EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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 EMPRESAS ARTIFICIALES DE ESTADOS VIOLENTOS, MONOPOLIOS Y  “REGULACION” COERCITIVA

                   Me importa, ahora, mostrar la ineficacia de la coerción como método empresario. Y, luego, como método 'regulador' de la actividad social, en general, pero económica en particular. Poniendo especial énfasis en los monopolios porque este estudio me parece muy esclarecedor.

LAS 'EMPRESAS' DEL ESTADO COERCITIVO

                   Muchas veces, la discusión acerca de la conveniencia o no de la existencia de este tipo de organizaciones artificiales -tengamos bien presente que son artificiales, porque surgen de la coerción, de la planificación del racionalismo y no de la naturaleza del mercado- se ha centrado en las pérdidas o ganancias que éstas pudieran contabilizar. Pero ésta es una discusión falsa 1. Más allá del hecho de que, en muchas oportunidades, se han 'dibujado' los balances de modo de hacerlas aparecer como con beneficio neto positivo, lo que realmente importa es que son ineficientes por definición. Porque el Estado coercitivo lo es. Dejemos sentado que, si bien la eficiencia es subjetiva aunque finalmente objetiva -ya que depende de valores y precios- a los fines 'contables un parámetro común en el mercado es que la tasa interna de retorno del capital invertido debe superar a la tasa de interés de una plaza financiera libre. En cualquier caso, lo más importante a considerar es una cuestión de justicia. Ya expliqué que los impuestos coercitivos son pagados por la sociedad en su conjunto, pero que la carga recae, necesariamente, con más fuerza sobre los sectores de menores recursos. En consecuencia, no es justo que, por caso, las rutas, autopistas y caminos, sean estatales y gratuitas, y, consecuentemente, sean solventadas, vía imposición coercitiva, por todos, pero con más fuerza por los que no tienen automóvil y que, muchas veces, ni siquiera tienen dinero para viajar en transporte público. Aquellos que usen las rutas, debieran pagarlas, y no cargar el costo sobre quienes no las utilizan.
                              
                   Resulta difícil imaginar un canal de televisión, privado y en competencia, por caso, que se plante y diga: "vamos a hacer cortes en la transmisión durante las horas de mayor audiencia porque no tenemos suficientes programas para mostrar". O un negocio que cierre durante las horas de mayor venta, para no vender demasiado. Está claro que es ridículo, pero es lo que suelen decir las empresas artificiales surgidas del Estado racionalista: cuantas veces las escucho solicitar el ahorro de energía, de agua o lo que fuera que manejan. Por el contrario, este es uno de los 'milagros' de la competencia: siempre tiene abastecido al mercado y hasta en exceso. Y es lo que sucede -como el sentido común lo indica- con la energía eléctrica, el agua y demás, en los mercados, en la medida en que sean naturales, en la medida en que no existe la coerción institucional. Pero, en rigor de verdad, el desabastecimiento es producto, no sólo de la ineficiencia estatal coercitiva sino, también, del monopolio o cualquier regulación coactiva del mercado, en definitiva, de cualquier sistema coactivo.

                   Valga otro ejemplo. Donde la recolección de residuos es un monopolio estatal el usuario paga -directamente o por vía de impuestos o tasas- el servicio, que suele ser caro y malo. Donde el servicio es privado pero monopólico, porque el Gobierno le otorga licencia a sólo una empresa por zona, el resultado suele ser un poco mejor, pero siempre caro y malo. Donde la recolección no está impedida coercitivamente, es decir, cualquier empresa puede trabajar y el usuario elige la de su preferencia, lo que ocurre es que el servicio suele ser bueno pero, además, muchas veces le pagan al cliente por determinado tipo de desechos que recolectan para reciclaje y otros usos. Algunas compañías artificiales, realizan grandes campañas publicitarias resaltando las supuestas inversiones que realizan, y las mejoras en el servicio. Pero las inversiones y las mejoras no son mérito. El mérito consiste en la eficiencia, porque ésta significa servir mejor a las personas. Y si las inversiones y las mejoras y las ganancias no sirven a las personas, entonces no hay eficiencia y, consecuentemente, de acuerdo con el orden natural, no hay mérito. Y la eficiencia no puede existir si no existe competencia, por una cuestión de definición -el desabastecimiento del mercado, las altas tarifas y la notoria mediocridad en el servicio son claros indicadores de ineficiencia- porque es el mercado natural el que la define.

Las privatizaciones

                   Ahora, la abrumadora evidencia en el sentido de la ineficiencia de las empresas artificiales ha provocando, a lo largo del mundo, una 'fiebre' de 'privatizaciones', hasta en la China comunista. Queriendo significar con esto la transformación de una empresa 'estatal' en 'privada'. Aunque es importante remarcar que se están produciendo una serie de confusiones 'idiomáticas' que nos están conduciendo a un diálogo de sordos. Porque la verdad es que hoy la palabra 'privatizar' se utiliza con cualquier significado. Así, por caso, se confunden privatizaciones con transferencias a Estados extranjeros o con simples concesiones. Algunas empresas, por caso, que pertenecían a un Estado nacional han sido transferidas -vendidas- a Estados extranjeros y con 'reservas de mercado', es decir, monopolios. Usando el lenguaje propiamente, esto de ningún modo ha sido una privatización, sino una simple transferencia a instituciones coercitivas del exterior. Ahora, lo malo de estas compañías contra natura, ya lo vimos, es que significan una carga económica para la sociedad que tiene que pagar esto. Ya sea, porque tiene que cubrir, generalmente por vía impositiva, el déficit que producen, o ya sea porque tiene que soportar precios artificialmente altos, que disimulan el déficit.
                                   
                   Si la empresa es estatal, pero de un Estado coercitivo externo, y trabaja en nuestro país en un mercado naturalmente competitivo, no podrá trasladar el déficit a los precios porque la competencia no se lo permitirá. Y, en consecuencia, deberá solventar las pérdidas con impuestos que pagarán los extranjeros y no los locales. En otras palabras, si bien no deja de ser coercitiva, funciona como 'privada', a los efectos del mercado local. Siempre y cuando éste sea libre y competitivo, es decir, en tanto no se pueda utilizar la coacción localmente. Si la compañía pertenece a un Estado extranjero y tiene, en el mercado local, un privilegio monopólico, lo que ocurrirá, entonces, es que solventará su déficit con precios exorbitantes antes que trasladarlo a su país de origen. Es decir que, a los efectos del mercado local, ésta funciona prácticamente igual que si perteneciera al Estado coercitivo nacional. O quizás peor, porque probablemente sería utilizada para drenar divisas hacia el exterior.
                                   
                   Pero en fin, veamos el 'después' de la privatización. De las empresas privatizadas, en principio, se espera una reconversión. Dado que venían trabajando en forma ineficiente y ahora tienen que acomodarse al mercado. ¿Cuál es, entonces, la razón que mueve a una organización a reconvertirse y ser eficiente? En primer lugar, la nueva situación tiene que ser más rentable que la actual, de otro modo, no habría movimiento. De manera que, si es más rentable, ésta se producirá inevitablemente, invariablemente, ya sea porque cada empresa se reconvierta o porque, las que no lo hagan, queden sepultadas por la mayor competitividad del resto. ¿Y cuánto tiempo demandará este proceso? El tiempo que el mercado demande, porque éste aportará el capital que fuera necesario -sobreprecios, por caso- hasta satisfacer su demanda. Ahora, para que este proceso se dé, en primer lugar, obviamente debe existir competencia. De modo que las empresas que no se reconviertan resulten eliminadas por las que sí lo hagan. Pero, cuando las organizaciones, en general, existiendo libertad de entrada para los competidores, no se mueven, es porque el mercado claramente está señalando que, dadas las circunstancias, la reconversión no vale el esfuerzo o, aún peor, puede resultar negativa. Está claro que el capital es sumamente 'serio', el mercado nunca responde a actitudes voluntaristas en sentido racionalista, es decir, a expresiones de deseos u órdenes de reconversión extrínsecas- solamente y muy rápidamente- responde a datos reales, 'objetivos'. De donde, si una empresa no se está reorganizando es sencillamente porque los datos reales del mercado le están indicando, claramente, que no debe variar su situación.
                                   
                   El corolario es que, es el mercado natural el que debe decidir que empresas deben existir, que servicios deben prestar, que tamaño deben tener y como deben trabajar. Pero, para que esto pueda ocurrir, de suyo, la propiedad debe ser privada y el mercado natural no debe sufrir interferencias coercitivas. Quiénes manejen cualquier organización, deben tener la posibilidad de vender parte o toda la empresa, o sus bienes. Y deben tener la posibilidad de cerrarla, dividirla o agrandarla, siempre a instancias del mercado natural. En una concesión 2, en donde la propiedad es ajena, estatal coercitiva, nada de esto puede ser realizado y esto significa una definitiva limitación artificial. De aquí, la enorme distancia entre una empresa verdaderamente privada y competitiva, que utilizará todos sus recursos en función de la eficiencia que el mercado demanda, a una concesión, que no puede disponer de gran parte de su capital y, en consecuencia, no puede reconvertirse en el sentido de las necesidades sociales.

                   Muchas veces, los monopolios surgen como consecuencia de haber 'privatizado' a partir de un argumento falaz: para evitar el déficit estatal. Cuando el verdadero argumento debe partir de comprender que, la eficiencia económica, es exclusividad de la actividad surgida de la vigencia del orden natural. Es decir, cuando se trabaja sin interferencias coercitivas que mal asignen los recursos al impedir la cooperación y el servicio voluntarios. De tenerse en claro estos principios, las privatizaciones resultarían trámites más sencillos, más rápidos y más transparentes. Para empezar, debieran eliminarse de entrada todas las 'regulaciones' estatales que impiden la competencia en el mercado en cuestión, e inmediatamente surgirán quién sabe cuántas compañías dispuestas a ser las más exitosas, para lo que tendrán que competir en eficiencia y bajas tarifas. Y, para terminar, deberían venderse los bienes, de la empresa a privatizar, sin condiciones de ningún tipo.

                   Pero el hecho es que, las empresas artificiales a veces se venden con el privilegio de la 'reserva de mercado'. Y, por este privilegio, el Estado obtiene un valor superior al real de los bienes en cuestión. Sobreprecio que, justamente vía monopolio, será transferido, a través de las tarifas, al consumidor. A lo que habrá que agregarle la falta de competencia, que trae aparejado un notable descuido en la calidad y eficiencia del servicio prestado. El principio filosófico básico a tener en cuenta, ya lo sabemos, es que, todo aquello surgido de la violencia, de la coerción, por ser contrario al principio de orden natural, es necesariamente ineficiente. Porque, en definitiva, contrariar a la naturaleza de las cosas significa desconocer la realidad. En consecuencia, de lo que se trata es que, las empresas, sean aquellas unidades operacionales surgidas de la plena vigencia del mercado natural, de la ausencia de coerción institucional. De lo que se trata, en definitiva, más allá de privatizar o no, es de evitar a la coerción institucional como método empresario, directo o indirecto.

EL MONOPOLIO

                   Las modas cambian, qué duda cabe. Ahora, la 'onda' es ecológica: todo es responsabilidad de la naturaleza. Ahora, como los monopolios son 'naturales', el Estado tiene que garantizar, coactivamente claro está, reservas de mercado. Por ejemplo, en algunos países, como la distribución de energía eléctrica es un 'monopolio natural', el Estado artificial le garantiza, coercitivamente, a la empresa en cuestión, la 'reserva de mercado'. 'Onda' altamente ecológica, no vaya a suceder que el mercado, donde hay un 'monopolio natural' rompa con la naturaleza y atraiga competencia. Pero también, cuando, por ejemplo, la producción o distribución de energía eléctrica es monopólica, la falta de electricidad, la caída en el voltaje y demás, son 'pecados' de la naturaleza: algún embalse que no está suficientemente lleno y las turbinas que no pueden funcionar, o cualquier excusa. Pero, lo que no queda claro es que, si es un 'monopolio natural', ¿para qué necesita que el Estado garantice coercitivamente la reserva de mercado? ¿Para qué garantizar algo que, supuestamente, se da naturalmente? 
                                   
                   ¿Qué es un monopolio? o ¿qué es lo dañino de este privilegio? La eficiencia del mercado se basa en su propia naturaleza económica. Es decir que, en definitiva, el mercado no es más que el conjunto de habitantes de una sociedad que, en tanto y en cuanto no tengan a la violencia o a la coerción como método de interacción social, funcionará con relaciones entre partes basadas en la mutua cooperación. En otras palabras, supongamos que una persona quiere un automóvil. Existen tres posibilidades: que lo obtenga por vía violenta o coercitiva -robo, amenaza, u otras formas- que lo obtenga dándole al dueño lo que éste quiere a cambio -aquello que para el propietario tiene más valor actual que el auto mismo- o que no lo obtenga porque no está dispuesto a dar lo que el dueño pretende. O sea que, si dejamos de lado la opción violenta, coercitiva, la relación solamente se dará si ambas personas obtienen lo que prefieren -es decir, que mejoran su situación- o sea si existe cooperación voluntaria entre ellas, si cada una le sirve a la otra 3. De aquí la eficiencia.
                   En definitiva, en tanto no exista violencia, coerción, el mercado -que será natural- sólo operará bajo condiciones económicas, eficientes, es decir, bajo condiciones de cooperación mutua entre las partes según las cuales, y dadas las circunstancias -básicamente, la información, el conocimiento- ambas se beneficien. Nótese que el único modo de mejorar la eficiencia es mejorando la información -que permite una mejor coordinación de las fuerzas sociales- por ejemplo, si el comprador se informa de que puede comprar el mismo automóvil con otro vendedor a un precio mejor, o un empresario se entera de que existe un mejor método de producción. Ya habíamos visto que, el hecho de que un producto o servicio sea único en el mercado natural no constituye monopolio por cuanto absolutamente todo producto o servicio tiene, de suyo, algún diferencial -mínimo o máximo- que lo convierte en naturalmente único. En consecuencia, el monopolio es aquella situación en donde, un producto o servicio, es único más allá de sus diferenciales naturales. Es decir, es artificialmente único. Ahora si es artificial, de suyo, contrario a lo natural y espontáneo, implica, de modo necesario, que debe ser impuesto artificialmente, es decir, coercitivamente.
                                   
                   Y esto es el monopolio: es la exclusividad en determinada actividad, producto o servicio que tiene alguien en base a que coercitivamente se prohíbe la entrada de otro. Pero como el monopolio de la violencia pertenece al Estado artificial, el Estado racionalista es el único que puede crear y mantener estas 'reservas de mercado'. Así es que, todo monopolio, que implica que las partes no pueden tener una relación de mutuo acuerdo porque, por vía coactiva, le están impidiendo la entrada en el mercado, es necesariamente artificial en el sentido de que es creado por la violencia y no por la naturaleza que, por el contrario, prevé las relaciones de mutuo acuerdo. Consecuentemente, un 'monopolio natural' es una contradicción en términos. Luego, en el próximo Capítulo, cuando estudiemos 'Empresa y Monopolio', para reforzar esta última afirmación, veremos que resulta imposible la existencia 'empírica', 'práctica', de monopolios no surgidos de la coerción institucional. Es decir que, es imposible la formación de monopolios de modo intrínseco a las empresas, de modo espontáneo en el mercado natural.
                                   
                   Un monopolio, por cierto, es prohibir la libertad de trabajar, de ejercer una industria lícita, es inmoral, qué duda cabe. Pero, además, es poco práctico porque lo que mueve a la eficiencia es la posibilidad de perder el lucro en manos de la competencia, que puede surgir en cualquier momento y bajo cualquier forma. Una organización privada, en un mercado gobernado por el orden natural, tiene que ser eficiente por fuerza, mejorar su productividad, la calidad, bajar los precios, pagar mejores sueldos y demás. ¿Por qué? Por una sola y única razón: porque el mercado naturalmente se lo exige o se vuelca a la competencia. Sin duda es ésta posibilidad, ésta competencia potencial, la que mantiene alerta a los empresarios, que deben esforzarse por bajar precios y mejorar los productos. Y es, además, la que los obliga a invertir, para mejorar la calidad y productividad4 . Pero además, remarco, lo importante de la competencia no es sólo la actual sino, también, la potencial y la sustituta. Si bien es cierto que resulta difícil imaginar que, un mismo consumidor, pueda ser servido por varias compañías de redes de gas natural, no es menos cierto que, de una forma u otra, la competencia potencial existe, directa o sustituta, en tanto y en cuanto el Estado coercitivo no la prohíba. Ni las calles de una ciudad, ni las plazas, ni los museos, ni el gas, ni la energía, ni los transportes, ni ninguna otra actividad son 'monopolios naturales'. No existe razón técnica de ninguna especie para que no existan dos superautopistas paralelas, ni dos redes de gas domiciliario -y tres y cuatro- ni varias redes de distribución de energía eléctrica. Si hasta existen empresas que han propuesto la construcción de redes ferroviarias subterráneas paralelas, porque entendían que el mercado lo justificaba.

                   Algunos cultores de la idea de los 'monopolios naturales' aseguran que, si bien es posible que existan, por ejemplo, dos compañías distribuidoras de electricidad, esto significaría un desperdicio de los recursos sociales porque el tener dos redes paralelas aumentaría el costo. Sin embargo, según Walter J. Primeaux (Jr.), "Los datos sobre costos recogidos en las ciudades en donde existen dos distribuidores de electricidad..." demuestran que "...En lugar de que la competencia resulte en un aumento en los costos, se encontró que eran menores..."5 , debido a la natural eficiencia que supone la permanencia en un mercado abierto. El principio filosófico es elemental. En el mercado natural, lo que importa es el servicio a las personas y esto marca la eficiencia. En el monopolio, esta relación de cooperación y servicio entre empresario y sociedad queda destruida por la coerción estatal que pasa a ser el criterio de las relaciones entre los seres humanos. Así las cosas, como los racionalistas, los materialistas, estudian a la economía en términos materiales y, consecuentemente, sacan conclusiones materiales: dos redes cuestan más que una. Pero el mercado natural no es materialista, de manera que poco le importa cuál es el 'costo material' y, consecuentemente, sólo registra el costo personal y social. Ahora, el costo personal y social es, necesariamente, justo, eficiente, económico, cuando, según vimos, las relaciones son voluntarias. Por consiguiente, el mercado natural será más eficiente -menos 'costoso'- que el monopolio, aun cuando existan dos redes eléctricas, o tres y, ¿por qué no?, mil quinientas, si así lo decide la eficiencia del mercado a través del libre albedrío de la persona humana.

                   Tomemos, por caso, las rutas. Uno de los primeros argumentos que surgen, cuando de peaje se habla, es que es imposible que existan, por ejemplo, dos autopistas paralelas que pudieran competir de modo de obligar a los empresarios a ser eficientes y a bajar las tarifas. Y que, en consecuencia, quienes resultaran dueños de una vía para automóviles, tendrían en su poder un 'monopolio natural', que aprovecharían para hacer desproporcionadas ganancias, cobrando tarifas a su antojo y sin realizar las inversiones necesarias. Supongamos que una autopista es verdaderamente privada, es decir, la empresa en cuestión, es dueña de los terrenos, el asfalto, la iluminación y todo lo demás, porque así surgió del mercado natural. Inmediatamente el dueño empezará a cobrar peaje de modo de hacer que su inversión sea rentable. Si el servicio que presta es malo o las tarifas excesivamente elevadas, en tanto el Gobierno coercitivamente no lo prohíba, existe la posibilidad de que alguien le instale una ruta paralela, aunque fuera a uno o dos kilómetros de distancia. O se podría hacer algo más simple, por ejemplo, construir a apenas cien metros una simple calle que prestara un mejor servicio y que, si bien no le quitaría todo el caudal a la autopista, produciría una merma que obligaría a cambiar las reglas hasta mejorar comparativamente su servicio con el de las alternativas paralelas.

                   Pero, además, existe la competencia sustituta o alternativa. Muchos transeúntes podrían decidir que les conviene viajar en micros, en avión o en tren, o no viajar. La competencia sustituta -en rigor de verdad, si recordamos que todo producto tiene un diferencial aunque sea mínimo, toda competencia es sustituta- no es en absoluto despreciable puesto que permite, además, que el mercado natural, la sociedad, elija qué clase de modo prefiere para transportarse. Y esto, dado el tipo de infraestructura que conlleva, puede tener significativa influencia sobre aspectos urbanísticos, arquitectónicos y ecológicos. Aspectos sobre los que, la sociedad, tendría más dominio si se establecieran sistemas acordes con el mercado natural. Dicho sea de paso, hablando de transportes, una de las razones por las cuales los ferrocarriles han sido un pésimo negocio, es porque en general tuvieron que enfrentar la competencia desleal del automotor. Ya que es común que este subsidiado, pues, en la mayoría de los casos, no paga por la vía que utiliza, mientras que el ferrocarril casi siempre tuvo que hacerlo. Y, hablando del transporte ferroviario, digamos que es importante que las vías y los terrenos correspondientes pertenezcan a la empresa privada, sin ningún tipo de condición. Si, en este mercado natural, algún ramal del ferrocarril continuara siendo deficitario, lo lógico sería que se decida cerrarlo. Porque, cuando hay ausencia de violencia institucional, la rentabilidad no es un capricho, ya vimos que el lucro es el premio por servir mejor. En una sociedad, la gente en conjunto, decide cuáles son sus necesidades prioritarias otorgando mayor beneficio a las empresas que más necesita y menor a las menos necesarias. Ciertamente, no tiene sentido que toda la sociedad se haga cargo de un ramal por el que circulan pocas personas, sino que resultaría más económico que utilizaran otro medio.

                   El Estado violento comete un grave error al otorgar monopolios, porque esto impide que el mercado natural -las personas, y la autoridad moral que supone- controle y regule a las empresas en cuestión, y porque desnaturaliza todo el proceso y esencia económica de la sociedad, del orden natural. Existiendo los monopolios, se ve en la 'obligación' de 'regularlos' porque, de otro modo, daría la impresión de que las empresas se convertirían en omnipotentes. Lo que, dicho sea de paso, aumenta el gasto estatal inútil, pues hay que crear y mantener los entes 'reguladores'. Pero esta 'regulación' es de origen, según veremos, falsa, imprecisa, en el sentido de que es incapaz de acertar con la realidad. En definitiva, digámoslo crudamente, las únicas 'razones' que mantienen vivos a los monopolios son los intereses económicos egocéntricos creados alrededor de ellos. Empezando por el Estado coercitivo y sus asociados. Así, de todo lo que hemos visto, surge claramente que una ley artificial 'antimonopolio' es un contrasentido6 .

LA 'REGULACION' COERCITIVA

                   "Cuantas más restricciones existan y más artificiales sean los tabúes que haya en el mundo, más se empobrecerá la gente... Cuanta más prominencia se dé a las leyes y regulaciones, más ladrones y bandidos habrá", Lao-Tsé.

                   Como decía, al otorgarles el monopolio, el Estado artificial, suele poner, como contrapartida, entes 'reguladores' que, supuestamente, los controlarán. Pero sucede que terminan -las empresas en cuestión con la ayuda de los entes estatales coercitivos- produciendo verdaderas distorsiones con tarifas irreales y prestando servicios de mediocre calidad. Luego, nos encontramos con que, los monopolios, tienen importantes discusiones con los 'reguladores' estatales. Y, de esta discusión, lo único que quedará claro es que, por un lado, deben ser regulados pero, al mismo tiempo, resulta obvio que el Estado racionalista es incapaz de hacerlo. Si entendemos por regulación la adaptación del servicio a las condiciones reales que el mercado exige, que necesita para funcionar adecuadamente, al orden natural, se entiende. Evidentemente alguien tiene que controlar a estas empresas, y a la economía en general. Pero el regulador debe ser el mercado en forma natural -que implica, de suyo, la autoridad moral- y no el Estado en forma coactiva, por muchos y diferentes motivos. Para empezar, por una cuestión tan elemental como es que sólo el mercado sabe lo que necesita. En consecuencia, sus indicaciones no deben ser interferidas artificialmente por imposiciones racionalistas.

                   Veamos por caso las tarifas. ¿Cómo puede el burócrata saber cuál es la tarifa justa7 ? De verdad que no tiene manera de saberlo. No puede comparar con otros países -salvo a título puramente ilustrativo y anecdótico- por el simple motivo de que el mercado local es único y exclusivo. Tiene una particular situación y conformación geográfica, una geología, una distribución industrial y social única y otros temas que, claramente, hacen que no valgan las comparaciones con otras situaciones. Tampoco puede referirse a un análisis de costos por la sencilla razón de que el mercado no se maneja con costos sino con beneficios. Es decir, que las inversiones se vuelcan hacia donde existe mayor rentabilidad, el nivel de los beneficios marca el nivel de las inversiones. Dicho de otro modo, si el mercado está muy necesitado de energía eléctrica, por ejemplo, lo que hará es soportar altas tarifas de modo que las empresas obtengan altos beneficios y esto mueva a nuevos capitales a entrar en la generación y distribución. Por el contrario, si el mercado no necesita energía eléctrica, porque ha encontrado sustitutos que le convienen más, o porque ha cambiado su perfil de producción hacia industrias de bajo consumo, o por cualquier otra razón, lo que hará es presionar para que bajen las tarifas, disminuyendo la demanda de modo de desalentar la inversión en el área eléctrica y, aun, promover la derivación de las inversiones hacia otros sectores.

                   Por otro lado, como el mercado natural no es otra cosa que la sumatoria de millones de decisiones diarias que toman los habitantes de una sociedad, en función de su libre albedrío, resulta en absoluto imposible predeterminar cuál será su comportamiento. Nadie puede anticiparlo con certeza, ni los mejores analistas económicos, que lo más que pueden hacer es tener una vaga idea de cuál pudiera ser la tendencia futura de una determinada actividad. Pero es en absoluto imposible que mortal alguno pueda saber, con la precisión que necesita un mercado que pretenda ser serio, cuál será la evolución real de la tarifa, la evolución que el mercado demanda. Porque esto significaría conocimiento perfecto ya sea porque conoce anticipadamente cómo reaccionarán cada uno de los millones de seres humanos y es capaz de sumar este resultado, o ya sea porque -lo que, en definitiva, es lo mismo puesto a la inversa- conoce perfectamente hacia donde nos conduce el orden natural, lo que implica conocer perfectamente las millones -infinitas, en realidad, de aquí que es imposible conocerlas- de variables involucradas, la sumatoria de millones de decisiones diarias pero sólo las positivas porque las negativas desaparecerán, de aquí que el mercado natural este de suyo dirigido al bien. Menos aún, mucho menos diría, si tenemos en cuenta que los burócratas racionalistas están, inevitablemente, influenciados por motivaciones 'políticas' -necesariamente arbitrarias, egocéntricas, en tanto sean coercitivas, según vimos- pueden ellos acertar con la tarifa que al mercado le conviene, la tarifa que demanda para actuar eficientemente8 .
                                   
                   Así, con la razón, el hombre no sólo no puede planificar a la sociedad sino que ni siquiera un empresario particular puede saber, con rigor científico, cuál será la tarifa dentro de pocos meses. Este fenómeno se ve claramente en los mercados de valores, en las Bolsas de Comercio, cuyas fluctuaciones son 'histéricas' e imposibles de predeterminar científicamente, por muchas construcciones matemáticas y gráficos computarizados que realice, por mucho racionalismo que le ponga. Demás está decir que, éstos son sólo mercados como cualquier otro, la única diferencia es que, debido al producto que manejan, 'papeles', suelen fluctuar con mucha rapidez. Pero todos los mercados, el mercado, funcionan del mismo modo y son igualmente impredecibles. En definitiva, queda claro que la 'regulación' artificial no es más que un intento racionalista por imponer un orden por encima de lo que manda la naturaleza de las cosas. Y, en consecuencia, está inevitablemente destinada al fracaso, a producir el caos y el desorden.
                                   
                   Para finalizar, señalemos que un factor sin duda crucial en la disminución del 'costo interno' de cualquier país es, precisamente, el de la eliminación de las 'regulaciones' artificiales. Visto que estas 'atacan' a la economía por tres lados: el primero, porque la cantidad de normas que hoy existen complican, encarecen con trámites absurdos y hasta inhiben muchas actividades; el segundo, porque aumenta el tamaño del Estado con más oficinas burocráticas dedicadas a regular; y el tercero, porque, al otorgar el gobierno muchas reservas de mercado totales o parciales, sucede que, quién no tiene competencia que lo obligue, no baja los precios o no sirve eficientemente por muchos organismos estatales 'reguladores' que existan.

 

 LAS REGULACIONES POR RAZONES DE SEGURIDAD

                   El recordado desastre de Chernobyl, por caso, ocurrió en la ex Unión Soviética, en una planta nuclear propiedad del Estado artificial. En tanto que en los Estados Unidos, siendo que las centrales nucleares son todas privadas, nunca hubo un desastre que lamentar9 . De donde, se infiere directamente que, históricamente hablando, las plantas en manos privadas han resultado más seguras. Ahora ¿es casual que hayan resultado más confiables, o existen motivos para que las cosas ocurran de este modo? Y lo cierto es que no sólo son, necesariamente, más seguras sino que, además, se adecuan mejor a las necesidades ecológicas. Lo cierto es que, 'los privados', las personas en una sociedad gobernada por el orden natural están necesariamente impelidas a ser responsables porque manejan sus propios recursos, y serían los primeros en perjudicarse por un manejo irresponsable y, de no hacerlo bien, el mercado los hará quebrar. Este Estado, en cambio, maneja los ajenos que vía coerción ha quitado a la sociedad. En consecuencia, es doblemente irresponsable porque no maneja lo propio y porque lo obtiene por vía violenta. Por ende, no le importa malgastar -más allá de la retórica de los políticos y burócratas- sencillamente porque puede obtener lo que quiera cuando le venga en gana.

                   Es un absurdo metafísico, palpable en la realidad de la vida cotidiana, ya lo escribí, que el hombre tienda a destruirse a sí mismo. Muy por el contrario, tiene una clara y tenaz actitud en favor de la vida. Y la vida, qué duda cabe, queda amenazada por desastres nucleares y por desastres ecológicos. Una central nuclear en manos de este Estado, es una central nuclear en manos de una entidad irresponsable, violenta e ineficiente, es un verdadero peligro nuclear y ecológico. En manos del mercado natural, es decir, en la medida en que gobierne el orden anterior a la sociedad, es una central en manos de la gente, de las personas que sabrán defender su vida antes que nada. Veamos otro ejemplo: las compañías aerocomerciales. En los países en donde existe verdadera competencia, las líneas aéreas hacen de la seguridad en los vuelos un tema primordial. Cuando existe fuerte competencia, no hace falta que un avión se caiga, basta que los pasajeros -que están arriesgando su propia vida y no la de un burócrata- noten la menor falla, para que esa empresa quiebre por falta de clientes 10. Pero, no sólo tendrá cuidado por los pasajeros sino porque, además, perder un avión en un mercado altamente competitivo es un problema demasiado costoso. Aún más, si la competencia fuera real, los primeros en no volar, ante dudas en la seguridad, serían los pilotos que habiendo un monopolio sólo pueden protestar -y no demasiado- visto que no tienen otra empresa donde trabajar.

                   Y para mantener estos altos estándares de seguridad, utilizan métodos y tecnologías que, por lo novedosos, generalmente son desconocidos para el burócrata estatal. Los monopolios -y todas las empresas artificiales- en cambio, tienen la virtud de desvirtuar los criterios empresarios, y las compañías dejan de comportarse eficientemente para convertirse en meras recaudadoras de caja. Cuando existe monopolio, oligopolio o cualquier 'regulación' estatal que inhibe artificialmente a la competencia, las empresas ponen poco énfasis en la seguridad, visto que, aunque derriben sus propios aviones con artillería antiaérea, los pasajeros no tienen otra alternativa que seguir volando con ellos. Y, entonces, la seguridad en los vuelos, si existe un organismo 'regulador' coercitivo, quedará en manos de burócratas que, para cuando algún avión se caiga, el trámite estará en alguna ventanilla de vaya a saber cuál repartición.

                   Sabemos que el mercado natural siempre da primera importancia a las prioridades humanas, y la prioridad empieza por la vida. Es decir que, lo primero que defiende son las cosas más básicas, lo que, en rigor de verdad, no tiene nada de extraño sino que es propio del orden natural. En otras palabras, cuanto más sea respetada la naturaleza del mercado, cuanto menos violencia coercitiva lo interfiera, más riguroso será en el control de aquello que es más importante. ¿Acaso un burócrata, para el que un producto peligroso no es más que un expediente aburrido, va a defender más la calidad que el consumidor que se está jugando la propia vida? Está claro que el Estado racionalista es en absoluto incapaz de garantizar la máxima seguridad. Y, en tanto distorsione coercitivamente a la competencia con 'regulaciones' artificiales, en tanto impida a los ciudadanos la libertad de elegir, la posibilidad de autorregular la seguridad, está poniendo en serio riesgo la vida de las personas.

 

EL 'LOBBY'                  

                   Finalmente, una consecuencia destacable de las 'regulaciones' coercitivas es que, al quedar el poder de decisión en forma discrecional en un funcionario y no en el mercado natural, en la decisión de la gente, además de la corrupción que esto significa y que ya hemos visto, se produce, también, una degeneración del espíritu 'democrático' de la sociedad, que queda reemplazado por los burócratas, advenedizos dictadores. Y este hecho, a su vez, da lugar al 'lobby'.
                                   
                   Si existe alguna democracia real, no sólo para los discursos políticos, ésta está inmersa en un mercado con ausencia de coerción institucional. Un mercado natural es una plaza en donde, todos y cada uno de los millones de habitantes de una sociedad toman, en función de su libre albedrío, todos los días, a cada hora, a cada minuto, las decisiones que les viene en gana tomar, finalmente, en función de la autoridad moral 11. Y, con estas decisiones, votan en favor o en contra de empresas, de servicios, de programas de televisión, de educación, de cultura, de salud, y todas las demás cuestiones que hacen a sus vidas. En un mercado natural, el burócrata no decide nada, todo lo decide la sociedad, la gente, en orden a lo voluntario y lo natural, en orden a sus creencias y libre albedrío. Y tampoco, y éste es un gran sofisma del que se han valido los estatistas, deciden los grandes grupos económicos, los grandes empresarios sino que, por el contrario, éstos tienen que servir con la eficiencia que les exige la gente, el mercado, so pena de desaparecer. Ahora, si el Estado le otorga a una empresa un privilegio monopólico, oligopólico o algún tipo de beneficio aduanero, por ejemplo, lo que está haciendo es poniendo la coerción, la violencia, al servicio de los intereses materiales de la compañía en cuestión. Y, entonces, se degenera todo el sistema democrático del mercado, convirtiéndose en una empresa que utilizará la coerción, que le facilitan, para ganar dinero. Y, ahora sí, serán los grandes empresarios, en connivencia con los burócratas, quienes decidirán a espaldas de los ciudadanos: el auténtico ‘capitalismo salvaje’.

                   En un monopolio, por caso, lo que hará la empresa para lucrar, ya no será conquistar el favor del consumidor, de la gente. Lo que hará es 'lobby' para mantener el privilegio y para congraciarse con los entes 'reguladores' estatales que, supuestamente, lo tienen que controlar. Y, luego, utilizará la violencia que el Estado le garantiza, en primer lugar, para evitar que exista la competencia quitándole al mercado la libertad de elegir, de decidir. Y, entonces, las decisiones quedarán en manos del empresario monopólico que fijará las tarifas y la calidad de servicio que le venga en gana ofrecer a su egocentrismo. Egocentrismo, por cierto, disfrazado de interés nacional, justicia social y otros tantos argumentos más para distraer la atención sobre la realidad: él y el burócrata deciden, egocéntricamente12 .

1 Por ejemplo, según Ian Senior "Los servicios de la Oficina Postal Británica (estatal) son probablemente los más lucrativos del mundo. Esto contrasta con muchos otros países industrializados..."  en donde, a pesar del monopolio, los servicios postales deben ser fuertemente subsidiados por el Estado. Pero este lucro se debe al monopolio del que gozan, la prueba está en que, en aquellos servicios que prestan en competencia con otros operadores privados, perdieron fortunas. Ver 'Liberating the letter', en 'Privatisation & Competition', IEA, London, 1989, p. 109.

2 Entre los muchos ejemplos que demuestran que, una concesión, no resulta más que un solución muy parcial ver, por caso, "Vuelven a subir los subsidios para los trenes privatizados", diario Clarín, Buenos Aires, 2 de diciembre de 1997, p. 22. En este artículo (cuyo título está equivocado porque, los trenes en cuestión, no son privados sino de propiedad estatal, con un concesionario privado) se muestra, claramente, que sólo ha mejorado un poco la gestión empresarial. Pero, al continuar siendo estatal la propiedad, estos ferrocarriles continúan siendo una carga para la sociedad.

3 "Ambos el comprador y el vendedor se benefician (reciben utilidad) porque el último necesita el dinero del primero y el primero necesita el bien. Por esta razón, cada una de estas cosas es dada al otro como una recompensa", Francisco García, escolástico español, 'Tratado Utilísimo de Todos los Contratos, Quantos en los Negocios Humanos se Pueden Ofrecer', Valencia, 1583, p. 213. "Porque tanto entra con el precio en poder del vendedor, quanto por la cosa vendida en poder del comprador, quanto por el precio que salió de su caudal, y tanto entra por la cosa vendida en poder de el comprador, quanto por el precio salio de su caudal", Bartolomé de Albornoz, escolástico español, 'Arte de los Contratos', Valencia, 1573, p. 63 (citados por Alejandro A. Chafuén, 'Christians For Freedom', Igantius Press, San Francisco, USA, 1986, p. 113 y pié de p. 114, respectivamente). Con esta misma tesis tomista, entre tantos otros, coincide Richard de Middleton (ca. 1249-1306), franciscano y escolástico británico de la Universidad de París.

4 "La competencia no sólo es importante por los efectos directos de incentivo en las firmas de la industria sino, también, porque tiende a generar más información que puede ser utilizada por los dueños de una firma para mejorar el monitoreo de la perfomance", George Yarrow, 'Does Ownership Matter?', en 'Privatisation & Competition', IEA, London, 1989, p. 68. Así, los competidores incentivan y enseñan a trabajar mejor. De donde, al contrario de lo que es creencia popular, la competencia, no sólo no destruye a las buenas empresas, sino que las mejora de tal modo que, en muchos casos, llegan a aumentar sus ganancias en forma considerable (Ver, por ejemplo, 'Sector growth outstrips US economy', Financial Times, London, November 4 1997, p. 5).

5 'Electricity Supply: An End To Natural Monopoly', Walter J. Primeaux, Jr; en 'Privatisation & Competition', IEA, London, 1989, p. 131. En particular, con respecto al tema de la electricidad, puede verse 'The Electricity Business: Power to the People', The Economist, 28 de marzo de 1998.

6 "... la historia económica de Estados Unidos muestra que aquellas leyes antimonopólicas, paradójicamente, sirvieron para otorgar monopolios artificiales en detrimento de la competencia (Véase Richard A. Posner, 'Antitrust Law', The University of Chicago Press, Chicago 1976; Dominick T. Armentano, 'Antitrust and Monopoly: Anatomy of a Policy Failure', Wiley-Interscience Pub., New York 1982; y Roy A. Childs, 'Big Business and the Rise of American Statism', Liberty Against Power, Fox & Wilkes, San Fransisco 1994). Como señala Gabriel Kolko ('The Triumph of Conservation', Kuadrangle Pub. Co., Chicago 1976, pp. 4-5) 'a medida que existieron más competidores el poder económico quedó disperso a través de la nación, y resultó claro para muchos empresarios importantes que solamente el gobierno nacional podía revertir la situación... No fue la existencia de los monopolios que causaron que el gobierno federal intervenga en la economía sino, por el contrario, la inexistencia de ellos'. La verdad es que muchos de los empresarios quisieron asegurarse reservas exclusivas de mercado recurriendo al gobierno, quien a través de 'legislación antimonopolica' logró el objetivo", Alberto Benegas Lynch (h), 'Socialismo de Mercado', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997, p. 199.

7 Obviamente aquí me estoy refiriendo a la tarifa (al precio) como 'mecanismo' de distribución y no estoy intentando una valoración moral (recordemos que, según vimos al estudiar la teoría del valor, el precio y el valor no tienen relación directa). Sin embargo, es bueno recordar que, finalmente, todo se 'sintetiza' en la moral, porque, de hecho, finalmente el hombre nació para ser moral (para seguir al orden natural). Así, podríamos decir que la tarifa justa, lo mismo que el salario justo (de hecho, están íntimamente relacionados, desde el momento en que los salarios son altos o bajos en relación con las tarifas y precios que tienen que enfrentar), hace referencia a una cuestión moral básica (toda la economía, en definitiva, lo es). De modo que no puede, de suyo, referirse a costos o decisiones arbitrarias de ninguna persona extrínseca, sino, sólo y exclusivamente, a la utilidad personal y social. De aquí que, las economías 'reguladas' coercitivamente, sean inmorales, porque no responden a los mandatos del orden natural (el mercado natural) sino al arbitrio del funcionario de turno que (ya hemos estudiado), de modo necesario, será egocéntrico e imperfecto (por mucho que se lo disfrace de 'justicia social').

8 "Creo que sería mejor no tener una tassa oficial...como ocurre en muchos lugares con efectos perniciosos. Rebelo asegura que todos en Lisboa hubieran muerto de hambre si una tassa oficial para el trigo hubiera sido impuesta...y no encontraras un solo grano de trigo a la tassa oficial...y si lo encuentras será con mil trampas y fraudes. Y también porque parece dañino obligar a los agricultores a vender a la tassa oficial en años de escasez de trigo, cuando tienen que pagar altos costos de producción y cuando la común estimación asegura una tassa más alta para el trigo", Henrique de Villalobos, escolástico español, 'Summa de la Theologia Moral y Canónica' (Barcelona, 1632) bk. II, p. 344 (citado por A. A. Chafuén, 'Christians For Freedom', Ignatius Press, San Francisco, USA, 1986, p. 110).

9 El peor accidente nuclear, en los EE.UU., se produjo, durante 1979, en la Isla de las Tres Millas, Pennsylvania. Pero éste no es comparable con el ocurrido en Rusia. Por otro lado, tengamos en cuenta el porcentaje, dado que en el país anglosajón existen mucho más de 100 centrales nucleares.

10 Por ejemplo, es sabido que a los pasajeros les molesta mucho el atravesar por tormentas o turbulencias. Pero, desviar la ruta del avión, además del retraso que esto puede significar, tiene un costo importante en combustible y demás. En consecuencia, si hay competencia las líneas evaluarán esto con mucha atención de modo de no perder pasajeros, si no la hay, sencillamente ahorrarán combustible. Tengamos en cuenta que a la competencia se la puede inhibir, no sólo directamente, sino, también, indirectamente. De hecho, por ejemplo, las 'regulaciones' que prohíben la libre instalación de aeropuertos, provocan una merma en la oferta aérea, debido a la incapacidad de las instalaciones existentes para recibir más tráfico en forma fluida y eficiente, es decir, económica.

11 Ya he explicado que, en la sociedad natural, finalmente, la autoridad moral se impone de suyo, porque esto hace a la supervivencia del hombre. Para verlo claramente, pongamos un caso extremo. Supongamos que la autoridad moral (que, si verdaderamente es tal, será necesariamente para bien) prohíbe (obviamente, no de modo coactivo) el cianuro por ser causante de muerte. Aquellos que desobedezcan morirán y, con ellos, la desobediencia. Así, el orden natural está necesariamente dirigido al bien, porque, según sabemos, el libre albedrío provocará acciones malas y buenas, las malas desaparecerán y las buenas (que necesariamente se producirán aunque sea por 'casualidad') quedarán e irán sumando. Por otro lado, está claro que "Abrir el sistema a un mayor poder de las minorías y permitir a los ciudadanos desempeñar un papel más directo en su propio gobierno son tareas necesarias... El tercer principio vital de la política del mañana tiende a deshacer el atasco en la toma de decisiones y a atribuirlas al lugar que corresponden... Lo llamamos 'distribución de decisiones'" Alvin y Heidi Toffler, 'La creación de una nueva civilización', Plaza & Janés Editores, España 1996, p. 129. Son muchos los autores que han hablado de la "soberanía del consumidor", por ejemplo, ver Ludwig von Mises, 'Human Action', Contemporary Books Inc., Chicago 1966, p. 269, The Sovereignity of the Consumers.

12 Ya que apareció la palabra consumidor, quiero hacer una aclaración: un mercado sin violencia institucional, es decir, con vigencia del orden natural, nada tiene que ver con lo que podríamos llamar la 'cultura del consumismo'. Por el contrario, esta 'cultura' es el resultado de la alienación, propia de la sociedad artificial, que produce la violencia institucional, que impide que las personas, a través del orden natural, de su propia esencia, puedan realizar su vocación. Es creencia común que, los empresarios suelen 'crearle' a la gente necesidades artificiales a través de la publicidad de modo de vender sus productos. Esto resulta cierto sólo en la medida de la sociedad artificial, de la 'cultura del consumismo'; ya que, en una sociedad sana, en donde la gente tiene valores verdaderos y puede libremente realizar su vocación, difícilmente puedan crearle necesidades. Si una persona, entre otras cosas, cree que la autoridad moral no existe y que, en consecuencia, la autoridad debe ser impuesta por vía coactiva, además del materialismo que esto supone, la persona en cuestión tiene, evidentemente, un vacío moral que (como su tendencia es materialista) llenará con cuestiones materiales, que no responden a un orden moral, sino a la simple necesidad de llenar un vacío. Puesto en forma muy sintetizada, pero no por esto menos real: como la autoridad coercitiva depende, en última instancia, de lo material (las armas), conlleva, de suyo (más allá de la retórica de los idealistas), que el 'orden' material (quién tiene más dinero) es quién manda y, quién, en definitiva (como que manda, como que finalmente se impone), es quién tiene la 'verdad'; de aquí que, no sólo sea importante tener dinero y bienes materiales, sino, también, aparentarlo (del mismo modo que quién consigue convencer aparentando que tiene un arma). Así, puede verse que todos los 'poderosos' quieren ser amigos del presidente del país; y que, todo el resto de la sociedad, quiere ser amigo de estos poderosos; y así intentan frecuentar los mismos costosísimos lugares (que son los de moda), y así intentan imitarlos con el fin de confundirse con ellos. Y así se recicla todo el consumismo. Por el contrario, cuando la autoridad es moral, nada de esto tiene sentido. No es más poderoso el que tiene más dinero, sino quién es más moral. Y, como la autoridad es la moral, y no la arbitrariedad del gobernante, ser amigo del funcionario no implica la posibilidad de obtener más poder. De modo que, al contrario de lo que ocurre en la sociedad artificial, cuando gobierna el orden natural a nadie le importa ni tener más dinero ni ser más amigo del gobernante, sino ser más moral. Porque todo le está indicando, claramente, que el poder (ahora en sentido eficiente) y la verdad pasan por la moral. Así, por señalar un ejemplo, en la 'cultura del consumismo', lo que vale es el cuerpo joven (porque éste es capaz de fuerza física) y no el alma (que es capaz de fuerza moral); cuando lo que es cierto es que ambos valen, pero el alma, es primera. Siendo que ésta es más rica, en principio, cuando tiene más años de crecimiento y maduración.