EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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APENDICE A LA PARTE PRIMERA:   LA IGLESIA Y LOS POBRES  

                   Insisto en que no es mi intención, en este ensayo, entrar en el plano de la Religión superior. Sin embargo, me importa discutir, bajo los títulos que siguen, unos pocos aspectos que tienen que ver con la influencia del 'discurso social' de la Iglesia.

'LA OPCION POR LOS POBRES'

                   Lo cierto es que, la Iglesia Católica, tiene una histórica 'opción por los pobres'. Y no podría ser de otra manera, si tenemos en cuenta que es una institución dedicada a la Vida. Consecuentemente, debe poner énfasis, o preferir, o dar prioridad, a aquellas situaciones más críticas para la vida humana, es decir, debe pensar primero en los más débiles, los más pobres, en los más necesitados. Algo que normalmente se olvida, cuando se leen las enseñanzas públicas de la Iglesia, es que su misión en la tierra es de orden superior. Porque tiene que ver, fundamentalmente, con el alma humana, que está por encima de la materia, sin olvidar, por cierto, que el hombre es una unidad inseparable. En consecuencia, el Sumo Pontífice no hace política, ni economía. No porque, eventualmente, como ser humano que es, no pueda hacerlo, sino porque, de hacerlo, rebajaría el nivel de su misión. Cuando el Papa le recuerda al mundo, en consecuencia, la 'opción de la Iglesia por los pobres', lo que está diciendo -en particular a los católicos- es que deben esforzarse por encontrar soluciones sociales, políticas, económicas y académicas que tengan en cuenta, primero, a los más necesitados, y que deben tener la valentía y el coraje para difundirlas y aplicarlas con honestidad.

                   Este nivel superior en el que el Vicario de Cristo se maneja, generalmente, es olvidado por muchos de los comunicadores que se refieren a sus declaraciones. Así, hemos tenido que escuchar a personajes que calificaban a las afirmaciones del Papa como 'de centro' -ni con el 'capitalismo salvaje' ni con el marxismo- reconociendo lo bueno del capitalismo y lo bueno del socialismo. Cuando lo cierto es que, el Santo Padre, no es ni de centro, ni de derecha, ni de izquierda, él es de arriba, del Cielo, de Cristo1 . También, hemos tenido que escuchar a quienes pretendieron aprovechar, la condena al 'capitalismo salvaje', para denostar al mercado diciendo, casi, que un mercado sin intervención violenta por parte del Estado era pecado, que la iniciativa privada 'cruda' era pecado2 .

                   Cuando el Sumo Pontífice condena al 'capitalismo salvaje' lo que está condenando, a mi entender, entre otras cosas, son situaciones en donde, supuestamente por privilegiar las 'variables macroeconómicas' de una economía nacional, deliberadamente se olvidan de los más necesitados. Cuántas veces hemos escuchado a políticos o a economistas afirmar que, por el bien del país, los obreros o los jubilados, o el sector que fuera, tendrán que hacer un sacrificio momentáneo (luego, normalmente sucede que este sacrificio tiene consecuencias irreversibles, y que se prolonga en el tiempo). Esto es, entre otras cosas, lo que el Papa condena y, ciertamente, bien condenado está. Si tuviera que definir el 'capitalismo salvaje' diría, por caso, que es aquel en el cual el Estado coactivamente privilegia a un reducido grupo de empresarios garantizándoles, por ejemplo, monopolios, oligopolios o restricciones aduaneras para la competencia, en detrimento del resto del país, particularmente de los más pobres. Porque, un privilegio monopólico, lo primero que provoca es que el empresario cobre tarifas más altas y esto, obviamente, perjudica a los más humildes.

                   Definitivamente, y esto es importante que nos quede muy claro, las buenas soluciones siempre mejoran, primero, la situación de los más débiles. Cualquier otra 'solución', sencillamente es falsa.

 

'LA EXPLOTACION DEL HOMBRE POR EL HOMBRE'

                       
                   La 'explotación' del hombre por el hombre es, fundamentalmente, una injusticia que se comete cuando un individuo o un grupo obtienen de otros, vía violencia, vía coerción, cosas que no les corresponden. Y se traduce, en forma inmediata, en una disminución de los bienes de los 'explotados'. Y, finalmente, de los bienes de la sociedad en general. De donde, como suele ocurrir con el mal en general, terminan perjudicados los 'explotados' y los 'explotadores'. Sabemos ya que 'la naturaleza es infinitamente sabia' y necesariamente dirigida hacia el bien, más allá de los errores circunstanciales que puedan cometer las personas. Puesto esto en términos de la jerga económica, el mercado natural, que no es sino la sumatoria resultante del accionar espontáneo y natural surgido del albedrío libre de cada persona que lo compone, representa directamente a la naturaleza económica de la sociedad y, en consecuencia, está  -mal que les pese a los estatistas- necesariamente dirigido hacia el bien. En consecuencia, cualquier interferencia coercitiva, no implica más que una degeneración de la naturaleza económica de la sociedad.

                   Cuando el Estado, por caso, impone restricciones artificiales para la importación de automóviles, por vía de la fuerza aduanera, está violando, en primer lugar, la naturaleza de las acciones resultantes del albedrío libre de las personas y está violando, en segundo lugar, la tendencia hacia el bien que tiene el mercado natural. Y esto, con el único fin de favorecer a algún grupo empresario. Y lo mismo ocurre cuando lo obliga a Usted, violentamente, a pagar impuestos para, supuestamente, construir hospitales o escuelas, y aunque construya efectivamente algunos hospitales y escuelas, el fin no justifica los medios. De aquí que, la ineficiencia del Estado racionalista no es casual, sino que tiene su origen en su propia fundación y proviene de esta violación a los principios de la naturaleza humana y del mercado natural y, en consecuencia, la ineficiencia es necesariamente inevitable en cualquier acto que realice. Durante mucho tiempo, y en muchas sociedades -y aún hoy, por cierto- el 'mercado libre', el 'capitalismo', es decir, un mercado con un 'bajo' nivel de intervención coercitiva institucional, fue aprovechado -me refiero a ésta coerción estatal- por grupos económicos que se enriquecieron a costa del resto de la sociedad3 . Por ejemplo, con la supuesta intención de defender a la industria nacional, se impedía coercitivamente la competencia desde el exterior, provocando que los grupos económicos 'nacionales' se enriquecieran vendiendo productos de mala calidad a precios exorbitantes.
                            
                   Este tipo de fenómenos, que, a mi entender, la Iglesia condena como 'la cruda ley del mercado en la práctica del capitalismo', ha provocado, en algunos, la errónea creencia de que, en la medida en que falte intervención coercitiva institucional en el mercado, en el sentido de mayor respeto por el orden natural, mayores son las diferencias entre los ricos y los pobres. Cuando lo cierto es lo contrario. Basta observar la actualidad y la historia para ver que cuanto mayor es el grado de intervención coercitiva en un mercado, mayores son las diferencias entre pobres y ricos y más pobres hay. Y cuando menor es la intervención institucional coercitiva, es decir, cuanto mayor es el respeto al orden natural, menor es la diferencia entre ricos y pobres, y menos pobres hay 4. En otras palabras: cuanto mayor es la violencia, menor es la verdadera autoridad moral -y sus regulaciones naturales- y mayor es el caos y el desorden -la cruda ley del mercado coercitivo: la del más fuerte- y, consecuentemente, la miseria.
           
                   Y este es otro de los errores del racionalismo -incluido el liberalismo- que siempre sostuvo las diferencias económicas y sociales, que se justificarían en base a la diferencia entre las distintas personas. Porque, como el racionalismo sólo ve la razón, en definitiva, lo físico, lo material -y es lo único que valora- claro es que existen diferencias grandes. Error consecuencia de que no puede ver más allá de la superficie de las cosas, perdiendo el fondo de la cuestión. Porque lo cierto es que, para el orden natural, cada persona -por cierto, muy diferente a otra cualquiera- tiene un valor igualmente infinito, más allá de la razón y de lo material. De donde, de imperar el orden natural, y no el Estado coercitivo, la tendencia sería, claramente, a la igualdad económica entre los seres humanos, disminuyendo minimizando las diferencias entre ricos y pobres y eliminando la pobreza 5 marginal, la miseria.
           
                   En definitiva, la 'explotación del hombre por el hombre' implica violencia, y surge, inevitablemente, en la medida en que la sociedad sea artificial. De modo que ¿quién más 'explota' al hombre, sino el Estado racionalista?

1 "La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una 'tercera vía' entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología sino la cuidadosa formulación ... a la luz de la fe y de la tradición eclesial...Por tanto, no pertenece al  ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral". Juan Pablo II, Encíclica 'Sollicitudo Rei Socialis', Roma 1987, VI, 41.

2 Me parece que ya hemos estudiado el mercado suficientemente y, también, hemos discutido la palabra 'privado'. Es importante, por otro lado, tener en cuenta que los documentos de la Iglesia son escritos bajo determinadas circunstancias de tiempo y espacio a los que se refieren. Es así que, supuesta hoy, la 'justicia' estatal coercitiva y sus fuerzas de 'seguridad' (que luego estudiaremos) y demás leyes coactivas, es decir, supuesto un orden artificial impuesto por el Estado racionalista, es claramente condenable el 'libertinaje', en el sentido de individuos, sectores o grupos que utilizan a su antojo los instrumentos disponibles, para provecho propio. Es decir, supuesto un orden artificial, resulta condenable, qué duda cabe, toda utilización que se haga de este orden a sabiendas de que se perjudica a terceros. Por ejemplo, una empresa que, en función del descontrol reinante (o de la corrupción que surge de la arbitrariedad del funcionario coercitivo), volcara sobre un río gran cantidad de sustancias venenosas. Por otro lado, es cierto que la Iglesia Católica, en muchos documentos, ha insistido en la necesidad de la regulación estatal. Si tenemos en cuenta que, en el momento en que se dieron, los Estados eran básicamente coercitivos, alguien podría, apresuradamente, inferir que la Iglesia avala la coerción, la violencia. Ya hemos discutido que, efectivamente, la sociedad debe ser regulada, pero esta regulación no sólo debe surgir del respeto al orden natural sino que, justamente, debe ser su expresión. En consecuencia, más allá de que algún católico pudiera, erróneamente, convalidar algún tipo de violencia (el que esté libre de pecado que tire la primera piedra), está clarísimo que la Doctrina Católica (su tradición histórica más pura, bañada con sangre de muchos mártires) se opone irremediablemente a la violencia. Insisto, la regulación de la sociedad, no sólo del mercado, debe quedar en manos de la verdadera y efectiva autoridad: la autoridad moral, que supone, de suyo, la vigencia anterior, real y efectiva del orden natural. 

3 Entre otras cosas, las famosas 'multinacionales' sin duda han dado mucho de que hablar. Algunos economistas opinan que, los grandes conglomerados económicos son el resultado de los mercados 'capitalistas', es decir, con cierto grado (supuestamente 'bajo') de intervención coercitiva estatal. Por ejemplo, el liberal Peter G. Klein asegura que "...lo típico es que las grandes firmas surjan precisamente donde los mercados externos están mal desarrollados o sufren la interferencia de la intervención gubernamental; éstas son las circunstancias que proporcionan ventajas a los empresarios respecto de la coordinación interna de las actividades" ('La Empresa y el cálculo económico', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997, pié de p. 102). 'América Latina' (debo decir que este nombre me convence poco, porque conozco muchos anglos y sajones más al sur del río Grande), por caso, tiene una larga historia de fuerte influencia económica por parte de grandes grupos internacionales, muchas veces en corrupta connivencia con dictadores folklóricos. Y ya que he mencionado a 'América Latina', y aunque no es el lugar para un debate sobre historia, pero sí quiero desmentir a los racistas, quienes afirman que la gran diferencia en el desarrollo económico entre norte y sud América se debe a una cuestión de razas (los del norte serían más inteligentes, más trabajadores y demás), quiero dejar señalado lo siguiente: El diferente desarrollo histórico es lo único (y no una cuestión de 'razas') que ha provocado esta disparidad en lo económico. Efectivamente, los Estados Unidos fueron iniciados por inmigrantes independientes que, prácticamente, escapaban de su país. Es decir que, originalmente, era una sociedad que se desarrolló en forma, relativamente, natural y espontánea, que luego fue invadida por las tropas británicas. Y, finalmente, éste poder militar inglés, fue sometido por bandas de 'patriotas' americanos, estableciendo, de este modo, el actual Estado racionalista. En 'Latinoamérica', en cambio, la 'colonización' fue, desde el inicio, un proceso de invasión militar sin disimulo. De aquí que, ambas Américas tuvieran un nivel de intervención coercitiva institucional diferente, lo que hizo toda la diferencia en el desarrollo histórico económico posterior. Hay muchos modos de corroborar esto, pero baste señalar uno sólo: viven cubanos en Cuba, en el resto de América Latina y en los Estados Unidos; son las mismas familias, el mismo idioma, la misma cultura, la misma religión, la misma educación (porque emigraron ya grandes en edad), prácticamente son las mismas personas; sin embargo, mientras que los que viven en Cuba son muy pobres y los que viven en el resto de América Latina son casi tan pobres, los que viven en los Estados Unidos tienen un pasar al mismo nivel que el resto de los ciudadanos estadounidenses, y los hay muy ricos.

4 Se podrían mencionar muchos ejemplos, pero basta con recordar las diferencias entre la Alemania 'Occidental' y la República Democrática Alemana, que eran la misma nación, la misma cultura, el mismo idioma, las mismas razas, las mismas religiones y hasta las mismas familias. La única diferencia era que la primera tenía una sociedad relativamente libre, relativamente gobernada por el orden natural, y era muy rica para los estándares de aquel momento, y la otra era comunista, muy estatista, y muy pobre. Baste observar hoy a las dos Coreas, en la comunista hasta los militares pasan hambre, en la otra, la relativamente libre, gozan de un standard de vida digno de la envidia de más de un país europeo.

5 Por cierto que, la palabra 'pobre' es un término relativo. De hecho, la Oficina del Censo de los EE.UU., en 1997 fijó el umbral de pobreza en los 16.000 dólares. El 41 por ciento de las familias 'pobres' era propietaria de su vivienda (tres habitaciones, baño, garage y porche). El 70 por ciento tenía automóvil; el 97 por ciento, televisor color; el 99 por ciento, heladera; el 64 por ciento, horno de microondas y así siguiendo (según aseguró Rafael Termes durante su ponencia en el 111vo. Foro Nacional del IMEF en Monterrey, México, el 24 de mayo de 1999).