- a la destrucción de la vida.

Así, finalmente, el corolario que quiero remarcar, porque nos será sumamente útil para entender el resto del ensayo, es que la persona humana, por el libre albedrío -que hace a la moral entendida en el ámbito de la libertad creada- puede cometer las peores inmoralidades, pero tendrá una fuerte tendencia natural a comportarse moralmente -a armonizar los principios intrínsecos- y, lo que es muy importante, a corregirse cuando no lo haga. En tanto que el ser humano como género, inevitablemente, de modo necesario finalmente tendrá un comportamiento positivo en el sentido de la moral porque de otro modo desaparecería -no sólo físicamente sino en todo sentido- y con él la inmoralidad, el ser humano inmoral. La Doctrina Católica diría que esto ocurrirá gracias a la Redención de Cristo y contando con la infinita misericordia de Dios, de otro modo, debido a nuestra naturaleza caída y nuestra gran capacidad pecadora, no tendríamos salvación posible.

1 Por su parte santo Tomás lo explica así: "para que un acto sea completamente bueno se requiere que aúne la bondad del objeto, por la que el acto es bueno en sí -como dar limosna-, y la bondad por parte del agente, es decir, que lo realice bien, con recta intención" (In I Sent., d. 46, q. 1, Expos. textus). En tanto que Juan Pablo II asegura que "La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad deliberada, como lo prueba también el penetrante análisis, aún válido, de santo Tomás (cf. Summa Theologiae, I-II, q. 18, a. 6)... El acto humano, bueno según su objeto, es ordenable también al último fin", Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, n. 78. Ya se ve, pues, que lo primero en el acto moral es la elección del objeto, así, la violencia (un objeto malo) es radicalmente inmoral.

2 Así existe, por cierto, una profunda e íntima relación entre conciencia, fe y verdad cuya discusión no hace a este ensayo, pero que me interesa dejar planteada "...el pecado en su realidad originaria se dio en la voluntad -y en la conciencia- del hombre, ante todo como 'desobediencia', es decir, como oposición de la voluntad del hombre a la voluntad de Dios. Esta desobediencia originaria presupone el rechazo o, por lo menos, el alejamiento de la verdad... presupone en cierto modo la misma 'no-fe', aquel mismo 'no creyeron'...", Juan Pablo II, Encíclica 'Dominum et Vivificantem', Roma 1986, II, 3, 33.

3 Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, nn. 59, 61 y 64.

4 Entre otros muchos autores, puede verse Andrew G. Van Melsen, 'The Philosophy of Nature', Duquesne University Press, Pittsburg, 1953, pp. 208 y ss., 235 y ss.

5 'El Tomismo', Tercera Parte, Cap. VI; EUNSA, Pamplona 1989, p. 617.

6 In Metaphys.(Comentario a la Metafísica de Aristóteles), XI, 9 (2305).

7 In Phys.(Comentario a la Física de Aristóteles), III, 2 (285).

8 Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, n. 43.

9 Declaración 'Dignitatis humanae', 3.